El patio de la prisión (Libertad condicional) Novela.
"Una maldita idea le estuvo dando vueltas en la cabeza toda la noche y no lo dejó descansar como hubiese deseado, de repente, se vio a sí mismo como a un simple y miserable títere, una pobre y desgraciada marioneta, que para tener alimento, abrigo y techo debía asistir a un lugar de trabajo que lo absorbía lenta y metódicamente..."
1
Cuando Méndez abrió los ojos encontró un techo abarrotado de telarañas, por unos segundos perdió noción de sí mismo y de su entorno, miró todo como si lo estuviese viendo por primera vez, paredes despintadas y descascaradas dominaban el oscuro ambiente, una pequeña ventana permitía el ingreso de un fino hilo de luz y lentamente su cabeza se fue ubicando al lugar donde reposaba su cuerpo. La habitación estaba fría y escasamente amueblada, frente a su cama, una vieja cajonera con un espejo roto apoyado en ella empezaban a dibujar su precaria realidad, se le sumaban un anafe, un velador, una silla junto a una pequeña mesa, un perchero atornillado a la puerta del baño, un termo, un mate, algo de yerba y un antiguo radiograbador completando el humilde escenario.
Súbitamente lo invadió un profundo sentimiento de culpa, es que tomó conciencia de su presente más urgente, el despertador de plástico made in china ubicado sobre la vieja cajonera no había cumplido con su estricto rol de despertarlo, marcaba ya las diez y media e irremediablemente llegaría tarde a su trabajo. Una maldita idea le estuvo dando vueltas en la cabeza toda la noche y no lo dejó descansar como hubiese deseado, de repente, se vio a sí mismo como a un simple y miserable títere, una pobre y desgraciada marioneta, que para tener alimento, abrigo y techo debía asistir a un lugar de trabajo que lo absorbía lenta y metódicamente, vistiendo un traje que le resultaba poco cómodo, combinado con una corbata que le parecía aún más incoherente, y para colmo de males unos mocasines que le apretaban casi con bronca sus dedos meñiques. Se sintió mucho peor, al recordar que para comprar su incómodo y único uniforme, debió endeudarse varios meses con la casa de ropas, que además le cobró un alto interés por sobre el precio de vidriera, pues le era imposible comprarlo al contado teniendo en cuenta su magro sueldo. Por su escueta vestimenta ya había sido víctima de críticas y chanzas varias, por ello y por su ajustada vida en general pidió varias veces el aumento de sus haberes, a lo que recibió en cada oportunidad la previsible y clásica respuesta “vos sabés como están las cosas” por parte de Ponce, su jefe. (Refiriéndose al cada vez más creciente porcentaje de desocupación)
Tic -tac, tic- tac; se vistió con la velocidad de un amante en fuga, luego fue al baño, y mientras orinaba, miraba el chorro, y lo imaginaba cayendo con la fuerza del agua en una represa eléctrica sobre la calva testa de Ponce.
La mañana fría y húmeda se hacía sentir, al igual que el fuerte olor a podrido proveniente del río que nunca pasa desapercibido en el viejo barrio. Un escalofrío, un estornudo, vestigios de una gripe mal curada o presagios de la próxima. Ya sobre el colectivo, miró su reloj-pulsera; (10:57), lejano quedó su horario de ingreso a las nueve horas, y aún lo esperaban treinta minutos mas de viaje. Comenzó a pergeñar excusas, desde las más simples, como que se había roto el motor del vehículo, la cual descartó por el horario (la empresa tiene servicio cada 15 minutos), hasta las mas rebuscadas y osadas, como haber sido secuestrado al ser confundido con el hijo de un adinerado empresario y luego liberado en una villa del conurbano, cuando los delincuentes reconocieron su error al observar un detalle que incomprensiblemente se les había escapado; sus mocasines, sus baratos y odiados mocasines. Esta le pareció exagerada desde todo punto de vista, previamente ya había descartado la posibilidad de ausentarse, pues la semana anterior sumó tres días por licencia médica.
Volvió sobre su sensación, esa que lo desveló la noche previa.
¿Un títere?, ¿Una marioneta?, hacer lo que dicen que haga, decir lo que dicen que diga.
Al atender el teléfono debía repetir una frase que le parecía estúpida, y que lo hacía sentir un verdadero idiota:
-Credi - tul, ¿Qué tul?-
Debía hacerlo en un tono de voz que hiciera parecer que estaba viviendo el mejor día de su vida, o como si se hubiese ganado el premio mayor de la lotería o el amor de esa mujer que creía inalcanzable, cuando simplemente estaba vendiendo créditos, ¿cómo no sentirse, un idiota? Antes de entrar a las oficinas dudó nuevamente.
