InicioApuntes Y MonografiasAntinomias argentinas!
Jueves 20 de mayo del 2010. Están presentes siempre, son un elemento distintivo de argentinidad. Las antinomias marcaron a fuego la lógica de construcción de nuestra identidad. Las cosmovisiones enfrentadas explican, en buena medida, el devenir histórico de nuestro país.
Hace doscientos años, la Revolución de Mayo opuso a “morenistas” y “saavedristas” en el seno de la Primera Junta de gobierno. Tiempo después, el sistema de organización estatal enfrentó a unitarios y federales. Manuel Dorrego, Juan Lavalle, Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza son el acabado ejemplo de esa disputa. El modelo de país también ensanchó distancias entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.
A finales del siglo XIX la tensión se produjo entre dos figuras clave: Julio Argentino Roca y Leandro Alem. Tras el surgimiento y la consolidación de la UCR, el yrigoyenismo fue contraparte del conservador Partido Autonomista Nacional. Entre 1914 y 1918, en los albores del siglo XX, la Primera Guerra Mundial significó un parteaguas entre aliadófilos y neutralistas. Años más tarde, el golpe del Estado de 1930, al igual que todos los que le siguieron desde entonces, contó con igual número de opositores y adeptos.
La década del 40’ vio nacer al peronismo. Este suceso, que sin dudas cambio el rumbo político de la argentina de los últimos 65, generó dos vertientes tan fuertes como antagónicas: peronismo y antiperonismo. Al mismo tiempo, Juan Perón y Ricardo Balbín representaron las visiones opuestas de peronistas y radicales.
Después del golpe militar encabezado por Eduardo Lonardi y Pedro Aramburu en septiembre de 1955 las Fuerzas Armadas se devidieron en “azules” y “colorados”. Referenciados con Juan Carlos Onganía y Alejandro Agustín Lanusse, los bandos castrenses disintieron sobre cómo actuar frente al gobierno constitucional depuesto.
Entre mediados de la década del 60’ y principios de los 70’ las discordancias tuvieron un plano bifronte: el campo sindical enfrentó a Augusto Vandor y José Ignacio Rucci, referentes gremiales de la ortodoxia peronista, con Raimundo Ongaro y el trotskista Agustín Tosco; y la lucha armada trazó una línea divisoria entre Montoneros y el ERP (Ejercito Revolucionario del Pueblo). Paralelamente, esta metodología de acción política distanció a dichas organizaciones de aquellos grupos que apostaban a la vía pacífica y la salida electoral de la dictadura.
Desde la vuelta de la democracia, en diciembre de 1983, la puja se patentizó en propuestas y personas. En primer lugar, la idea de juzgar a los militares por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Proceso de Reorganización Nacional enfrentó a Raúl Alfonsín, impulsor del Juicio a las Juntas, con Italo Argentino Lúder, partidario de la amnistía. En segundo término, en función de los modelos de país planteados, sus liderazgos e importancia política, la última gran colisión de ideas fue protagonizada por el ex presidente radical y Carlos Memen, al margen del acuerdo alcanzado por ambos en el denominado “Pacto de Olivos”.
Los acontecimientos y figuras enumeradas demuestran que, tal como sucede en cualquier país del mundo, las antinomias son el motor de la historia nacional. Sin embargo, el recurrente dispositivo binario utilizado para pensar y contar la misma ha generado no pocos conflictos entre quienes tienen la misión de estudiar, analizar y transmitir a las generaciones venideras los hechos del pasado. En consecuencia, próceres y villanos, héroes y mártires, líderes y traidores cambian frecuentemente de bando según el autor de referencia y el recorte historiográfico planteado.
Los rótulos, como se sabe, no sólo resultan arbitrarios en función de los intereses que persigue y los valores que abraza quien narra un determinado suceso, sino que, por sobre todas las cosas, generan la estigmatización o exaltación excesiva de los protagonistas en cuestión. Este vicio, además, tuvo y tiene efectos perjudiciales en lo que hace al conocimiento de procesos históricos: dejar fuera de ellos a miles de ilustres “desconocidos” tan o más importantes que los protagonistas considerados "centrales".
Dice María Sáenz Quesada en su libro La Libertadora: “Corresponde a quienes trabajamos en la investigación y difusión de la historia no conformarnos con las versiones del pasado que se emiten desde cierto statu quo político, y contribuir en la medida de nuestras posibilidades a revisarla en la intención de comprenderla antes que juzgarla”. Tan lúcida definición debe ser el eje vertebrador, la clave desde la cual la sociedad en su conjunto sea capaz de pensar el bicentenario transcurrido y los años por venir. Para ello resulta indispensable desterrar las antinomias, los razonamientos simplistas y cerrados vigentes desde 1810 hasta hoy. (Por Damian Toschi)

Antinomias argentinas!

rosas

federales

La clasica antinomia Unitarios Vs Federales esta explicada a continuacion:

Unitarios y Federales son los dos grupos políticos enfrentados al finalizar la revolución, cada uno con ideales opuestos abogaban por la construcción de un país: Argentina. La diferencia de raíz es que uno proponía un gobierno federalista y el otro centralista. Verán que todo tema tiene sus matices, pero en estas intervenciones pretendo ser lo mas simple posible, con la idea de dejar bien clara una idea general y después cada uno según sus intereses pueda ampliar o profundizar. Así que decimos que entre 1820 y 1852 estos bandos se enfrentan de una y otra manera tratando de imponer sus ideas.
Unitarios: En el centralismo también llamado unidad de régimen, todos los niveles de gobierno están subordinados al poder central. Además, un régimen centralista generalmente unifica la legislación y la administración en todo el país más allá de particularidades regionales o diversidades culturales.
Principal representante: Bernardino Rivadavia
Federales: El federalismo, en cambio, se basa en la asociación voluntaria o federación de Estados o poderes regionales, que delegan algunas de sus atribuciones para constituir el Estado o poder central. Una constitución federal podía respetar la autonomía provincial de Buenos Aires y, al mismo tiempo, garantizar los derechos de todas las provincias a participar en la distribución de los ingresos del puerto de Buenos Aires, a través de un Estado central.
Principal representante: Juan Manuel de Rosas.
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