Segundo Examen Parcial
Cien años, ¿de soledad?
Cien años de soledad – Gabriel García Márquez
“Pasos de un peregrino son errante
cuantos me dictó versos dulce musa:
en soledad confusa
perdidos unos, otros inspirados”.
Así se inicia la dedicatoria al duque de Béjar. Así se inicia una de las obras más famosas de Luis de Góngora: Soledades. Y con estos cuatro versos el poeta define su obra, se encuentra ya en potencia lo que se tratará en ella. El vocablo soledad no volverá a aparecer.
Ahora bien, Juan de Jáuregui, un crítico contemporáneo a Góngora reflexiona de la manera siguiente:
“… Y por seguir algún orden, comenzaremos por su mismo título o inscripción, que hasta en esto erró Vmd llamando a esta obra Soledades impropísimamente, porque ‘soledad’ es tanto como falta de compañía, y no podrá llamarse solo el que tuviere otro consigo: Vmd introduce legiones de serranas y pastores, de entre los cuales nunca sale aquel pobre mozo naufragante y así lo demuestran los versos en cien ocasiones, como éstas:
‘Inundación hermosa
que la montaña hizo populoza
de sus aldeas todas…
… parientas más cercanas
que vecinos sus pueblos…’
Donde había tanta vecindad de pueblos, y tanta caterva que baila, juega, canta y zapatea hasta caer, ¿cómo diablos pudo llamarse Soledad?”
¿De qué Soledad se está hablando? ¿Góngora y Jáuregui se refieren a la misma Soledad?
Si bien es cierto que la palabra Soledad conlleva muchos sentidos en español, Jáuregui opta por la acepción más trivial y menos congruente. Pero propicia un punto de partida, una pregunta que lleva a la reflexión.
¿Hacia dónde mira el poeta español cuando hace referencia a la soledad?
Habrá que seguir indagando un poco más para esclarecer esta cuestión.
Como expone Mauricio Molho: “Los cuatro versos que se trata de explicar abren una corta silva de 37 versos: es la Epístola al Duque. La obra que le es dedicada, y que va a continuación, se presenta también en forma de silva, pero mucho más larga pues no presenta menos de 1.091 versos”
Es decir, Góngora se preocupa por escribir en determinado tipo de forma estrófica, que está directamente relacionado con la temática de su obra. Sin intenciones de desarrollar la teoría de la forma estrófica de la silva vale citar la relación que encuentra Molho: “Así pues, una relación de orden formal tiende a establecerse en los últimos años del siglo XVI, entre la silva y la representación poética del universo silvestre en el que se reúnen y conversan, en lugares apartados –lejos de las ciudades, de las aldeas, de las mieses, huertos y viñas- los personajes de la Aminta y de las silvas que se inspiraron en ella. Los pastores y pastoras de Góngora no frecuentan otras soledades” .
Es hasta aquí donde se quiere llegar con estas ideas. La relación que guarda la soledad con la forma desordenada de la silva que lleva a pensar en la selva, y luego: ¿qué lugar más solitario que la selva, donde todo crece a merced de la naturaleza?
A partir de las consideraciones anteriores es imposible no pensar en la novela de Gabriel García Márquez Cien años de soledad. Y después de leerla parece que el lector se pregunta, ¿cien años de qué? ¿De soledad? Cualquier lector moderno podrá preguntarse juntamente con Jáuregui, qué habrá visto Márquez de soledad en una novela donde la estirpe Buendía se llena de hijos, hijas, personas que aparecen sin familia, entre otros.
Es una novela magnífica, llena de mitología, guerras, amores, desamores, miedos y la lista podría seguir. Pero, ¿soledad?
En efecto será la soledad uno de los ejes más importantes de la novela. Y si el lector abriese un poco los ojos vería cómo los miembros de la familia van muriendo en la soledad y cómo Macondo llega a su ruina a causa del ‘huracán bíblico’, en medio de la soledad.
Cien años de soledad es una obra que en su totalidad supone el mito de la existencia humana. El mito aquí es el relato de un hecho originario que domina y define el mundo y el destino de los hombres.
Es una novela total puesto que al suponer el mito de la existencia humana abarca todos los planos de la realidad cumpliendo justamente la función del rescate de lo humano.
La novela presenta una relación entre dos líneas, dos orientaciones: la condición humana y la situación histórica (de Latinoamérica en este caso), relación que se da por medio de la simbología, del mito; y que de esta manera funciona como ironía, como una crítica de la realidad y de lo que es el latinoamericano.
En este trabajo se intentará mostrar la relación de las dos líneas mencionadas siguiendo un eje problemático muy importante y significativo dentro de la novela, que es la soledad. Y para ver de qué manera se da esta problemática se analizarán dos personajes opuestos y a la vez similares dentro de la novela: Úrsula Iguarán y el coronel Aureliano Buendía.
