InicioCiencia EducacionSatélites de Júpiter: Hoy, Calisto.


Calisto es el cuarto de los satélites llamados "Galileanos". El nombre de Calisto se lo debemos, como el de sus tres primas (Ío, Europa y Ganímedes), a Simon Marius, en honor a una de las ninfas amantes de Zeus. Durante mucho tiempo se refirió a este satélite con el insulso nombre de Júpiter IV, pero afortunadamente a mediados del siglo XX se cambió al nombre sugerido por Marius (quien afirmaba que la sugerencia original fue de Kepler).


Júpiter y Calisto. François Boucher.

Aunque no es tan grande como Ganímedes –que, como recordarás, es el satélite más grande de todo el Sistema Solar–, ocupa el tercer puesto en la lista tras Titán. Nuestra propia Luna tiene un modesto quinto puesto en esta lista pero hay que recordar que los cuatro primeros pertenecen a grandes gigantes de gas y hielo, mientras que la nuestra orbita un planeta bastante discreto. Calisto tiene un radio medio de unos 2400 km, sólo 200 km menor que Ganímedes. Calisto es, sin embargo, más difícil de vislumbrar que sus hermanas, porque tiene un albedo de tan sólo el 22%.


Ío, Eurpa, Calisto y Júpiter (desde la izquierda).

Esta siniestra y enorme luna orbita alrededor de Júìter a una distancia mucho mayor que la de sus primas: unos 1,9 millones de kilómetros, comparados con el millón de kilómetros de la anterior, Ganímedes. Esta mayor distancia tiene consecuencias determinantes sobre la composición, características e historia de Calisto.

Calisto tarda unos 17 días en dar una vuelta a Júpiter y, naturalmente, el mismo tiempo en girar sobre sí misma, puesto que como cualquier otro satélite de buena familia, siempre muestra la misma cara al planeta; está lejos de Júpiter, pero la influencia gravitatoria del gigante sigue siendo abrumadora. Sin embargo, aquí tenemos ya una de las principales diferencias entre Calisto y las otras tres: la distancia entre ésta y aquéllas es tan grande que Calisto no toma parte en la resonancia de Laplace.


Calisto (en primer plano), Europa y Júpiter.

Para empezar, la ausencia de fuerzas de marea y resonancia de Laplace hace de Calisto un lugar mucho más frío. No estoy hablando tanto de su superficie –que también, como veremos luego–, sino del interior. Las otras tres lunas sufren o sufrieron un calentamiento por deformación considerable.
Tanto es así que pensamos que nunca ha habido actividad geológica interna digna de mención en Calisto. Su formación se debió muy probablemente al apelotonamiento, por acción de la gravedad, de los trozos de roca y hielo que formaban el disco de acreción alrededor de Júpiter.

En su mayor parte, los datos obtenidos por las Voyager confirmaron lo que ya sabíamos o sospechábamos. Por ejemplo, la masa de Calisto es relativamente baja para su gran tamaño (alrededor de 1023 kg). Esto significa que su densidad es bastante baja, tan sólo de 1800 kg/m3, ni siquiera el doble que la del agua, y que la gravedad sobre su superficie es menor incluso que la de nuestra propia Luna: 1,26 m/s2. La velocidad de escape en la superficie calistoana es de unos 2,4 km/s, un valor muy razonable energéticamente hablando, si establecemos una base allí.



La temperatura en la superficie de Calisto resultó ser, como no podría ser de otra manera, gélida.
Además, igual que en el caso de otras lunas galileanas la temperatura aumenta bastante si te introduces en el interior del satélite y te mueves hacia el centro, en el caso de Calisto el cambio es bastante leve: lo único que proporciona un cierto calorcillo ahí dentro es la descomposición radioactiva.

La superficie, dada su enorme antigüedad y escasa acción geológica interna, está cubierta de una miríada de cráteres, grandes y pequeños.



De entre todos ellos destacan dos monstruos; el más pequeño de los dos, Asgard, tiene nada más y nada menos que 1600 km de diámetro –¡en una luna de 2400 km de radio!–, y en él se observan dos características fundamentales:
Por un lado, en la foto se observan las extrañas acumulaciones de hielo limpio. Por otro, puedes ver una serie de anillos concéntricos.


Cráter Asgard.

Esos anillos se ven aún más claramente en la siguiente foto tomada por la Voyager 1 del “hermano mayor” de Asgard, el gigantesco Valhalla, con un diámetro de 1800 km:


Cráter Valhalla.

Los anillos concéntricos de este tipo son muy característicos de impactos sobre objetos cuya litosfera no es muy espesa, ni muy densa, y que tienen algo muy blando debajo.
Esos anillos confirman, por un lado, algo que ya sabíamos – que Calisto tiene mucho hielo y es, por tanto, poco denso. Pero, además, sugieren la posibilidad de una capa interior, no demasiado profunda, aún menos densa y tal vez líquida.
Al disolver amoníaco en agua, la temperatura de congelación del agua disminuye bastante. Sí, desde luego la temperatura ahí abajo no llega a los 0 °C ni en broma, pero recuerda que las temperaturas de los cambios de fase dependen de la presión, y la presión a un par de cientos de kilómetros de la superficie es gigantesca. El caso es que algunos modelos que parecen funcionar bien incluyen un océano de al menos 10 km de espesor (pero tal vez mucho más grueso), a unos 50-200 km de profundidad bajo la superficie de hielo y roca del satélite.



Los estudios densitométricos de Galileo nos hacen sospechar que a grandes profundidades abunda más la roca que el hielo.

El hecho de que Calisto disponga de un océano subterráneo, sin embargo, no la pone al mismo nivel que Ganímedes, ni mucho menos Europa, en términos de posibilidades de vida. Sigue tratándose de agua mucho más fría que la de los otros dos satélites, probablemente con menos moléculas complejas debido a la inferior temperatura, y con menos oportunidades para obtener energía y proliferar los organismos vivos.



La soledad de Calisto, alejada de lo peor de la magnetosfera joviana y sus cinturones de partículas cargadas, la protege de las letales intensidades de radiación ionizante que sufren sus primas más cercanas al monstruo. Ío sufría más de 10 000 mSv al día, Europa unos 5400 mSv, Ganímedes unos 80 y Calisto sólo 0,1 mSv por día.

Calisto es, por lo tanto, un lugar ideal para establecer una base de exploración del subsistema joviano, y tal vez incluso como punto intermedio para llegar a lugares aún más alejados en el Sistema Solar. Se trata de un lugar infinitamente más tranquilo, radiativamente hablando, que cualquiera de las otras lunas galileanas.



De hecho, los planes de la NASA incluyen a Calisto como el posible destino de una misión tripulada a mediados de siglo, como se recoge en su plan HOPE (Human Outer Planet Exploration) de exploración tripulada de los planetas exteriores.
Pero el principal problema que tenemos ahora mismo para una posible misión a Calisto no es la estancia allí, pero viajar durante años para estar allí un mes es bastante duro.
Nuestros sistemas de propulsión son aún inmaduros, primitivos, patéticos si queremos salir de nuestra cuna. Para llegar a Calisto en un tiempo razonable nos hace falta mejorarlos, y mucho. Lo que más nos ayudaría, con mucha diferencia, sería el desarrollo de la fusión nuclear controlada, por supuesto, pero incluso sin ella, la eficiencia de nuestros sistemas de propulsión es baja y los costes energéticos, enormes.

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