La Peor Hora de la Humanidad*
Corre una bochornosa noche del mes de Julio. Nos hemos quedado dormidos en la butaca. De repente, nos despertamos sobresaltados, desorientados. La tele está encendida, pero no hay sonido. Hacemos un esfuerzo por comprender lo que estamos presenciando. Dos fantasmagóricas figuras blancas, vestidas con ampulosos monos y cascos, bailan suavemente bajo un cielo negro como la noche. Van dando pequeños saltos que los impulsan hacia arriba, levantando nubes de polvo apenas perceptibles. Pero hay algo que no cuadra. Tardan demasiado tiempo en bajar. Sobrecargados como van, parecen volar... un poco. Nos frotamos los ojos, pero la onírica escena persiste.
La Luna era una metáfora para lo inalcanzable: «Estás pidiendo la luna», solía decirse. Durante la mayor parte de nuestra historia no teníamos la menor idea de lo que podía ser. ¿Un espíritu? ¿Un dios? ¿Un objeto? No parecía algo grande y alejado, sino más bien algo pequeño y cercano, una cosa del tamaño de un plato, colgado en el cielo encima de nuestras cabezas. Los filósofos de la Grecia antigua debatieron la afirmación de que «la Luna es exactamente tan grande como parece»
(poniendo de manifiesto una irremediable confusión entre tamaño lineal y angular). Caminar sobre la Luna habría parecido una idea estrafalaria en aquel entonces; tenía más sentido imaginarse uno mismo subiendo al cielo por una escalera o sentado a lomos de un pájaro gigante, cogiendo la Luna y bajándola a la Tierra. Jamás nadie pudo conseguirlo, aunque circulaban infinidad de leyendas sobre héroes que lo habían intentado.
Hasta hace pocos siglos no se impuso de forma definitiva la concepción de la Luna como un lugar situado a 385000 kilómetros de distancia. Y en ese insignificante parpadeo temporal hemos dado el salto desde nuestros primeros pasos en la comprensión de la naturaleza de la Luna hasta poner pie y transitar a placer por su superficie. Calculamos cómo se mueven los objetos celestes por el espacio, licuamos el oxígeno del aire, inventamos grandes cohetes, telemetría, electrónica digna de confianza, dirección por inercia y muchas cosas más. Luego salimos a surcar el espacio.
Tuve la suerte de estar implicado en el programa Apolo, pero no culpo a las personas que piensan que todo el asunto fue simulado en un estudio de cine de Hollywood. En el Imperio romano tardío, los filósofos paganos habían atacado la doctrina cristiana que postulaba la ascensión al cielo del cuerpo de Cristo y la promesa de la resurrección de los muertos, basándose en que la fuerza de la gravedad atrae hacia la Tierra a todos los «cuerpos terrestres». San Agustín replicó:
«Si la inteligencia humana es capaz de fabricar, mediante alguna invención, navíos que flotan a partir de metales que se hunden... ¿cómo no iba a resultar mucho más creíble que Dios, utilizando alguna operativa oculta, pueda conseguir que esas masas terrestres se emancipen» de las cadenas que las atan a la Tierra? Pero que los humanos llegaran a descubrir un día dicha operativa era algo que trascendía la imaginación. Y sin embargo, mil quinientos años más tarde, nos emancipamos.
La proeza suscitó una amalgama de admiración temerosa y preocupación. Algunos se acordaron de la historia de la torre de Babel. Otros, entre ellos los musulmanes ortodoxos, consideraban impudente y sacrílego el hecho de poner pie en la Luna. Muchos saludaron el evento como un punto de inflexión en la historia. La Luna ya no es inalcanzable. Una docena de seres humanos, todos americanos, han efectuado esos singulares movimientos a saltos, a los que se ha dado en llamar «paseo lunar», sobre la crujiente y antigua lava gris, sembrada de cráteres, empezando precisamente ese día de julio de 1969. No obstante, desde 1972 no ha habido persona de ninguna nación que haya vuelto a pisarla. En realidad, nadie ha ido a ninguna parte desde los gloriosos días de la misión Apolo, exceptuando, claro está, la órbita terrestre, algo así como un niño que se aventura a dar sus primeros pasos en solitario, pero vuelve de inmediato, casi sin aliento, a la
seguridad de las faldas de su madre.
En otro tiempo nos adentramos en el sistema solar. Durante unos pocos años. Luego nos apresuramos a regresar a casa. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? ¿Qué perseguía realmente la misión Apolo?
