WuWa ! - WunderWaffen: El Proyecto Atomico Nazi (La historia real que no nos contaron).
2da Parte de 4
* Las “ARMAS SECRETAS” de Hitler, algo más que fantasía.
Por Luigi Romersa
La Historia que me dispongo a contar parte de ciertas experiencias a las cuales asistí hace 40 años y que tuvieron lugar -aún se encontraba en curso la guerra mundial- fueron definidas por muchos, apresuradamente, de fantasías. En un primer momento las consideraron fantasías, a decir verdad, también los servicios secretos estadounidenses, ingleses y franceses los cuales, sin embargo, debieron volver sobre sus pasos y tratar con todos los medios a su disposición, de colocarse a buen recaudo.
Estoy hablando de las armas secretas alemanas a las cuales se encuentra estrechamente ligado el nombre, o mejor dicho, el genio de Wernher von Braun, al cual me ligó, durante años, una amistad fraterna. En concreto, desde 1944 hasta su muerte.
Que Alemania hacia el final del conflicto, dispusiese de un arsenal de armas que, con relación a las que normalmente usaban sus enemigos por estructura y potencia desafiaban la fantasía, es un hecho reconocido fuera ya de toda discusión.
Con el fin de la guerra, el mito de estas armas terminó o, cuanto menos fue archivado especialmente por quienes ante el primer anuncio del empleo de medios capaces de revolucionar la técnica bélica, se mostraron incrédulos y atribuyeron la sensacional declaración al cerebro, siempre en fermento, de aquel brujo de la propaganda alemana que fue el ministro Goebbels. Pero la capitulación de Alemania, con la desaparición de las pesadillas que en los últimos meses habían empujado a los Estados Mayores aliados a forzar las defensas germánicas con un amplísimo empleo de hombre y de medios, abrió el camino a la verdad y la historia de las armas secretas se convirtió en una nueva rama de la ciencia militar al cual se aplicaron de inmediato, y con extremo interés estadounidenses, ingleses y rusos.
En 1945, al anunciar oficialmente la victoria, Churchill dijo: “Los descubrimientos recientemente llevados a cabo por nosotros en territorio alemán, francés y holandés, muestran como el derrumbe del enemigo libró a Gran Bretaña del peligro, gravísimo, no sólo de los torpedos volantes y de los proyectiles cohetes, sino también de las baterías múltiples de gran radio que estaban a punto de ser instaladas contra Londres. Los Ejércitos aliados aplastaron la víbora en su nido, justo a tiempo. Los alemanes estaban, además alistando una nueva flota de sumergibles a inmersión continua y estudiando una nueva táctica que, materializada, habría podido llevar la guerra submarina a un grado equiparable a los peores días de 1942”.
A esta autorizada voz se unieron otras muchas llegándose a la publicación de un verdadero y propio catálogo de aquello que los científicos alemanes estaban aprontando para la Wehrmacht, cuando ya había comenzado su agonía. El coronel D.L. Putt, del Mando de las Fuerzas Armadas estadounidenses destacadas en los territorios ocupados, no fue menos explícito que Churchill al comentar la conclusión de las operaciones. “Sólo unas pocas semanas más -dijo- y los alemanes habrían puesto en funcionamiento un arma resolutiva, acoplando la V-2 a la bomba atómica de la que poseían dos ejemplares”. Y después, el jefe supremo de las tropas de invasión, general Eisenhower, en su libro “Cruzada en Europa“, escribió: Si el enemigo hubiese podido ultimar la producción de sus nuevas armas seis meses antes y usarlas en masa, nuestro desembarco habría sido seriamente obstaculizado, sino convertido en imposible. Estoy convencido que con el empleo de tales medios, los alemanes habrían podido hacer fracasar nuestra operación “Overlord”.
Las palabras de Eisenhower encontraron eco en una publicación de la Universidad de Chicago titulada “El arma aérea de la SGM”, en la que se lee: Para los aliados la operación “Overlord” se resolvió afortunadamente. Pero en los últimos meses los alemanes habrían podido cambiar el curso de la guerra.
Tras una primera oleada de revelaciones clamorosas, como he dicho, volvió el silencio. Fue la aparición de los primeros platillos volantes lo que reavivó el recuerdo de las armas secretas alemanas y relacionó el misterio de aquellas inalcanzables y velocísimas máquinas a lo que Alemania produjo cuando se encontraba en las últimas. ¿Había o no algo de verdad en todo esto? Lo veremos de inmediato.
