Hola T hoy les voy a contar una historia real sobre mi abuela
Pasaporte de Ida
Se llamaba Antonia Rodríguez. Un nombre simple, tan simple como su persona algo robusta y pequeña. Olvidando sinsabores, vivaz y dispuesta, trabajando en casas de familia en aquel pueblo que la había adoptado hacía más de treinta años.
En las cálidas siestas de diciembre, mientras dormitaba, surgía la evocación en un tiempo sin tiempo; la despedida de su pequeña aldea española, el barco inglés atestado de inmigrantes, los camarotes de tercera clase para ella y su madre a menudo escondida en un rincón de la popa, llorando desconsolada.
Acaso un poco desdibujadas, las imágenes se sucedían: las casas de piedras, (la de ella tenía una escalera), el arroyo cristalino, el robledal, las cabras, la fuente de la Joyuela, el valle todo….
Había guardado celosamente su pasaporte; alguien erróneamente, le había hablado de su utilidad para el regreso, por eso, quizás, algún día…
Algunas veces, las risas y juegos de sus nietos, le mostraban la otra realidad; entonces los llamaba para contarles:
-En mi aldea, yo cantaba entre los robles, y sonriendo agregaba - también cuidaba las cabras, en el arroyo lavábamos la ropa y…
-Abuela - otra vez lo mismo, ¡qué aburrido – decía Julián
-Ya contaste mil veces tu vida – agregaba fastidiosa Malvina.
Otras veces, simplemente, los nietos ignoraban sus reiterados relatos.
El paso inexorable del tiempo, dibujó en el rostro de Antonia, todos los calendarios, hasta aquella tarde estival, cuando se adormeció sonriendo, mientras murmuraba:
-¡Qué bonita está mi aldea, no ha cambiado nada!
La abuela está viajando- comentó Julián al pasar junto a ella.
-Si, pero la veo demasiado quieta – dijo Malvina.
Es el cansancio hermana, ¡España queda lejos!
España quedaba lejos, sí, pero Antonia había logrado su pasaporte de ida, esta vez, para no regresar.
Pasaporte de Ida
Se llamaba Antonia Rodríguez. Un nombre simple, tan simple como su persona algo robusta y pequeña. Olvidando sinsabores, vivaz y dispuesta, trabajando en casas de familia en aquel pueblo que la había adoptado hacía más de treinta años.
En las cálidas siestas de diciembre, mientras dormitaba, surgía la evocación en un tiempo sin tiempo; la despedida de su pequeña aldea española, el barco inglés atestado de inmigrantes, los camarotes de tercera clase para ella y su madre a menudo escondida en un rincón de la popa, llorando desconsolada.
Acaso un poco desdibujadas, las imágenes se sucedían: las casas de piedras, (la de ella tenía una escalera), el arroyo cristalino, el robledal, las cabras, la fuente de la Joyuela, el valle todo….
Había guardado celosamente su pasaporte; alguien erróneamente, le había hablado de su utilidad para el regreso, por eso, quizás, algún día…
Algunas veces, las risas y juegos de sus nietos, le mostraban la otra realidad; entonces los llamaba para contarles:
-En mi aldea, yo cantaba entre los robles, y sonriendo agregaba - también cuidaba las cabras, en el arroyo lavábamos la ropa y…
-Abuela - otra vez lo mismo, ¡qué aburrido – decía Julián
-Ya contaste mil veces tu vida – agregaba fastidiosa Malvina.
Otras veces, simplemente, los nietos ignoraban sus reiterados relatos.
El paso inexorable del tiempo, dibujó en el rostro de Antonia, todos los calendarios, hasta aquella tarde estival, cuando se adormeció sonriendo, mientras murmuraba:
-¡Qué bonita está mi aldea, no ha cambiado nada!
La abuela está viajando- comentó Julián al pasar junto a ella.
-Si, pero la veo demasiado quieta – dijo Malvina.
Es el cansancio hermana, ¡España queda lejos!
España quedaba lejos, sí, pero Antonia había logrado su pasaporte de ida, esta vez, para no regresar.