El alcance y la audacia del mensaje que John F. Kennedy pronunció el 25 de mayo de 1961 en una sesión conjunta del Congreso sobre «Necesidades nacionales urgentes» —el discurso que puso en marcha el programa Apolo— me deslumbra. Íbamos a emplear cohetes todavía por diseñar, aleaciones que aún debían ser concebidas, esquemas de navegación y acoplamiento por planificar, todo para enviar hombres a un mundo desconocido, un mundo que nunca había sido
explorado, ni siquiera de forma preliminar, ni tan sólo por robots; íbamos a traerles de vuelta a casa sanos y salvos, y lo íbamos a hacer antes de que finalizara la década. Este confiado pronunciamiento fue efectuado antes de que ningún americano hubiera conseguido ni siquiera surcar la órbita terrestre.
En mi recién estrenada condición de doctor en Filosofía, lo primero que pensé fue que todo aquello tenía que ver fundamentalmente con la ciencia. Pero el presidente no hablaba de descubrir el origen de la Luna, ni tampoco de traer muestras para su posterior estudio. Lo único que parecía interesarle era mandar a alguien allí y traerle luego de regreso a casa. Era una especie de gesto.
El asesor científico de Kennedy, Jerome Wiesner, me explicó después que había hecho un trato con el presidente: si Kennedy no reivindicaba objetivos científicos para la misión Apolo, entonces él, Wiesner, la apoyaría. Pero, si no estaba relacionada con la ciencia, ¿cuáles eran sus objetivos?
«El programa Apolo es en realidad un asunto político», me explicaron otros.
Eso ya sonaba más prometedor. Las naciones no alineadas podían sentirse tentadas de girar en la órbita de la Unión Soviética si ésta se adelantaba en la carrera espacial, si Estados Unidos demostraba un «vigor nacional» insuficiente.
No me cabía en la cabeza. Ahí estaba Estados Unidos de América, por delante de la Unión Soviética virtualmente en todas las áreas tecnológicas —líder mundial económico, militar y, en ocasiones, también moral—, y sin embargo ¿Indonesia iba a adoptar el régimen comunista porque Yuri Gagarin había alcanzado antes que John Glenn la órbita terrestre? ¿Qué es lo que hace de la tecnología espacial algo tan especial? De pronto caí en la cuenta.
Poner personas en órbita alrededor de la Tierra o robots a orbitar el Sol requiere cohetes, cohetes grandes, fiables y potentes. Esos mismos cohetes pueden utilizarse en una guerra nuclear. La misma tecnología que transporta un hombre a la Luna puede transportar cabezas nucleares a medio mundo de distancia.
La misma tecnología que coloca en la órbita terrestre a un astrónomo y un telescopio puede lanzar al espacio un «puesto de combate» láser. En aquellos tiempos se oían extravagantes conversaciones en los círculos militares de Oriente y Occidente, que hablaban del espacio como de la nueva «base de operaciones» y sostenían que la nación que «controlara» el espacio «controlaría» la Tierra. Naturalmente, los cohetes estratégicos ya estaban siendo probados en la Tierra. No obstante, lanzar un misil balístico con una estúpida ojiva de combate sobre un objetivo
seleccionado en mitad del océano Pacífico no acarrea demasiada gloría, en tanto que enviar personas al espacio consigue cautivar la atención e imaginación del mundo.
No se iba a invertir todo ese dinero en mandar astronautas a la Luna solamente por esa razón, pero de todas las formas existentes para demostrar potencia en tecnología espacial, ésta era la que mejor funcionaba. Se trataba, en suma, de un rito de «hombría» nacional; el tamaño de las lanzaderas hacía este punto suficientemente comprensible, sin necesidad de que nadie hubiera de explicarlo. La comunicación parecía transmitirse de mente inconsciente a mente inconsciente,
sin que las facultades mentales más elevadas captaran el más leve soplo de lo que estaba ocurriendo.
Para mí, lo más irónico de ese momento de la historia es la placa firmada por el presidente Richard Nixon que se llevó el Apolo 11 a la Luna. Reza así: «Vinimos en son de paz y en nombre de toda la Humanidad.» Mientras Estados Unidos estaba soltando siete megatones y medio de explosivos convencionales sobre naciones pequeñas del sudeste asiático, nos congratulábamos de nuestra humanidad: no íbamos a hacer daño a nadie sobre esa roca sin vida. La placa sigue todavía allí, fijada a la base del módulo lunar del Apolo 11, en medio de la irrespirable desolación del Mar de la Tranquilidad. Si no se interpone nadie, seguirá siendo legible durante un millón de años a partir de ahora.
