Por Oscar Finkelstein. El matemático, docente y periodista Adrián Paenza, quien presentará un nuevo programa por Canal 7, El debate, cuestiona la falta de aceptación de opiniones ajenas y critica la forma de enseñar matemática
Desde hace una década, Adrián Paenza vive mayormente en Estados Unidos, donde desarrolla las tareas académica y docente. Cuando visita la Argentina se aboca más a la tarea de divulgación científica, con la que logró convertir a la matemática en best-seller y a la ciencia en récord de permanencia en el aire televisivo. Esas breves visitas lo ponen en contacto con sus afectos locales y lo obligan a un tour de force laboral que carga su agenda hasta lo imposible. Pero, curiosamente, no le hacen perder el entusiasmo, la pasión por lo que hace, y que en este viaje volcó, entre otros proyectos, en la grabación de treinta nuevas entregas de Científicos Industria Nacional y un flamante ciclo -también para Canal 7- que se llamará El debate, que a partir del 3 de julio buscará dar respuesta semanalmente a preguntas tales como ¿hay que despenalizar el aborto?, ¿es viable la minería a cielo abierto?, ¿son necesarias las religiones?, ¿hay que despenalizar la eutanasia?, ¿el cambio climático es responsabilidad del hombre?, ¿hay que despenalizar el consumo de drogas? El entusiasmo de Paenza -matemático, docente, periodista- también se relaciona con el momento político argentino (que dejó explícito hace un par de semanas al recibir el Martín Fierro al Mejor Programa Cultural o Educativo), la ciencia como cuestión de Estado y las conferencias de nuevas ideas TED, de las que es protagonista dentro y fuera del país.
¿Por qué decidió irse a Estados Unidos?
Porque quería hacer la experiencia de estar afuera, y no sólo por cuestiones académicas. Me fui a los 52, ¿iba a esperar hasta los ochenta? Allá escucho, acá hablo. Allá pregunto, acá me toca contestar, que es lo que menos me gusta hacer porque nunca estoy totalmente seguro de lo que digo, o de si lo que digo es lo correcto.
Muchos de quienes se fueron forzados por las circunstancias están volviendo. ¿Es un buen momento para el regreso de los científicos?
Sí, es un gran momento en ese sentido. Después de la estampida de cerebros de las últimas décadas, porque fue mucho más que una fuga, se están empezando a dar las condiciones para que el regreso de científicos se produzca. Falta, por supuesto, pero estamos mucho mejor. Tengo una sobrina bióloga, casada con un biólogo, viven con sus hijos en San Francisco y quieren volver. Quizá acá no tengan algunas de las condiciones que allá sí, a lo mejor no consiguen un reactivo que necesitan para una investigación, pero están en su lugar, con su familia, sus amigos, ciertos códigos culturales y trabajando para su país.
¿Cómo surge la idea del programa de debates que saldrá por Canal 7?
La idea se me ocurrió en el TED del año pasado, en California, cuando vi un debate de diecisiete minutos de dos tipos sobre energía atómica. Acá todavía no es un tema de discusión, pero allá sí, y me pareció fascinante la idea de poner a debatir a dos personas que piensan totalmente distinto sobre un mismo tema. Lo hablé con Claudio Martínez, productor de todos mis programas, y se lo propusimos a Tristán Bauer para la Televisión Pública, con la idea de que sea un programa pensado con tiempo. Y así se hizo.
¿Quiénes son los que debaten?
Son personas que genuinamente piensan o tienen una posición tomada sobre un tema y lo conocen a fondo. En el caso de la religión, por ejemplo, alguien que cree fervientemente en Dios y otro que no cree en absoluto. No son actores jugando roles antagónicos que van a polemizar porque sí. Tampoco es una competencia para ver quién gana una discusión. La idea es instalar temas en la sociedad, cuestiones que creo que tienen que debatirse en serio y a fondo. Tampoco va a quedar cerrado el tema, seguro, pero sí aspiro a que quede instalado.
