Algunos dicen que la mujer se rebeló y reacciona con violencia como respuesta a las
agresiones recibidas desde hace mucho tiempo. Sin embargo, los estudiosos han informado sobre características típicas de mujeres que suelen ejercer violencia en la
relación de pareja.
Las más resaltantes son las siguientes:
Abuso del alcohol.
El abuso del alcohol es la mayor causa de la violencia doméstica, tanto en el hombre como en la mujer.
Las personas bajo los efectos del alcohol, tienen poco control sobre sus impulsos, fácilmente se frustran, malinterpretan cualquier situación y por lo general buscan en la violencia, la solución a sus problemas. Es muy frecuente que mujeres alcohólicas sean violentas en la relación de pareja.
Desórdenes psicológicos.
Existen algunos trastornos, especialmente de la personalidad, en que la mujer tiene como característica ser abusiva y violenta con el hombre.
El trastorno de la personalidad borderline, por ejemplo, está asociado a un alto porcentaje de mujeres que ejercen violencia doméstica contra los hombres. Este desorden también se asocia con comportamiento suicida, cambios de humor severos, mitomanía(mentira patológica), problemas sexuales y también puede relacionarse con abuso de alcohol y otras sustancias.
Expectativas, presunciones y conclusiones no realistas.
Mujeres abusivas y manipuladoras que con frecuencia tienen falsas expectativas y hacen demandas no realistas al hombre. Estas mujeres reiteradamente, tienden a experimentar episodios depresivos, ansiedad, frustración e irritabilidad que atribuyen al comportamiento del varón.
Culpan al hombre, lo hacen responsables de cómo viven su vida o los culpan de hacer que su vida sea miserable, antes de admitir su responsabilidad por sus actos y sus propios problemas.
Por lo general se niegan a entrar a algún tipo de tratamiento y pueden insistir que es la pareja el que lo necesita. En lugar de ayudarse a sí mismas, culpan a éste de cómo se sienten y creen que es el quien tiene que hacer algo para que ella se sienta mejor.
Cuando el hombre no puede hacerlas sentir mejor, se frustran y asumen que lo está haciendo al propósito y se quejan del “daño” que le están haciendo.
Los factores comunes para que el varón víctima no se separe o haga la denuncia, son culturales, sociales e individuales y están en estrecha relación con las causas que originan este fenómeno.
Los estereotipos rígidos del varón con lo que se espera de él como “macho” o el temor a las burlas hacen que trate de esconder el problema. En ese “esquema social” de proveedor, jefe de familia y protector, una denuncia de agresión significaría trastocar los roles establecidos, donde se supone que el varón es el que “lleva las
pantalones” y en ultimo de los casos el que maltrata es el. Para muchos es inadmisible reconocer ante sí mismo y ante los demás la caída de su superioridad. No denuncian porque el maltrato de sus esposas o hijos es un duro golpe a su autoestima..
Hay sentimientos comunes en el hombre maltratado: soledad, sufrimiento, vergüenza, pobre autoestima, culpa, inhibición, propensión a la humillación o temor a tomar una decisión. .
La soledad que sienten es el denominador común. Callan, sufren en silencio pues no hablan sobre su situación ni con el familiar más cercano ni el amigo de confianza. Su respuesta ante la violencia es quedarse callado y aceptar el hecho con resignación o huir momentáneamente de la situación.
No es frecuente que un hombre exprese sus sentimientos y debilidades y le diga a alguien que está siendo maltratado. “No está bien” ver a los hombres lloriqueando o quejándose. Se le ha educado para que reprima sus emociones y se comporte como “todo un hombrecito” desde pequeño. Debe ser capaz entonces, de soportar y controlar el maltrato si es que se reconoce, pues no existe creencia de que la mujer violenta pudiera entrañar peligros potenciales, a pesar de los casos que se reseñan en la prensa mundial.
¡Los hijos… utilizados para ejercer violencia!
Es en el divorcio y en la separación o en hijos fuera del matrimonio, donde se
hace más evidente este fenómeno.
Aquellas parejas que han construido su mundo familiar en base a desigualdades nocivas, suelen vivir rupturas muy traumáticas y dolorosas. El daño perdura en el tiempo y potencialmente afecta futuras relaciones, tanto en las víctimas como en los hijos. Se “usa” al hijo como instrumento de agresión contra el otro, convirtiéndolo en una de las víctimas de los acontecimientos pero no al único dañado, ya que en la privación del rol paternal los hombres se ven fuertemente perjudicados.
