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Resumen de la introduccion del libro:"El hombre mediocre" de Jose ingenieros
El hombre mediocre
El autor de este libro se propuso estigmatizar las funestas lacras morales que se llaman rutina, hipocresía y servilismo, deseando ser útil a los jóvenes que, estando en edad propicia para evitarlas, pueden formarse ideales y ennoblecer su vida;
Mirando la dignidad en la cima de las virtudes humanas, ha puesto creciente empeño en la conquista de su personalidad interior, por el trabajo y por el estudio, fuentes de libertad y optimismo.

Introducción
LA MORAL DE LOS IDEALISTAS


1. LA EMOCION DEL IDEAL
Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, adanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reeciende jamás.
Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: los idealistas.

2. De un idealismo fundado en la experiencia.

Un ideal no es una formula muerta, sino una hipótesis perfectible; para que sirva, debe ser concebido así, actuando en función de la vida social que incesantemente deviene. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa los juicios acerca de los futuros perfeccionamientos: los ideales, entre todas las creencias, representan el resultado más alto de la función de pensar.
Los ideales son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia.

En el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento de la adaptación al medio; uno de sus modos es la imaginación que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando resultados posibles y abstrayendo de ella ideales de perfección.
Evolucionar es variar. En la evolución humana el pensamiento varia incesamente.Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden a conservase.
Los ideales pueden no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos efectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos.
Lo futuro se identifica con lo perfecto. Y los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano.
Mientras que la instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios a la perfección pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de los presente, puesto que sobreviene en la selección natural: los ideales son un “eran” hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.
A medida que la experiencia humana se amplia, observando la realidad, los ideales son modificados por la imaginación, que es plástica y no reposa jamás. Experiencia e imaginación siguen vías paralelas, aunque va muy retardada aquella respecto de esta. La hipótesis vuela, el hecho camina; a veces el ala rumbea mal, el pie pisa siempre en firme, pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca.
La imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección, ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad: el libre albedrio es un error útil para la gestación de los ideales. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad.
Las ilusiones tienen tanto valor para dirigir la conducta, como las verdades más exactas, puede tener más que ellas, si son intensamente pensadas o sentidas.
La imaginación despoja a la realidad todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los ideales son, por ende, reconstrucciones imaginarias de la realidad que deviene.
Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia con muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una “idea” los acomune, sino que análoga manera de sentir y de pensar convergen hacia un ideal común a todos ellos. Cara era, siglo o generación puede tener su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo a las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; al principio, mientras él lo define o lo plasma, solo es comprendido por el pequeño núcleo de espíritus sensibles al ritmo de la nueva creencia.
Reducir el idealismo a un dogma de escuela metafísica equivale a castrarlo; llamar idealismo a las fantasías de mentes enfermizas o ignorantes, que creen sublimizar así su incapacidad de vivir y de ilustrarse, es una de tantas ligerezas alentadas por los espíritus palabristas. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas.
La experiencia, solo ella, decide sobre ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados, los que mejor prevén el sentido de evolución; es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras la experiencia no da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil por su fuerza de contraste: si es falso muere solo, no daña. Todo ideal, por ser una creencia, puede contener una parte de error, o serlo totalmente, es una visión remota y, por lo tanto, expuesta a ser inexacta. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a la contingencia de la vida practica inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral.
Los caminos de perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias: jamás contradictorias, aunque lo parezca. Si el ideal de la ciencia es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza, formas prominentes de toda excelsitud, no se concibe que puedan ser antagonistas.
Cada época tiene ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a orientarlo como pocos magnéticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la gloria en momento y clima propicios. Y otros ideales mueren, porque son creencias falsas; ilusiones que el honres se forja acerca de si mismos o quimeras verbales que los ignorantes persiguen dando manotadas en la sombra.
Los hechos son puntos de partida, los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia de la civilización muestra una infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presentes, en cada momento de la peregrinación humana se advierte una fuerza que obstruye todos los senderos: la mediocridad, que es una incapacidad de ideales.
La imaginación y la experiencia, van de la mano. Solas, no andan.
Al idealismo dogmatico que los antiguos metafísicos pusieron en la “ideas” absolutas y apriorísticas, oponemos un idealismo experimental que se refiere a los “ideales” de perfección, incesamentemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.

