InicioArteRicitos de oro y los tres Osos - Versión de Henry Milller

Ricitos de oro y los tres Osos - Versión de Henry Milller

Arte8/19/2010
El mal es una creación de la mente humana. Carece de poder cuando se lo acepta por su valor aparente. Porque no tiene poder en sí. El mal existe sólo como amenaza a ese reino eterno del amor que sólo comprendemos obscuramente. Henry Miller - Plexus A continuación, el cuento: Eranse una vez tres osos: un oso polar, un oso gris y un oso de trapo. El oso polar tenía una piel larga y blanca que le llegaba hasta el suelo, el oso gris era tan duro como bistec de lomo y tenía mucha grasa entre los dedos de los pies. El oso de trapo estaba en la medida justa, ni duro ni tierno, ni caliente ni frío. Un día el oso gris estaba afuera recogiendo leña para el fuego, cuando de repente se hartó de la rutina y echó a correr hacia el bosque, no paró hasta llegar a un arroyo, donde se sentó y se quedó dormido. De repente, la pequeña Rizos de Oro entró en el bosque. Llevaba una cesta de comida, que estaba llena de toda clase de cosas buenas, incluida una botella de Blue Label Ketchup. Buscaba la casita de las persianas verdes, la que se decía estaba por ese rumbo y donde se aceptaban audiciones de rubias dispuestas a trabajar modelando tangas. De repente oyó roncar a alguien y entre roqnuidos una voz potente y resonante gritaba: "¡pastel de bellota para mí!". Rizos de Oro miró primero a la derecha y luego a la izquierda, no vio nada ni a nadie, así que sacó su brújula y, mirando hacia el oeste, siguió a su nariz. Al cabo de una hora llegó al claro del bosque, y ahí estaba la casita de las persianas de color pardo como de aceituna. ¡La casita de las persianas verdes! grió Rizos de Oro. Una vez dentro, Rizos de Oro encontró todo en perfecto orden; los platos estaban todos lavados y apilados, la ropa enmendada, los cuadros con lindos marcos. Sobre la mesa había un atlas y un diccionario no abreviado, en dos volúmenes. Rizos de Oro estaba fascinada con todos los juguetes y artefactos, sobre todo con el nuevo abrelatas. Había estado haciendo trigonometría toda la mañana y su cabecita estaba demasiado cansada para resolver gambitos y cosas así. Se moría de ganas de tocar el cencerro que colgaba sobre la pila de la cocina. Para alcanzarlo tuvo que usar un taburete. El primer taburete era demasiado bajo, el segundo demasiado alto, pero el tercero era de la altura conveniente. Tocoó el cencerro tan fuerte, que los platos se cayeron de la repisa. De repente empezó a tronar y a relampaguear, llovía a mares, la pequeña Rizos de Oro estaba asustada de verdad. Se cayó de cabeza del taburete y se torció el tobillo y se dislocó la muñeca. Quería esconderse en algún sitio hasta que pasara la tormenta. Corrió hasta la alacena y se escondió allí. En la alacena encontró un frasco con árnica en ungüento, rápidamente se aplicó un poco en el tobillo y en la muñeca y se sintió aliviada. Se sintió tan bien que decidió salir y explorar los demás cuartos, ya no le tenía miedo a la lluvia ni a los rayos. En salón del centro encontró muchos libros, muchos libros, todos trataban del sexo y la resurreción de los muertos. Rizos de Oro se sentó a leer en voz alta, estaba leyendo algo sobre el Salvador y cómo murió en la Cruz - por nosotros - para redimir nuestros pecados. Rizos de Oro era una niña, al fin y al cabo, por lo que no sabía qué era un pecado, leyó y leyó hasta que los ojos le dolieron, sin descubrir exactamente qué era pecar. Se decidió a volver por el diccionario que no era abreviado, sin embargo cuando llegó a la puerta de la cocina descubrió que estaba entreabierta. ¡Los osos habían llegado! -¡Para comerte mejor! - gruñó el oso gris, dando un chasquido con sus elásticos labios. -¡El tamaño justo! - dijo el oso polar, todo blanco por la lluvia y el granizo que lo cubrían. -¡Es mía! - gritó el oso de trapo, al tiempo que le daba una brazo a la niña y le hacía crujir las costillas. Los tres osos pusieron manos a la obra al instante; desnudaron a la pequeña Rizos de Oro y la pusieron sobre la olla, lista para trincharla. Mientras Rizos de Oro tiritaba y lloriqueaba, el gran oso gris afiló su hacha en la muela, el oso polar desenvainó su cuchillo de caza, que llevaba en una funda de cuero fijada a la cintura, en cuanto al oso de trapo, se limitó a aplaudir y a bailar de júbilo. -¡Ya está a punto! - exclamó. Le dieron vuelta una y otra vez, para ver qué parte era más tierna. Rizos de Oro empezó a dar gritos de terror. -Ya has entrado en sazón - dijo el oso gris. Pero mientra el oso gris atizaba el fuego y añadía más leños, Rizos de Oro se arrodilló y dijo sus oraciones. Estaba más bella que nunca, y si los osos hubieran sido humanos, no se la habrían comido viva; la habrían consagrado a la Virgen María. Pero un oso siempre es un oso, y aquéllos no eran excepción a la regla. Así que, cuando las llamas estaban dando el calor necesario, los osos la arrojaron sobre el fuego y la tostaron. Rizos de Oro se desmayó por el dolor y no supo más de ella. No fue hasta que abrió los ojos, al despertar, que descubrió que había sido una terrible pesadilla, causada por haberse bebido una botella entera de aguardiente que procedía de Utrecht, Holanda, del año de 1926, la botella la había causado alucinaciones. La lluvia había cesado, fuera todo era normal, el cielo estaba claro y brillante, los pájaros cantaban como siempre. De pronto, la pequeña Rizos de Oro recordó que había prometido estar en casa para la cena. Recogió su cesta, miró a su alrededor y salió. Corrió y corrió hasta que llegó a su casa. Al entrar, se encontró a su padre. -¡Pero bueno, Rizos de Oro! - gritó su padre - ¿dónde diablos has puesto mi botella de aguardiente? -Se la he dado a los tres osos - dijo Rizos de Oro obediente. -Rizos de Oro, me estás contando una mentirilla - dijo amenazadoramente su padre. De repente, Rizos de Oro recordó que había leído algo sobre el gran libro del pecado y que Jesús había redimido todos. -Padre - dijo Rizos de Oro - creo que he pecado. -¡Ajá! - exclamó su padre- ¡Has cometido hurto! Y sin decir otra palabra se puso a darle correazos. La azotó hasta que Rizos de Oro no fue sino una masa de magulladuras y ampollas. Y este, queridos niños, es el fin. Tomado del libro "Plexus", páginas 363- 370. ¡Gracias por pasar!
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