InicioArteLa Impura y la Higienica (Coca Sarli)

La Impura y la Higienica (Coca Sarli)

Arte2/10/2011
Recordando ese peliculon, la Tetona de Fellini nos relata ciertas experiencias, que lo disfruten dejandome comentarios y si accidentalmente se les ocurre puntos.

Dicen que allá donde se intenta obstruir los placeres sensoriales, se goza mucho más con ellos. Nada es exquisito si antes no intentaron ocultártelo. Pero descuidado quien debía asegurarse que así fuera. En Argentina, una mañana un ventarrón hizo volar el brassier de la Censura y unas tetas generosas nadaron por una pantalla de cine. No se trataba de un enlatado procedente de algún país nórdico, era una hermosa mujer desnuda y nacional. Entonces el pueblo no permitió que se vuelva a vestir. Entrada bien la noche, reapareció muchas veces como “la tentación desnuda” o “desnuda en la arena”, siempre desnuda. En los boliches indecorosos, entre nubes de cigarrillo, se esperaba el próximo baño de la higiénica.



CAP- I
Usted podría ser galán de cine


En Rio de Janeiro, el joven Armando Bó recibió un buen consejo. Se lo dio Carmen Miranda, la actriz y cantante que coronada con bananas reinó en Hollywood como la personificación del exotismo sudamericano. A decir verdad, el consejo se lo hubiera podido dar cualquiera. Bó era un muchacho alto, guapo y con un físico entrenado en el básquet. En un campeonato en Brasil, Bó conoció casualmente a Miranda y esta, tal vez con cierto ánimo de piropo, le sugirió que probara suerte como galán de cine. Como no es igual que te lo diga tu mamá o una actriz famosa, en el acto Armando se inscribió en una escuela de arte dramático.

Por aquel entonces el cine argentino podía ser esperanzador para los guapos de esquina. La cinematografía argentina se destacaba como la más industrializada de Sudamérica. Desde los años 30, en Argentina el cine ya emulaba eficientemente los parámetros de Hollywood: grandes estudios, producción sostenida, promoción de estrellas y la mira bien puesta en el triunfo de taquilla. Cada año decenas de películas competían, dentro y fuera de Argentina, por vender al público melodramas porteños, mitologías del tango o nostalgias gauchas. Así pues en las ciudades quien se creyese con la pose y la pinta necesarias, podía soñar con ingresar en la pujante industria nacional y emplearse como galán.

"El trueno entre las hojas" (1959)



Pero a él no le lanzaron la puerta en la cara. Pronto Bó encontró trabajo en Establecimientos Filmadores Argentinos empleado como “hombre apuesto con poco que decir” en títulos como “Y mañana serán hombres” (1939), “Si yo fuera rica” (1941), “La maestrita de los obreros” (1942) o “El más infeliz del pueblo” (1941). En esta última trabajó con otra actriz aspirante, Eva Duarte, por entonces de pelo negro, procedencia provinciana y alguna experiencia teatral. Bó se la encontraría nuevamente para ser su enamorado secreto en “La cabalgata del circo” (1945), poco tiempo antes de que ella abandonara el cine para asumir su rol definitivo como Evita Perón. Bó continuó su carrera de actor hasta que por fin pudo protagonizar dos películas de época fracasadas (“Villa Rica del Espíritu Santo” y “Los tres mosqueteros” en 1945). Quizá agobiado por los altibajos de la vida de un actor sin demasiado talento, mientras otros saboreaban las tajadas más jugosas del mercado del cine, Armando Bó optó por hacerse productor. Con todos sus ahorros fundó en 1946, la Sociedad Independiente Filmadora Argentina (S.I.F.A.) cuyo primer producto sería toda una revolución popular.

