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Baño e higiene en la Edad Media

El Medioevo cuenta con pésima prensa en lo que hace a baño e higiene. Leemos, por ejemplo, lo que al respecto nos dice Juan Röhl en sus 501 pequeñas historias:

La higiene personal, tal como es practicada en nuestros días, se le debe -es de justicia reconocerlo- a los americanos del Norte. En las grandes civilizaciones antiguas, en Roma y grecia principalmente, existían baños públicos, lugares de reunión, además; pero en la Edad Media, la era feudal, esa costumbre fue olvidada y puede afirmarse que la gente no acostumbraba a bañarse en absoluto. Hasta el siglo XVIII, el desaseo personal era considerado norma natural y corriente. Debemos recordar que en el Palacio de Versalles, donde habitaban miles de cortesanos y criados, no existía ni un solo baño; y era de todo punto imposible pasear por las inmediaciones del majestuoso edificio debido a las miasmas que infestaban el ambiente, especialmente en las horas matinales.



No obstante, Lewis Mumford, en La cultura de las ciudades, deja una opinión bastante más completa y también más positiva. Empecemos por el excusado:

Hasta hace algo así como veinticinco años (1) existían ciudades americanas rurales donde las calles y los excusados, desde el punto de vista técnico, no se encontraban en condiciones mucho mejores que en la Edad Media. Mas no eran ni tan desagradables para la vista o el olfato ni tan peligrosas para la salud como puede creerse, denido a que se encontraban en plena campaña. La salubridad rudimentaria no significa necesariamente salubridad mala; en verdad, una granja medieval, donde la pila de abono servía de excusado doméstico, no era probablemente tan perjudicial para la salud como la ciudad del siglo XIX anterior a Pasteur, beneficiada con retretes higiénicos y un servicio de aguas corrientes tomado del mismo río en que desembocaban las cloacas. No existe prueba alguna de que la aparición de epidemias fuera mucho peor en la ciudad medieval que en la ciudad americana o europea de la primera mitad del siglo XIX; tampoco existen pruebas concluyentes de que las disposiciones sanitarias primitivas fueran la única causa del origen o de la virulencia de las epidemias medievales. Recuérdese la mortandad debida a la gripe en 1918 en países que se encontraban fuera de la zona de guerra, o de la poliomielitis y sus brotes que se repiten a menudo hoy en día. Si bien la duración media de la vida en el medioevo era baja, probablemente hay que atribuirlo tanto a un régimen alimenticio defectuoso, en especial durante el invierno, como a los defectuosos sistemas de eliminación de las materias fecales...



Sobre el particular, tal como lo hace notar el profesor Thorndike (2), no cabe duda de que existen pruebas de que en muchas ciudades medievales se observaban reglas de higiene. Cita el elogio que hace Bruni (3) de la ciudad de Florencia, donde hace notar "que algunas ciudades conservan hábitos tan sucios que los excrementos de la noche aparecen por la mañana ante los ojos de la gente, la cual no tiene más remedio que pisotearlos y que no es posible imaginar nada más asqueroso. Pues aun cuando haya mucha riqueza y una multitud infinita, empero condenaré a una ciudad tan sucia y nunca tendré buena opinión de ella"...


Continuemos con la eliminación de desperdicios:

Lo que se aplica a las excreciones humanas cabe también decirse de los desperdicios. Los perros, los pollos y los cerdos comìan los desperdicios, y venían, por lo tanto, a resultar los recolectores de desechos de la ciudad. La prohibición de tener cerdos y la pavimentación coinciden. Durante el siglo XVI, en las ciudades bien organizadas donde se habían tomado medidas para limpiar las calles, también se prohibió tener cerdos en parte alguna de la ciudad, ni siquiera en los jardines detás de las casas. Mas, en los primeros tiempos, el cerdo era indudablemente un miembro activo del comité de salud pública. Lo mismo que muchas instituciones medievales, el cerdo consiguió mantenerse hasta mediados del siglo XIX en los centros más atrasados: en Manchester, por ejemplo, y en Nueva York, el gran emporio del mundo.





