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Don Manuel Belgrano no creó la Bandera Argentina

A Don Manuel Belgrano, uno de los próceres más insignes de la República Argentina (y dicho sea de paso, uno de los pocos realmente dignos de reverencia de nuestra Historia) se le atribuye la creación de la Bandera. La verdad es que él no reclamó ese honor, ni se lo otorgaron sus contemporáneos o sus apologistas, y esto es porque la bandera que él creó no es la que actualmente vemos flamear en nuestros mástiles, sino la que vemos bajo estas líneas, y que hizo confeccionar al concluirse la construcción de la batería Independencia.



En su libro Historia de la Bandera argentina, nos cuenta Carlos A. Ferro:

Al proceder a su inauguración pronunció la siguiente arenga: "Soldados de la Patria: En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno; en aquél, la batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sur será el templo de la independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria! Señor capitán y tropa destinada a la batería Independencia: Id, posesionaos de ella y cumplid el juramento que acabáis de hacer".

Terminada la ceremonia, en la misma fecha informó al Gobierno en los siguientes términos: "Excelentísimo señor: en este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho la salva en la batería de la Independencia, y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y guarnición. He dispuesto para entusiasmar a las tropas y estos habitantes, que se formasen aquéllas, y les hablé en los términos de la nota que acompaño. Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional; espero sea de la aprobación de V.E. Rosario, 27 de febrero de 1812".

Blanca y celeste, decreta el Triunvirato para la escarapela; blanca y celeste conforme a la escarapela, dice Belgrano de su bandera. Así debió ser a dos bandas horizontales según resulta de extender en un cuadrilátero los colores de la escarapela.

Cabe observar que ni en la arenga ni en la comunicación transcrita se hace referencia a la bandera como parte de la ceremonia inaugural de la batería. Es real que afirma: "Siendo preciso enarbolar bandera... y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela", pero mandarla hacer no es tenerla. Lo real es que se realizó una ceremonia en la cual la tropa jura con un ¡Viva la Patria!, en la que nada se dice de la bandera; no se la bendice y no se presta el juramento de práctica. La primera frase de la arenga preanuncia una segunda dedicada a la bandera. Belgrano la omite sencillamente porque la bandera no es parte de la ceremonia del 27 de febrero. En el comunicado escrito a las seis y media de ese mismo día dice que "la mandé hacer" y espera que ello sea aprobado por el Triunvirato, lo que estuvo lejos de ocurrir. Además, el día anterior había consignado expresamente "que en las baterías no se viese tremolar sino las que V.E. designe".







Belgrano reconoció más tarde que mandó ponerla en la batería, pero para ese entonces ya no tenía importancia alegar o no sobre los alcances del primer enarbolamiento de su insignia, dado que había tenido lugar el segundo, el 25 de mayo en Jujuy, quedando salvadas todas aquellas omisiones. La bandera debió estar lista en cualquiera de los cuatro días posteriores al 27 de febrero y en uno de ellos el creador de la insignia mandó ponerla en la batería sin esperar la aprobación solicitada, ante la premura con que debió organizar su partida. No fue bendecida, ni jurada, situaciones que Belgrano nos habría hecho conocer. Ni siquiera fue reconocida como bandera del regimiento, lo que explica por qué no quedó en Rosario, sino que siguió con él rumbo al norte, en cumplimiento de su traslado para asumir la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú. El 2 de marzo, en un viejo carruaje, con al compañía del capitán Forest y del teniente Elguera, inició por primera vez ese camino que en el curso de los ocho años siguientes debía darle tanta gloria y tantos sinsabores.