En Argentina corrían nuevos aires, Juan Domingo Perón acababa de asumir el poder y los pobres estaban de moda. El peronismo ya había sido augurado por el cine argentino antes de que aquel imperara en la política. En películas como “Mujeres que trabajan” (1938) y “Elvira Fernández, vendedora de tienda” (1942) se defendían tramas donde había sindicalismo, tensiones entre clases sociales y ciudadanía femenina. Sin embargo, la mayoría de películas argentinas por ese tiempo preferían las adaptaciones insulsas de clásicos de la literatura occidental o los melodramas declamatorios, todas ellas planificadas desde un Buenos Aires que se sentía una comarca desprendida de Europa. Pero desde los años 30 penetraron en el próspero Buenos Aires hordas de provincianos que no tenían idea de quién era Alejandro Dumas y que las clases altas llamaban con cariñoso desprecio “cabecitas negras”. Sus brazos pusieron en marcha a la industria y se aliaron en poderosos sindicatos. Naturalmente el cine tenía que responder a este público. El trabajo obrero ya no sería mostrado solamente desde el esfuerzo por conseguirlo y conservarlo, sino como pertenencia y orgullo de clase, y la barriada ya no podía ser sólo la guarida de la perdición y sino cuna de los más espectaculares hijos del pueblo.

"El trueno entre las hojas" (1959)


Armando Bó lo entendió rápidamente. La austera S.I.F.A no había nacido para adaptar el “El Conde de Montecristo” sino las viñetas de un cronista de futbol (Ricardo Lorenzo, apodado “Borocotó”). El resultado sería “Pelota de trapo” (1948), dirigida por Leopoldo Torres Ríos, donde Bó interpreta a un muchacho de barrio, conocido como “Comeuñas”, que junto a otros desnutridos forma un equipo y triunfa en las canchas, hasta que un mal cardiaco lo pone fuera de combate. Nadie hubiera apostado a que el público iría al cine para ver futbol. Pero la multitud que en total acudió a ver “Pelota de trapo” habría llenado estadios. Hoy es considerada una película clave (alentada también por el neorrealismo que por entonces ocurría en Italia) que elevó a las grandes pantallas argentinas aquel mundillo de los pibes peloteros, las madres proletarias, los inmigrantes picaros y, en el habla, la chacota de arrabal que levantó las cejas de la censura. “Pelota de trapo” era el mejor inicio posible para Armando Bó como productor. Llegó a decir: “¡Pelota de trapo soy yo!”, complacido de la buena estrella que le permitió reunir a un guionista y director talentosos ante una refrescante idea que Bó pescó de la cultura popular. Y el pueblo también quedó complacido, tanto así que “Sacachispas”, el equipo ficticio de la película, fue hecho realidad y hasta hoy existe.

Al año siguiente, Bó tenía una nueva película sobre otro héroe del pueblo: Justo Suárez, “el torito de Mataderos”, un boxeador que durante los años 30 deslumbró con su estilo acriollado y su simpatía, alcanzó las máximas glorias del peso ligero y fue noqueado por la tuberculosis a los 29 años en la absoluta miseria. Era una historia perfecta para otro éxito multitudinario. Pero no resultó, como tampoco lo hicieron sus siguientes producciones que decrecían en creatividad con la misma velocidad con la que se realizaban, como “Sacachispas” (1950), primer refrito de “Pelota de trapo”; “Con el sudor de tu frente” (1950); “Fangio, el demonio de las pistas” (1950), sobre otro héroe deportivo, esta vez un pentacampeón de Formula 1; “Mi divina pobreza” (1951), “Yo soy el criminal” (1951), “En cuerpo y alma” (1951), “Honrarás a tu madre” (1953), “El hijo del crack” (1953), otra secuela de “Pelota de trapo”, con la participación de celebridades futbolísticas, donde el héroe lucha por defender su gloria pasada a pesar de la mala salud. Algunos fracasos después, Armando Bó incursiona en la dirección, tal vez también para ahorrar costos, con títulos como “Sin familia” (1954) y “Adiós muchachos” (1955) de los cuales hoy no queda rastro. Tantos tropiezos lo pusieron al borde de la quiebra, necesitaba otra novedad que pudiera explotar en el mercado del cine. Sin ni siquiera elegirla, la suerte lo puso frente a otra oportunidad.