El debate no es algo muy frecuente en la Argentina, y cada vez más se ve, en cambio, la pelea, la descalificación de las ideas del otro o, directamente, del otro mismo.
Bueno, en el programa eso no está permitido. El recurso de decir “usted dijo tal cosa en tal año o en tal oportunidad”, acá no corre. Vengo del mundo académico y eso que pasa mucho en los medios, en general no sucede. Se trata de poner las ideas sobre la mesa, argumentar, defenderlas, y el otro lo mismo. Es un debate de ideas, representadas por dos personas que piensan de manera diferente sobre un mismo tema. Y como los segmentos de cada uno van a ser de tres minutos, hablé con algunos periodistas, como Víctor Hugo Morales, para que, quizá, continúe de alguna manera discutiéndose, siempre con la idea de tratar de instalar temas fuertes de debate en la sociedad. También hablé con Juan Pablo Varsky, con Matías Martin, con Alejandro Fabbri, con Página/12, y quienes quieran sumarse pueden hacerlo porque me parece que cuanto más gente participe más se enriquece el debate. Tal vez, Canal 7 haga algo en vivo, porque este programa es grabado. Y por supuesto espero que también siga en las redes sociales.
¿Cuál es su rol en el programa?
Lo que propuse es que, además de quienes vayan a exponer, haya dos observadores que no estén comprometidos con ninguna de las dos posiciones y que estén en condiciones de preguntar. Yo sí tengo una posición, no sé si en todos los temas pero sí en algunos, y por eso no quiero que de alguna manera, con las preguntas, se crea que puedo estar favoreciendo a quien defiende mi posición. Mi rol va a ser el de moderador. Casi preferiría no estar, pero lo que voy a hacer es administrar el tiempo de cada uno, que va a estar estipulado de antemano.
Tiene los antecedentes de Científicos Industria Nacional o Alterados por Pi, programas sobre ciencia que se convirtieron en éxitos impensados.
No pensé éxitos, por supuesto, pensé ideas.
¿Cómo surgen esas ideas?
No lo sé. Cualquier respuesta que te dé va a contener algo que no sé si es cierto, por ejemplo, si te dijera “pensé estos programas porque sabía que podían despertar interés”. No fue así. Con el nuevo programa, te puedo decir que la idea es que quiero esclarecer y quiero darme argumentos que me permitan confirmar lo que pienso sobre distintos temas o bien cambiar de opinión, más todos los matices que pueda haber entre un extremo y el otro.
¿Por qué no se debate así habitualmente?
Porque no se pregunta lo suficiente. Cuando vengo a la Argentina, grabo seis meses de programas, con lo cual en un breve lapso, como ahora, grabé treinta entrevistas a treinta personas diferentes. Eso es demasiada información en poco tiempo. Pero por suerte, supongo que por mi formación, no tengo problemas en preguntar si no entiendo algo que me dijo un entrevistado. El problema es que hay mucha gente que no quiere reconocer que no sabe y prefiere quedarse con la duda a volver a preguntar algo que no entendió. El asunto es que si no lo entendió el periodista, es muy probable que no lo hayan entendido muchos espectadores, oyentes o lectores.
¿Por qué está tan mal vista esta genuina ignorancia?
Hay mucho pudor respecto de la ignorancia, pero hacer preguntas es esencial para adquirir conocimiento. Y también para tener cantidad y calidad de información que nos permitan tener más argumentos para sacar nuestras propias conclusiones. Tenemos que preguntar. En mi caso, vale para Científicos, para Alterados por Pi y para la vida en general. Si no te entiendo lo que me decís, te pregunto otra vez, y otra y otra.
Que es exactamente lo opuesto a esas afirmaciones irrefutables tan en boga.
Esas afirmaciones categóricas y la imposibilidad de reconocer que uno no sabe o no entiende algo suelen servir para encubrir inseguridades. Yo te puedo decir cosas sobre las que no sé bien lo que pienso y, por otra parte, no siempre estoy de acuerdo con lo que digo. O cambio. Hay una dinámica también en eso.