LAS DUDAS DE MUSSOLINI
Sobre la existencia o no de nuevos destructores ingenios con los cuales el III Reich se aprestaba a revolucionar el arte bélico conocido hasta entonces, se hablaba mucho, pero sin datos precisos, dado que en la materia los alemanes eran muy avaros de información, incluso con sus aliados y en particular con los italianos. Mussolini estaba ansioso de saber pero cada vez que afrontaba el argumento se le respondía con un muro de circunspección. De las armas secretas, Hitler y Mussolini hablaron por vez primera durante un encuentro que celebraron en abril de 1944 en las cercanías de Salzburgo, en el castillo de Klessheim, construido por Hildebrand, padre del barroco austriaco, que había pertenecido al hermano del emperador Francisco José y que fue residencia estival de los obispos salzburgueses. El encuentro duró tres días. Con Mussolini se encontraba el mariscal Rodolfo Graziani, mientras que a Hitler le acompañaba Von Ribbentrop, Keitel, Dollman y el embajador Rhan.
Mussolini llegó de Italia en tren: Graziani en automóvil. El convoy especial que llevaba al duce se detuvo en vía muerta. El führer esperaba a su huésped en la estación. Utilizando automóviles, el grupo de personalidades alcanzó el castillo en el que se hospedaron sólo Mussolini y Graziani, mientras que los demás ocuparon un palacete en el parque, que fue residencia del archiduque Pedro Fernando. El primer coloquio, de alrededor de una hora, sirvió a Hitler para trazar un panorama de la situación general, política y militar. Fue un soliloquio en el curso del cual el jefe del III Reich vertió sobre los presentes un torrente de impresiones y de declaraciones, tocadas de un ligero optimismo. En aquella época, Hitler se encontraba fatigado, deciase que perdía la vista rápidamente y, desde luego, se notó que caminaba inseguro, seguido de continuo por su médico personal. Durante las discusiones estuvo, sin embargo, vivacísimo y agresivo. Afirmó que la conclusión de la guerra sería sin duda victoriosa porque el inmediato empleo de nuevas armas desharía los planes enemigos.
Paseando por la estancia, mientras Mussolini, sentado en un sillón lo miraba intensamente, ansioso de saber la verdad, dijo: “…tenemos aeroplanos a reacción, tenemos submarinos no interceptables, artillería y carros colosales, sistemas de visión nocturna, cohetes de potencia excepcional y una bomba cuyo efecto asombrara al mundo. Todo esto se acumula en nuestros talleres subterráneos con rapidez sorprendente. El enemigo lo sabe, nos golpea, nos destruye, pero a su destrucción responderemos con el huracán y sin necesidad de recurrir a la guerra bacteriológica para la cual nos encontramos igualmente a punto”. Con las manos a la espalda, la cabeza baja, medía en largo y ancho la sala que resonaba a sus pasos. En un momento dado se detuvo y, dirigiendo sus ojos enrojecidos sobre sus huéspedes, añadió: “No hay una sola de mis palabras que no tenga el sufragio de la verdad. ¡Veréis! ”.
Mussolini regresó a Gargnaro, sobre el lago de Garda, donde tenía su residencia algo más tranquilizado, pero con evidentes deseos de saber más.
En el otoño de 1944 fui llamado a la villa de Orsoline, que se encontraba poco distante de la villa Feltrinelli, en la cual el jefe de la República Social habitaba con su familia y allí el duce me dio el encargo de viajar a Alemania para ver, me dijo: ...más de cuanto se me ha dicho en Klessheim donde sólo obtuve informaciones genéricas. Comprendo las reservas del “führer” pero al menos yo debería disponer de informaciones más precisas. Le confío, pues, un encargo delicadísimo para el cual le he preparado algunas cartas credenciales. A su regreso venga a darme cuentas. Las cartas eran una para Goebbels y otra para Hitler.
