Parece ser que en el horizonte deplorable que el capitalismo encuentra ante sí, algunos buenos seres se apresuran a anunciar que hay que encontrar una tercera línea que difiera del capitalismo y el comunismo, esta es casualmente una propuesta del socialismo feudal (Socialismo Reaccionario) que ha sido empleado por la democracia cristiana, en su lucha contra el socialismo revolucionario y la búsqueda de caminos acordados entre las posiciones antagónicas y las clases enemigas.
Uno de los dos caminos propuestos por Rifkin para el siglo XXI apunta al interés de fundar nuevamente el socialismo feudal criticado por Marx y Engels al lado de un socialismo más siniestro: el socialismo alemán o socialismo verdadero, que presupone la existencia de un estado moderno, la existencia del estado nación y sus constituciones políticas. Esta última manera parece alumbrar el nacimiento del actual Frente Nacional Europeo, que busca la construcción de un socialismo nacional, defensor de las tradiciones cristianas, del nacionalismo, anticomunista, xenófobo y homofóbico. Se expresa a través del populismo conservador, cuyas fuerzas de poder van en aumento en el seno de la Unión Europea y en su contra.
El otro camino propuesto por Rifkin, se aproxima al socialismo burgués o socialismo conservador; se sitúan en este las tendencias a la filantropía, “los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores domésticos de toda suerte.” Generalmente fue expresado por terratenientes y nacientes burgueses. Se propone la ayuda al estado a través de “reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado”
Este tipo de socialismos vistos por Marx y Engels en el siglo XIX, y que compartirán la dura crítica con el socialismo utópico, que se propone alcanzar la revolución por medios pacíficos “Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social.”; no representan en modo alguno una real oportunidad de abolir las relaciones sociales de producción, conservando a la burguesía y al trabajador en las mismas condiciones, lo que si acontece es el distanciamiento definitivo de la ideología liberal. Al final, el estado nación y el liberalismo habían sido un invento útil para la implantación de la era industrial y no la fenomenología del espíritu encumbrada por Hegel.
En verdad que hoy más que nunca el imperialismo ama a Marx más de lo que se atreve a admitir, todo lo que intenta está en su ideario, y es él quien les enseña a sortear con “pequeñas suertes” los avatares del fin del capitalismo. Las posturas actuales de los países en torno de la organización internacional se van perfilando como las múltiples versiones organizativas en las que el capitalismo puede sobrevivir “La carta más importante en el juego de la nueva política parece ser el sector público. Debemos insistir en que las naciones-estado son un invento de la era industrial. El capitalismo requiere un gran abanico de instituciones políticas para dominar y asegurar amplios mercados geográficos… En el nuevo mundo que se está formando, el sector público probablemente desempeñe un papel mucho más reducido en las cuestiones comerciales, y más amplio en el tercer sector. Juntos, estos dos sectores geográficamente relacionados entre sí podrán empezar a ejercer una considerable presión política sobre las empresas, con el fin de reconducir parte de los beneficios del nuevo comercio desde su ámbito privado hasta las comunidades.”
El estado y la comunidad quedan sujetos así a las necesidades del capitalismo, como lo reconoce sin timidez Rifkin, Esta es la manera como se integran los tres sectores de la economía que se han vuelto a definir: sector de la producción, el estado y los servicios a la comunidad. En el fondo de todas estas propuestas habla la posmodernidad con su desconfianza en los grandes relatos, sus representaciones, el fin de la historia, el enaltecimiento de la cultura popular. Para el posmoderno Rifkin no hay un modelo social ideal sino múltiples experimentos sociales. El todo vale de las generaciones contemporáneas tiene este objetivo, salvar a toda costa el capitalismo. Esta intensión es conservadora, tanto como la de los pensadores posmodernos, al final “todos los caminos conducen a Roma”. Los romanos habían construido una red de caminos por razones militares y administrativas, el nuevo orden establece múltiples redes y formas de organización social y política que contribuyen a conservar el capitalismo. Para hacerlo toda ideología se ha contaminado de conservadurismo tal como lo había previsto Marx.