Para desgracia de Belgrano, el Triunvirato desaprobó su iniciativa de crear un pabellón nacional. Sigue diciendo Ferro:

Los triunviros dieron importancia al tratamiento de los hechos ocurridos en Rosario y el 3 de marzo remitieron a Belgrano un oficio en los duros términos qu siguen: "Se ha impuesto esta superioridad, por el oficio de V.S. del 27 de febrero pasado, de haber quedado expedita la batería que nombra de la Independencia, y de lo demás que ha practicado con el objeto de entusiasmar a la tropa de su mando. Así la situación presente, como el orden y consecuencias de principios que estamos ligados exige de nuestra parte, en materias de las de esta primera entidad del Estado, que nos conduzcamos con la mayor circunspección y medida, por eso es que las demostraciones con que V.S. inflamó a la tropa de su mando, esto es, enarbolando la bandera blanca y celeste, como indicante de que debe ser nuestra enseña sucesiva, los cree este Gobierno con la influencia capaz de destruirmlos fundamentos con que se justifican nuestras operaciones y protestas que hemos sancionado con tanta repetición, y que en nuestras comunicaciones exteriores constituyen las principales máximas política que hemos adoptado. Con presencia de esto y de todo lo demás que se tiene presente en este grave asunto, ha dispuesto este Gobierno que sujetando V.S. sus conceptos a las miras que reglan las determinaciones con que él se conduce, haga pasar por un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y cleste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta Fortaleza, y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones de este Gobierno en materia de tanta importancia y en cualquier otra para que una vez ejecutada, no deja libertad para su aprobación, y cuando menos, produce males inevitables difíciles de repararse con buen suceso".

No se puede pedir mayor severidad, y es evidente que los triunviros se sintieron contrariados en su política orientada a obtener la benevolencia inglesa y la paralización de las maniobras portuguesas, razones ambas que determinaban la necesidad de continuar con la máscara de Fernando VII, que el gesto de Belgrano les obligaba a abandonar. Sin disimulo le ordenan ocultar su bandera y reemplazarla con la que se envía, que no pudo ser otra que la española -roja y amarilla-, según lo sostuvo Raúl Molina, o bien la azul-blanca-azul, según lo sostuvo Augusto Fernández Díaz, justificando su deducción en la carta de Rademaker y en los dichos de Beruti...




Sería hasta cierto punto entendible, me parece a mí, que cierta prudencia estratégica impulsara al Triunvirato a obligar a Belgrano a renunciar a su recién creada bandera; aunque uno se pregunta si en un tiempo en que no había cosas como comunicación satelital, Internet ni nada por el estilo, la noticia de dicha creación no tardaría el suficiente tiempo en trascender y ser confirmada, como para poder, entre tanto, jugar el doble juego de pretender fidelidad a Fernando VII ante las potencias europeas, y al mismo tiempo permitir que Belgrano continuara usando la flamante insignia (tal vez sin grandes proclamas ni aval oficial, para no levantar la perdiz), ya que la había mandado hacer y tan orgulloso estaba de ella. En cualquier caso, lo más agraviante en relación a la medida del Triunvirato fue que, el 11 de mayo siguiente, la misma autoridad suprimió el Paseo del Estandarte Real por decreto, en estos términos:

Considerando este Gobierno que el Paseo del Estandarte en los pueblos de la América española, es una humillación introducida por la tiranía e incompatible con las prerrogativas de la libertad que ha provocado y defiende, ha determinado en acuerdo del 11 del corriente que se suspenda por ahora y hasta tanto que con las consultas de V.E. (el Cabildo) y demás autoridades, se sustituya el paseo del estandarte con una demostración análoga más digna de nuestra regeneración civil.



Ferro, en su obra citada, nos dice que el decreto llevaba las firmas de Chiclana, Sarratea y Rivadavia (este último había reemplazado a Paso como triunviro). Yo añadiría que la incoherencia entre seguir sin bandera propia para fingir fidelidad a Fernando VII y al mismo tiempo suprimir el paseo del dichoso estandarte para romper con la "humillación" y la "tiranía" demuestra por qué la mayoría de los argentinos sabemos perfectamente (o no tanto, pero al menos lo sabemos y lo respetamos) quién fue Manuel Belgrano, y en cambio en general no recordamos quiénes integraban los triunviratos, ni nos importa saberlo.