RELATO DE UN TESTIGO
Viaje a Alemania en automóvil. En el cuartel general de Hitler en Rastenburg, en Prusia Oriental el jefe del III Reich en persona, después de haber leído la carta de Mussolini me autorizó a visitar las fábricas de armas secretas y a asistir a varios experimentos. Comencé con las fábricas subterráneas, concentradas sobre todo en Baviera y en la alta Silesia. Estaba a punto de ser lanzada la V-2, hablándose de ella como un perfeccionamiento de la V-1, que se había demostrado demasiado lenta y por eso mismo abatible por la caza británica. Vi una V-2 en su montaje y en el lanzamiento. Era un ingenio de más de 14 Tm., cargado de explosivo de gran potencia, previsto de un sistema de propulsión absolutamente nuevo. Tenía un alcance de varios centenares de kilómetros, viajaba por la estratosfera y caía sobre el blanco a velocidad supersónica. Ni los aviones, ni los medios normales de avistamiento podían impedir la caída o advertir la llegada.
Las fábricas subterráneas a las que he hecho referencia, eran pequeñas ciudades construidas en las vísceras de las montañas. Se bajaba con ascensores, como en las minas. Las entradas, oportunamente mimetizadas eran vigiladas por patrullas y defendidas por puestos de ametralladoras y artilleros. Inmensas galerías, iluminadas de continuo, se extendían a lo largo de kilómetros y kilómetros, enlazadas por trenecillos que servían para el transporte del material y de las personas.
Durante la visita, vi también algunas galerías de la Luftwaffe en las que se estaban concentrando los aviones de cohetes y a reacción para una gran ofensiva. En las cercanías de Kiel donde en los astilleros fortificados había varios sumergibles provistos de un ingenio, el schnorkel, que les permitiría permanecer inmersos durante un tiempo indeterminado, en un lugar observé a un gran torpedo. De especial el artefacto tenía solo la cabeza, bastante gruesa. Supe por uno de los ingenieros que se trataba de un torpedo acústico capaz de buscar el blanco. Lanzados por un submarino, estos torpedos que navegaban en inmersión, eran atraídos por las ondas producidas por las hélices de los barcos atacados. Dotados de una velocidad superior a la de los torpedos normales, estaban en condiciones de seguir y alcanzar cualquier buque. De todas formas el punto fuerte del arsenal bélico germánico era la bomba disgregadora, es decir la atómica, cuyo primer experimento tuvo lugar en una isla del Báltico, en Rügen.
En la noche entre el 11 y el 12 de octubre de 1944 me encontraba de nuevo en Berlín. Un automóvil militar vino a recogerme al hotel Adlon, en el que me alojaba. Uno de los Oficiales que se encontraba a bordo del vehículo me comunicó que al regreso del viaje sería recibido por el ministro Goebbels. Pregunté que a dónde íbamos pero no contestaron. Partimos a las dos de la madrugada. Llovía con insistencia. Una lluvia continua y sutil, desde un cielo bajo, lleno de nubes hilachosas. Llegamos al destino hacia las diez. Sólo cuando descendí del automóvil supe que me encontraba en la costa báltica, en las cercanías de Stralsund, y que con una motora alcanzamos la isla de Rügen. Este era el centro de experiencias donde se alistaban las nuevas armas alemanas, un lugar secreto vigilado por unidades especiales y vedado a quien no se encontrase en posesión de un salvoconducto firmado por el jefe del Estado Mayor General de la Wehrmacht.
Nos dirigimos de inmediato a una zona protegida por árboles. En una vasta área del bosque habían sido preparadas construcciones en piedra y refugios de cemento armado. Entramos en una torre blindada, semienterrada, a través de una puerta metálica que fue cerrada de inmediato. Dentro estábamos cuatro: mis dos acompañantes, un hombre vestido de un mono y yo. "Asistiremos a una prueba de bomba disgregadora. Es el más potente explosivo descubierto hasta ahora. Destruye todo. No se resiste nada", dijo uno. Casi no respiraba. Miraba el reloj y esperaba que fuese mediodía, hora fijada para el experimento. Nuestro observatorio se encontraba a algunos kilómetros de la zona del estallido. Hasta la tarde -intervino el hombre vestido con el mono- habrá que permanecer aquí dentro. Saldremos al anochecer. La bomba desprende radiaciones que pueden dañar seriamente. Su radio de acción es mucho más amplio que el de una potentísima bomba normal. Más o menos un kilómetro y medio. La lluvia se había hecho más violenta. De pronto, en el interior del refugio sonó el teléfono. Desde la central advirtieron que el experimento había sido anticipado a las 11:45.