Cuando las crisis apremian las clases medias acuden prontas a unirse con los revolucionarios, infestan toda lucha con sus ideales de retorno a las condiciones que les preserven su estilo de vida; no son pues revolucionarios realmente (como lo afirmara Marx) son realmente conservadores y reaccionarios. Por supuesto, las luchas por la recuperación del estado nación hoy hacen que confluyan conservadores y revolucionarios, pero en el fondo estas fuerzas serán las más antagónicas al interior de esas naciones. Lo que no puede olvidarse es que ya este tipo de luchas se dieron con ánimo revolucionario a principios del siglo XIX en América Latina. Los pueblos ayudaron a las burguesías nacionales a consolidar su independencia. Ahora ya no será fácil una nueva convocatoria. Con nación o sin nación los pueblos del mundo empiezan a abrazarse en las mismas luchas. Y pudiendo ser deseable en cuanto a la soberanía prometida por el régimen liberal, el rescate de la nación, las grandes mayorías tienen poco que perder con la abolición de la patria y de todas las patrias; y al contrario mucho que ganar con la abolición de la dominación de unas naciones sobre otras.
El ultra conservadurismo actual expone abiertamente que está en contra del capitalismo y del comunismo. No es nada nuevo, que volvamos a encontrarnos con el “socialismo pequeño burgués” que también en el siglo XIX proclamaba la recuperación de las costumbres, la defensa de la familia tradicional y de la nación, y precisamente no tiene otro objetivo que aquello que anuncia. Conservar lo que se empieza a perder en la anarquía que propicia el desarrollo del capitalismo; realmente su reacción nostálgica contra todo cambio, que hace tambalear su seguridad y su prosperidad, le conducen necesariamente al pasado. No obstante las versiones que se desarrollan en Alemania del socialismo no alcanzaron más que a dar cobijo a la pequeña burguesía de la que se tornaron sus abanderados y ya sabemos que evolucionó en un nacional-socialismo que el mundo no para de recordar.
No olvidemos que el socialismo utópico se proclamará contra toda acción política del pueblo y mucho más contra las revolucionarias (según lo advirtió Marx), su aspiración es la instauración de un nuevo evangelio social por la vía pacífica. Las crisis apremian, los atemorizados se acercan a las multitudes, la paz ha sido convocada con insistencia en los últimos decenios. Sin el concurso de las multitudes no parece que pueda lograrse, parece ser la hora en la que el pueblo decide: ¡inventamos o erramos!
Marx, Karl y Federico Engels. Manifiesto del Partido Comunista 1848
Rifkin, Jeremy. El Fin del Trabajo. 1994 pág. 317
Uno de los dos caminos propuestos por Rifkin para el siglo XXI apunta al interés de fundar nuevamente el socialismo feudal criticado por Marx y Engels al lado de un socialismo más siniestro: el socialismo alemán o socialismo verdadero, que presupone la existencia de un estado moderno, la existencia del estado nación y sus constituciones políticas. Esta última manera parece alumbrar el nacimiento del actual Frente Nacional Europeo, que busca la construcción de un socialismo nacional, defensor de las tradiciones cristianas, del nacionalismo, anticomunista, xenófobo y homofóbico. Se expresa a través del populismo conservador, cuyas fuerzas de poder van en aumento en el seno de la Unión Europea y en su contra.
El otro camino propuesto por Rifkin, se aproxima al socialismo burgués o socialismo conservador; se sitúan en este las tendencias a la filantropía, “los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores domésticos de toda suerte.” Generalmente fue expresado por terratenientes y nacientes burgueses. Se propone la ayuda al estado a través de “reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado”
Este tipo de socialismos vistos por Marx y Engels en el siglo XIX, y que compartirán la dura crítica con el socialismo utópico, que se propone alcanzar la revolución por medios pacíficos “Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social.”; no representan en modo alguno una real oportunidad de abolir las relaciones sociales de producción, conservando a la burguesía y al trabajador en las mismas condiciones, lo que si acontece es el distanciamiento definitivo de la ideología liberal. Al final, el estado nación y el liberalismo habían sido un invento útil para la implantación de la era industrial y no la fenomenología del espíritu encumbrada por Hegel.