Una vez adentro, oteó el panorama y observó detenidamente a sus compañeros, algunos sentados delante de una computadora revisando datos, otros parados detrás de un mostrador con vidrio, atendiendo a los clientes como cura y pecador, o peor aun, decidiendo verdaderamente la suerte o la desgracia inmediata de ese pobre infeliz que ha caído en el peor lugar, un verdadero nido de ratas usureras, atendidos por sus crías mejor domesticadas, las más dóciles, las más baratas, las más esclavas.
2
Caminó hacia el fondo por el pasillo, pasando por delante de los mostradores de atención al público, saludó a Saduc con un nervioso...
- Buen día-
Que tuvo como respuesta una mirada esquiva, y el silencio por parte del "croata", como si por delante le hubiese pasado Medusa, que con el sólo hecho de dirigirle la mirada te convertiría en piedra. Extrañado y más solo que nunca, buscó contención en algún par de ojos salvadores, que transmitan comprensión, refugio o algo que se le parezca. Los que hablaban por teléfono, exageraban su tono de voz como diciendo:
-En este momento tengo una llamada importantísima, no puedo atenderte, por favor, no insistas...-
El vigilante privado siguió leyendo el suplemento de espectáculos del diario, donde adelantaban el próximo capítulo de “Escrachando a tu vecino” Un nuevo programa de T.V. que hace furor, el titulo ya lo describe de por sí, “Un ciudadano al que nunca han visto esforzarse y escucha música todo el día, sobrevive con el magro sueldo de su mujer que trabaja dieciséis horas diarias” el barrio está indignado, comenta una vecina.
! Al fin...¡ pensó Méndez para sí cuando encontró los ojos de Madelaine que lo miraban fijo, mientras jugueteaba con una moneda de un peso en la ranura de la máquina de café, introduciéndola y sacándola, introduciéndola y sacándola, introduciéndola y sacándola, sin desprenderse de ella en ningún momento, bien aprisionada entre el índice y el pulgar de su mano derecha. De repente, como hipnotizado, vio mover sus rojos y carnosos labios que le decían, casi como un susurro al oído, como una voz venida del más allá...
- Buen día Méndeeeeeezzzzz...-
El no atinó a contestarle, admiraba esos labios, esa boca, ese escote conteniendo esas carnes; continuaba sumido en el mismísimo limbo del que fue violentamente desalojado al oír las palabras que le sucedieron, como salidas de un contestador automático, y cambiando a un volumen y un tono de voz que se asemejaba a una corneta de las que suenan en las canchas de fútbol:
- Méndez dijo Ponce el jefe de la sucursal que luego de pasar tu tarjeta magnética por favor te presentes inmediatamente en su oficina -.
Así, si las palabras se hubiesen dibujado en el aire, los puntos, las comas y los espacios, no tuvieron lugar, murieron reventados, brutalmente aplastados entre letra y letra.
3
Ya en el fondo del pasillo y en lo más profundo de su desolación, fichó su tarjeta magnética, el reloj marcaba las 11:39. Se quedó unos segundos parado junto a la máquina, volvió a echar una mirada panorámica. El vigilante, con fruición devoraba ya el suplemento deportivo, Madelaine, ya coqueteaba con Luis, otro compañero. El "croata", atendía al público en su mostrador, parecía ensimismado en su trabajo, hasta que dejó escapar una mirada disimulada por el rabillo del ojo, se lo notaba tenso, como si el que hubiese caído en falta fuese él. Las promotoras, a esa hora ya andarían por alguna esquina colmada de gente. Valeria, Armando y Verónica, continuaban sumidos en su mecanizado automatismo. Méndez, decidió ir al baño para ganar unos minutos más, se paró delante del espejo, se lavó la cara, y mientras se secaba no quitó los cansados ojos de sí mismo, se descubrió además, pálido y sin afeitar, con una barba de dos días, otra excusa que daba para ser apercibido.
Decidió salir del baño y enfrentar la situación, miró su reloj, (11:44), pensó en retrasarse un poco más sirviéndose un café de la máquina, pero se vería como un irresponsable al que nada le importa, el jefe pensaría:
(Llega dos horas tarde, y el desfachatado entra a mi oficina tomando café, así como si nada pasara.)
Reflexionó nuevamente:
- Pobre marioneta ¡soy una pobre y triste marioneta!-
Como un alma en pena recorrió los casi tres metros que lo separaban de la puerta de la oficina del jefe, que contaba con una gran ventana con vidrios espejados hacia afuera, lo que permite controlar al personal sin ser visto, y, a la vez crear la sensación a quién mira hacia el vidrio de estar siendo vigilado todo el tiempo.
Rápidamente su sensación se hizo realidad cuando tímidamente golpeó la puerta de la oficina, y escuchó del otro lado la ronca y desagradable voz de Ponce que le decía...