Por otra parte también se harán algunos comentarios sobre Macondo, en cuanto expresión colectiva de los sentimientos particulares de los habitantes.
Ahora bien, al tomar un eje como la soledad, se especificará el sentido que en este trabajo se le dará al término. En este trabajo se tomarán algunas de las nociones de Gabriel García Márquez acerca de la soledad, extraídas del discurso de aceptación del premio nobel en 1982.
En el discurso titulado La Soledad de América Latina, García Márquez expone que la soledad es la falta de identidad. Es decir, durante mucho tiempo se ha mirado desde Europa hacia América con ojos europeos. Pero lo que en realidad estaba (y sigue estando) necesitando América, es una identidad propia:
“Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios.”
Y también soledad es opresión. Aunque podría incluirse en el concepto de identidad latinoamericana (por ser un rasgo de ésta la opresión que vivió y aún vive el continente), Márquez, en el citado discurso, se refiere a la originalidad que se le atribuye a la América Latina pero que en materia política se le niega. Y eso también es vivir en soledad:
“No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad”.
A partir de estas consideraciones se tomarán a los mencionados personajes como símbolos. Vale hacer una aclaración en cuanto a la metodología de trabajo.
Cuando se hace referencia en este trabajo al concepto de símbolo, se lo hace desde la perspectiva de Roland Barthes, que tiene un sentido distinto en semiología. Se tomarán los conceptos del libro “Crítica y Verdad” (1972).
Se entenderá pues símbolo como “la pluralidad de los sentidos”, es decir, que la obra no se agota en determinado tiempo. Está ahí lista para ser actualizada, para que los lectores la interpreten y le den su propio sentido. Es por eso que el “símbolo es constante”, es decir que lo que varía es la interpretación que cada sociedad hace de él.
La obra será para Barthes ‘eterna’ porque provee sentidos distintos a lo largo del tiempo, no se agota.
Es a raíz de estas cuestiones que se han seleccionado, como ya se previno, dos personajes y los ejemplos que se tomarán para construir el corpus son de carácter pertinente. Es decir, se utilizarán aquellos que sirvan para la construcción de los personajes como símbolos y no tan solo como actantes en una novela.
En Cien años de soledad se observa claramente las inversiones de rol. En este caso, Úrsula Iguarán cumple el papel de la matriarca, la mujer que lleva adelante la casa y la familia. Ella es el polo con el que su marido, José Arcadio Buendía, ha trocado su puesto como gobernante de Macondo y autoridad en la familia.
Al estar José Arcadio Buendía deslumbrado por los ideales de modernización de Melquíades, ha perdido su puesto al mando.
Él mismo ha quedado en las manos de Úrsula, que constituye el centro de la familia en tanto conduce y tutela la historia de la misma.
Úrsula (al igual que la mayoría de las mujeres en la obra) está construida con valores naturales, y en un saber fundado en la intuición, antes que en la razón.
Se presenta a Úrsula dentro del hogar, en lo cotidiano. Como bien afirma Carmen Perilli:
“Lo femenino, ligado a lo materno, es soporte del mundo macondazo. Sus representantes celebran los rituales que preservan la sociedad: los de la cotidianeidad (…)
Definida por los lazos de parentesco y no por su inserción en el afuera como los hombres, la mujer está diseñada para ser el engranaje perfecto del mecanismo familiar (…)
En Cien años de soledad, las mujeres ocupan el lugar del mito, son las portavoces de la cordura.”
Pero sin embargo, esta aparente quietud se torna contradictoria en ciertos momentos de la novela, puesto que Úrsula comete acciones que no eran comunes en la mujer de aquel tiempo. Acciones que estaban destinadas a los hombres por ser el sexo fuerte, o la figura patriarcal.
Es Úrsula la que determina el asentamiento definitivo en la ciénaga, en donde se funda Macondo.
“-No nos iremos-dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
-Todavía no tenemos un muerto-dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó, con una suave firmeza:
-Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero.”
Esta determinación del personaje la convierte en constructora de este espacio originario que será Macondo, revelando de esta manera un carácter de arquetipo matriarcal en la obra.
Es ella la que descubre una ruta comercial trayendo a los primeros inmigrantes a Macondo e iniciando de esta manera la faceta mercantil del pueblo.
“Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.”
Lleva el mando de la casa, hasta tal punto que emprende ella sola la reconstrucción de la misma.
“Seguida por docenas de albañiles y carpinteros, (…) Úrsula ordenaba la posición de la luz y la conducta del calor, y repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites.”
Con el tiempo Úrsula no sólo posee la autoridad en su casa sino también en Macondo, luego de ver las injusticias que cometía su nieto Arcadio al convertirse éste en un asesino durante las guerras civiles.
“A partir de entonces fue ella quien mandó en el pueblo. Restableció la misa dominical, suspendió el uso de los brazales rojos y descalificó los bandos atrabiliarios.”