¿Por qué no se acepta fácilmente el cambio de opinión?
No lo sé. Sí sé que, en el mejor de los casos, hay un cambio, una evolución del pensamiento. Tengo grabadas todas mis intervenciones públicas desde 1983, y, a veces, cuando veo algunas de las más antiguas, me digo “no puede ser que yo haya dicho esto. ¡O que lo haya pensado!”. Pero lo que más impresión me causa es la forma en que dije algunas cosas. Eran tan categóricas que no daban lugar a ninguna duda. Ahora, me da mucho pudor ver eso.
¿Aun a pesar de provenir de una ciencia exacta, que se supone que trabaja básicamente sobre certezas?
Sí, pero el problema, mi debate interno, es cómo podía ser tan categórico. Básicamente, me obliga a preguntarme por qué tenía una posición en la que, de alguna manera, no aceptaba otra posibilidad, es decir que no incluía al otro. ¿Cuántas cosas uno puede afirmar sin la menor duda cuando opina sobre algo? No hablo de cuestiones fácticas, de hechos, sino de opiniones. Tengo cosas dichas que ahora no diría, pero también es verdad que, sacadas de contexto, funcionan de otro modo. Es como esas películas que mis viejos veían y de las que hablaban maravillas y que yo recién pude ver años más tarde, porque eran prohibidas para menores, y resultó que no eran tan buenas como ellos decían.
¿Por ejemplo?
La Dolce Vita, Mondo Cane, Orfeo Negro, eran películas que me moría por ver y, cuando las vi, no me parecieron nada del otro mundo. Y también me pasa que cuando veo ahora películas que en su momento me maravillaron, ya no me producen lo mismo. Me pasó con Trenes rigurosamente vigilados o con I pugni in tasca, que son extraordinarias películas, claro, pero en su momento me decían muchas más cosas que las que me dicen hoy. Es el hombre y su circunstancia, el contexto cambió, hay otro tipo de libertades, yo tengo 62 años y no veinte. Me hubiera gustado ser menos categórico, pero a lo mejor no sólo era así en la vida pública, quizá, en mi vida privada también. La diferencia es que esa vida no la tengo registrada en video.
A lo mejor es una suerte.
Probablemente. Además, no tendría tiempo de vivir y a la vez revisar toda mi vida, sería como vivir en el pasado. Prefiero hacer cosas para el presente y para el futuro.
¿Por qué cree que sus libros generaron esa ola de inédito interés masivo por la matemática?
No tengo respuesta. Cuando apareció el primer libro de la serie, Carlos Díaz, que es el editor de Siglo XXI, me dijo que iba a imprimir cuatro mil ejemplares en lugar de los tres mil habituales. Como yo no tenía idea del tema, le dije que hiciera lo que creyera mejor. Lo que le pedí es que los libros estuvieran en Internet para ser bajados libremente, ésa era casi mi única condición, algo que se mantiene desde el primer día.
Lo que los convierte en aún más exitosos.
Cuando se hizo la segunda edición del primer libro, ya no tiró cuatro mil sino cuarenta mil. O sea, yo no sabía, pero él tampoco, porque nadie podía saberlo. ¿Cómo podía alguien saber que se iban a vender más de un millón de libros de divulgación matemática? De haberlo sabido, además, los hubiese escrito veinte años antes.
¿Cómo los hizo?
En realidad, no tienen nada nuevo. Son temas de público conocimiento que yo enseñaba en la facultad veinte o treinta años antes de publicar los libros. Cualquiera que haya recorrido los claustros universitarios de Exactas alguna vez escuchó hablar de cada uno de los problemas que están en mis libros.
¿Aun con este planteo lúdico?
No, la forma era otra. Si bien no conozco todo lo que se publicó en el mundo sobre matemática, de lo mucho que he leído nada tiene esta forma, pero los problemas son los mismos. Al menos en la Argentina, y quizá en castellano. Lo propio, mi aporte, digamos, es la selección del material y la forma en que está presentado. Nada más. No quiero quedarme con un crédito que no me corresponde.
¿Y cuál es la génesis?
La génesis está en un artículo que Carlos Ulanovsky me pidió que escribiera para Clarín. Fue el 5 de febrero de 1988 y se publicó en la sección Opinión. Era un artículo a doble página en defensa de la matemática que empezaba así: “Matemática, ¿estás ahí? No, me estoy poniendo las preguntas”. Y aparecieron unos problemas de los que luego algunos fueron a parar a los libros. No provocó una conmoción, ni mucho menos. Dentro de la facultad, en Exactas, tuvo un poco más de repercusión. Pero ya sabemos lo que pasa: al día siguiente salió otro diario y nadie se acordó de lo que había en el de ayer. Pero mi vieja sí, y sé que fue el 5 de febrero de 1988 porque lo tiene enmarcado y es lo primero que se ve al entrar en su casa.
¿Qué cambió desde entonces, hace ya 23 años?
Evidentemente, hubo una evolución de la sociedad. De aquel artículo que pasó sin pena ni gloria, a este presente con los libros y los programas en televisión. Eso en lo que a mí respecta. Porque, en ese momento, tampoco había periodistas especializados en temas científicos, como hay ahora con Valeria Román, Daniel Arias, Nora Bär. Cada diario nacional tiene al menos un especialista en temas de ciencia.
Y está Científicos Industria Nacional.
Sí, un programa que lleva nueve años en el aire y en la televisión abierta. ¿Cuántos programas hay en la televisión abierta con esa continuidad? Sacando los noticieros, sólo CQC, Tinelli, Susana, Mirtha… menos de diez, ¡y uno de ellos es un programa de ciencia! Ahora hay libros, colecciones enteras como Ciencia que ladra, películas como Good Will Hunting o La sociedad de los poetas muertos, obras de teatro como Copenhague, Galileo Galilei, La prueba.
Y canales enteros que transmiten temas científicos durante las 24 horas.
Está Encuentro, donde hago Alterados por Pi, que ya va por la cuarta temporada. Ahora se viene Tecnópolis, un canal estatal de ciencia, y están Discovery, Animal Planet, NatGeo. E Internet, que cambió la ecuación de todo.
Dice que, de haber sabido el éxito que tendrían los libros, los hubiera hecho hace veinte años, pero hace veinte años no había prácticamente nada de esto que nombra, con lo que, probablemente, no hubiera sido el momento.
Seguramente no era el momento, justamente por eso queda claro que hubo una evolución. Y en eso tiene mucho que ver el acceso a las fuentes de información. Cuando nací no había televisión, y no hace tanto tiempo en términos históricos. Y cuando hubo la posibilidad de ver una, me acuerdo que me hicieron bañar, me empilcharon ¡y me peinaron con gomina! Creo que pensaban que la tele nos miraba a nosotros y no que nosotros mirábamos la tele.
Y ahora hasta hay un Ministerio de Ciencia. ¿Qué importancia le da a esta novedad?
Creo que, en parte, tiene que ver con esta nueva realidad de la ciencia más al alcance de todos, pero también existió la decisión política de hacerlo. Y no sólo eso: se puso al frente del Ministerio a un científico, Lino Barañao, que es un especialista en embriología en plena actividad, dedicado al estudio de la clonación, y no alguien que publicó algo una vez hace cuarenta años. Este hecho de por sí es un cambio importantísimo, y no sólo por su conocimiento del tema.
¿Por qué otra cosa?
Porque implica la incorporación a la política de personas que vienen de otros ámbitos, y eso me parece que marca un cambio y una evolución. Más allá de mi acuerdo con los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina, y de mi apoyo a muchas de sus políticas, no sólo las referidas a la ciencia, ¿por qué los presidentes siempre tienen que ser abogados o economistas? Me encantaría que el presidente fuera, por ejemplo, Horacio Verbitsky. O el biólogo Alberto Kornblihtt, que acaba de ser nombrado miembro de la Academia de Ciencia de Estados Unidos por sus estudios sobre el ADN (ndr: y a quien Paenza definió como “el Messi de la ciencia” en la entrega de los Martín Fierro).
¿Qué aportarían?
Una mirada diferente, un modo distinto de pensar y por consiguiente de hacer las cosas. Creo que valdría la pena probarlo alguna vez.
El problema de la matemática
¿Por qué la matemática sigue siendo un problema, especialmente para los estudiantes secundarios?
El mayor inconveniente es que no se trabaja tratando de resolver problemas reales. Sería menos problemática, y mucho más atractiva, si se planteara el desafío, a mediano o largo plazo, de construir un robot, tratar de mover un objeto a distancia, clonar una vaca… Revisaría incluso la enseñanza del Teorema de Pitágoras, no para dejar de enseñarlo, pero hay que pensar que surgió para resolver un problema de hace cuatrocientos años: en esa época no había escuadras, y las escuadras eran necesarias para hacer cálculos sobre las dimensiones de la Tierra. Básicamente para decir esto es mío, esto es tuyo, esto es de aquél. Y la otra gran dificultad es que no se enseña, en general, al menos hasta donde yo sé, que todo es matemática, por empezar, Internet, además de la música, el fútbol... Me parece que el problema está en la enseñanza.
¿En qué lo advierte?
A un chico, yo no le empezaría enseñando música por Aurora, después la Marcha de San Lorenzo, el Himno… No dejaría de enseñarlos, pero los ubicaría en el lugar cuarenta o cien, y antes pondría a la Negra Sosa, Piazzolla, Mozart… Con el fútbol lo mismo: si un día bajaran diez marcianos y hubiera que enseñarles a jugar, no empezaría por mostrarles cómo se arma una barrera para un tiro libre… Es lo que hacemos con los chicos. En el primer año de vida, lo que más nos importa es enseñarles a hablar y a caminar. Y cuando aprenden, les decimos todo el tiempo que se callen y se queden quietos. Hasta los seis años: ahí los mandamos a la escuela, los encorsetamos y los ponemos dentro de un molde.
Se viene Tecnópolis
En su momento, cuando Mauricio Macri impidió la realización de la muestra Tecnópolis en la Ciudad para no entorpecer el tránsito en el corredor Norte, Paenza fue muy duro con el jefe de gobierno: “Hay una tendencia de Macri y, en general, de los gobiernos conservadores -le dijo a Página/12- de no querer la ocupación de los espacios públicos por parte de la gente. Las muchedumbres, la gente en la calle son un problema. Y a eso le tienen miedo”. Pero la muestra de todos modos se hará, y en versión corregida y aumentada, además de mudada. Será inaugurada el 8 de julio por la Presidenta en un predio de Villa Martelli, donde durante la dictadura funcionaba el Batallón 601, cincuenta hectáreas cerca del cruce de General Paz y Panamericana.
La muestra hará eje en cinco elementos: agua, aire, fuego, tierra e imaginación. Cada uno tendrá sus construcciones, atracciones y actividades. Así, se podrán conocer el Tronador II, primer lanzador espacial íntegramente desarrollado en la Argentina; maquetas de los satélites actuales y futuros; la Plaza de los Radares, que mostrará los avances del país en la materia; el Playón del Aire, con una historia de la aeronavegación, desde el avión Pulqui hasta los helicópteros Huey II y Sea King; el Octaedro, que funcionará como un simulador de visita a los Hielos Continentales; el Simulador Nuclear, que a través de un recorrido de 360º mostrará cómo se separan los átomos para producir energía, y el Continente Imaginación, en el que se podrá interactuar con nanopersonajes o jugar con el Metegol Robótico, entre otras muchas atracciones.
La muestra permanecerá abierta durante cinco semanas y a su término se presentará el Parque Tecnópolis, un megamuseo tecnológico que terminará de construirse en mayo de 2012 y que estará abierto todo el año con acceso libre y gratuito.
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