-¡Ya era hora Méndez, pasá y cerrá la puerta!-
Aquí continúa
link:
"Una maldita idea le estuvo dando vueltas en la cabeza toda la noche y no lo dejó descansar como hubiese deseado, de repente, se vio a sí mismo como a un simple y miserable títere, una pobre y desgraciada marioneta, que para tener alimento, abrigo y techo debía asistir a un lugar de trabajo que lo absorbía lenta y metódicamente..."
1
Cuando Méndez abrió los ojos encontró un techo abarrotado de telarañas, por unos segundos perdió noción de sí mismo y de su entorno, miró todo como si lo estuviese viendo por primera vez, paredes despintadas y descascaradas dominaban el oscuro ambiente, una pequeña ventana permitía el ingreso de un fino hilo de luz y lentamente su cabeza se fue ubicando al lugar donde reposaba su cuerpo. La habitación estaba fría y escasamente amueblada, frente a su cama, una vieja cajonera con un espejo roto apoyado en ella empezaban a dibujar su precaria realidad, se le sumaban un anafe, un velador, una silla junto a una pequeña mesa, un perchero atornillado a la puerta del baño, un termo, un mate, algo de yerba y un antiguo radiograbador completando el humilde escenario.
Súbitamente lo invadió un profundo sentimiento de culpa, es que tomó conciencia de su presente más urgente, el despertador de plástico made in china ubicado sobre la vieja cajonera no había cumplido con su estricto rol de despertarlo, marcaba ya las diez y media e irremediablemente llegaría tarde a su trabajo. Una maldita idea le estuvo dando vueltas en la cabeza toda la noche y no lo dejó descansar como hubiese deseado, de repente, se vio a sí mismo como a un simple y miserable títere, una pobre y desgraciada marioneta, que para tener alimento, abrigo y techo debía asistir a un lugar de trabajo que lo absorbía lenta y metódicamente, vistiendo un traje que le resultaba poco cómodo, combinado con una corbata que le parecía aún más incoherente, y para colmo de males unos mocasines que le apretaban casi con bronca sus dedos meñiques. Se sintió mucho peor, al recordar que para comprar su incómodo y único uniforme, debió endeudarse varios meses con la casa de ropas, que además le cobró un alto interés por sobre el precio de vidriera, pues le era imposible comprarlo al contado teniendo en cuenta su magro sueldo. Por su escueta vestimenta ya había sido víctima de críticas y chanzas varias, por ello y por su ajustada vida en general pidió varias veces el aumento de sus haberes, a lo que recibió en cada oportunidad la previsible y clásica respuesta “vos sabés como están las cosas” por parte de Ponce, su jefe. (Refiriéndose al cada vez más creciente porcentaje de desocupación)
Tic -tac, tic- tac; se vistió con la velocidad de un amante en fuga, luego fue al baño, y mientras orinaba, miraba el chorro, y lo imaginaba cayendo con la fuerza del agua en una represa eléctrica sobre la calva testa de Ponce.
La mañana fría y húmeda se hacía sentir, al igual que el fuerte olor a podrido proveniente del río que nunca pasa desapercibido en el viejo barrio. Un escalofrío, un estornudo, vestigios de una gripe mal curada o presagios de la próxima. Ya sobre el colectivo, miró su reloj-pulsera; (10:57), lejano quedó su horario de ingreso a las nueve horas, y aún lo esperaban treinta minutos mas de viaje. Comenzó a pergeñar excusas, desde las más simples, como que se había roto el motor del vehículo, la cual descartó por el horario (la empresa tiene servicio cada 15 minutos), hasta las mas rebuscadas y osadas, como haber sido secuestrado al ser confundido con el hijo de un adinerado empresario y luego liberado en una villa del conurbano, cuando los delincuentes reconocieron su error al observar un detalle que incomprensiblemente se les había escapado; sus mocasines, sus baratos y odiados mocasines. Esta le pareció exagerada desde todo punto de vista, previamente ya había descartado la posibilidad de ausentarse, pues la semana anterior sumó tres días por licencia médica.
Volvió sobre su sensación, esa que lo desveló la noche previa.
¿Un títere?, ¿Una marioneta?, hacer lo que dicen que haga, decir lo que dicen que diga.
Al atender el teléfono debía repetir una frase que le parecía estúpida, y que lo hacía sentir un verdadero idiota:
-Credi - tul, ¿Qué tul?-
Debía hacerlo en un tono de voz que hiciera parecer que estaba viviendo el mejor día de su vida, o como si se hubiese ganado el premio mayor de la lotería o el amor de esa mujer que creía inalcanzable, cuando simplemente estaba vendiendo créditos, ¿cómo no sentirse, un idiota? Antes de entrar a las oficinas dudó nuevamente.