Sin conocer todavía la respuesta del Triunvirato, Belgrano siguió viaje hacia el norte. Ya en Jujuy, presidiendo las ceremonias conmemorativas del segundo aniversario de la Revolución de Mayo, y muy necesitado tanto del apoyo popular como de enardecer y disciplinar a sus soldados, recurrió a la bandera que lo había acompañado desde Rosario, la creada por él, y arengó a las tropas de esta manera:

Soldados, hijos dignos de la Patria, camaradas míos: Dos años ha que por primera vez resonó en estas regiones el eco de la libertad, y él continúa propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes; pues que no es obra de los hombres, sino del Dios Omnipotente, que permitió a los americanos que se nos presentase la ocasión para entrar al goce de nuestros derechos; el 25 de Mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más para recordarlo, cuando en él por primera vez, véis la Bandera Nacional en mis manos, que ya os distingue de las demás naciones del globo, sin embargo de los esfuerzos que han hecho los enemigos de la sagrada causa que defendemos, para echarnos cadenas aún más pesadas que las que cargabais.





Pero esta gloria debemos sostenerla, de un modo digno, con la unión, la constancia, y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios, hacia nuestros hermanos, y hacia nosotros mismos; a fin de que la patria se goce de abrigar en su seno hijos tan beneméritos, y pueda presentarlos a la posteridad como modelos que haya de tener a la vista para conservarla libre de enemigos, y en el lleno de su felicidad. Mi corazón rebosa de alegría al observar en vuestros semblantes que estáis adornados de tan generosos y nobles sentimientos, y que yo no soy más que un jefe a quien vosotros impulsáis con vuestros hechos, con vuestro ardor, con vuestro patriotismo.

Sí, os seguiré, imitando vuestras acciones y todo el entusiasmo de que sólo son capaces los hombres libres para sacar a sus hermanos de la opresión. Ea, pues, soldados de la Patria: no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que él nos ha concedido esta Bandera; que nos manda que la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros conciudadanos; todos fijan en vosotros la vista y deciden que es a vosotros a quienes corresponderá todo su reconocimiento si continuáis en el camino de la gloria que os habéis abierto. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba repetid: ¡Viva la Patria! Jujuy, 25 de mayo de 1812".


Y según era su costumbre, informó al Gobierno de estos hechos, en los términos que siguen:

Excelentísimo señor: He tenido la mayor satisfacción en ver la alegría, contento y entusiasmo con que se ha celebrado en esta ciudad el aniversario de la libertad de la Patria, con todo el decoro y esplendor de que ha sido capaz, así con los actos religiosos de víspera y misa solemne con Tedéum, como en la fiesta del alférez mayor don Pablo Mena, cooperando con sus iluminaciones todos los vecinos de ella, y manifestando con manifestaciones propias su regocijo.

La tropa de mi mando no menos ha demostrado el patriotismo que la caracteriza: asistió al rayar el día a conducir la Bandera Nacional, desde mi Posada, que llevaba el Barón de Holmberg para enarbolarla en los balcones del Ayuntamiento, y se anunció al Pueblo con quince cañonazos.

Concluida la Misa la mandé la Iglesia, y tomada por mí la presenté al doctor don Juan Ignacio de Gorriti, que salió revestido a bendecirla, permaneciendo el Preste, el Cabildo y todo el Pueblo en la mayor devoción ante este santo acto.

Verificado que fue, la volví a manos del Barón para que se colocase otra vez donde estaba, y al salir de la Iglesia se repitió otra salva de igual número de tiros, con grandes vivas y aclamaciones.





Por la tarde se formó la tropa en la Plaza, y fui en persona a las casas del Ayuntamiento, donde éste me esperaba con su Teniente Gobernador; saqué por mí mismo la Bandera y la conduje acompañado del expresado cuerpo, y habiendo mandado hacer el cuadro doble, hablé a las tropas, según manifiesta el número primero, las cuales juraron con todo entusiasmo, al son de la música y última salva de artillería, sostenerla hasta morir.

