InicioApuntes Y MonografiasContracultura,Su Definición

La contracultura son los valores, tendencias y formas sociales que chocan con los establecidos dentro de una sociedad.
¿Es vigente la llamada contracultura? ¿Cuáles son sus nexos con el anarquismo? ¿Es la contracultura en todo caso rebelde y antiautoritaria? Aquí el autor hace un repaso histórico y ofrece algunas reflexiones.
Aunque claramente contraculturales, manifestaciones como el futurismo, el dadaísmo, el letrismo, el estridentismo o el infrarrealismo —sólo por mencionar algunas— no fueron concebidas como tales porque la idea de contracultura comienza a ser utilizada años después por Theodore Roszak para referirse a los movimientos hippie y beatnik de los años cincuenta y sesenta en Estados Unidos y difundida ampliamente a través de su libro El nacimiento de una contracultura [The Making of a Counter Culture, 1968; en español, Kairós, 2005, reedición].
Desde entonces la noción de contracultura (que entre otros es retomada por Ken Goffman, Enrique Marroquín, José Agustín, Fernando Savater y Luis Antonio de Villena) ha servido para denominar a toda expresión cultural que surge como “alternativa” a la cultura dominante o hegemónica y que contraviene los valores de ésta. Sin embargo, hay quienes para hacer referencia a manifestaciones culturales con más o menos las mismas característica prefieren usar el concepto de cultura underground (Mario Maffi, Luis Racionero, Luiz Carlos Maciel), cultura subterránea (Guillermo J. Fadanelli), cultura alternativa (Leonardo Da Jandra) o hasta anti-cultura (Tomás Ibáñez).
Pero, ¿qué es la contracultura?
La contracultura se manifiesta a través de la elaboración y adopción de expresiones culturales —lenguaje, actitudes, vestimenta, música— con características propias, que al erigirse como alternativa cultural trasciende, pone en evidencia y exterioriza su animadversión a la cultura dominante o hegemónica, rompiendo con la idea de que es difícil crear propuestas culturales que se mantengan al margen o en franca oposición a la socialización de la cultura dominante. Y es precisamente el antagonismo hacia la cultura dominante lo que fomenta su creatividad y hasta su subsistencia, es decir, que si llegara a carecer de esta condición antitética frente a la cultura dominante estaríamos hablando simplemente de subcultura. Por ello es importante y necesario desligar a la subcultura de la contracultura, ya que ésta lo que intenta romper es precisamente la relación de dominador/subalterno.
La contracultura también presenta las siguientes peculiaridades: en ella no necesariamente está asumida una postura política o “ideológica”; su “anacronismo” y su forma de manifestarse suele ser sólo el reflejo de un descontento generacional; su efectividad debe estar sujeta, en la mayoría de las veces, a cierta transitoriedad, ya que de lo contrario puede empezar a sufrir un desgaste en su forma de reivindicarse e ir adquiriendo la aquiescencia de la sociedad y de la cultura hegemónica, lo que consecuentemente se traduciría en su muerte [véase mi artículo “La música como construcción de la identidad”, Ciudades no. 63, Puebla: RNIU, 2004].
Desmenuzando la contracultura
Para intentar dar claridad a la noción de contracultura es conveniente destacar algunos puntos:
1. Cuando se habla de contracultura se ve a la juventud como un “sector social” que le es inherente, equívoco que proviene principalmente de una falsa generalización: la juventud es subversiva por antonomasia. Salvador Allende pensaba que “Ser joven y no ser revolucionario era una contradicción”, pero lo cierto es que no toda la juventud es revolucionaria ni rebelde, y mucho menos contestataria, ni todas las manifestaciones contraculturales han sido impulsadas o apoyadas sólo por jóvenes. Pero como este acto de ilusionismo se presta para que juventud y rebeldía se traduzcan en sinónimos, no falta el periodista, investigador o académico que insidiosamente intente deslegitimar a este tipo de expresiones culturales asegurando que sólo se trata de inmaduros, estrafalarios y vacíos actos de desobediencia. Por ejemplo, Joseph Heath y Andrew Potter, en su libro Rebelarse vende. El negocio de la contracultura [México: Taurus, 2005], de manera rancia y desatinada aseveran que “en el mejor de los casos, es una pseudo-rebeldía, es decir, una serie de gestos teatrales que no producen ningún avance político o económico tangible y que desacreditan la urgente tarea de crear una sociedad más justa [...] que en el peor de los casos, contribuye a la infelicidad general de la población al minar o desprestigiar determinadas normas sociales e instituciones que de hecho cumplen una función”.

2. La contracultura está condicionada a un sincronismo geográfico, es decir, que las formas en cómo se revelan estas manifestaciones varían, en tiempo y forma (dinamismo, asiduidad y “originalidad”) de un lugar a otro, y su vigencia está temporalmente acotada. Prueba de ello fue la forma en como el movimiento punk apareció en Estados Unidos e Inglaterra y después se propagó en el resto del mundo. La parafernalia de los punks era prácticamente la misma en todo el planeta, pero, como era de esperarse, las condiciones económicas, políticas y sociales en América Latina iban a ser fundamentales para que el movimiento punk en esta región adquiriera su rasgos específicos, aunado a la fuerte influencia que tuvo tanto del rock radical vasco (intensamente creativo debido a la transición política posfranquista) como del, poco después, hardcore estadounidense, un punk más duro y politizado y menos autodestructivo —aunque asimismo existían grandes diferencias en una misma ciudad, por ejemplo, definitivamente no era lo mismo el Iti de Colectivo Caótico que Illi Bleeding—. Detonación y extensión que paradójicamente el movimiento adquirió gracias al proceso de globalización; expansión que al mismo tiempo propició que fuera rápidamente asimilada por el mainstream.
