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El abismo

El fin del mundo no es ningún reto para mi dios (que siempre arregla las cosas de ese modo). Para él todo es un juego, este mundo no es más que un gigantesco tablero (adivinen quienes son las piezas) y en este juego, el señor (por algo le llaman “todo poderoso”), siempre tiene las mejores cartas. Este es su juego. He ahí el llamado Plan Universal.
Las Flores Negras no nacieron para apostar, pero si tuvieran que hacerlo no dudarían en decidir a quién ponerle todas sus fichas. Pero no, las Flores Negras, que no son parte del Plan Universal, no pueden intervenir, así lo indica la Ley Divina que, proclamando la pureza del juego, trata en realidad de esconder sus perversas intenciones. Después de todo, un ser siniestro sólo puede tener planes siniestros.
Las Flores Negras saben del abismo (lo saben muy bien) y también saben que el mismo gira y se retuerce (lo saben aun mejor), por eso su temeridad es tan valorada, incluso por seres de otras especies. Es cierto que siempre se puede caer: un paso en falso y estás frito. Para las Flores Negras no hay perdón ni segundas oportunidades; lo que las pone en el mismo escalón que los sodomitas y un escalón por debajo de los ninivitas.
Llueve: es más fácil resbalar así. Hay que andar con cuidado, siempre hay que andar con cuidado en un mundo construido íntegramente sobre un abismo que gira y se retuerce. Como les iba diciendo, cuenta la historia que las Flores Negras no son parte del Plan Divino, que al principio de los tiempos dios envió desde sus dominios a un unicornio alado (blanco, naturalmente) para transmitirles a las primeras Flores Negras su mensaje de amor y destrucción: “A dios no le gustan las cosas negras, si no se arrepienten de su color, él las destruirá sin piedad ni misericordia”. Muchas cosas pueden decirse de dios, pero el tipo habló claro, al menos esa vez.
Así fue que la población completa de Flores Negras fue aniquilada. Pero en una soleada mañana, en la cima del monte Massis (también referida en algunos textos como “Ararat”) después de tres días y tres noches, las Flores Negras recobraron la vida (acto conocido como resurrección).
Una historia increíble, ¿no? Realmente. Una historia inverosímil, pero verdadera. Alguien podría pensar que todo ocurrió por casualidad, azarosamente. Pero, ¿de qué hablamos cuándo hablamos de azar? Después de todo, dios tiene siempre las mejores cartas, y con las cosas así, no hay sitio para libre albedrío ni cosa parecida, sólo para la voluntad divina (también llamada destino).
Pero no importa esa certeza, suponiendo que realmente lo sea. ¿Destino o libre albedrío? Sin dudas es más importante la pregunta que la respuesta. Pero, aceptémoslo, amigos, ese abismo bajo nuestros pies, esa profundidad infinita que gira y se retuerce es, ni más ni menos, que algo inevitable. Un dios excesivamente cruel, llamado destino.



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