Otra vez la guerra
Ni los festejos del 9 de Julio, ni a hermandad masónica, ni los grados del generalato enviados a Mitre diluyen la antinomia del país.
En abril de 1861, el Congreso Nacional se ve en la obligación de rechazar a los diputados por Buenos Aires, electos de acuerdo a leyes provinciales en desconocimiento del artículo 37 de la Constitución Nacional de 1853. Los senadores Alsina y Elizalde, de título legítimo, hacen causa común con los legisladores cuestionados, retirándose del Parlamento. Mitre recusa el mandato de efectuar nuevas elecciones, declarando que en esta resolución llegará “hasta la última extremidad, aun cuando de ello hubiese de resultar la guerra”.
De cualquier manera intenta un arreglo, enviando hasta Paraná al barón de Buschental, para proponer a Derqui y Urquiza un “compromiso electoral definiendo las cuestiones que pudieran dividirnos”, o sea, una repartija política de la nación atrás de la puerta.
Don Justo José la rechaza en nombre de la autoridad de la Constitución Nacional.
A fines de Mayo Buenos Aires moviliza su Guardia Nacional y vota 74 millones de pesos en preparativos de la guerra que se avecina. Mitre delega el mando en Manuel Ocampo, trasladándose al campamento de Rojas para adiestrar efectivos. En Mercedes y Merlo, el coronel Wenceslao Paunero y el general Manuel Hornos realizan lo propio.
Con muchos menos recursos económicos la Confederación alista su tropa. Derqui monta penosamente un ejército en Córdoba, mientras Urquiza es designado comandante del ejército litoraleño.
Santiago Derqui
Por ley del 5 de Julio, el gobierno nacional declara a Buenos Aires en estado de rebeldía y el Congreso autoriza la intervención de la provincia para someterla al imperio de las leyes.
Desde Mayo el unitarismo porteño ha suspendido el subsidio que hasta tanto sea nacionalizada la Aduana debe aportar para el mantenimiento de los gastos federales.
La Confederación sin jefe
Nuevamente intentan los liberales separar Buenos Aires de la República. A tal efecto son enviados José Mármol y Lorenzo Torres – otro rosista pasado- ante los gobiernos de Brasil y Paraguay, sondeando la posibilidad que esos países reconozcan al Estado en secesión, con instrucciones de puño y letra de Mitre.
Ricardo López Jordán hijo
En Rosario, el coronel Ricardo López Jordán alista milicias, de acuerdo a instrucciones del presidente Derqui. Lo secundan los coroneles Martínez Pontos y Prudencio Arnold, soldado éste que combatió en Caseros al lado de Rosas “sin presentar las armas al general vencedor (Urquiza)” según dice.
Urquiza escribe a López Jordán encomiando su bravura y exhortándolo a no tener “consideraciones con los bandidos” porteños, castigándolos severa y ejemplarmente.
Las potencias europeas ven con malos ojos estas luchas que obstaculizan su comercio en el opíparo mercado argentino. Diplomáticos masónicos franceses y británicos concuerdan una entrevista entre Derqui, Urquiza y Mitre a bordo del buque de guerra inglés “Oberón”, el 5 de Agosto, sin resultados positivos, pero “con buenos modales”. Siete días después se realiza una nueva conferencia, que también fracasa, aunque en lenguaje violento.
Lo más triste de esta guerra en ciernes es la falta de claridad política por parte de los dirigentes confederados. Hay jefes patriotas y bravos, existe un país que anhela encarar su destino, pero falta el conductor que instrumente este consenso. En una palabra, que haga lo que debe hacerse.
Derqui, titubea entre un acuerdo con los liberales porteños o su independencia de Urquiza, apoyándose en el general Juan Sáa y trasladando la capital de la República a Córdoba. Urquiza, tironeando por sus ambiciones personales y el temor de provocar en su contra, supuesto un enfrentamiento total con los unitarios, a muchos de los que le seguían sin olvidar que había sido el artífice directo en la caída de Rosas. En ese sentido era más proclive a negociar que a hacer la guerra, más allá de algunos juicios condenatorios y sinceros al unitarismo que entendía enemigo. Tesitura que por otro lado podía brindarle hasta honores de sus adversarios.
Batalla de Pavón
Sintiéndose traicionado por Derqui, el entrerriano buscó una vez más el acuerdo. Sobre la llanura, tropas de Buenos Aires hacia el norte y soldados de la Confederación rumbo al sur, marchaban para decidir la guerra.
El 15 de Septiembre mandó propuestas a Mitre por intermedio de un masón norteamericano, Henry Yateman, que aparentemente rehusa el porteño. Cuenta López Jordán que cuando por tercera vez solicita a Urquiza su venia para operar contra las vanguardias unitarias, el general le respondió que estaba metido hasta el hombro “viendo de hacer la paz”.
Lo cierto es que en la tarde del 17 de septiembre de 1861 se topan las fuerzas en pugna. Casi 19.000 hombres confederados, a órdenes de José María Francia, Benjamín Virasoro, Gerónimo Galarza, Ángel Vicente Peñaloza –el Chacho-, Juan Sáa, López Jordán, Arnold, Cayetano Laprida, Juan Pablo López y la mejor caballería del país, como siempre.
Unas 20.000 plazas de los porteños al mando de Mitre, secundado por Manuel Hornos, Faustino Aguilar, Martín de Gainza, Emilio Mitre y los orientales Wenceslao Paunero, jefe de estado mayor, Venancio Flores, Ignacio Rivas y José Miguel Arredondo.
El encuentro es en Pavón, sur santafecino, y dura poco más de dos horas. Urquiza cuenta en su parte que por tres veces acuchilló a la caballería enemiga, deshaciendo su ala derecha, pero al enterarse que el centro federal había sucumbido, pensó que igual suerte correría el extremo izquierdo, por lo que “me retiré al tranco hacia Rosario”. Habiendo derrotado al enemigo que tenía al frente, intacto y sin ser perseguido, abandonó el campo de batalla a poco de comenzada.
Mitre quedó dueño del campo. Y del país.
El centro de Buenos Aires, del cual Mitre es ídolo indiscutido, festeja ruidosamente la victoria. Esta fue la única victoria militar de Mitre, debido al abandono de las tropas confederadas por parte de Urquiza.
Llevado por su “genio”, Sarmiento exalta la pluma. En carta del 20 le dice a Mitre: “No economice sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos… No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer de la escena cueste lo que cueste. Southampton o la horca”. Esta es una clara muestra de que Urquiza, luego de traiciona a la Confederación traicionando a Rosas, es traicionado por los mismos que lo incitaron a venderse y luchar en la Batalla de Caseros.
Sarmiento dice que se siente más hombre, pide un regimiento, que no lo desprecien como soldado. “Valgo más que todos esos compadres que me prefiere”, y se entusiasma ante la idea de ir a Paraná y “quemar ordenadamente los establecimientos públicos, esos templos impolutos”. Carta que merece ser leída en extenso. Mitre, sabiéndose ya jefe de la República, conserva la calma, limitándose a enunciar que “este es el triunfo de las libertades argentinas, de la civilización sobre la barbarie”.
Sarmiento le volverá a desmesurar los términos: Pavón es la victoria de las clases cultas anulando el levantamiento de las masas. “Esta es la escuela que yo prefiero –dijo Sarmiento-. Ciencia y palo”.
Fuente:
Jorge Perrone, “Historia Argentina”, Tomo II, págs. 334-337
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