3. Los temperamentos idealistas
Ningún Dante podría elevar a Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stickmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos. Sombras y Hombres, Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidentes contrastes entre el servilismo y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizara en otros los hábitos colectivos. Siempre había, por fuerza, idealistas y mediocres.
Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa, y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales son cuantitativos; pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.
Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su espíritu crítico cuando los caldea una realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas de una raza o de un hombre, enciende en la imaginación y la expericnea la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces a la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no poseería sus bienes presentes su algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
Toda juventud es inquieta. EL impulso hacia lo mejor solo puede esperarse de ella; jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y solo la juventud la sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda, nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado: los que a ellos les parece primavera, es tibieza otoñal, ilusión de aurora que es ya un apagamiento del crepúsculo.
Sol o hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir, por eso en los caracteres para el porvenir, por eso en los caracteres excelentes puede persistir sobre apuñuscarse de los años.
Nada cabe de los hombres que entran en la vida sin afiebrarse por algún ideal, a los que nunca fueron jóvenes, parecen es descarriado todo ensueño. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.
Los idealistas suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción, sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos cómplices de los intereses creados, dóciles, maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad.
El original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: los desafía, aun sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista es una viviente afirmación del individualismo, aunque persiga una quimera social, puede vivir para los demás, nunca de los demás.
El idealismo sentimental es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia y la critica coordina la imaginación: los ideales tórnense reflexivos y serenos. Corresponde el uno a la juventud y el otro a la madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha, el segundo es adulto, se fija, resiste, vence.
El idealista perfecto seria romántico a los 20 años y estoico a los 50 años, es tan anormal el estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura. Lo que al principio enciende su pasión, debe cristalizarse después en suprema dignidad: esa es la lógica de su temperamento.
4. EL IDEALISMO ROMANTICO
Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, como si los nervios hubieran centuplicados su impresionalidad. Su gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones: entre diez partidos adaptan aquel subrayado por el latir más intenso de su corazón. Son dionisiacos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el medio social o por una hostilidad contratada lo que se opone a sus corazonadas y ensueños. Constituyen sus ideales sin conceder nada a la realidad, rehusándose al contralas de la experiencia, agrediéndola si ella los contraria. Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y la ternura; con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más saña.
El hombre incapaz de alentar nombres pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido a amar. Caricaturiza a este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen primero las queridas y le imponen después la esposa. Prefiere la compra tranquila a la conquista comprometedora. Ignora las supremas virtudes del amor, que es ensueño, anhelo, peligro, toda la imaginación convergiendo el embellecimiento del instinto, y no simple vértigo brutal de los sentidos.
En las eras del rebajamiento, cuando está en su apogeo la mediocridad, los idealistas se alienan contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un ideal democrático y humano. Su amor a todos los que sufren es justo encono contra los que oprimen su propia individualidad. Diríase que llegan hasta amar a las víctimas para protestar contra el verdugo indigno; pero siempre quedan fuera de todas hueste, sabiendo que en ella puede incubarse una coyunda para el porvenir.
4. EL IDEALISMO ESTOICO

Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrenta muchas impetuosidades falaces y da a los ideales más solida firmeza. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de perfección tornase mas centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende.
Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone a su personal inquietud y los dogmatismos sociales cohíben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tornase experimental. No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende de ella, procurando salvarlos de toda magua o envilecimiento. Los que antes se proyectaba hacia afuera, polarizase en el propio esfuerzo, se interioriza.
El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza al a pujanza impetuosa: el idealismo dionisiaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la verdad, la Belleza o la Virtud en crisoles más perennes, tiende a fijarse y durar sus obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tornase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Toda casticidad proviene de una selección natural entre ideales que fueron en su tiempo romántico y que han sobrevivido a través de los siglos.
El idealista estoico mantease hostil a su medio, lo mismo que le romántico. Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o renunciamiento altivo, sin compromisos. Impórtale poco agredir el mal que consienten los otros, más le sienta libre para realizar toda perfección que solo depende de su propio esfuerzo.
Son notorias las diferencias entre el indivualismo doctrinario y el sentimiento individualista, el uno es teoría y el otro es actitud.
Los idealistas estoicos son hombres de su estirpe: diríase que ignoran el bien que hacen a su propios enemigos. Cuando arrecian el encallamiento de los domesticados, cuando mas sofocante tornase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral sembrando ideales, una nueva generación aprendiendo a amarlos, se ennoblece. Frente a las burguesías afiebradas por remontar el nivel de bienestar material-ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura”.

6. SIMBOLO
En el vaivén eterno de las eras, el porvenir es siempre de los visionarios.
Y dice a los jóvenes que toda brega por un ideal es santa, aunque sea ilusorio el resultado, que es loable seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá a crear una personalidad firme, que todo germen de romanticismo debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no vuelve jamás.
Y los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño sus más vehementes quimeras, instígalos a custodiar sus ideales bajo el palio de la más severa dignidad, frete a las tentaciones que conspiran para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
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