Si el comportamiento está ligado a los genes, la religión pierde sentido porque uno nacería como alguien bueno o malo, contrario a la creencia religiosa que uno se hace bueno o malo.
Nuevos estudios confirman que la anomalía cromosómica XYY es más frecuente entre los asesinos en serie y los violadores.
Los especialistas descartan que los genes, por sí solos, conviertan a una persona en homicida.
La Ciencia lleva más de tres décadas buscando una explicación genética al comportamiento aberrante de un asesino o un violador. Aspira a comprobar si el instinto de matar y la violencia están marcadas por una determinada configuración del ADN en nuestras células. Puede que así, en un futuro, la sociedad sea capaz de abortar o prevenir los crímenes más horrendos. Contamos con 22 pares de cromosomas -numerados del 1 al 22- y un par 23 que contiene la información sexual (XX para las mujeres y XY en el caso del varón). La repetición o ausencia de algún cromosoma desencadena el nacimiento de seres humanos con alguna anomalía. Por ejemplo, la trisomía (tres cromosomas) del par 21 da lugar al Síndrome de Down. Pero en otros casos, la normalidad se rompe en los cromosomas sexuales y una alteración en concreto -tener dos cromosomas Y- se ha vinculado con un comportamiento violento y criminal que ha llevado a bautizar al Síndrome de Jacobs -descubridor de esta aneuploidía- como «el cromosoma de la criminalidad».
En los años setenta, muchos vieron en esta anomalía la explicación al comportamiento de los asesinos en serie. Es cierto que muchos homicidas portan este cromosoma. Su presencia entre los convictos más peligrosos y sanguinarios es mayor que en la población general. Pero, hoy, 44 años después de que el XYY fuera descrito, genetistas y forenses no creen que los genes conviertan a una persona en un criminal, ya que los factores sociales y ambientales influyen demasiado.
Sin embargo, nuevas investigaciones confirman que sí existe cierta vinculación entre el XYY y un comportamiento antisocial. En un estudio publicado por la revista «American Journal of Medical Genetics», investigadores alemanes encontraron el «cromosoma criminal» en el 1,8 por ciento de los agresores sexuales que examinaron. Esta alteración era mucho más común en este colectivo que en el resto de los convictos seleccionados al azar (0,7-0,9 por ciento) o respecto a la población general (0,01). Dos de los tres hombres de la muestra que nacieron con el XYY habían cometido varios homicidios, y los tres fueron definidos por los psiquiatras forenses como sádicos sexuales y psicópatas. Eso sí, por otra parte, independientemente de los dictados del ADN, en los tres violadores confluían circunstancias que, a la larga, les habían llevado a ser lo que son. Por ejemplo, habían sufrido abusos en su infancia.
El autor de la investigación, Peer Briken, del Instituto de Investigación Sexual y Psiquiatría Forense de la Universidad de Hamburgo (Alemania), declaró a LA RAZÓN que «los factores genéticos sólo son importantes cuando concurren con otros de tipo ambiental. Realmente la presencia de XYY es rara y no debería preocuparnos como un gran comportamiento antisocial, pero hay que estar atentos a su presencia en los agresores sexuales».
Altos, delgados y con acné.
Los individuos con un cromosoma Y duplicado suelen presentar una serie de patrones comunes. Según el instituto de Investigación en Enfermedades Raras del Instituto de Salud Carlos III, los afectados suelen ser altos y delgados, la mayoría presenta un acné severo en la adolescencia y el espermiograma revela generalmente una azoospermia (ausencia de espermatozoides) o severa oligospermia (tienen pocos).
También es frecuente que sufran dificultades en el lenguaje o problemas de aprendizaje y el fracaso escolar es una constante. «Esto es debido a problemas en su desarrollo cerebral, pero no siempre los afectados por este Síndrome tienen alta estatura», añade Briken.
Desde luego, no se cumple la norma general en el mayor asesino en serie de la historia de España, Manuel Delgado Villegas, más conocido como «El arropiero». Este sevillano, nacido el 25 de enero de 1943, portaba el cromosoma de la criminalidad. Con sus fuertes manos y empleando un golpe mortal que aprendió en la legión o valiéndose de objetos contundentes asesinó a un número indeterminado de personas. Tantas, que ni siquiera la Policía daba crédito a su confesión. Decía haber matado a casi medio centenar de personas a lo largo y ancho de España y del extranjero. Finalmente, sólo pudieron ser probados siete homicidios. Villegas también abusaba sexualmente de los cadáveres de sus víctimas.
Relación entre genes y crimen.
A pesar de la alta prevalencia del XYY entre asesinos y violadores, muchos genetistas no dan crédito al vínculo entre genes y crimen. «En los años setenta y ochenta se estudió este asunto, pero creo que es una burbuja que se ha ido haciendo más grande. Ni tener un cromosoma de más, ni que éstos sean de mayor tamaño influye tanto en tener un comportamiento antisocial», asegura María José Calasanz, responsable del Servicio de Citogenética del
Departamento de Genética de la Universidad de Navarra. «Se han llevado a cabo numerosos estudios, pero ninguno ha sido concluyente porque la muestra de la que parten es pequeña. Además, en otras circunstancias se pierden cromosomas sexuales -en pacientes con leucemia o a edades avanzadas-, y no por ello presentan tendencias asesinas», concluye. El equipo del doctor Briken recomienda estar atentos a los adolescentes que puedan presentar esta anomalía y también en agresores sexuales adultos, pero reconoce que son necesarias más investigaciones.
Otros estudios han demostrado un aumento de los niveles de testosterona o determinados neurotransmisores en situaciones de estrés intenso en los marcados por el XYY. En 2001, otra investigación entre agresores sexuales adolescentes, publicada en «Psiquiatría Genética», encontró que más del 5 por ciento de los jóvenes analizados tenían alguna anormalidad en los cromosomas sexuales.
La genética del asesino en el siglo XIX.
La huella genética del crimen, que en el siglo XIX se rastrea en el análisis del kariotipo, también se buscaba hace 150 años, pero por medio de la observación directa. El italiano Cesare Lombroso concibió el delito como el resultado de tendencias innatas de orden genético, que se podían observar en ciertos rasgos físicos, como asimetrías craneales, la forma de la mandíbula o las orejas.
El médico y criminólogo buceó entre los muros de prisiones y manicomios para hallar aquellos factores que pudieran identificar al criminal en potencia, aquel que estaba llamado a hacer el mal por el dictado de sus genes.
Lombroso fue más allá e intentó explicar la influencia de factores externos sobre los homicidios perpetrados. Por ejemplo, estableció que el clima, la orografía, la densidad de población o la alimentación van de la mano de un mayor grado de criminalidad en una zona determinada.
Su método científico era precario y partía de la observación empírica más elemental. Se dedicó a comparar la temperatura media anual de algunas comarcas y creyó que el calor favorecía las tendencias asesinas, entre otras cosas.
Asimismo, defendió que para imponer una condena a los criminales deberían observarse los factores externos que influyeron en la conducta del asesino.