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Un cuento mío titulado: El último escape

Arte6/9/2007
Bueno, gente, ésta es mi presentación en Taringa. Leí muchos posts y siempre los que más destaqué son los que tienen algún contenido artístico; aquellos que buscan ampliar el espectro de cultura de los taringueros.

Y así pienso hacerlo. Con humildad, por supuesto, ya que es un cuento mío. Tampoco creo que leerlo los haga más o menos cultos, en lo absoluto, pero quizá les cause placer a algún que otro taringuero. Al menos eso es lo que busco, que se entretengan un rato, sin caer en lo banal.

Si consigo que uno me diga que le gustó, voy a estar más que satisfecho. Y si consigo que uno me diga que no le gustó, todavía voy a estar más contento. Amo las críticas. Es mi manera de crecer.





El último escape



Había oscurecido, los altos faroles iluminaban la avenida con una luz amortiguada, aunque suficiente. El hombre de sobretodo marrón continuó su veloz caminata, mirando siempre hacia atrás y resoplando miedo por sus gruesas fosas nasales. Cada tanto se palpaba el bolsillo, intentando olvidarse de los hombres que ese día: sábado, a esa hora: 23:10, le seguían los pasos con el solo fin de matarlo.
Mientras caminaba por la avenida, entre la densa vegetación de edificios y la honda maleza de hombres, repetía en silencio, como hablando consigo mismo, una y otra vez: un ideal vale más que una vida, un ideal vale más que una vida. Y sin embargo no podía evitar resoplar, y con el rabillo del ojo seguía a las personas que les parecían sospechosas. Es que el hombre de sobretodo marrón esperaba poder llegar al tren sin tener que disparar por primera vez en su vida.
A veces, mientras daba largas zancadas con sus piernas flacas, el instinto lo preparaba para correr, pero una voz interna le decía que no debía llamar la atención, que debía parecer una persona común y corriente, que después de todo eso es lo que era. Y maldecía al tiempo que no le había provisto de lluvia. Bajo el escudo de cientos de paraguas y cientos de gotas, pensaba, jamás serían capaces de encontrarme. Pero se palpaba el bolsillo, ansioso, con el sudor bajándole en gotas temblorosas por la frente, y sentía un escozor en las sienes, un alivio cínico. De golpe, por lo que le pareció era uno de sus perseguidores, comenzó a correr como un loco, esquivando hombres y empujando ancianos y niños, en la desesperación por llegar al tren y poder salvar su vida. Apenas pudiendo respirar, habiéndose detenido en una esquina, el hombre miró para atrás, notando que nadie lo seguía. Entonces, con el estómago crujiéndole en voces de alivio, retiró la mano de su bolsillo.
En el bolsillo interno de su sobretodo marrón, además del arma reglamentaria, el hombre tenía una pastilla roja.
Hacía diez años que el hombre publicaba artículos para La justicia, siendo, junto con su amigo El colorado y el gordo Manteca, los creadores del diario. Pero El colorado lo esperaba en la estación, disfrazado con un bigote postizo y una peluca también postiza, mientras veía y sentía el futuro esperado: el futuro de saberse corresponsales externos –una vez escapasen de su país de origen-, del diario que cada vez tenía una tirada más reducida, cuanto más represión y salvajismo se desataba contra la prensa de izquierda. Ese, pensaba el hombre de sobretodo marrón, es mi único crimen. Ser periodista, ese es mi crimen, y siguió caminando, resoplando y mirando para atrás, mientras se acercaba a la estación de tren, que sólo estaba a unas escasas tres cuadras. Miró su reloj, eran las 23:20; el tren saldría en diez minutos.
Apenas arribó a la estación: una cúpula de hierro inmensa, con luces opacas que daban la sensación de estar en una iglesia iluminada por velas, se acercó a lo que creía era El colorado, mientras rezaba por no equivocarse de persona. Por eso se tanteaba el bolsillo, casi llevándose el arma a los dedos o la pastilla a la boca. La pistola, su pistola, pensar en ella, en su Fox 37, lo hacía temblar, aún más de lo que estaba temblando. El saludo fue el acordado, un triste saludo, un triste homenaje. Ojalá estuviera con nosotros el gordo Manteca, dijo el hombre de sobretodo marrón, y el otro, un hombre con pelo gris y bigote gris, ambos postizos, repitió el ensayado Ojalá, ojalá estuviera con nosotros. El colorado disimulaba su alegría al ver a su compañero de siempre.

23:30

Entraron al tren, se sentaron, hablando en susurros de su buena suerte, o de su mala suerte que esta vez era buena, porque habían logrado llegar al tren, sanos y salvos. En pocas horas, cuando amaneciera, se verían con vida, bajo un sol distinto, un sol ajeno, de un país que no conocían pero donde estarían a cubierto de la organización de policías verdes, que les venía siguiéndoles los pasos hacía varios meses, casi un año. Y recién ahora, al hombre de sobretodo marrón y al colorado, se les presentaba una seria oportunidad de escape. No dudaron en tomarla, a sabiendas de que era un escape más seguro que aquel por el que había optado el Manteca, un escape que falló y que lo desmoronó mientras se alejaba en una lancha robada, a saber de una decena de tiros que fueron todos a parar a su nuca desnuda.
Estaban alegres, sin animarse a demostrar el uno con el otro su alegría, pues todavía el tren seguía inmóvil sobre los rieles, en la oscura estación. Deseaban, en una ansiedad apenas contenida, que el tren partiera de una buena vez. Los dos recordaban sus sufrimientos, sus persecuciones, sus días de vivir en el sótano de tal o cual amigo, sin luz, con escaso alimento y gruesas provisiones de agua, pero con la pastilla en el bolsillo, siempre con la pastilla.
Y entonces, ante la cruda sorpresa de ambos, notaron cómo unos cinco o seis uniformes verdes aparecían de lo que podría denominarse la nada: las densas sombras de la estación. Por la ventana vieron cómo esos hombres de uniforme militar se escabullían por entre la gente, gritando, levantando las armas por sobre sus cabezas, a veces largando uno que otro empujón, para poder adentrarse en el tren. Y todo para buscar a dos periodistas que el único crimen que habían cometido era pensar de manera equivocada; es decir, no como ellos.
El colorado sacó el arma del bolsillo de su traje y la colocó por entre sus piernas. Vamos a tener que disparar, dijo, pero el hombre de sobretodo marrón, pálido, sin poder apenas respirar, retiraba de su bolsillo la pastilla roja y dándole un beso fuerte a su amigo en la frente, le dijo, Colorado, no quiero que mis últimas palabras sean estas, pero lo son.
Y el Colorado, viendo cómo su amigo se tragaba, mordiéndola y sin tomar agua, la sedosa pastilla de un tirón, sacó, a su vez, la suya y la tragó, dejando reposar su cabeza sobre el hombro de su amigo y sintiendo como una brisa ese sol lejano, de ese país al que nunca llegarían, el tibio sol de ese edén por el que habían rezado tantas mañanas y tantas noches y recién ahora, con una tenue sonrisa en los labios, sentían que llegaba.




A los que llegaron al final, gracias por la lectura. Y aún más gracias por su opinión.
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