Si algún varón se atreve a denunciar, es probable que retire los cargos pues no cuenta con soporte, ni siquiera de su propia familia, ni tampoco con redes sociales de apoyo en la comunidad.
Existe la presunción de que “No existe mayor afecto que el de una madre”, “no hay cuidados más excepcionales que los de la madre”, “nadie quiere a su hijo tanto como una madre”, “madre es una sola, padres pueden haber muchos”; exaltando el rol de la mujer como madre, a pesar de que en algunos casos no hay concordancia con esta concepción; asimismo, se menosprecia y se limita el rol del hombre como padre, al considerarlo solo como un simple proveedor.
Sin tomar en cuenta los sentimientos del hombre y el amor y la dedicación que el padre pueda darle a los hijos. Los hijos parecen ser propiedad natural e indiscutible de la madre. En la separación, es a ella a la que le corresponde la potestad todopoderosa de permitir al padre seguir siéndolo o convertirse en visita de sus hijos. Comienza entonces una suerte de desautorización y supresión de la imagen paterna. Se ahuyenta al padre, se lo elimina del rol y de los afectos de los hijos y una vez que desaparece, entonces a menudo se les acusa de estar ausente, de no “visitar” a sus hijos y que “los hijos no le importan”.
La atención que actualmente se le puede brindar al hombre víctima de violencia familiar es muy limitada y por lo general está restringida a la práctica privada. Sin embargo debemos recordar que a la mujer le costó años de lucha que aún no termina, para lograr una posición de igualdad ante la sociedad.
Si bien todavía no existen recursos comunitarios y legales para asistir al hombre víctima o redes de apoyo familiar y social que le permitan romper con el círculo de la violencia, podemos observar con interés y optimismo, los movimientos que surgen día a día, a favor de los derechos del hombre víctima de violencia familiar.
La comunidad científica y los medios de comunicación también se están interesando en este fenómeno y es seguro que pronto veremos resultados y acciones para su erradicación.
Es de suma importancia, el interés de educadores, legisladores y autoridades para el respeto de los derechos de todos por igual y se imponga en la sociedad una cultura de paz y la solución armónica y constructiva de los conflictos familiares y sociales.
La violencia psicológica y el nivel educación
En la población con mayor educación la violencia psicológica es la más preponderante. Un alto porcentaje de profesionales sufre violencia psicológica por parte de su pareja –sean hombres o mujeres-.
Los convivientes son más agresivos que los esposos
En las llamadas “familias tradicionales”, donde la mujer y el hombre no rivalizan sino que se complementan a partir de sus características naturales, la violencia es notablemente menor que en otras formas de convivencia en las que, buscando la “equidad”, los roles naturales se desdibujan.
La violencia del varón decrece con la educación, mientras que la de la mujer puede aumentar
Entre los principales predictores de violencia dentro del hogar está el bajo nivel educativo del padre. La violencia se corresponde con un abuso de poder –físico, psicológico, económico…- y un hombre con bajo nivel educativo canaliza instintivamente sus agresiones aprovechando su mayor fuerza. Por el contrario un nivel alto de instrucción en la mujer, le otorga un poder –económico o psicológico- del que también puede llegar a abusar. A la educación individualista y competitiva que hombres y mujeres reciben, se suma la ausencia de políticas familiares que le permitan a la mujer compatibilizar trabajo y hogar, lo que genera un conflicto en la mujer que puede devenir en formas violentas.
Las agresiones contra el varón no se registran porque los hombres no hacen la denuncia
Hay pautas culturales y normas sociales que inhiben al varón a denunciar actos de agresión contra ellos (se suele decir que no es de varones ir a quejarse de las agresiones, menos si lo agredió la mujer). Cuando excepcionalmente el varón va a la comisaría, los policías se burlan. A la policía se la capacita para ver el tema de la violencia familiar como un asunto de violencia contra la mujer. No se les habla de violencia contra el varón, el problema es invisibilizado por los programas de capacitación. No hay Comisarías de Violencia pero hay Comisarías de Mujeres donde se realizan las denuncias de violencia.
Las políticas, programas y campañas de concientización excluyen al hombre
Los programas sociales para prevenir la violencia doméstica, se centran en las denuncias, y las campañas en los medios de comunicación incentivan sólo a las mujeres a denunciar a sus parejas. Del mismo modo las encuestas sobre violencia doméstica sólo le preguntan a la mujer si es víctima de violencia. Con el mismo criterio parcializado existen organismos estatales como los Consejos o Ministerios de la Mujer pero no los hay de Promoción de la Familia.