Desde del refugio, a la altura de los ojos, tenia una aspillera protegida por una cristal ahumado. Veía sólo árboles y tierra baldía y oscura. El teléfono sonó de nuevo. Comunicaron la hora exacta con la cual sincronizamos nuestros relojes. De pronto un bramido tremendo sacudió las paredes de la torre; después de un resplandor cegador, una densa cortina de humo se extendió sobre el campo. Nadie hablaba. Con los ojos pegados a la aspillera miraba la nube que avanzaba compacta. Fuimos engullidos por ella. La sensación era que la torre se precipitaba en un abismo. Finalmente, el hombre vestido con el mono, que era un coronel del Heerswaffencunt, el servicio dedicado a la preparación de los armamentos, rompió el silencio y dijo:
“Lo que constataremos hoy es de importancia excepcional. Cuando podamos lanzar nuestra bomba sobre las tropas de invasión o sobre una gran ciudad enemiga, los angloamericanos se verán obligados a meditar si vale la pena continuar la guerra o concluirla razonablemente. Hace años que estudiamos. A través de experiencias largas y fatigosas hemos llegado finalmente a la realización del ingenio. Tenemos establecimientos por doquier. Algunos han sido alcanzados y dañados, especialmente en Noruega, pero en Peenemunde todo permanece intacto, si bien los aliados han tratado de arrasar aquella central. En seis o siete meses habremos construido las primeras bombas en serie y entonces las cosas cambiarán, si bien algunos se encuentran confusos ante el empleo de este terrible medio”.
Hacia las dieciséis horas, en la penumbra, aparecieron unas sombras. Corrían hacia nuestro refugio. Eran soldados que endosaban extrañas escafandras. Entraron y cerraron tras de si apresuradamente la puerta. Alles kaput!, digo uno, después de haberse quitado la protección. También a nosotros nos dieron una especie de albornoz blanquecino, rugoso y filamentoso. No podría decir de que estaba hecho, aunque al tacto parecía un compuesto de amianto. Ante los ojos el cubrecabezas tenía un pedazo de mica. Calzamos botas altas pero ligerísimas y metimos las manos en guantes del mismo tejido que el albornoz. Salimos en fila precedidos por los soldados. A medida que avanzábamos la tierra aparecía más revuelta. Hacía frío y la humedad llegaba hasta los huesos en aquel bosque por el que parecía que hubiera pasado una oleada de fuego. En un cierto momento, con el pie golpeé algo. Era la carroña de una cabra carbonizada. Las casitas que pocas horas antes había visto instaladas habían desaparecido, reducidas a montones de piedras. Más nos avecinábamos al lugar de la explosión y más la ruina tenía aspecto trágico. La hierba había tomado un extraño color de gamuza y los árboles que permanecían en pie estaban desprovistos de hojas.
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LO QUE DIJO GOEBBELS
Por la noche regresé a Berlín. Hacia finales de octubre tuvo lugar mi encuentro con Goebbels, en su casa de la Unterden Linden. Era la primera vez que lo veía directamente. Vestía un traje gris con una camisa blanca y una corbata azul a rayas rojas. Era pequeño, con el rostro más bien oscuro y los ojos movilísimos y punzantes. Sé por el subsecretario Neumann -me dijo- que ha tenido una entrevista exhaustiva y que ha asistido a un experimento en Rügen. Con estos y otros medios que en algunos meses estaremos en condiciones de producir en gran número, podremos inferirle al enemigo un golpe decisivo. La bomba disgregadora, cuya fabricación en serie ha comenzado con un notable retraso sobre la fecha prevista, será la gran novedad de este siglo. Una contramedida, si tiene lugar, no será posible antes de un par de años, cuando la guerra será ya un recuerdo…
Hizo una pausa tras la cual añadió: De los sumergibles especiales, provistos de schnorkel y de motores de turbina; de las nuevas bombas V radiodirigidas, de las cuales la última será una sorpresa sin precedentes; de los aviones ultraveloces, de los cohetes A-4 y A-9 teledirigidos, dotados de una autonomía de varios millares de kilómetros y accionados por un ingenio propulsor alimentado por una mezcla de alcohol y de oxígeno líquido; de todo cuanto nuestra técnica ha venido creando a través de inmensos sacrificios y años de estudio, esperamos el milagro. Por algunos meses aún debemos apretar los dientes, encajar y reaccionar en los límites de lo posible. Necesitamos tiempo. Veinticuatro horas perdidas podrían ser determinantes.