Indudablemente, era más difícil hacer desaparecer los desperdicios incomibles: las cenizas, muchos de los desechos de las curtidurías y del desengrase de la lana; pero, con seguridad, cantidad de esas materias era menor que en la ciudad moderna: las latas, el hierro roto y el papel no formaban montones gigantescos, como ocurre actualmente. También en ese caso, en la Edad Media, algunos centros congestionados indudablemente contaminaron los arroyos que corrían por los alrededores; mas en aquel entonces las grandes ciudades, como París y Londres, eran lugares excepcionales, y, por lo tanto, en la mayor parte de las ciudades medievales el perjuicio resultaba insignificante. Casi todos los materiales de desperdicios eran materiales orgánicos, que se descomponían y se fundían con la tierra. Además, en esos focos de edificación, particularmente en los primeros siglos, se producían incendios, famosos en los anales de casi todas las ciudades, que sometían ciudades y barrios enteros al más poderoso y enérgico de los agentes germicidas. Lo que creó las condiciones sucias de la ciudad fue el revoque de las casas con materiales imperecederos, el amontonamiento de las construcciones y la reducción del espacio abierto. Prevalecieron las malas condiciones en cuanto la ciudad perdió su base rural antes de haber creado un sustituto mecánico adecuado.




Concluyamos con la gran sorpresa, el baño:

Hemos de examinar detenidamente otros dos factores relacionados con la higiene: el baño y el agua para el consumo. Ya en el siglo XIII, el baño privado había hecho su aparición: algunas veces acompañado con un cuarto de vestir, tal como nos lo hace saber una libreta casera de un mercader de Nuremberg del siglo XVI. En 1417 la ciudad de Londres concedió permisos especiales para la instalación de baños calientes en casas privads. Si algo nos demuestra la actitud medieval hacia la limpieza, el ritual del baño público constituye un argumento probatorio. Las casas de baños eran instituciones características de todas las ciudades, y se las podía encontrar en todos los barrios. Guarinonius (4)se queja de que los niños de ambos sexos de diez a dieciocho años corrían desvergonzadamente desnudos por las calles a las casas de baños. El baño era una diversión familiar. Las casas de baño algunas veces eran dirigidas por particulares, pero las más de las veces por la municipalidad. Según von Below, en Riga se menciona la existencia de casas de baño en el siglo XIII; en el siglo XIV existían 7 de esas casas en Würzburg, y a fines de la Edad Media la ciudad de Ulm tenía 11, la de Nuremberg 12, la de Francfort del Meno 15, la de Augsburgo 17 y en Viena existían 29. En Francfort había 29 casas de baño en 1387. Tan corriente era la costumbre de bañarse en la Edad Media que la misma se propagó a los distritos campesinos, cuyos habitantes habían sido llamados cerdos sucios por los autores de los primeros Fabliaux (5). Lo esencial del baño medieval aún subsiste en la actualidad en el pueblo ruso o el finlandés



¿A quién le creemos, a Röhl, o a Mumford? No necesariamente los datos de uno u otro son falsos; el Palacio de Versalles, al que alude Röhl, se construyó entre 1661 y 1692, y por lo tanto queda fuera de la Edad Media, si bien podría pretenderse que las costumbres higiénicas de la nobleza francesa se remontaran a la Edad Media. Guarinonius tampoco vivió en la Edad Media, pero notemos la abundancia de casas de baño en la Baja Edad Media (tal vez en la Alta Edad Media los europeos sí fueran más sucios, quién sabe); puede que la limpieza variara de región en región, y de hecho, lo que dice Mumford nos permite suponerlo. Lo que nos dice acerca de los comentarios despectivos de los autores de los primeros Fabliaux, en cambio, podrían ser fruto del típico desprecio del citadino hacia el campesino, y no necesariamente ciertos (opino yo...). Pero en cualquier caso, llamado a elegir entre las dos obras, me parece que la de Mumford es más creíble, puesto que es un estudio serio sobre el tema de las ciudades, mientras que la obra de Röhl no intenta ser más que una agradables miscelánea, un interesante anecdotario que no es fruto de una investigación a fondo. Claro que a su favor Röhl podría alegar que otros autores apoyan su postura. Que vengan esos autores si se atreven, entonces, y veremos si Mumford puede con ellos.


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(1) La primera edición de La cultura de las ciudades apareció en 1938.
(2) Referencia a Edward L. Thorndike (1874-1949), profesor de psicología durante más de treinta años en el Teachers College de Columbia, Estados Unidos.
(3) Leonardo Bruni (1370-1444), humanista, historiador y político italiano.
(4) Hipólito Guarinonius (1571-1654), médico y erudito.
(5) Fabliaux: breves poemas narrativos franceses de los siglos XII a XIV.

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