El programa Apolo no versaba principalmente sobre ciencia. Ni siquiera estaba centrado en el espacio. El Apolo trataba sobre confrontación ideológica y guerra nuclear, a menudo descritos con eufemismos tales como «liderazgo» mundial y «prestigio» nacional. Sin embargo, se avanzó de todos modos en la ciencia espacial. Hoy sabemos mucho más acerca de la composición, edad, así como de la historia de la Luna y del origen de las formas de su superficie. Hemos avanzado en la
comprensión relacionada con su procedencia. Algunos de nosotros hemos empleado estadísticas sobre los cráteres lunares para entender mejor la Tierra en el momento del origen de la vida. Pero lo más importante de todo es que el Apolo proporcionó un escudo, un paraguas bajo el cual se enviaron naves robotizadas de brillante ingeniería por todo el sistema solar para que efectuaran un
reconocimiento preliminar de docenas de mundos. La descendencia del Apolo ha alcanzado hoy las fronteras planetarias. De no haber sido por la misión Apolo —y, en consecuencia, de no haber sido por el propósito político al cual sirvió— tengo mis dudas acerca de si realmente se habrían llevado a cabo las históricas expediciones americanas de exploración y descubrimiento en el sistema solar. Los Mariner, Viking, Pioneer, Voyager y Galilea se cuentan entre los obsequios que nos ha traído el programa Apolo.
Magallanes y Cassini quedan ya más distantes en la línea de descendencia. Algo similar puede aplicarse a los pioneros esfuerzos soviéticos en pos de la exploración del sistema solar, incluyendo los primeros aterrizajes blandos de naves robotizadas —Luna 9, Mars 3, Venera 8— en otros mundos.
Apolo transmitió una confianza, energía y amplitud de miras que cautivaron de verdad la imaginación del mundo. Esa constituía de hecho una parte de sus objetivos. Inspiraba optimismo en relación con la tecnología y entusiasmo de cara al futuro. Si podíamos volar a la Luna como tantos exigían, ¿qué más éramos capaces de hacer? Incluso los detractores de las políticas y actuaciones de Estados Unidos —incluso los que pensaban lo peor de nosotros— reconocieron el genio y el heroísmo del programa Apolo. Gracias a él, Estados Unidos rozó la grandeza.
Cuando hacemos las maletas para un viaje largo, nunca sabemos lo que nos espera. Los astronautas del Apolo fotografiaron su planeta, la Tierra, en su camino de ida y vuelta a la Luna. Era lógico, pero tuvo consecuencias que muy pocos habían previsto. Por primera vez, los habitantes de la Tierra tenían la oportunidad de ver su mundo desde arriba, la Tierra entera, la Tierra en colores, la Tierra como una hermosa bola giratoria, blanca y azul, colocada contra la amplia oscuridad del espacio. Dichas imágenes contribuyeron a despertar nuestra adormecida
conciencia planetaria. Y proporcionan una evidencia incontestable de que todos compartimos el mismo planeta vulnerable. Nos recuerdan lo que es importante y lo que no lo es. Son precursoras del punto azul pálido del Voyager.
Puede que hayamos dado con esa perspectiva justo a tiempo, precisamente cuando nuestra tecnología está amenazando la habitabilidad de nuestro planeta. Fuera cual fuera la razón que puso en marcha el programa Apolo y con independencia de lo comprometido que se hallara con el nacionalismo de la guerra fría y con los instrumentos de la muerte, el ineludible reconocimiento de la unidad y fragilidad de la Tierra constituye su claro y luminoso dividendo, el inesperado regalo final del Apolo. Lo que empezó en mortífera competencia nos ha ayudado a comprender que la cooperación global es una condición esencial para nuestra supervivencia.
Viajar resulta instructivo.
Ha llegado la hora de hacer de nuevo las maletas.
*El texto original se llama "El Regalo del Apollo", es en homenaje a Neil de Grasse Tyson que hago este post; ya que no solo nos recordó este texto de Sagan, sino que ademas, nos recordó que nuestros mayores triunfos ocurrieron en nuestra peor hora como Humanidad.
