La magia
Yo siempre (y cuando digo siempre quiero decir siempre) creí en la magia, aunque sólo supe encontrarla una vez: fue hace unos años, me encontraba observando un par de ojos hermosos y enormes (porque, ciertamente, eran igualmente grandes su belleza y su tamaño). Pude ver en esos ojos (¡pude verme en esos ojos!) y ahí vi cosas maravillosas. Debo confesarlo y a la vez no puedo hacerlo: vi un cielo y un mar (ambos majestuosos) unidos en un horizonte infinito. Vi un campo lleno de flores, todas hermosas, casi todas negras.
Sentí la magia más poderosa, sentí un fuego divino y me guarecí ahí. Sentí un corazón (que no estaba dentro de mi cuerpo) latiendo al mismo ritmo que el mío. Sentí la eternidad entera en un instante. Sentí el amor, con sus alas, con su poder. Sí, todo eso sentí al contemplar de cerca ese par de ojos (seré sincero: sentí todo eso y mucho más).
Mi analista (un pobre tipo) llama obsesión a eso a lo que los seres normales llamamos amor. En realidad, ahora no recuerdo si la palabra que utilizó fue obsesión o compulsión. Pero da igual, hay cosas que están más allá de toda ciencia (después de todo, la ciencia es siempre demasiado limitada e imprecisa).
Pobre tipo (mi analista). Allá él con sus miserias (hondas miserias)… pero llamar obsesión (¿o era compulsión?) a la magia (¿o era al amor?)… lo cierto es que hay un antes y un después de la magia (o del amor) en la vida. No, no, perdón, me corrijo: hay un antes, pero no un después. No hay después: la magia transforma el instante en un presente continuo, eterno.
Eso es lo que me ha pasado a mí, he encontrado la magia. He amado la magia. La he perdido. Esa sucesión inalterable de hechos desemboca en un callejón sin salida: es bien sabido, estoy perdido (irremediablemente).
http://flores-negras.com.ar/
Yo siempre (y cuando digo siempre quiero decir siempre) creí en la magia, aunque sólo supe encontrarla una vez: fue hace unos años, me encontraba observando un par de ojos hermosos y enormes (porque, ciertamente, eran igualmente grandes su belleza y su tamaño). Pude ver en esos ojos (¡pude verme en esos ojos!) y ahí vi cosas maravillosas. Debo confesarlo y a la vez no puedo hacerlo: vi un cielo y un mar (ambos majestuosos) unidos en un horizonte infinito. Vi un campo lleno de flores, todas hermosas, casi todas negras.
Sentí la magia más poderosa, sentí un fuego divino y me guarecí ahí. Sentí un corazón (que no estaba dentro de mi cuerpo) latiendo al mismo ritmo que el mío. Sentí la eternidad entera en un instante. Sentí el amor, con sus alas, con su poder. Sí, todo eso sentí al contemplar de cerca ese par de ojos (seré sincero: sentí todo eso y mucho más).
Mi analista (un pobre tipo) llama obsesión a eso a lo que los seres normales llamamos amor. En realidad, ahora no recuerdo si la palabra que utilizó fue obsesión o compulsión. Pero da igual, hay cosas que están más allá de toda ciencia (después de todo, la ciencia es siempre demasiado limitada e imprecisa).
Pobre tipo (mi analista). Allá él con sus miserias (hondas miserias)… pero llamar obsesión (¿o era compulsión?) a la magia (¿o era al amor?)… lo cierto es que hay un antes y un después de la magia (o del amor) en la vida. No, no, perdón, me corrijo: hay un antes, pero no un después. No hay después: la magia transforma el instante en un presente continuo, eterno.
Eso es lo que me ha pasado a mí, he encontrado la magia. He amado la magia. La he perdido. Esa sucesión inalterable de hechos desemboca en un callejón sin salida: es bien sabido, estoy perdido (irremediablemente).
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