En seguida, formados en columna, me acompañaron a depositar la Bandera en mi casa, que yo mismo llevaba en medio de aclamaciones y vivas del Pueblo, que se complacía de la señal que ya nos distingue de las demás naciones, no confundiéndonos igualmente con los que a pretexto de Fernando VII tratan de privar a la América de sus derechos, y usan las mismas señales que los españoles subyugados por Napoleón.

A la puerta de mi Posada hizo alto la columna, formó en batalla, y pasando yo por sobre las filas la Bandera, puedo asegurar a V.E. que vi, observé el fuego patriótico en las tropas, y también oí en medio de un acto tan srio murmurar entre dientes: "Nuestra sangre derramaremos por esta Bandera".

No es dable a mi pluma pintar el decoro y respeto de estos actos; el gozo del Pueblo, la alegría del soldado, ni los efectos que palpablemente he notado en todas las clases del Estado, testigos de ello; sólo puedo decir que la Patria tiene hijos que sin duda sostendrán por todos los medios y modos su causa, y que primero perecerán que ver usurpados sus derechos.





Las tropas en vanguardia, que se hallan en Humahuaca al mando del Mayor General interino D. Juan Ramón Balcarce, han hecho sus demostraciones públicas de regocijo, y oído a su Jefe, según la copia número 2, festejando el día de nuestra libertad con evoluciones militares, toros, sombras chinescas, en que han tenido parte todos aquellos naturales, que bendicen al Todopoderoso por el goce de sus derechos.

En Salta, igualmente, según me avisa el Gobernador con fecha del 26, se ha celebrado el aniversario con todo esplendor y magnificencia correspondiente a un pueblo entusiasmado y amante de su libertad, y me dice que las corporaciones civil y eclesiástica, han desempeñado sus deberes, haciendo ostentación de su patriotismo; por cuya razón he mandado les dé las gracias de un modo público.

Bien puede, Señor Excelentísimo, tener nuestra libertad todos los enemigos que quiera; bien puede experimentar todos los contrastes, que, en verdad, nos son necesarios para formar nuestro carácter nacional; ella se cimentará sobre fundamentos sólidos, que la justicia administrada por V.E. sabrá colocar para el bien y felicidad de los pueblos de estas Provincias.

Dios guarde a V.E. muchos años. Jujuy, 29 de mayo de 1812.





El Triunvirato trató esta nota en sesión especial, cuyo resultado fue un oficio con fecha 27 de junio, en el que, para variar, desaprueba este proceder de Belgrano. He aquí su texto:

Cuando en 3 de marzo se hallaba V.S. en la Batería del Rosario se le dijo lo que sigue: (aquí va reproducido el texto de la primera misiva reprobatoria). Comparando este Gobierno el contenido de este oficio con el de V.S. de 29 de mayo próximo pasado y la copia número 1 adjunta le ha herido una sensación, que sólo pudo suspender el precedente concepto de sus talentos y probidad.

Los impulsos grandes que de cualquier punto de una esfera se arrojen hacia su centro, ¿qué más pueden hacer, que oscilarla y excentrificarla? Tales, pues, son los efectos de los procedimientos de V.S. en esta parte. Los que constituyen esta superioridad, que hace el centro o punto en que gravitan los grandes negocios que el sistema de las relaciones que han de formar o aproximar a la dignidad de un Estado a unos pueblos informes y derramados a distancias inordinadas, pero que con sobrada justicia y oportunidad se han avanzadoy esfuerzan a constituírlo; no pueden contenerse sino en el punto de un celo estratégico, pero prudente. A V.S. le sobra penetración para llegar con ella al cabo de la trascendencia de tal proceder; el gobierno, pues, consecuente a la confianza que ha depositado en V.S., no puede hacer más que dejar a la prudencia de V.S. mismo, la reparación de tamaño desorden; pero debe igualmente prevenirle que ésta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad, y los intereses de la Nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden.



V.S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho, en cumplimiento de esta superior resolución.

Dios guarde a V.S. muchos años. Buenos Aires, 27 de junio de 1812.


Esta fue la dolida respuesta de Belgrano, fechada el 18 de julio:

Excelentísimo señor: Debo hablar a V.E. con la ingenuidad propia de mi carácter, y decirle con todo respeto que me ha sido sensible la reprensión que me da en su oficio de 27 del pasado, y el asomo que hace de poner en ejecución su autoridad contra mí, si no cumplo con lo que se me manda relativo a Bandera Nacional, acusándome de haber faltado a la prevención de 3 de marzo por otro tanto que hice en el Rosario.

Para hacer ver mi inocencia nada tengo que traer más a la consideración de V.E. que en 3 de marzo referido no me hallaba en el Rosario; pues, conforme a las órdenes del 27 de febrero, me puse en marcha el 1 o 2 del insinuado marzo, y nunca llegó a mis manos la contestación de V.E. que ahora recibo inserta; pues de haberla tenido, no habría sido yo el que hubiese vuelto a enarbolar tal Bandera, como interesado siempre en dar ejemplo de respeto y obediencia a V.E. conociendo que de otro modo no existiría el orden y toda nuestra causa iría por tierra.

V.E. mismo sabe que, sin embargo, había en el Ejército de la Patria cuerpos que llevaban la escarapela celeste y blanca. Jamás la permití en el que se me puso a mandar, hasta que viendo las consecuencias de una diversidad tan grande, exigí de V.E. la declaración respectiva.




En seguida que circuló la orden, llegó a mis manos, la batería se iba a guarnecer, no había bandera, y juzgué que sería blanca y celeste la que nos distinguiese como la escarapela, y esto con mis deseos de que estas provincias se cuenten como una de las naciones del globo, me estimuló a ponerla.

Vengo a estos puntos: ignoro, como he dicho, aquella determinación, los encuentro fríos, indiferentes, y, tal vez, enemigos; tengo la ocasión del 25 de Mayo, y dispongo la bandera para acalorarlos y entusiasmarlos, ¿y habré, por esto, cometido un delito? Lo sería, Señor Excelentísimo, si a pesar de aquella orden, hubiese yo querido hacer frente a las disposiciones de V.E.; no así estando enteramente ignorante de ella; la que se remitiría al Comandante del Rosario y la obedecería como yo lo hubiera hecho si la hubiese recibido.





La Bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni memoria de ella; y se harán las banderas del regimiento 6, sin necesidad de que aquélla se note por persona alguna; pues si acaso me preguntasen por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército, y como ésta está lejos, todos la habrán olvidado, y se contentarán con la que se les presente. En esta parte, V.E. tendrá su sistema al que me sujeto, pero diré también, con verdad, que como hasta los indios sufren por el Rey Fernando VII y les hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír nombre de Rey, ni se complacen con las mismas insignias que los tiranizan.

Puede V.E. hacer de mí lo que quiera, en el firme supuesto de que hallándose mi conciencia tranquila, y no conduciéndome a ésas ni otras demostraciones de mis deseos por la felicidad y glorias de la Patria, otro interés que el de ésta misma, recibiré con resignación cualquier padecimiento; pues no será el primero que he tenido por proceder con honradez y entusiasmo patriótico.

Mi corazón está lleno de sensibilidad, y quiera V.E. no extrañar mis expresiones, cuando veo mi inocencia y mi patriotismo apercibido en el supuesto de haber querido afrontar sus superiores órdenes, cuando no se hallará una sola de que se me puede acusar, ni en el antiguo sistema de gobierno, y mucho menos en el que estamos, y que a V.E. no se le oculta cuanta especie de sacrificios he hecho por él.


Es ciertamente interesante el análisis que, párrafo por párrafo, hace Ferro de esta carta en su obra ya citada; nosotros no lo reproduciremos aquí, y haremos en cambio notar que, en extraña consonancia con nuestra suposición anterior, según la cual el Triunvirato no parece haber evaluado adecuadamente las comunicaciones que había en la época -y que por lentas dilatarían convenientemente, según dijimos, el arribo a Europa de la creacion de la Bandera argentina-, por lo visto siguió siendo igualmente miope en ese aspecto, al no darse cuenta de que, para cuando su primera respuesta reprobatoria llegara a Rosario, Belgrano ya no estaría allí y, por lo tanto, ni se enteraría de su contenido. Tampoco cumplió con su promesa de sustituir el Paseo del Estandarte Real "con una demostración análoga más digna de nuestra regeneración civil".

Don Manuel Belgrano no creó la Bandera Argentina


En cualquier caso, Belgrano desechó su Bandera Nacional, y se ignora quién creó la que terminó aprobando la Asamblea del Año XIII, la que todos conocemos y vemos ondear en los mástiles del territorio argentino. Según Ferro:

Hasta la segunda edición de la Historia de Belgrano de Mitre (1859) no se había vinculado a Belgrano con la creación de la bandera nacional. Mitre encontró en un legajo rotulado "Regimientos de la Banda Oriental lo relativo a la breve estadía de Belgrano en Rosario y su intercambio de correspondencia con el Gobierno. De esos documentos...Mitre hace de su biografiado el creador de la escarapela y de la bandera. Los que vinieron después repiten la interpretación del padre de la historiografía argentina casi sin modificaciones hasta no hace muchos años. Cabe hacer excepción en favor de Alberdi, que en su libro Grandes y pequeños hombres del Plata, publicado en París en 1912 y reeditado en Buenos Aires en 1962 y 1973, no vacila en escribir: "Ni la bandera, ni la escarapela, ni los colores argentinos son invención de Belgrano como pretende Mitre" (capítulo XII, p.67).




Así que nuestra Bandera no es la que con tanto sentimiento propuso Belgrano. Pero no importa, sería lo de menos: lo realmente grave es que la misma Argentina no es la que soñaron él, San Martín, Güemes y tantos otros; que el pueblo ya no merece esas mayúsculas con que lo honraba Don Manuel en sus misivas; que los indios, verdaderos dueños de estas tierras, no están mejor ahora que bajo la corona española; que la historia oficial ha suprimido las emociones de hombres grandes como Belgrano, San Martín y demás, haciéndolos parecer títeres al servicio de esas abstracciones grotescas en que se han convertido la Patria y el patriotismo. No sé por qué la gente se la pasa quejándose tanto de los gobernantes: nos mande quien nos mande, no son mucho peores los de ahora que lo de antes; lo realmente lamentable, me parece, es lo otro.

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CARLOS A. FERRO, Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales y egresado de la primera promoción de la Escuela de Defensa Nacional, enseñó en la cátedra Marítimo y Aduanero en la Facultad de Derecho de La Plata, y fue embajador en Honduras, Ecuador y Trinidad y Tobago, tras cumplir misiones diplomáticas en Francia, Yugoslavia, Líbano, Hungría, Checoslovaquia, Alemania Federal y Polonia. Autor de ensayos y tratados que versan sobre legislación aduanera e historia americana, investigó durante largos años, desde 1967, la historia de la Bandera Argentina, y cobró gran notoriedad sobre ese tema con su libro LA BANDERA ARGENTINA: INSPIRADORA DE LOS PABELLONES CENTROAMERICANOS, en el que sostenía y defendía la tesis de que los colores de varias banderas centroamericanas similares a la argentina, eran un homenaje a ésta por la intervención decisiva jugada por nuestro país en favor de la independencia de esos países. El libro cosechó críticas muy elogiadas, y antes de ser publicado en Argentina lo fue en Honduras, Nicaragua y Costa Rica, por organismos oficiales de esos países. HISTORIA DE LA BANDERA ARGENTINA, la obra de la que se extrajo la información para este artículo, fue publicada por Ediciones Depalma en 1991.
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