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Corre una bochornosa noche del mes de Julio. Nos hemos quedado dormidos en la butaca. De repente, nos despertamos sobresaltados, desorientados. La tele está encendida, pero no hay sonido. Hacemos un esfuerzo por comprender lo que estamos presenciando. Dos fantasmagóricas figuras blancas, vestidas con ampulosos monos y cascos, bailan suavemente bajo un cielo negro como la noche. Van dando pequeños saltos que los impulsan hacia arriba, levantando nubes de polvo apenas perceptibles. Pero hay algo que no cuadra. Tardan demasiado tiempo en bajar. Sobrecargados como van, parecen volar... un poco. Nos frotamos los ojos, pero la onírica escena persiste.
La Luna era una metáfora para lo inalcanzable: «Estás pidiendo la luna», solía decirse. Durante la mayor parte de nuestra historia no teníamos la menor idea de lo que podía ser. ¿Un espíritu? ¿Un dios? ¿Un objeto? No parecía algo grande y alejado, sino más bien algo pequeño y cercano, una cosa del tamaño de un plato, colgado en el cielo encima de nuestras cabezas. Los filósofos de la Grecia antigua debatieron la afirmación de que «la Luna es exactamente tan grande como parece»
(poniendo de manifiesto una irremediable confusión entre tamaño lineal y angular). Caminar sobre la Luna habría parecido una idea estrafalaria en aquel entonces; tenía más sentido imaginarse uno mismo subiendo al cielo por una escalera o sentado a lomos de un pájaro gigante, cogiendo la Luna y bajándola a la Tierra. Jamás nadie pudo conseguirlo, aunque circulaban infinidad de leyendas sobre héroes que lo habían intentado.
Hasta hace pocos siglos no se impuso de forma definitiva la concepción de la Luna como un lugar situado a 385000 kilómetros de distancia. Y en ese insignificante parpadeo temporal hemos dado el salto desde nuestros primeros pasos en la comprensión de la naturaleza de la Luna hasta poner pie y transitar a placer por su superficie. Calculamos cómo se mueven los objetos celestes por el espacio, licuamos el oxígeno del aire, inventamos grandes cohetes, telemetría, electrónica digna de confianza, dirección por inercia y muchas cosas más. Luego salimos a surcar el espacio.
Tuve la suerte de estar implicado en el programa Apolo, pero no culpo a las personas que piensan que todo el asunto fue simulado en un estudio de cine de Hollywood. En el Imperio romano tardío, los filósofos paganos habían atacado la doctrina cristiana que postulaba la ascensión al cielo del cuerpo de Cristo y la promesa de la resurrección de los muertos, basándose en que la fuerza de la gravedad atrae hacia la Tierra a todos los «cuerpos terrestres». San Agustín replicó:
«Si la inteligencia humana es capaz de fabricar, mediante alguna invención, navíos que flotan a partir de metales que se hunden... ¿cómo no iba a resultar mucho más creíble que Dios, utilizando alguna operativa oculta, pueda conseguir que esas masas terrestres se emancipen» de las cadenas que las atan a la Tierra? Pero que los humanos llegaran a descubrir un día dicha operativa era algo que trascendía la imaginación. Y sin embargo, mil quinientos años más tarde, nos emancipamos.
La proeza suscitó una amalgama de admiración temerosa y preocupación. Algunos se acordaron de la historia de la torre de Babel. Otros, entre ellos los musulmanes ortodoxos, consideraban impudente y sacrílego el hecho de poner pie en la Luna. Muchos saludaron el evento como un punto de inflexión en la historia. La Luna ya no es inalcanzable. Una docena de seres humanos, todos americanos, han efectuado esos singulares movimientos a saltos, a los que se ha dado en llamar «paseo lunar», sobre la crujiente y antigua lava gris, sembrada de cráteres, empezando precisamente ese día de julio de 1969. No obstante, desde 1972 no ha habido persona de ninguna nación que haya vuelto a pisarla. En realidad, nadie ha ido a ninguna parte desde los gloriosos días de la misión Apolo, exceptuando, claro está, la órbita terrestre, algo así como un niño que se aventura a dar sus primeros pasos en solitario, pero vuelve de inmediato, casi sin aliento, a la
seguridad de las faldas de su madre.
En otro tiempo nos adentramos en el sistema solar. Durante unos pocos años. Luego nos apresuramos a regresar a casa. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? ¿Qué perseguía realmente la misión Apolo?