En verdad que hoy más que nunca el imperialismo ama a Marx más de lo que se atreve a admitir, todo lo que intenta está en su ideario, y es él quien les enseña a sortear con “pequeñas suertes” los avatares del fin del capitalismo. Las posturas actuales de los países en torno de la organización internacional se van perfilando como las múltiples versiones organizativas en las que el capitalismo puede sobrevivir “La carta más importante en el juego de la nueva política parece ser el sector público. Debemos insistir en que las naciones-estado son un invento de la era industrial. El capitalismo requiere un gran abanico de instituciones políticas para dominar y asegurar amplios mercados geográficos… En el nuevo mundo que se está formando, el sector público probablemente desempeñe un papel mucho más reducido en las cuestiones comerciales, y más amplio en el tercer sector. Juntos, estos dos sectores geográficamente relacionados entre sí podrán empezar a ejercer una considerable presión política sobre las empresas, con el fin de reconducir parte de los beneficios del nuevo comercio desde su ámbito privado hasta las comunidades.”
El estado y la comunidad quedan sujetos así a las necesidades del capitalismo, como lo reconoce sin timidez Rifkin, Esta es la manera como se integran los tres sectores de la economía que se han vuelto a definir: sector de la producción, el estado y los servicios a la comunidad. En el fondo de todas estas propuestas habla la posmodernidad con su desconfianza en los grandes relatos, sus representaciones, el fin de la historia, el enaltecimiento de la cultura popular. Para el posmoderno Rifkin no hay un modelo social ideal sino múltiples experimentos sociales. El todo vale de las generaciones contemporáneas tiene este objetivo, salvar a toda costa el capitalismo. Esta intensión es conservadora, tanto como la de los pensadores posmodernos, al final “todos los caminos conducen a Roma”. Los romanos habían construido una red de caminos por razones militares y administrativas, el nuevo orden establece múltiples redes y formas de organización social y política que contribuyen a conservar el capitalismo. Para hacerlo toda ideología se ha contaminado de conservadurismo tal como lo había previsto Marx.
Cuando las crisis apremian las clases medias acuden prontas a unirse con los revolucionarios, infestan toda lucha con sus ideales de retorno a las condiciones que les preserven su estilo de vida; no son pues revolucionarios realmente (como lo afirmara Marx) son realmente conservadores y reaccionarios. Por supuesto, las luchas por la recuperación del estado nación hoy hacen que confluyan conservadores y revolucionarios, pero en el fondo estas fuerzas serán las más antagónicas al interior de esas naciones. Lo que no puede olvidarse es que ya este tipo de luchas se dieron con ánimo revolucionario a principios del siglo XIX en América Latina. Los pueblos ayudaron a las burguesías nacionales a consolidar su independencia. Ahora ya no será fácil una nueva convocatoria. Con nación o sin nación los pueblos del mundo empiezan a abrazarse en las mismas luchas. Y pudiendo ser deseable en cuanto a la soberanía prometida por el régimen liberal, el rescate de la nación, las grandes mayorías tienen poco que perder con la abolición de la patria y de todas las patrias; y al contrario mucho que ganar con la abolición de la dominación de unas naciones sobre otras.
El ultra conservadurismo actual expone abiertamente que está en contra del capitalismo y del comunismo. No es nada nuevo, que volvamos a encontrarnos con el “socialismo pequeño burgués” que también en el siglo XIX proclamaba la recuperación de las costumbres, la defensa de la familia tradicional y de la nación, y precisamente no tiene otro objetivo que aquello que anuncia. Conservar lo que se empieza a perder en la anarquía que propicia el desarrollo del capitalismo; realmente su reacción nostálgica contra todo cambio, que hace tambalear su seguridad y su prosperidad, le conducen necesariamente al pasado. No obstante las versiones que se desarrollan en Alemania del socialismo no alcanzaron más que a dar cobijo a la pequeña burguesía de la que se tornaron sus abanderados y ya sabemos que evolucionó en un nacional-socialismo que el mundo no para de recordar.
No olvidemos que el socialismo utópico se proclamará contra toda acción política del pueblo y mucho más contra las revolucionarias (según lo advirtió Marx), su aspiración es la instauración de un nuevo evangelio social por la vía pacífica. Las crisis apremian, los atemorizados se acercan a las multitudes, la paz ha sido convocada con insistencia en los últimos decenios. Sin el concurso de las multitudes no parece que pueda lograrse, parece ser la hora en la que el pueblo decide: ¡inventamos o erramos!
Marx, Karl y Federico Engels. Manifiesto del Partido Comunista 1848
Rifkin, Jeremy. El Fin del Trabajo. 1994 pág. 317