De esta manera el mito del poder del hombre en la naturaleza, no poseerá como protagonista a un hombre, sino que será una mujer, y en este caso Úrsula.
Pero así como Úrsula es un personaje fuerte a lo largo de la novela, la matriarca con una enérgica autoridad, es también el personaje testigo a lo largo de la obra, debido a que vivió aproximadamente 120 años, y es la que se da cuenta de la circularidad del tiempo en donde todos los hechos se repiten.
“Ya esto me lo sé de memoria”, gritaba Úrsula. “Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio.”
“(…) Úrsula la percibió en su rincón de tinieblas, y tuvo la impresión de estar viviendo de nuevo los tiempos azarosos en que su hijo Aureliano cargaba en el bolsillo los glóbulos homeopáticos de la subversión. (…)
-Lo mismo que Aureliano- exclamó Úrsula-. Es como si el mundo estuviera dando vueltas.”
“-Qué quería-murmuró-, el tiempo pasa.
-Así es-dijo Úrsula-, pero no tanto.
Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo.”
Este darse cuenta de la temporalidad cíclica la hace penetrar en una profunda soledad, a la que llega con el correr de los años y logra a su vez tomar una actitud reflexiva sobre todo lo que la rodea.
“Úrsula se preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.”
Es sólo al final de sus días cuando puede darse cuenta de su realidad y de la gran tristeza y soledad en la que vivió y vive luego de tantos años de monotonía.
Deja de ser aquella mujer que imponía su autoridad tanto en la casa como en la familia, y a la que todos respetaban, para terminar siendo al final de su vida un estorbo en la casa y un juguete para los niños.
Por su parte, el coronel Aureliano Buendía, es el personaje alegórico por excelencia de la situación histórica de Latinoamérica (las guerras civiles entre liberales y conservadores).
Al principio es un hombre inseguro que vive retraído en su hogar y siente un gran interés por los manuscritos de Melquíades y por la elaboración de los pescaditos de oro.
Pero con la llegada de la guerra toma las armas contra el gobierno y sale a luchar por los ideales liberales; sólo que lo hace regido por razones propias, luego de presenciar ciertas injusticias.
“Aureliano, pálido, hermético, siguió jugando dominó con su suegro. Comprendió que a pesar de su título actual de jefe civil y militar de la plaza, don Apolinar Moscote era otra vez una autoridad decorativa. Las decisiones las tomaba un capitán del ejército que todas las mañanas recaudaba una manlieva extraordinaria para la defensa del orden público. Cuatro soldados al mando suyo arrebataron a su familia a una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la mataron a culatazos en plena calle. Un domingo, dos semanas después de la ocupación, Aureliano entró en la casa de Gerineldo Márquez y con su parsimonia habitual pidió un tazón de café sin azúcar. Cuando los dos quedaron solos en la cocina, Aureliano imprimió a su voz una autoridad que nunca se le había conocido. “Prepara los muchachos”, dijo. “Nos vamos a la guerra.”
El coronel, en realidad, no comprende cómo se puede llegar al extremo de hacer una guerra “por cosas que no podían tocarse con las manos” ; es decir que se hace liberal, pero no entiende su ideología. Tal vez en este punto, lo que el texto quiere decir (a modo de crítica), es que el proyecto moderno, la idea de una revolución, llegó por una orden, más que por una decisión o producto del convencimiento de las masas del continente.
Desde ese momento entonces, Aureliano Buendía deja de ser aquel hombre tranquilo, al que su suegro llamaba Aurelito, para convertirse en el líder de la revolución.
“-Esto es un disparate, Aurelito-exclamó.
-Ningún disparate-dijo Aureliano-. Es la guerra.
Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.”
Es aquí, en el plano de la acción, que se lo presenta como a un héroe épico, con rasgos hiperbólicos.
“El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía…”
Se convierte en un tirano que decide sobre las vidas de los demás, y en una persona totalmente fría y hostil.
A medida que las guerras se prolongan y se van perdiendo los ideales de la revolución el coronel se va alejando de los afectos de su familia, convirtiéndose en un extraño y a su vez más solitario que nunca.
Al final las peripecias absurdas y crueles de la guerra hacen que Aureliano Buendía pierda todo su idealismo y las razones por las que decidió estar al frente de la revolución.
Regresa a Macondo y se encierra en su casa dedicándose nuevamente a la fabricación de los pescaditos de oro, como lo hacía al principio. Y trazando una línea a su alrededor para que nadie se le acerque.
Pasa los últimos días de su vida encerrado, inmerso en una profunda soledad, repitiendo las mismas acciones (hacer y deshacer los pescaditos de oro) y gestos.
Se convierte en un personaje olvidado, aislado, hasta el punto que su propia familia pensaba en él como si hubiera muerto. Y él mismo, al final no se da cuenta de su propia muerte.
“Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos.”