El alcance y la audacia del mensaje que John F. Kennedy pronunció el 25 de mayo de 1961 en una sesión conjunta del Congreso sobre «Necesidades nacionales urgentes» —el discurso que puso en marcha el programa Apolo— me deslumbra. Íbamos a emplear cohetes todavía por diseñar, aleaciones que aún debían ser concebidas, esquemas de navegación y acoplamiento por planificar, todo para enviar hombres a un mundo desconocido, un mundo que nunca había sido
explorado, ni siquiera de forma preliminar, ni tan sólo por robots; íbamos a traerles de vuelta a casa sanos y salvos, y lo íbamos a hacer antes de que finalizara la década. Este confiado pronunciamiento fue efectuado antes de que ningún americano hubiera conseguido ni siquiera surcar la órbita terrestre.
En mi recién estrenada condición de doctor en Filosofía, lo primero que pensé fue que todo aquello tenía que ver fundamentalmente con la ciencia. Pero el presidente no hablaba de descubrir el origen de la Luna, ni tampoco de traer muestras para su posterior estudio. Lo único que parecía interesarle era mandar a alguien allí y traerle luego de regreso a casa. Era una especie de gesto.
El asesor científico de Kennedy, Jerome Wiesner, me explicó después que había hecho un trato con el presidente: si Kennedy no reivindicaba objetivos científicos para la misión Apolo, entonces él, Wiesner, la apoyaría. Pero, si no estaba relacionada con la ciencia, ¿cuáles eran sus objetivos?
«El programa Apolo es en realidad un asunto político», me explicaron otros.
Eso ya sonaba más prometedor. Las naciones no alineadas podían sentirse tentadas de girar en la órbita de la Unión Soviética si ésta se adelantaba en la carrera espacial, si Estados Unidos demostraba un «vigor nacional» insuficiente.
No me cabía en la cabeza. Ahí estaba Estados Unidos de América, por delante de la Unión Soviética virtualmente en todas las áreas tecnológicas —líder mundial económico, militar y, en ocasiones, también moral—, y sin embargo ¿Indonesia iba a adoptar el régimen comunista porque Yuri Gagarin había alcanzado antes que John Glenn la órbita terrestre? ¿Qué es lo que hace de la tecnología espacial algo tan especial? De pronto caí en la cuenta.
Poner personas en órbita alrededor de la Tierra o robots a orbitar el Sol requiere cohetes, cohetes grandes, fiables y potentes. Esos mismos cohetes pueden utilizarse en una guerra nuclear. La misma tecnología que transporta un hombre a la Luna puede transportar cabezas nucleares a medio mundo de distancia.
La misma tecnología que coloca en la órbita terrestre a un astrónomo y un telescopio puede lanzar al espacio un «puesto de combate» láser. En aquellos tiempos se oían extravagantes conversaciones en los círculos militares de Oriente y Occidente, que hablaban del espacio como de la nueva «base de operaciones» y sostenían que la nación que «controlara» el espacio «controlaría» la Tierra. Naturalmente, los cohetes estratégicos ya estaban siendo probados en la Tierra. No obstante, lanzar un misil balístico con una estúpida ojiva de combate sobre un objetivo
seleccionado en mitad del océano Pacífico no acarrea demasiada gloría, en tanto que enviar personas al espacio consigue cautivar la atención e imaginación del mundo.
No se iba a invertir todo ese dinero en mandar astronautas a la Luna solamente por esa razón, pero de todas las formas existentes para demostrar potencia en tecnología espacial, ésta era la que mejor funcionaba. Se trataba, en suma, de un rito de «hombría» nacional; el tamaño de las lanzaderas hacía este punto suficientemente comprensible, sin necesidad de que nadie hubiera de explicarlo. La comunicación parecía transmitirse de mente inconsciente a mente inconsciente,
sin que las facultades mentales más elevadas captaran el más leve soplo de lo que estaba ocurriendo.
Para mí, lo más irónico de ese momento de la historia es la placa firmada por el presidente Richard Nixon que se llevó el Apolo 11 a la Luna. Reza así: «Vinimos en son de paz y en nombre de toda la Humanidad.» Mientras Estados Unidos estaba soltando siete megatones y medio de explosivos convencionales sobre naciones pequeñas del sudeste asiático, nos congratulábamos de nuestra humanidad: no íbamos a hacer daño a nadie sobre esa roca sin vida. La placa sigue todavía allí, fijada a la base del módulo lunar del Apolo 11, en medio de la irrespirable desolación del Mar de la Tranquilidad. Si no se interpone nadie, seguirá siendo legible durante un millón de años a partir de ahora.
