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La esperanza tiene ojos de niña (o el juicio de los condenados)

La fuerza de lo que se presenta como inevitable es claramente superior a la de los sentidos. Pero... ¿Es esa fuerza un atolladero? Dios quiera que no... ¿Dios? ¿Dios? ¡¡¡¿¿¿Dios???!!! Por favor, sí en la indiferencia del ser se esconde en realidad la de Dios, la de eso llamado Dios. ¿Y cómo vivir con eso? ¿Cómo convivir con eso? Parece una empresa imposible. Cada día, cada noche, cada hora y cada minuto parecen imposibles. Pero lo inevitable siempre está, siempre es algo. Algo como un animal agazapado. Su corazón late, todo su cuerpo late, su ferocidad duerme. Su inocencia ha muerto. La inocencia ha muerto. El sabor del saber lo hace relamerse en la oscuridad, en su rincón. En su soledad. Su furtividad no tiene nada de siniestra, es sólo una bestia luchando por sobrevivir. Él tiembla.
No lo juzguemos mal, amigos, después de todo, él ya está condenado. ¿O estar inmóvil en un oscuro rincón respirando nada más que su propia soledad no es acaso una condena?
Además, llegado el caso, ¿quiénes somos mostros para juzgarlo? Claro que dentro de esta retórica la pregunta parece no tener mucho sentido ni asidero. Pero es justo, amigos, detenernos en la misma, aunque más no sea unos breves instantes. Después de la honda miseria a la que somos indiferentes cada día de nuestras vidas, miseria a la que sólo rozamos para poder reconfortarnos de no ser parte de ella, deberíamos tomar plena conciencia de nuestra propia incapacidad para emitir un simple juicio.
Nuestra moral nos condena. Nuestro fuego nos devora. Nos consume la soledad. Es el juicio de los condenados. Ese juicio ha caído sobre nosotros, como un manto impiadoso nos ha cubierto como la noche cubre al día, con la misma suavidad, con la misma calma. Con esa suavidad que tiene siempre lo inevitable. Sí, no parece justo. Pero ya lo sabemos, nada justo puede ser hermoso.
La verdad está ahí fuera. Las verdades, todas las verdades, están ahí afuera, al alcance de la mano. El parpadeo no es un guiño, pero como la oscuridad oculta la mitad de mi rostro, quizás alguien se confunda. Pero la verdad es que... la verdad... ¡¡¡la verdad!!! Hay caminos intrincados, pero lo inevitable no sabe de eso. Y nosotros sólo podemos pensarlo, estamos condenados a pensarlo. Naufragando en el mar de la fe, pensar y temblar son la misma cosa.
La esperanza tiene ojos de niña. Una luz demasiado breve en comparación con los 13 eternos segundos de oscuridad. Iluminan una verdad particular que llena de sombras una más general.
Y hay quienes buscan la verdad en un amor, o en lo más sórdido de sus pasiones. Hay quienes la buscan en las preguntas sin respuesta, o en una conciencia de ser, ontológica. Los más osados buscan la verdad en los sueños, y ellos son los únicos aventureros.
Y algunos, sólo algunos, cansados de buscar y no encontrar, se rinden. Sólo saben refugiarse en su soledad. Y sin saberlo ellos son los auténticos y únicos poseedores del secreto, porque sin pretenderlo han notado que en este mundo, en realidad, todos estamos solos. Enteramente solos.



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