"El trueno entre las hojas"(1959)



Pero la decisión la tomaría otro Bó. Su siguiente proyecto se realizaría en asociación con otro productor, apellidado casualmente como él, el paraguayo Nicolás Bó. Filmarían un librero de Augusto Roa Bastos, guionista de su propio cuento, sobre una insurrección de campesinos en medio de la agresiva selva paraguaya, “El trueno entre las hojas”. Nicolás Bó, que era un importante empresario de la televisión, a lo mejor pensó que sería bueno asegurarse el éxito de taquilla poniendo en un lugar llamativo del reparto a Miss Argentina. Tenía el teléfono de la última coronada: Hilda Isabel Sarli. Armando y Nicolás fueron a visitarla a su modesta vivienda. Nicolás quedó muy impresionado inmediatamente, pero Armando no se emocionó con aquella morocha de veinte años, muy tímida, sin la más mínima experiencia actoral y cuya madre metiche llamaba con el apodo de Coca. Pero Nicolás seguía fascinado con ella y como era él quien ponía la plata, al otro Bó no le quedó más que aceptarla como la estrella de su próxima película.

"El trueno entre las hojas"(1959)
Un chapuzón más para Isabel Sarli pero un gran salto para el cine argentino. Hasta entonces al público sólo se le había permitido suspirar o escandalizarse en vano con la espalda desnuda de la adolescente Olga Zubarry en “El angel desnudo” (1946) de Carlos Hugo Christensen. Más de diez años después, “El trueno entre las hojas” inició la detallada exploración de otros parajes de la piel. Desprovista de esta audacia pionera, la película habría caído en el olvido. Sin embargo, “El trueno entre las hojas” está entre lo mejor que ha dirigido Armando Bó, maravillado también por el prodigio acabado de descubrir y que daría sustento a su cine en adelante.

Al inicio el escritor Roa Bastos nos estremece con esta nota: “el trueno cae entre las ramas, los animales comen de los arboles, los hombres comen animales, y al fin se desata entre los hombres la violencia del trueno”. Así tenemos como personajes a un patrón en el delirio del autoritarismo, unos peones embrutecidos por la pobreza y un recién llegado que explotará de indignación, todo esto en una finca perdida en la selva paraguaya donde la naturaleza agresiva no hace más que avivar la locura. Armando Bó es nuevamente el protagonista. Un actor de pocos recursos, a veces sorprendido por la cámara antes de “ponerse” la expresión que corresponde a la escena. Esta vez es un fugitivo (de un amor desgraciado, como sabremos después) que se entera de la existencia de una finca, comandada por un gringo, donde los peones son tratados como esclavos y no tienen posibilidad de retorno. Le aseguran que si lo que busca es esconderse nadie irá a buscarlo hasta allá. Sin perder un minuto, pide ser contratado y padece como sus compañeros de los atropellos impuestos por la voluntad del patrón. Su castigo predilecto consiste en atar al prisionero a cuatro estacas para que las hormigas más gordas de la selva vengan a mordisquearlo. Naturalmente, el héroe se indigna y exhorta a los otros peones a reaccionar. Las tensiones explotan cuando el pistolero del patrón es encontrado muerto. En medio de todo esto llega al lugar la joven esposa del patrón (Sarli), hablando con voz prestada pero en total dominio de su exquisita figura. La visita resulta perturbadora. El patrón comienza a delirar por la malaria y el desdén de su esposa, los peones le tocan serenatas sublimando deseos de violación, mientras el héroe se contiene por no distraerse de sus planes de sublevación.
La respetable denuncia social de Roa Bastos, interesado en reflejar los excesos del poder, bajo los parámetros explotation de Armando Bó contó con pésimos actores y un acabado técnico lleno de desperfectos. Pero a la larga “El trueno entre las hojas”, con sus estereotipos, el extremismo del entorno y la exuberancia de Sarli, como otra trampa de la naturaleza, resultó muy influente para el cine posterior de este director. El éxito permitiría que Bó continúe trabajando con Roa Bastos para la siguiente película, “Sabaleros” (1959), otro violento drama rural con Sarli en el centro del afiche.

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