Tanto Úrsula Iguarán, como el coronel Aureliano Buendía, son personajes que al principio de la novela son opuestos, en el sentido en que Úrsula es la matriarca con respecto al hogar y a la familia, la mujer que actúa por intuición más que por la razón. Sumergida en el quietismo, con una connotación a-histórica; es la mujer que vive y actúa para el “adentro”. En cambio el coronel Aureliano Buendía cumple la función del héroe mítico que emprende aventuras, con una connotación histórica; actuando para el “afuera”.
Sin embargo, al final de la novela, los dos coinciden en la misma situación, en el mismo sentimiento de soledad.
Partiendo de una visión crítica plasmada en los dos polos convergentes a nivel de perspectiva en Cien años de soledad (aquellas dos líneas mencionadas al principio), lo que sería por un lado la visión mítica simbólica de la existencia humana, y por otro la perspectiva de crítica hacia la realidad contextual que se puede observar en toda la obra; es que se puede determinar, en el caso de el personaje de Úrsula Iguarán (la figura de poder matriarcal en la novela) un tratamiento inverso y crítico de lo que sería una noción normal del papel de lo femenino en una construcción social. Se puede ver aquí una intención (implícita) por parte de García Márquez de revisar la cosmovisión patriarcal vigente en Latinoamérica.
En el caso del coronel Aureliano Buendía, se puede observar también a través de este personaje una crítica a las guerras civiles. La destrucción de los sentimientos humanos en el coronel es alegórica de la destrucción de la guerra.
El coronel Aureliano Buendía es una parodia de todas las crueldades, contrasentidos e injusticias de las guerras.
Y de esta manera, el fracaso de las guerras lo terminan posicionando como un antihéroe.
En última instancia, para concluir, el eje problemático que asimila a estos dos personajes (Úrsula Iguarán y Aureliano Buendía), que es el de la soledad; representa por un lado a la soledad en el sentido metafísico, más profundo e individual. En este punto, el coronel Aureliano es el personaje más existencialista de la obra, puesto que él mismo llega a la soledad por propia voluntad, encerrándose en sí mismo, aislándose de los demás, muriéndose en vida y viéndose vencido con respecto a sus ideales de guerra. El fracaso de la guerra es también su fracaso mismo. Como bien afirma Ariel Dorfman
“(…) el coronel es el único con un problema ético profundo, el único que halla en su propia personalidad, en el desnudo existir de su alma, las semillas de la ambivalente situación que lo llevará fatalmente a la nada.”
Y es similar lo que sucede con Úrsula, al sentirse desplazada en su puesto en la casa, y siendo sólo un estorbo. Sintiendo la soledad en las penumbras de su ceguera sólo desea morirse para encontrar la tranquilidad.
Esta soledad del individuo en particular, de Úrsula y de Aureliano en este caso, no es más que la soledad de todos los hombres en general. Es la soledad del hombre latinoamericano; aquél que se siente sólo al final de tantas guerras sin triunfos, de tantos ideales frustrados, y teniendo como única recompensa su falta de libertad e identidad. Puesto que Macondo, la familia Buendía en sí, representan a toda Latinoamérica (y a la humanidad en un sentido más universal), se podría decir también que esta soledad a la que están destinados los personajes de la novela, es también la soledad de toda Latinoamérica; esa soledad que tiene que ver con tantos años de aislamiento, de ser aquel lugar del mundo que vivía alejado de toda civilización antes de la llegada de los Conquistadores; y que luego tuvieron que padecer tantas injusticias y sometimientos en la época de las Colonias, quedando siempre en la posición de ser lo “otro”. Los latinoamericanos fueron desde un principio la clase aislada, inferior, distinta. Y en este aislamiento, en esta diferencia con los demás, es precisamente donde reside su soledad.
BILIOGRAFÍA
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Edición Conmemorativa. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española. Alfaguara, 2007.
------------------ La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo. En: www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmnobel.htm
PERILLI Carmen. Imágenes de la mujer en Carpentier y García Márquez- Mitificación y demitificación. Tucumán, Colección Ensayos de la Universidad Nacional de Tucumán. Secretaría de Extensión Universitaria, 1990.
BARTHES, Roland. Crítica y Verdad. Traducido por José Bianco. Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 1972.
JÁUREGUI, de Juan, Antídoto contra las Soledades, En Jordán de Urríes, Biografía y estudio crítico de Jáuregui, Madrid, 1899, pp. 149 y ss., y en Eunice Joiner Gates, Documentos gongorinos, México, 1960. En: Mauricio Molho, Semántica y Poética (Góngora y Quevedo), Editorial Crítica, Barcelona.
MOLHO, Mauricio, Semántica y Poética (Góngora y Quevedo), Publicado en Bulletin Hispanique, LXII (julio – septiembre 1960). Editorial Crítica. Pág. 42.
DORFMAN, Ariel. La muerte como acto imaginativo en Cien años de soledad. Incluido en Novelistas hispanoamericanos de hoy. Compilador: Juan Loveluck, Editorial Taurus. Madrid, 1984.