Una vez adentro, oteó el panorama y observó detenidamente a sus compañeros, algunos sentados delante de una computadora revisando datos, otros parados detrás de un mostrador con vidrio, atendiendo a los clientes como cura y pecador, o peor aun, decidiendo verdaderamente la suerte o la desgracia inmediata de ese pobre infeliz que ha caído en el peor lugar, un verdadero nido de ratas usureras, atendidos por sus crías mejor domesticadas, las más dóciles, las más baratas, las más esclavas.
2
Caminó hacia el fondo por el pasillo, pasando por delante de los mostradores de atención al público, saludó a Saduc con un nervioso...
- Buen día-
Que tuvo como respuesta una mirada esquiva, y el silencio por parte del "croata", como si por delante le hubiese pasado Medusa, que con el sólo hecho de dirigirle la mirada te convertiría en piedra. Extrañado y más solo que nunca, buscó contención en algún par de ojos salvadores, que transmitan comprensión, refugio o algo que se le parezca. Los que hablaban por teléfono, exageraban su tono de voz como diciendo:
-En este momento tengo una llamada importantísima, no puedo atenderte, por favor, no insistas...-
El vigilante privado siguió leyendo el suplemento de espectáculos del diario, donde adelantaban el próximo capítulo de “Escrachando a tu vecino” Un nuevo programa de T.V. que hace furor, el titulo ya lo describe de por sí, “Un ciudadano al que nunca han visto esforzarse y escucha música todo el día, sobrevive con el magro sueldo de su mujer que trabaja dieciséis horas diarias” el barrio está indignado, comenta una vecina.
! Al fin...¡ pensó Méndez para sí cuando encontró los ojos de Madelaine que lo miraban fijo, mientras jugueteaba con una moneda de un peso en la ranura de la máquina de café, introduciéndola y sacándola, introduciéndola y sacándola, introduciéndola y sacándola, sin desprenderse de ella en ningún momento, bien aprisionada entre el índice y el pulgar de su mano derecha. De repente, como hipnotizado, vio mover sus rojos y carnosos labios que le decían, casi como un susurro al oído, como una voz venida del más allá...
- Buen día Méndeeeeeezzzzz...-
El no atinó a contestarle, admiraba esos labios, esa boca, ese escote conteniendo esas carnes; continuaba sumido en el mismísimo limbo del que fue violentamente desalojado al oír las palabras que le sucedieron, como salidas de un contestador automático, y cambiando a un volumen y un tono de voz que se asemejaba a una corneta de las que suenan en las canchas de fútbol:
- Méndez dijo Ponce el jefe de la sucursal que luego de pasar tu tarjeta magnética por favor te presentes inmediatamente en su oficina -.
Así, si las palabras se hubiesen dibujado en el aire, los puntos, las comas y los espacios, no tuvieron lugar, murieron reventados, brutalmente aplastados entre letra y letra.
3
Ya en el fondo del pasillo y en lo más profundo de su desolación, fichó su tarjeta magnética, el reloj marcaba las 11:39. Se quedó unos segundos parado junto a la máquina, volvió a echar una mirada panorámica. El vigilante, con fruición devoraba ya el suplemento deportivo, Madelaine, ya coqueteaba con Luis, otro compañero. El "croata", atendía al público en su mostrador, parecía ensimismado en su trabajo, hasta que dejó escapar una mirada disimulada por el rabillo del ojo, se lo notaba tenso, como si el que hubiese caído en falta fuese él. Las promotoras, a esa hora ya andarían por alguna esquina colmada de gente. Valeria, Armando y Verónica, continuaban sumidos en su mecanizado automatismo. Méndez, decidió ir al baño para ganar unos minutos más, se paró delante del espejo, se lavó la cara, y mientras se secaba no quitó los cansados ojos de sí mismo, se descubrió además, pálido y sin afeitar, con una barba de dos días, otra excusa que daba para ser apercibido.
Decidió salir del baño y enfrentar la situación, miró su reloj, (11:44), pensó en retrasarse un poco más sirviéndose un café de la máquina, pero se vería como un irresponsable al que nada le importa, el jefe pensaría:
(Llega dos horas tarde, y el desfachatado entra a mi oficina tomando café, así como si nada pasara.)
Reflexionó nuevamente:
- Pobre marioneta ¡soy una pobre y triste marioneta!-
Como un alma en pena recorrió los casi tres metros que lo separaban de la puerta de la oficina del jefe, que contaba con una gran ventana con vidrios espejados hacia afuera, lo que permite controlar al personal sin ser visto, y, a la vez crear la sensación a quién mira hacia el vidrio de estar siendo vigilado todo el tiempo.
Rápidamente su sensación se hizo realidad cuando tímidamente golpeó la puerta de la oficina, y escuchó del otro lado la ronca y desagradable voz de Ponce que le decía...
-¡Ya era hora Méndez, pasá y cerrá la puerta!-
Aquí continúa
link: