El Génesis no es el momento cero
¿Cómo imagina el lector un mundo que es devastado por el impacto de un meteorito, extinguiendo un enorme porcentaje de la población animal y vegetal? El versículo 2 del Génesis (primer libro del Antiguo Testamento) lo describe claramente: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Así, un minúsculo versículo permite entender que la tierra existía antes del hombre, y que las megaespecies de los tiempos prehistóricos no tienen porqué contradecir la teoría Bíblica. En ninguna parte se especifica que la creación sea el momento cero de las cosas, mucho menos cuando hablamos de un Dios que no tiene ni principio ni fin. La historia que se narra allí es la historia del hombre, la del mundo dominado por el hombre.
Retrocedamos al primer versículo del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”; éste pasaje no es sino un mero prefacio, un subtítulo de la obra, ya que más adelante, se habla de la creación y expansión de los cielos (versículos 7-8) redundando el primer versículo y la manera en la que la tierra era antes del ordenamiento de sus componentes, incluyendo los cielos en expansión: resumir la creación en esas diez palabras, considerando el texto que le prosigue, no tiene sino el propósito de titular el texto en su totalidad, por lo que ese primer versículo no debe ser tomado como el ordenamiento espacial y temporal de los hechos en referencia al texto siguiente, sino, debo insistir, como un mero título o microprefacio.
Luego vemos que en los versículos siguientes se dice que Dios creó el día y la noche; pues bien, ¿cómo es posible que quien escribió ese texto hable ya desde el principio sobre los ‘días’ (haciendo referencia a la medida de tiempo) cuando la medida aún no había sido creada? Sencillo: la medida de tiempo de Dios no es la misma que la del hombre. Aquí vemos claramente que cada palabra de estos versículos tan breves debe tomarse con sumo cuidado, porque cada una de ellas, en especial el ‘día’, tienen acepciones que fácilmente pueden tergiversar su sentido.
El ‘día’ aquí, en este contexto, tiene dos acepciones: 1 – el período luminoso, 2 – la medida de tiempo. Aunque parecen lo mismo, no lo son. En el primer día Dios creó los cielos y la tierra (‘día’ como medida de tiempo, no como período luminoso, pues aún no había separado las tinieblas de la luz), y su medida de tiempo, en definitiva Su ‘día’ no es ni debe ser idéntico al nuestro. Así pues, cuando separa las tinieblas de la luz sobre la faz de la tierra, podemos comenzar a utilizar el término ‘día’ como período luminoso, ese que todos conocemos a diario valga la redundancia.
Con respecto al hombre es necesario ratificar desde el inicio que él no es un ser completo, acabado, sino que es un ser que se encuentra en constante transformación y evolución, aún (y sobre todo aunque no lo parezca) para la doctrina Cristiana, pues ésta fomenta el progreso del hombre no para alcanzar estados de inactividad como el Infierno o el Paraíso, sino para que pueda glorificarse y ser igual que su Padre en poder y atributos.
Esto debe terminar con el arrogante pensamiento humano que lleva a dudar de la perfección de Dios al ver que evidentemente somos criaturas imperfectas (alegando que lo perfecto no puede crear cosas imperfectas): el error está en considerarnos como criaturas finalizadas, terminadas, y en segundo lugar el error está en definir a la perfección abarcando la idea de que puede ser apreciada por nuestras interpretaciones.
El Cristianismo puro y cristalino promueve el progreso eterno de los hombres, y ése puede ser considerado hasta ahora como el único concepto de perfección posible: poder cambiar eternamente siguiendo un vector. No es válido decir ‘eternamente imperfectos’, porque para invocar el término ‘imperfección’ debemos aludir necesariamente al concepto de perfección abarcando, como dije antes, la idea de entenderla con interpretaciones terrenales, negándola, cayendo en una paradoja irracional; la imperfección por ende, no debe existir, y la perfección obedece simplemente –fuera de su concepción lingüística- al cambio eterno.
El Creacionismo no excluye al Evolucionismo, por el contrario, la doctrina Cristiana promueve y fomenta el progreso de las personas para que justamente, evolucionen. El Génesis indica que el hombre fue creado desde el polvo por Dios, y que la mujer fue creada con una costilla de ese individuo primario llamado Adán. He ahí el error que yo mismo cometo: decir “individuo primario”; ¿acaso el Génesis explica el procedimiento detalladamente por el cual Dios crea un hombre desde el polvo? ¿porqué no considerar la teoría del Popol-Vuh, libro religioso de los indígenas Quichés, en el cual se habla de una creación Divina en la que tuvieron participación varios modelos humanos hasta que el último fue el indicado? Una teoría no excluye a la otra, ya que si el Génesis se priva de explicarnos cómo creó Dios al hombre desde el polvo (es decir, el proceso detallado), no podemos dar por sentado que el primer hombre creado fue exitoso una vez que derribamos el concepto de imperfección.
El evolucionismo por otra parte, no contradice la teoría del creacionismo, mucho menos si consideramos que el Cristianismo es una religión (o filosofía que gira en torno a los dictámenes de una deidad si se lo prefiere) que apunta hacia al progreso del hombre: ¿acaso la teoría de la evolución no se basa en ello también?; sería absurda por el contrario que las religiones apuntaran a un estado estático como fin supremo de la vida (Paraíso, Infierno, Nirvana, Valhalla, etc.): el movimiento inherente al hombre que lo induce a no ser el mismo de antes (en cada segundo, a cada instante) contradiría la idea de un estado permanentemente estático (u oscilante entre varios extremos) que proponen la mayoría (no todas) de las religiones, y una vez más la bifurcación del pensamiento nos remitiría a dos opciones: creer en lo tangible, lo que vemos y de lo cual tenemos pruebas sólidas, u optar por la esperanza basada en la tradición.
Quizás lo omití anteriormente: el Cristianismo verdadero no posee contradicciones con la ciencia, ya que entre otras vicisitudes que intentaré abarcar en los distintos capítulos de este ensayo, una de ellas es que se orienta hacia el progreso eterno del hombre, y no hacia una “salvación” que lo coarta a la muerte, o en definitiva, al deseo de no existir jamás a causa del tedio y la monotonía.
A pesar del gran número de ensayos y textos diversos que se han escrito en torno al dilema teológico, me encuentro sorprendido a causa de la ausencia de obras que planteen sus puntos de vista, teorías y posiciones sin tener que hacer uso del enojo, los ánimos iracundos propios de cualquier discusión filosófica (tanto a nivel académico como a nivel de “sobremesa” en el almuerzo familiar de cada día) que en lugar de acortar la distancia entre el creador de la idea y el receptor de la misma, fomenta el absurdo absolutismo ideal y por ende la pelea, para desembocar finalmente en algo totalmente contrario a lo que se buscaba en un principio: el desentendimiento.
Ése es el error primario de toda obra que se preste a versar sobre un tema tan delicado que hasta las pinzas que intentan sostenerlo lo contaminan. Siguen errores comunes como la generalización de términos, hablar de Cristianismo por citar algún ejemplo, agrupando en esa definición a Católicos, Protestantes, Evangélicos, etc. Éstas son pues, interpretaciones de la filosofía Cristiana, interpretaciones de las ideas del fundador del Cristianismo (Jesucristo) y no la filosofía Cristiana en sí.
Lo mismo se aplica a cualquier ideología, religión o tendencia, es algo bastante básico, una interpretación no es esencial y puramente lo interpretado. La verdad por ende (la tan mentada verdad) sólo se puede encontrar fuera de los paradigmas que rigen la interpretación del hombre, ya que éste es falible, y por ende puede equivocarse en cualquier circunstancia: es por eso que el Cristianismo en particular hace tanto énfasis en la humildad de los devotos: no se trata de humillarse ante un Dios que se regocija en tal humillación, sino que la humildad resulta beneficiosa para el entendimiento de quien hace uso de esa virtud.
Y aquí nace una veta en el tema que cambia con rotundidad el dilema teológico aplicado a lo social (pues para ser totalmente sinceros, no nos importa lo que sucede en los mundos de fantasía donde reinan criaturas sobrenaturales, nosotros, los seres humanos, vivimos en el reino de lo tangible, éste es nuestro mundo, un mundo que permanece ahí aunque nos retiremos al mundo onírico por las noches, y cualquiera sean las teorías y conjeturas que podamos concebir en torno a la religión, a este mundo deben ser aplicadas, aunque exista un más allá de la muerte, no podemos renunciar a la objetividad del tema, cosa que en lo personal no deseo a pesar de que yo mismo –el autor- profeso un credo determinado, debo permanecer abierto a toda posibilidad así como el lector debe hacerlo para no ser abrumado por los prejuicios que pueden nublar nuestras mentes a la hora de entender con toda racionalidad), la religión es un vector dirigido hacia el progreso personal, no hacia un fin inerte como lo es una estancia eterna en un paraíso, un limbo o un infierno.
Con respecto al Cristianismo (quizás la filosofía religiosa más extendida en el mundo) cabe destacar que existen tanto en el entorno cotidiano como en el académico (valga la redundancia, ya que a veces y para algunos el ámbito académico es cotidiano) términos y variables que son tomadas como absolutas casi por defecto, sin siquiera premeditar un segundo en esas ideas de enorme relevancia.
Sin ir más lejos, es imperante poner énfasis en lo absurdo del pensamiento generalizado el cual nos dice que una religión que “cree” en Jesucristo es Cristiana: falso, solamente existe un Cristianismo, y ése no es sino la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo. Decir por otro lado que una religión “cree” en Jesucristo, debe especificar si tal creencia hace referencia a su filosofía o simplemente a la existencia de Jesucristo como redentor Divino, o en ocasiones, simplemente como un personaje histórico.
Por lo tanto, podemos afirmar que no todo es Cristianismo: muchos piensan que mientras las religiones fomenten el bien por encima del mal (variables que sin embargo no logran explicar con certeza) estarán practicando el Cristianismo; vemos que la filosofía que predicó Jesucristo tiene límites perfectamente definidos que garantizan (como cualquier ley) su estabilidad y la verdadera producción del bien por encima del mal, al definir estas variables de manera concisa. Por el contrario, si todas las religiones presentan límites que se contradicen (entre los credos) para garantizar esa estabilidad, la credibilidad hacia el Cristianismo se anula completamente, pues ya nadie comprendería qué es lo bueno y qué es lo malo.
Aquí en estas líneas, se esbozará una teoría que ofrece una idea satisfactoria para definir estos conceptos derivados de la moral (el bien y el mal) ayudando a definir el Cristianismo fuera de las distintas religiones que se adjudican su nombre aún cuando no ponen en práctica su filosofía: entendamos pues y desde un principio, que el Cristianismo es la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo: cualquier religión que se adjudique su nombre, debe apegarse a los preceptos que ésta impone, porque de lo contrario, incluso si se dijera que existen variantes del Cristianismo, observaríamos que la idea de Dios como ser perfecto y justo caería sin fundamento alguno más que el de la propia soberbia del hombre: quizás ese es uno de los pecados capitales más importantes, e ignorados de igual manera por la arrogancia de los hombres, pretendiendo derrocar a Dios de la manera más tonta existente: mintiéndose a sí mismos.
Retrocedamos al primer versículo del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”; éste pasaje no es sino un mero prefacio, un subtítulo de la obra, ya que más adelante, se habla de la creación y expansión de los cielos (versículos 7-8) redundando el primer versículo y la manera en la que la tierra era antes del ordenamiento de sus componentes, incluyendo los cielos en expansión: resumir la creación en esas diez palabras, considerando el texto que le prosigue, no tiene sino el propósito de titular el texto en su totalidad, por lo que ese primer versículo no debe ser tomado como el ordenamiento espacial y temporal de los hechos en referencia al texto siguiente, sino, debo insistir, como un mero título o microprefacio.
Luego vemos que en los versículos siguientes se dice que Dios creó el día y la noche; pues bien, ¿cómo es posible que quien escribió ese texto hable ya desde el principio sobre los ‘días’ (haciendo referencia a la medida de tiempo) cuando la medida aún no había sido creada? Sencillo: la medida de tiempo de Dios no es la misma que la del hombre. Aquí vemos claramente que cada palabra de estos versículos tan breves debe tomarse con sumo cuidado, porque cada una de ellas, en especial el ‘día’, tienen acepciones que fácilmente pueden tergiversar su sentido.
El ‘día’ aquí, en este contexto, tiene dos acepciones: 1 – el período luminoso, 2 – la medida de tiempo. Aunque parecen lo mismo, no lo son. En el primer día Dios creó los cielos y la tierra (‘día’ como medida de tiempo, no como período luminoso, pues aún no había separado las tinieblas de la luz), y su medida de tiempo, en definitiva Su ‘día’ no es ni debe ser idéntico al nuestro. Así pues, cuando separa las tinieblas de la luz sobre la faz de la tierra, podemos comenzar a utilizar el término ‘día’ como período luminoso, ese que todos conocemos a diario valga la redundancia.
Con respecto al hombre es necesario ratificar desde el inicio que él no es un ser completo, acabado, sino que es un ser que se encuentra en constante transformación y evolución, aún (y sobre todo aunque no lo parezca) para la doctrina Cristiana, pues ésta fomenta el progreso del hombre no para alcanzar estados de inactividad como el Infierno o el Paraíso, sino para que pueda glorificarse y ser igual que su Padre en poder y atributos.
Esto debe terminar con el arrogante pensamiento humano que lleva a dudar de la perfección de Dios al ver que evidentemente somos criaturas imperfectas (alegando que lo perfecto no puede crear cosas imperfectas): el error está en considerarnos como criaturas finalizadas, terminadas, y en segundo lugar el error está en definir a la perfección abarcando la idea de que puede ser apreciada por nuestras interpretaciones.
El Cristianismo puro y cristalino promueve el progreso eterno de los hombres, y ése puede ser considerado hasta ahora como el único concepto de perfección posible: poder cambiar eternamente siguiendo un vector. No es válido decir ‘eternamente imperfectos’, porque para invocar el término ‘imperfección’ debemos aludir necesariamente al concepto de perfección abarcando, como dije antes, la idea de entenderla con interpretaciones terrenales, negándola, cayendo en una paradoja irracional; la imperfección por ende, no debe existir, y la perfección obedece simplemente –fuera de su concepción lingüística- al cambio eterno.
El Creacionismo no excluye al Evolucionismo, por el contrario, la doctrina Cristiana promueve y fomenta el progreso de las personas para que justamente, evolucionen. El Génesis indica que el hombre fue creado desde el polvo por Dios, y que la mujer fue creada con una costilla de ese individuo primario llamado Adán. He ahí el error que yo mismo cometo: decir “individuo primario”; ¿acaso el Génesis explica el procedimiento detalladamente por el cual Dios crea un hombre desde el polvo? ¿porqué no considerar la teoría del Popol-Vuh, libro religioso de los indígenas Quichés, en el cual se habla de una creación Divina en la que tuvieron participación varios modelos humanos hasta que el último fue el indicado? Una teoría no excluye a la otra, ya que si el Génesis se priva de explicarnos cómo creó Dios al hombre desde el polvo (es decir, el proceso detallado), no podemos dar por sentado que el primer hombre creado fue exitoso una vez que derribamos el concepto de imperfección.
El evolucionismo por otra parte, no contradice la teoría del creacionismo, mucho menos si consideramos que el Cristianismo es una religión (o filosofía que gira en torno a los dictámenes de una deidad si se lo prefiere) que apunta hacia al progreso del hombre: ¿acaso la teoría de la evolución no se basa en ello también?; sería absurda por el contrario que las religiones apuntaran a un estado estático como fin supremo de la vida (Paraíso, Infierno, Nirvana, Valhalla, etc.): el movimiento inherente al hombre que lo induce a no ser el mismo de antes (en cada segundo, a cada instante) contradiría la idea de un estado permanentemente estático (u oscilante entre varios extremos) que proponen la mayoría (no todas) de las religiones, y una vez más la bifurcación del pensamiento nos remitiría a dos opciones: creer en lo tangible, lo que vemos y de lo cual tenemos pruebas sólidas, u optar por la esperanza basada en la tradición.
Quizás lo omití anteriormente: el Cristianismo verdadero no posee contradicciones con la ciencia, ya que entre otras vicisitudes que intentaré abarcar en los distintos capítulos de este ensayo, una de ellas es que se orienta hacia el progreso eterno del hombre, y no hacia una “salvación” que lo coarta a la muerte, o en definitiva, al deseo de no existir jamás a causa del tedio y la monotonía.
A pesar del gran número de ensayos y textos diversos que se han escrito en torno al dilema teológico, me encuentro sorprendido a causa de la ausencia de obras que planteen sus puntos de vista, teorías y posiciones sin tener que hacer uso del enojo, los ánimos iracundos propios de cualquier discusión filosófica (tanto a nivel académico como a nivel de “sobremesa” en el almuerzo familiar de cada día) que en lugar de acortar la distancia entre el creador de la idea y el receptor de la misma, fomenta el absurdo absolutismo ideal y por ende la pelea, para desembocar finalmente en algo totalmente contrario a lo que se buscaba en un principio: el desentendimiento.
Ése es el error primario de toda obra que se preste a versar sobre un tema tan delicado que hasta las pinzas que intentan sostenerlo lo contaminan. Siguen errores comunes como la generalización de términos, hablar de Cristianismo por citar algún ejemplo, agrupando en esa definición a Católicos, Protestantes, Evangélicos, etc. Éstas son pues, interpretaciones de la filosofía Cristiana, interpretaciones de las ideas del fundador del Cristianismo (Jesucristo) y no la filosofía Cristiana en sí.
Lo mismo se aplica a cualquier ideología, religión o tendencia, es algo bastante básico, una interpretación no es esencial y puramente lo interpretado. La verdad por ende (la tan mentada verdad) sólo se puede encontrar fuera de los paradigmas que rigen la interpretación del hombre, ya que éste es falible, y por ende puede equivocarse en cualquier circunstancia: es por eso que el Cristianismo en particular hace tanto énfasis en la humildad de los devotos: no se trata de humillarse ante un Dios que se regocija en tal humillación, sino que la humildad resulta beneficiosa para el entendimiento de quien hace uso de esa virtud.
Y aquí nace una veta en el tema que cambia con rotundidad el dilema teológico aplicado a lo social (pues para ser totalmente sinceros, no nos importa lo que sucede en los mundos de fantasía donde reinan criaturas sobrenaturales, nosotros, los seres humanos, vivimos en el reino de lo tangible, éste es nuestro mundo, un mundo que permanece ahí aunque nos retiremos al mundo onírico por las noches, y cualquiera sean las teorías y conjeturas que podamos concebir en torno a la religión, a este mundo deben ser aplicadas, aunque exista un más allá de la muerte, no podemos renunciar a la objetividad del tema, cosa que en lo personal no deseo a pesar de que yo mismo –el autor- profeso un credo determinado, debo permanecer abierto a toda posibilidad así como el lector debe hacerlo para no ser abrumado por los prejuicios que pueden nublar nuestras mentes a la hora de entender con toda racionalidad), la religión es un vector dirigido hacia el progreso personal, no hacia un fin inerte como lo es una estancia eterna en un paraíso, un limbo o un infierno.
Con respecto al Cristianismo (quizás la filosofía religiosa más extendida en el mundo) cabe destacar que existen tanto en el entorno cotidiano como en el académico (valga la redundancia, ya que a veces y para algunos el ámbito académico es cotidiano) términos y variables que son tomadas como absolutas casi por defecto, sin siquiera premeditar un segundo en esas ideas de enorme relevancia.
Sin ir más lejos, es imperante poner énfasis en lo absurdo del pensamiento generalizado el cual nos dice que una religión que “cree” en Jesucristo es Cristiana: falso, solamente existe un Cristianismo, y ése no es sino la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo. Decir por otro lado que una religión “cree” en Jesucristo, debe especificar si tal creencia hace referencia a su filosofía o simplemente a la existencia de Jesucristo como redentor Divino, o en ocasiones, simplemente como un personaje histórico.
Por lo tanto, podemos afirmar que no todo es Cristianismo: muchos piensan que mientras las religiones fomenten el bien por encima del mal (variables que sin embargo no logran explicar con certeza) estarán practicando el Cristianismo; vemos que la filosofía que predicó Jesucristo tiene límites perfectamente definidos que garantizan (como cualquier ley) su estabilidad y la verdadera producción del bien por encima del mal, al definir estas variables de manera concisa. Por el contrario, si todas las religiones presentan límites que se contradicen (entre los credos) para garantizar esa estabilidad, la credibilidad hacia el Cristianismo se anula completamente, pues ya nadie comprendería qué es lo bueno y qué es lo malo.
Aquí en estas líneas, se esbozará una teoría que ofrece una idea satisfactoria para definir estos conceptos derivados de la moral (el bien y el mal) ayudando a definir el Cristianismo fuera de las distintas religiones que se adjudican su nombre aún cuando no ponen en práctica su filosofía: entendamos pues y desde un principio, que el Cristianismo es la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo: cualquier religión que se adjudique su nombre, debe apegarse a los preceptos que ésta impone, porque de lo contrario, incluso si se dijera que existen variantes del Cristianismo, observaríamos que la idea de Dios como ser perfecto y justo caería sin fundamento alguno más que el de la propia soberbia del hombre: quizás ese es uno de los pecados capitales más importantes, e ignorados de igual manera por la arrogancia de los hombres, pretendiendo derrocar a Dios de la manera más tonta existente: mintiéndose a sí mismos.
“T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011)
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P.D.: Si tienes alguna pregunta teológica de difícil solución puedes enviarme un mensaje privado y será respondida personalmente, de esa manera no generamos forobardo.-