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Gonzalo Arango - Poemas I

Arte8/19/2010
Poemas I






Del Libro "Cafè y Confusiòn"

I.

En un tiempo mi pasiòn fue el existencialismo, la literatura negra que celebraba el funeral del mundo occidental. Yo recogìa los despojos de esa crisis, su podredumbre. No me interesaba el destino del hombre y habia perdido la fe en Dios. Estaba solo como en la prehistoria..

De todos los trapos derrotados remendè una bandera: el nihilismo.

No volvì mas al templo de los viejos dioses y aprendì la blasfemia y el terror de las maldiciones.

Traicionada la metafisìsica por una moral maniquea, descubri que el oro de los santos era falso como los sìmbolos que encarnaban: la idolatraia del poder, la humillaciòn de las almas.

En el trono de Dios no reinaban la belleza, el amor, la justicia. En el mercado negro se subastaban los valores sagrados. La teologìa dejo de ser conocimiento de Dios para convertirse en el libro fabuloso de contabilidad.

Frente a esta industria de la fe, el demonio me pareciò mas idealista: ofrecìa la libertad a cambio del alma, el goce pleno de la tierra sin complejos de culpa. ! Era tentador ! me afiliè a la causa del demonio.

El placer era mi ideal. Mi aniquilamiento el porvenir. Brindaba por el din del mundo en mi propia destrucciòn.

Nunca abracè la felicidad, siempre una enfermedad nueva, una nueva desesperaciòn se sumaba al calvario donde clavarìa mi bandera de odio contra el mundo. Pererìa mi guerra con orgullo, solo. Por mi muerte el àngel de las resurreciones no tocarìa la trompeta ni se apagarìa el sol. Me hundiria solo en las sabrosas tinieblas.

Una noche toquè el fondo cuando vi aparecer un astro, su resplandor. No era un astro del cielo, era la sonrisa de una mujer. Me mirò como un puente entre el abismo y el horizonte, me tendiò la mano para pasar. Cuando estuve del otro lado desapareciò...

Sè que era una mujer y no un sueño, pues aùn me queda el aroma de su mano y el eco de esas tres palabras:

!Vamos a vivir!.







Del libro "Fuego en el Altar"

LA SALVAJE ESPERANZA.



Eramos dioses y nos volvieron esclavos.

Eramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.

Eramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.

Eramos felices y nos civilizaron.

Quién refrescará la memoria de la tribu.

Quién revivirá nuestros dioses.

Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,

querida alma inamansable.








Del libro " Prensa y sensaciòn"

Humanismo y caballo.

El hombre no progresa en la medida en que ha vuelto màs civilizado, ni es màs hombre por vivir en tre los inventos que abrevian su lucha y prolongan su desdicha.

Confort no es felicidad.

La ciencia puede cometer el prodigio de trasplantar un corazòn y prolongar la vida.

Admiro sin reserva esta hazaña, pero no puedo evitar cierta sensaciòn de absurdo si ese corazòn va a prolongar, al mismo tiempo, el alma de una babosa.

La vida en sì misma carece de importancia si es un accidente y no un destino; si no se da en relaciòn con la conciencia de ser, que es lo que glorifica la existencia.

La mezquina y petulante idea de progreso està degradando al hombre como ser espiritual. Un huracan de civilizaciòn ha abatido nuestro orgullo viviente.

Alguna vez, refirièndose a la esta crisis de la modernidad. Lawrence expresò que Londres era una ciudad viva en tanto los caballos erraban desbocados levantando de sus empedrados chispas.

Esta imagen que encierra un esplendor de vitalidad radiante, nos hace evocar un pasado de palpitante belleza en que el caballo encarnaba un sìmbolo de heroìsmo conquistador, de potencia creadora; en que jinete y caballo eran còmplices de la misma aventura: Cristo y la Redenciòn, Bolivar y la Libertad, Don Quijote y el Espìrtu.

Pero ese sìmbolo ya no tiene vigencia. El mundo natural se extinguiò, desapareciò con esa rafaga apocalìptica de la perforadora elèctrica que arrancò, parejo con la piedra, las raìces de una tradiciòn viviente, y en su lugar derramò la brea sin alma del progreso.

Los pueblos invadidos por la peste civilizada lucen artificales con sus arterias de cemento, como dentaduras postizas. Las calles ya no sonrìen al paisaje como en la era de la piedra y el polvo. En estos elementos latìan historias de generaciones, sueños de eternidad. Eran caminos, no autopistas. Los caminos fueron siempre de hombres, para hombres que al vivir dejaban al pasar una huella imborrable, un destino.

Pero los hombres ya no caminan, ruedan.

Y sus viejos caminos desertados, que eran rutas del corazòn, no sonrìen al paisaje porque los hombres perdieron la virtud del diàlogo, de mirar el horizonte, de caminar bajo los cielos.

Esas vìas embreadas, laberintos de pùas y espejismos centelleantes, conducen a la soledad, al exilio, y algunas veces a la muerte. Los hombres no van sino que huyen, como arrojados del paraìso, perseguidos por los espectros de la gran ciudad, enloquecidos de pavor y culpa. Huyen de sì mismos por los laberintos del infierno. ¿ Hacia dònde?

Hacia un vèrtigo de locura y delirio, hacia la nada. O tal vez, desesperados, a restituirse al seno purificador de la conciencia còsmica, a la nostalgia de Dios.

Pienso que la velocidad puede ser una protesta profunda y religiosa contra esta civilizaciòn cruel, despojada de alma y amor; un acto de liberaciòn de este mundo que ha sacrificado a la demencia del maquinismo y el progreso las dulzuras del corazòn, el èxtasis de una colina al atardecer, los ardores de la sed en los caminos, el jùbilo de los caballos encabritados dejando a su paso una cascada roja sobre la piedra limpia.

Oprimido por la soledad del cemento y el rascacielo, siento una entristecida nostalgia del mundo natural. La civilizaciòn matò a Dios en el hombre y en el corazòn de la naturaleza. Pienso en la fabula del demonio tentando al Señor para que se lanzara de un acantilado a cambio de lo cual le prometìa su imperio. Pero el espìritu venciò la tentaciòn y prefiriò sacrificar el imperio a perder su libertad.

Trasladando esta metàfora a nuestro tiempo, podemos concluir que el hombre, ilusionado con la propuesta del demonio, abdicò su alma a cambio del poder, y quedò aplastado con su peso. Ese poder no lo ha hecho ni màs libre, ni màs feliz. Al perder su alma, quedò esclavo del poder: fue el triunfo del demonio sobre el espìritu.

Por lo mismo, la era del caballo ha terminado con la era del jet y la autopista. Es el fin de esa raza mitològica que encarnò en otras edades sentimientos heroicos, una veneraciòn religiosa como en lo griegos que alaban sus corceles para viajar a las regiones hiperbòreas a conquistar lo desconocido.

No soy hostil al progreso, si en sus formidables conquistas el hombre es dignificado como ser vivo, y no degradao a una ìnfima condiciòn de subalterno y esclavo de sus terrorìficos engranajes, que es lo que esà sucediendo.

Quisiera identificar el significado de la palabra Progreso con evoluciòn de vida consciente en perfecta armonìa con los inventos de la tècnica. Pues no se trata de conquistar los astros por estentaciòn de poder, sino de dominar al monstruo apocalìptico que nuestra civilizaciòn ha despertado en el hombre y en los cielos, como un presagio de terror para toda la humanidad.

Se trata, sì, para expresarlo con un sìmbolo de justicia nunca desertado, de que el hombre del siglo XX, como Belerofonte entre los griegos, vuelva a montar sobre Pegaso, el alado caballo mitològico, para abatir al monstruo de la Quimera que asolaba sin compasiòn las sufridas comarcas de Licia.
















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