Cien años, ¿de soledad?
Cien años de soledad – Gabriel García Márquez
“Pasos de un peregrino son errante
cuantos me dictó versos dulce musa:
en soledad confusa
perdidos unos, otros inspirados”.
Así se inicia la dedicatoria al duque de Béjar. Así se inicia una de las obras más famosas de Luis de Góngora: Soledades. Y con estos cuatro versos el poeta define su obra, se encuentra ya en potencia lo que se tratará en ella. El vocablo soledad no volverá a aparecer.
Ahora bien, Juan de Jáuregui, un crítico contemporáneo a Góngora reflexiona de la manera siguiente:
“… Y por seguir algún orden, comenzaremos por su mismo título o inscripción, que hasta en esto erró Vmd llamando a esta obra Soledades impropísimamente, porque ‘soledad’ es tanto como falta de compañía, y no podrá llamarse solo el que tuviere otro consigo: Vmd introduce legiones de serranas y pastores, de entre los cuales nunca sale aquel pobre mozo naufragante y así lo demuestran los versos en cien ocasiones, como éstas:
‘Inundación hermosa
que la montaña hizo populoza
de sus aldeas todas…
… parientas más cercanas
que vecinos sus pueblos…’
Donde había tanta vecindad de pueblos, y tanta caterva que baila, juega, canta y zapatea hasta caer, ¿cómo diablos pudo llamarse Soledad?”
¿De qué Soledad se está hablando? ¿Góngora y Jáuregui se refieren a la misma Soledad?
Si bien es cierto que la palabra Soledad conlleva muchos sentidos en español, Jáuregui opta por la acepción más trivial y menos congruente. Pero propicia un punto de partida, una pregunta que lleva a la reflexión.
¿Hacia dónde mira el poeta español cuando hace referencia a la soledad?
Habrá que seguir indagando un poco más para esclarecer esta cuestión.
Como expone Mauricio Molho: “Los cuatro versos que se trata de explicar abren una corta silva de 37 versos: es la Epístola al Duque. La obra que le es dedicada, y que va a continuación, se presenta también en forma de silva, pero mucho más larga pues no presenta menos de 1.091 versos”
Es decir, Góngora se preocupa por escribir en determinado tipo de forma estrófica, que está directamente relacionado con la temática de su obra. Sin intenciones de desarrollar la teoría de la forma estrófica de la silva vale citar la relación que encuentra Molho: “Así pues, una relación de orden formal tiende a establecerse en los últimos años del siglo XVI, entre la silva y la representación poética del universo silvestre en el que se reúnen y conversan, en lugares apartados –lejos de las ciudades, de las aldeas, de las mieses, huertos y viñas- los personajes de la Aminta y de las silvas que se inspiraron en ella. Los pastores y pastoras de Góngora no frecuentan otras soledades” .
Es hasta aquí donde se quiere llegar con estas ideas. La relación que guarda la soledad con la forma desordenada de la silva que lleva a pensar en la selva, y luego: ¿qué lugar más solitario que la selva, donde todo crece a merced de la naturaleza?
A partir de las consideraciones anteriores es imposible no pensar en la novela de Gabriel García Márquez Cien años de soledad. Y después de leerla parece que el lector se pregunta, ¿cien años de qué? ¿De soledad? Cualquier lector moderno podrá preguntarse juntamente con Jáuregui, qué habrá visto Márquez de soledad en una novela donde la estirpe Buendía se llena de hijos, hijas, personas que aparecen sin familia, entre otros.
Es una novela magnífica, llena de mitología, guerras, amores, desamores, miedos y la lista podría seguir. Pero, ¿soledad?
En efecto será la soledad uno de los ejes más importantes de la novela. Y si el lector abriese un poco los ojos vería cómo los miembros de la familia van muriendo en la soledad y cómo Macondo llega a su ruina a causa del ‘huracán bíblico’, en medio de la soledad.
Cien años de soledad es una obra que en su totalidad supone el mito de la existencia humana. El mito aquí es el relato de un hecho originario que domina y define el mundo y el destino de los hombres.
Es una novela total puesto que al suponer el mito de la existencia humana abarca todos los planos de la realidad cumpliendo justamente la función del rescate de lo humano.
La novela presenta una relación entre dos líneas, dos orientaciones: la condición humana y la situación histórica (de Latinoamérica en este caso), relación que se da por medio de la simbología, del mito; y que de esta manera funciona como ironía, como una crítica de la realidad y de lo que es el latinoamericano.
En este trabajo se intentará mostrar la relación de las dos líneas mencionadas siguiendo un eje problemático muy importante y significativo dentro de la novela, que es la soledad. Y para ver de qué manera se da esta problemática se analizarán dos personajes opuestos y a la vez similares dentro de la novela: Úrsula Iguarán y el coronel Aureliano Buendía.
Por otra parte también se harán algunos comentarios sobre Macondo, en cuanto expresión colectiva de los sentimientos particulares de los habitantes.