A mi pregunta de que si los aliados estaban al corriente de estos secretos, respondió: Sin duda. Sus servicios de inteligencia trabajan sin descanso. Estos bombardeos continuos, conducidos por formaciones de centenares de aviones, son un índice del nerviosismo del enemigo. Churchill, que es sin duda el más inteligente y sagaz de nuestros adversarios, no se hace ilusiones. Sabe que las posibilidades de nuestra técnica son infinitas. Ingleses y norteamericanos buscan las fábricas de las “Vergeltungswaffen”. Visan sobre todo a Peenemunde y a los depósitos de agua pesada, pero con escasos resultados. Para apoyar la obra de los bombarderos han pensado en enviar comandos a las costas de Alemania oriental y a Noruega. Muchos saboteadores han sido capturados: en Noruega, sin embargo, una central de óxido de deuterio ha sufrido daños bastante serios.
Goebbels se refería al golpe de mano cumplido por el noruego Knut Haukelind, quien junto con otros siete paracaidistas consiguió volar un buque cargado con al menos dos toneladas de agua pesada y dañar el establecimiento de Ryukan.
El agua pesada -dijo- es el elemento esencial para la fabricación de la bomba disgregadora. Ya antes de la guerra habíamos avanzado por ese camino pero las investigaciones se suspendieron, a causa del desarrollo favorable de las operaciones militares. El “führer” estaba convencido, como por otra parte lo estaban muchos de sus colaboradores, que el conflicto se resolvería victoriosamente sin necesidad de recurrir a armas del género. El profesor Otto Hahn, director del Instituto Kaiser Wilhelm, junto con Strassman, dio a Alemania el prodigioso descubrimiento de la fisión nuclear.
El 6 de junio de 1942 yo estuve presente en una reunión decisiva sobre los estudios atómicos. El “führer” les preguntó a los científicos cuánto tiempo seria necesario para alcanzar resultados positivos. Le contestaron que al menos dos años. Hitler dijo que era demasiado, pero pidió que continuasen los experimentos sin fijar una fecha precisa. Sólo en 1943 cambió de idea y ahora se trabaja a toda marcha, pero entre enormes dificultades.
Preguntando sobre si la bomba disgregadora podría resolver por si sola la suerte de la guerra, me contestó: No completamente. Si junto con la bomba hay buena infantería y carros la cosa cambia. A esta infantería y a estos carros les estamos dando un armamento que el enemigo ni imagina. Tenemos cañones de nuevo tipo, cohetes e instrumentos que nos permiten mirar y tirar en la oscuridad con toda precisión. Esta especie de lámpara invisible es un objeto no más grande que una mano. Con él los vehículos pueden moverse como en pleno día, los artilleros apuntar sin preocuparse de la falta de luz y los carros atacar. Tenemos una decena de cohetes teleguiados cuya potencia es sorprendente y la precisión desconcertante. Cuando el enemigo vea caerle encima una lluvia de A-4 y A-9, el uno con 10 y el otro con 15 Tm. de cargas atómicas, no sé si juzgará útil seguir combatiendo…
Goebbels añadiendo: Para nosotros, ahora, en único problema es resistir. Cualquiera en nuestras condiciones, se hubiera rendido hace ya tiempo. Día y noche la aviación enemiga descarga sobre nosotros toneladas de bombas en la esperanza de que cedamos. Hoy los aviadores norteamericanos se pasean por los cielos alemanes. Dentro de algunos meses, con la presencia de nuestros nuevos aviones, ya no ocurrirá así. Nos bastan seis, siete meses al máximo. Son muchos, lo sé, pero la apuesta es enorme, decisiva. La salvación de Alemania ha sido confiada a sus genios.
Fueron sus últimas palabras antes de despedirme. Por la calle la gente reentraba de los refugios. Sobre Berlín había una claridad neblinosa. En el horizonte se reflejaban unos incendios.
Los meses indicados por Goebbels transcurrieron y la guerra acabó con la derrota de Alemania. Muy pocos de los medios prodigiosos mencionados entraron en acción, y por tanto quienes sostuvieron que las armas secretas eran solo un expediente propagandístico creyeron haber tenido razón. Sin embargo, como he dicho al principio, ni Churchill ni los Estados Mayores, ni los servicios secretos aliados, incluido el de los rusos, eran de ese parecer y sus preocupaciones como observaron una vez finalizadas las hostilidades, eran más que fundadas. El capítulo de las armas secretas era una realidad pasmosa de la guerra. Los prodigios de hoy, que duda cabe, nacieron entonces. >
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