El programa Apolo no versaba principalmente sobre ciencia. Ni siquiera estaba centrado en el espacio. El Apolo trataba sobre confrontación ideológica y guerra nuclear, a menudo descritos con eufemismos tales como «liderazgo» mundial y «prestigio» nacional. Sin embargo, se avanzó de todos modos en la ciencia espacial. Hoy sabemos mucho más acerca de la composición, edad, así como de la historia de la Luna y del origen de las formas de su superficie. Hemos avanzado en la
comprensión relacionada con su procedencia. Algunos de nosotros hemos empleado estadísticas sobre los cráteres lunares para entender mejor la Tierra en el momento del origen de la vida. Pero lo más importante de todo es que el Apolo proporcionó un escudo, un paraguas bajo el cual se enviaron naves robotizadas de brillante ingeniería por todo el sistema solar para que efectuaran un
reconocimiento preliminar de docenas de mundos. La descendencia del Apolo ha alcanzado hoy las fronteras planetarias. De no haber sido por la misión Apolo —y, en consecuencia, de no haber sido por el propósito político al cual sirvió— tengo mis dudas acerca de si realmente se habrían llevado a cabo las históricas expediciones americanas de exploración y descubrimiento en el sistema solar. Los Mariner, Viking, Pioneer, Voyager y Galilea se cuentan entre los obsequios que nos ha traído el programa Apolo.
Magallanes y Cassini quedan ya más distantes en la línea de descendencia. Algo similar puede aplicarse a los pioneros esfuerzos soviéticos en pos de la exploración del sistema solar, incluyendo los primeros aterrizajes blandos de naves robotizadas —Luna 9, Mars 3, Venera 8— en otros mundos.
Apolo transmitió una confianza, energía y amplitud de miras que cautivaron de verdad la imaginación del mundo. Esa constituía de hecho una parte de sus objetivos. Inspiraba optimismo en relación con la tecnología y entusiasmo de cara al futuro. Si podíamos volar a la Luna como tantos exigían, ¿qué más éramos capaces de hacer? Incluso los detractores de las políticas y actuaciones de Estados Unidos —incluso los que pensaban lo peor de nosotros— reconocieron el genio y el heroísmo del programa Apolo. Gracias a él, Estados Unidos rozó la grandeza.
Cuando hacemos las maletas para un viaje largo, nunca sabemos lo que nos espera. Los astronautas del Apolo fotografiaron su planeta, la Tierra, en su camino de ida y vuelta a la Luna. Era lógico, pero tuvo consecuencias que muy pocos habían previsto. Por primera vez, los habitantes de la Tierra tenían la oportunidad de ver su mundo desde arriba, la Tierra entera, la Tierra en colores, la Tierra como una hermosa bola giratoria, blanca y azul, colocada contra la amplia oscuridad del espacio. Dichas imágenes contribuyeron a despertar nuestra adormecida
conciencia planetaria. Y proporcionan una evidencia incontestable de que todos compartimos el mismo planeta vulnerable. Nos recuerdan lo que es importante y lo que no lo es. Son precursoras del punto azul pálido del Voyager.
Puede que hayamos dado con esa perspectiva justo a tiempo, precisamente cuando nuestra tecnología está amenazando la habitabilidad de nuestro planeta. Fuera cual fuera la razón que puso en marcha el programa Apolo y con independencia de lo comprometido que se hallara con el nacionalismo de la guerra fría y con los instrumentos de la muerte, el ineludible reconocimiento de la unidad y fragilidad de la Tierra constituye su claro y luminoso dividendo, el inesperado regalo final del Apolo. Lo que empezó en mortífera competencia nos ha ayudado a comprender que la cooperación global es una condición esencial para nuestra supervivencia.
Viajar resulta instructivo.
Ha llegado la hora de hacer de nuevo las maletas.
*El texto original se llama "El Regalo del Apollo", es en homenaje a Neil de Grasse Tyson que hago este post; ya que no solo nos recordó este texto de Sagan, sino que ademas, nos recordó que nuestros mayores triunfos ocurrieron en nuestra peor hora como Humanidad.
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