Ahora bien, al tomar un eje como la soledad, se especificará el sentido que en este trabajo se le dará al término. En este trabajo se tomarán algunas de las nociones de Gabriel García Márquez acerca de la soledad, extraídas del discurso de aceptación del premio nobel en 1982.
En el discurso titulado La Soledad de América Latina, García Márquez expone que la soledad es la falta de identidad. Es decir, durante mucho tiempo se ha mirado desde Europa hacia América con ojos europeos. Pero lo que en realidad estaba (y sigue estando) necesitando América, es una identidad propia:
“Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios.”
Y también soledad es opresión. Aunque podría incluirse en el concepto de identidad latinoamericana (por ser un rasgo de ésta la opresión que vivió y aún vive el continente), Márquez, en el citado discurso, se refiere a la originalidad que se le atribuye a la América Latina pero que en materia política se le niega. Y eso también es vivir en soledad:
“No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad”.
A partir de estas consideraciones se tomarán a los mencionados personajes como símbolos. Vale hacer una aclaración en cuanto a la metodología de trabajo.
Cuando se hace referencia en este trabajo al concepto de símbolo, se lo hace desde la perspectiva de Roland Barthes, que tiene un sentido distinto en semiología. Se tomarán los conceptos del libro “Crítica y Verdad” (1972).
Se entenderá pues símbolo como “la pluralidad de los sentidos”, es decir, que la obra no se agota en determinado tiempo. Está ahí lista para ser actualizada, para que los lectores la interpreten y le den su propio sentido. Es por eso que el “símbolo es constante”, es decir que lo que varía es la interpretación que cada sociedad hace de él.
La obra será para Barthes ‘eterna’ porque provee sentidos distintos a lo largo del tiempo, no se agota.
Es a raíz de estas cuestiones que se han seleccionado, como ya se previno, dos personajes y los ejemplos que se tomarán para construir el corpus son de carácter pertinente. Es decir, se utilizarán aquellos que sirvan para la construcción de los personajes como símbolos y no tan solo como actantes en una novela.
En Cien años de soledad se observa claramente las inversiones de rol. En este caso, Úrsula Iguarán cumple el papel de la matriarca, la mujer que lleva adelante la casa y la familia. Ella es el polo con el que su marido, José Arcadio Buendía, ha trocado su puesto como gobernante de Macondo y autoridad en la familia.
Al estar José Arcadio Buendía deslumbrado por los ideales de modernización de Melquíades, ha perdido su puesto al mando.
Él mismo ha quedado en las manos de Úrsula, que constituye el centro de la familia en tanto conduce y tutela la historia de la misma.
Úrsula (al igual que la mayoría de las mujeres en la obra) está construida con valores naturales, y en un saber fundado en la intuición, antes que en la razón.
Se presenta a Úrsula dentro del hogar, en lo cotidiano. Como bien afirma Carmen Perilli:
“Lo femenino, ligado a lo materno, es soporte del mundo macondazo. Sus representantes celebran los rituales que preservan la sociedad: los de la cotidianeidad (…)
Definida por los lazos de parentesco y no por su inserción en el afuera como los hombres, la mujer está diseñada para ser el engranaje perfecto del mecanismo familiar (…)
En Cien años de soledad, las mujeres ocupan el lugar del mito, son las portavoces de la cordura.”
Pero sin embargo, esta aparente quietud se torna contradictoria en ciertos momentos de la novela, puesto que Úrsula comete acciones que no eran comunes en la mujer de aquel tiempo. Acciones que estaban destinadas a los hombres por ser el sexo fuerte, o la figura patriarcal.
Es Úrsula la que determina el asentamiento definitivo en la ciénaga, en donde se funda Macondo.
“-No nos iremos-dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
-Todavía no tenemos un muerto-dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó, con una suave firmeza:
-Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero.”
Esta determinación del personaje la convierte en constructora de este espacio originario que será Macondo, revelando de esta manera un carácter de arquetipo matriarcal en la obra.
Es ella la que descubre una ruta comercial trayendo a los primeros inmigrantes a Macondo e iniciando de esta manera la faceta mercantil del pueblo.
“Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.”
Lleva el mando de la casa, hasta tal punto que emprende ella sola la reconstrucción de la misma.
“Seguida por docenas de albañiles y carpinteros, (…) Úrsula ordenaba la posición de la luz y la conducta del calor, y repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites.”
Con el tiempo Úrsula no sólo posee la autoridad en su casa sino también en Macondo, luego de ver las injusticias que cometía su nieto Arcadio al convertirse éste en un asesino durante las guerras civiles.
“A partir de entonces fue ella quien mandó en el pueblo. Restableció la misa dominical, suspendió el uso de los brazales rojos y descalificó los bandos atrabiliarios.”
De esta manera el mito del poder del hombre en la naturaleza, no poseerá como protagonista a un hombre, sino que será una mujer, y en este caso Úrsula.
Pero así como Úrsula es un personaje fuerte a lo largo de la novela, la matriarca con una enérgica autoridad, es también el personaje testigo a lo largo de la obra, debido a que vivió aproximadamente 120 años, y es la que se da cuenta de la circularidad del tiempo en donde todos los hechos se repiten.
“Ya esto me lo sé de memoria”, gritaba Úrsula. “Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio.”
“(…) Úrsula la percibió en su rincón de tinieblas, y tuvo la impresión de estar viviendo de nuevo los tiempos azarosos en que su hijo Aureliano cargaba en el bolsillo los glóbulos homeopáticos de la subversión. (…)
-Lo mismo que Aureliano- exclamó Úrsula-. Es como si el mundo estuviera dando vueltas.”
“-Qué quería-murmuró-, el tiempo pasa.
-Así es-dijo Úrsula-, pero no tanto.
Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo.”
Este darse cuenta de la temporalidad cíclica la hace penetrar en una profunda soledad, a la que llega con el correr de los años y logra a su vez tomar una actitud reflexiva sobre todo lo que la rodea.
“Úrsula se preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.”
Es sólo al final de sus días cuando puede darse cuenta de su realidad y de la gran tristeza y soledad en la que vivió y vive luego de tantos años de monotonía.
Deja de ser aquella mujer que imponía su autoridad tanto en la casa como en la familia, y a la que todos respetaban, para terminar siendo al final de su vida un estorbo en la casa y un juguete para los niños.
Por su parte, el coronel Aureliano Buendía, es el personaje alegórico por excelencia de la situación histórica de Latinoamérica (las guerras civiles entre liberales y conservadores).
Al principio es un hombre inseguro que vive retraído en su hogar y siente un gran interés por los manuscritos de Melquíades y por la elaboración de los pescaditos de oro.
Pero con la llegada de la guerra toma las armas contra el gobierno y sale a luchar por los ideales liberales; sólo que lo hace regido por razones propias, luego de presenciar ciertas injusticias.
“Aureliano, pálido, hermético, siguió jugando dominó con su suegro. Comprendió que a pesar de su título actual de jefe civil y militar de la plaza, don Apolinar Moscote era otra vez una autoridad decorativa. Las decisiones las tomaba un capitán del ejército que todas las mañanas recaudaba una manlieva extraordinaria para la defensa del orden público. Cuatro soldados al mando suyo arrebataron a su familia a una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la mataron a culatazos en plena calle. Un domingo, dos semanas después de la ocupación, Aureliano entró en la casa de Gerineldo Márquez y con su parsimonia habitual pidió un tazón de café sin azúcar. Cuando los dos quedaron solos en la cocina, Aureliano imprimió a su voz una autoridad que nunca se le había conocido. “Prepara los muchachos”, dijo. “Nos vamos a la guerra.”
El coronel, en realidad, no comprende cómo se puede llegar al extremo de hacer una guerra “por cosas que no podían tocarse con las manos” ; es decir que se hace liberal, pero no entiende su ideología. Tal vez en este punto, lo que el texto quiere decir (a modo de crítica), es que el proyecto moderno, la idea de una revolución, llegó por una orden, más que por una decisión o producto del convencimiento de las masas del continente.
Desde ese momento entonces, Aureliano Buendía deja de ser aquel hombre tranquilo, al que su suegro llamaba Aurelito, para convertirse en el líder de la revolución.
“-Esto es un disparate, Aurelito-exclamó.
-Ningún disparate-dijo Aureliano-. Es la guerra.
Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.”
Es aquí, en el plano de la acción, que se lo presenta como a un héroe épico, con rasgos hiperbólicos.
“El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía…”
Se convierte en un tirano que decide sobre las vidas de los demás, y en una persona totalmente fría y hostil.
A medida que las guerras se prolongan y se van perdiendo los ideales de la revolución el coronel se va alejando de los afectos de su familia, convirtiéndose en un extraño y a su vez más solitario que nunca.
Al final las peripecias absurdas y crueles de la guerra hacen que Aureliano Buendía pierda todo su idealismo y las razones por las que decidió estar al frente de la revolución.
Regresa a Macondo y se encierra en su casa dedicándose nuevamente a la fabricación de los pescaditos de oro, como lo hacía al principio. Y trazando una línea a su alrededor para que nadie se le acerque.
Pasa los últimos días de su vida encerrado, inmerso en una profunda soledad, repitiendo las mismas acciones (hacer y deshacer los pescaditos de oro) y gestos.
Se convierte en un personaje olvidado, aislado, hasta el punto que su propia familia pensaba en él como si hubiera muerto. Y él mismo, al final no se da cuenta de su propia muerte.
“Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos.”
Tanto Úrsula Iguarán, como el coronel Aureliano Buendía, son personajes que al principio de la novela son opuestos, en el sentido en que Úrsula es la matriarca con respecto al hogar y a la familia, la mujer que actúa por intuición más que por la razón. Sumergida en el quietismo, con una connotación a-histórica; es la mujer que vive y actúa para el “adentro”. En cambio el coronel Aureliano Buendía cumple la función del héroe mítico que emprende aventuras, con una connotación histórica; actuando para el “afuera”.
Sin embargo, al final de la novela, los dos coinciden en la misma situación, en el mismo sentimiento de soledad.
Partiendo de una visión crítica plasmada en los dos polos convergentes a nivel de perspectiva en Cien años de soledad (aquellas dos líneas mencionadas al principio), lo que sería por un lado la visión mítica simbólica de la existencia humana, y por otro la perspectiva de crítica hacia la realidad contextual que se puede observar en toda la obra; es que se puede determinar, en el caso de el personaje de Úrsula Iguarán (la figura de poder matriarcal en la novela) un tratamiento inverso y crítico de lo que sería una noción normal del papel de lo femenino en una construcción social. Se puede ver aquí una intención (implícita) por parte de García Márquez de revisar la cosmovisión patriarcal vigente en Latinoamérica.
En el caso del coronel Aureliano Buendía, se puede observar también a través de este personaje una crítica a las guerras civiles. La destrucción de los sentimientos humanos en el coronel es alegórica de la destrucción de la guerra.
El coronel Aureliano Buendía es una parodia de todas las crueldades, contrasentidos e injusticias de las guerras.
Y de esta manera, el fracaso de las guerras lo terminan posicionando como un antihéroe.
En última instancia, para concluir, el eje problemático que asimila a estos dos personajes (Úrsula Iguarán y Aureliano Buendía), que es el de la soledad; representa por un lado a la soledad en el sentido metafísico, más profundo e individual. En este punto, el coronel Aureliano es el personaje más existencialista de la obra, puesto que él mismo llega a la soledad por propia voluntad, encerrándose en sí mismo, aislándose de los demás, muriéndose en vida y viéndose vencido con respecto a sus ideales de guerra. El fracaso de la guerra es también su fracaso mismo. Como bien afirma Ariel Dorfman
“(…) el coronel es el único con un problema ético profundo, el único que halla en su propia personalidad, en el desnudo existir de su alma, las semillas de la ambivalente situación que lo llevará fatalmente a la nada.”
Y es similar lo que sucede con Úrsula, al sentirse desplazada en su puesto en la casa, y siendo sólo un estorbo. Sintiendo la soledad en las penumbras de su ceguera sólo desea morirse para encontrar la tranquilidad.
Esta soledad del individuo en particular, de Úrsula y de Aureliano en este caso, no es más que la soledad de todos los hombres en general. Es la soledad del hombre latinoamericano; aquél que se siente sólo al final de tantas guerras sin triunfos, de tantos ideales frustrados, y teniendo como única recompensa su falta de libertad e identidad. Puesto que Macondo, la familia Buendía en sí, representan a toda Latinoamérica (y a la humanidad en un sentido más universal), se podría decir también que esta soledad a la que están destinados los personajes de la novela, es también la soledad de toda Latinoamérica; esa soledad que tiene que ver con tantos años de aislamiento, de ser aquel lugar del mundo que vivía alejado de toda civilización antes de la llegada de los Conquistadores; y que luego tuvieron que padecer tantas injusticias y sometimientos en la época de las Colonias, quedando siempre en la posición de ser lo “otro”. Los latinoamericanos fueron desde un principio la clase aislada, inferior, distinta. Y en este aislamiento, en esta diferencia con los demás, es precisamente donde reside su soledad.
BILIOGRAFÍA
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Edición Conmemorativa. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española. Alfaguara, 2007.
------------------ La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo. En: www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmnobel.htm
PERILLI Carmen. Imágenes de la mujer en Carpentier y García Márquez- Mitificación y demitificación. Tucumán, Colección Ensayos de la Universidad Nacional de Tucumán. Secretaría de Extensión Universitaria, 1990.
BARTHES, Roland. Crítica y Verdad. Traducido por José Bianco. Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 1972.
JÁUREGUI, de Juan, Antídoto contra las Soledades, En Jordán de Urríes, Biografía y estudio crítico de Jáuregui, Madrid, 1899, pp. 149 y ss., y en Eunice Joiner Gates, Documentos gongorinos, México, 1960. En: Mauricio Molho, Semántica y Poética (Góngora y Quevedo), Editorial Crítica, Barcelona.
MOLHO, Mauricio, Semántica y Poética (Góngora y Quevedo), Publicado en Bulletin Hispanique, LXII (julio – septiembre 1960). Editorial Crítica. Pág. 42.
DORFMAN, Ariel. La muerte como acto imaginativo en Cien años de soledad. Incluido en Novelistas hispanoamericanos de hoy. Compilador: Juan Loveluck, Editorial Taurus. Madrid, 1984.