3. Se suele pensar que a los preceptos de la cultura hegemónica la contracultura invariablemente los subvierte de forma creativa y contestataria; sin embargo, estas manifestaciones no siempre tienen la capacidad de proponer innovadoras formas de expresión, carecen de imaginación, calidad estética o de todo sentido crítico. Desde luego que toda contracultura es alternativa, porque se proyecta como algo distinto a lo que propone la cultura hegemónica, pero no por ello toda cultura alternativa es contracultural.
4. Una de las confusiones que genera el concepto de contracultura —y aunque la mayoría de los autores que lo utilizan dejan más o menos claro a qué manifestaciones culturales se refieren— es que etimológicamente pueden caber en él todos los movimientos que se oponen al statu quo, es decir, todos los que tienen una ideología distinta y que son antagónicos a las normas predominantes, por lo que pueden ser contraculturales todos aquellos grupos radicales que reivindican algún tipo de supremacía racial (skinheads fascistas), fundamentalismo religioso o los que, como también pueden llegarlo a hacerlo los anteriores, hacen una abierta apología de la violencia (la narcocultura). Ambigüedad que es aprovechada por los detractores de la contracultura para arremeter contra ésta, aunque muchas veces a niveles ridículos de paroxismo. Joseph Heath y Andrew Potter, en el libro antes mencionado, en un desesperado intento por demostrar que la contracultura es una verdadera amenaza para la sociedad aseguran que al publicarse el manifiesto de Theodore Kaczynski, mejor conocido como el Unabomber, “un sector de la izquierda descubrió, para su gran sorpresa, que estaba de acuerdo en casi todo.
Conclusión
En su famoso texto Filosofías del underground, publicado en la segunda mitad de la década de los setenta, Luis Racionero señala que traducir “counter culture” como contracultura creaba confusión, pues la idea adquiría “connotaciones de movimiento anticultural, de ir contra toda cultura y no sólo contra los aspectos nocivos de ésta, lo cual confunde la intención del significado en inglés”. Además, continúa, “la contracultura es un término menos amplio que underground porque denota la manifestación formal de una encarnación pasajera del underground en la década de los sesenta”, en cambio “el underground [...], es la tradición del pensamiento heterodoxo que corre paralela y subterránea a lo largo de toda la historia de Occidente”.
Sin embargo, para sostener su concepto de underground en buena parte del libro Racionero pone como ejemplos a algunas de las prácticas orientales más influyentes (el zen, el yoga, el taoísmo, el sufismo, el tantrismo), el problema es que estas “experiencias” orientales —que eran ya muy conocidas en las décadas de los sesenta y setenta— han sido perfectamente asimiladas por Occidente de una manera más entusiasta que filosófica y nada subterránea: pura moda. Pero éste no es el único desacierto de Racionero, pues para hacer referencia al individualismo y al anarquismo, en el capítulo del mismo nombre de Filosofías del underground el delirante escritor orientalista tiene la ocurrencia de citar a tres pensadores que no son precisamente los mejores referentes del anarquismo individualista, sino de un anarquismo de tipo sociopolítico y racional: Kropotkin, Bakunin y Proudhon.
Al igual que Racionero, Luis Antonio de Villena (Heterodoxias y contracultura, en coautoría con Fernando Savater) señala que el término de contracultura es un equívoco, pero a diferencia de aquél y a la manera que lo hace Ken Goffman (La contracultura a través de los tiempos) utiliza esta noción para exponer a pensadores y movimientos que a través de su reflexión y obra han subvertido los valores y tendencias dominantes a lo largo de la historia de la humanidad.
Dándole un completo y muy extraño giro a lo enunciado por los autores antes mencionados, el venezolano marxista Ludovico Silva, en su libro Contracultura, publicado en 1979, señala que “el capitalismo, como tal, por ser un sistema fundado enteramente en los valores de cambio, no tiene propiamente una cultura, sino una contracultura, que es algo muy distinto. Cultura propiamente tal había en la Grecia clásica, entre los sumerios y babilonios, en el antiguo mundo judaico o en las civilizaciones inca y azteca; pero en el capitalismo sólo hay contracultura, y lo único que se puede llamar ‘cultura capitalista’ no es otra cosa que ideología”. Una contracultura que es difundida a través de la implacable publicidad y la dictadura mediática, sugiere Luis José Silva Michelena (verdadero nombre de Ludovico Silva) a lo largo de su texto al más puro estilo de Para leer al pato Donald.
Hoy en día el uso de prefijos como “contra” o “anti” para reivindicar una posición contraria o antagónica a lo “hegemónico”, “lo establecido” o “lo oficial” (contra-psicología, contra-historia, contra-literatura, contra-poesía, contra-arquitectura, contra-información) es más frecuente de lo que uno podría imaginarse, así que lo interesante sería saber no si continúa siendo pertinente utilizar la noción de contracultura sino “de qué está hecha esta cuerda o de que lado comenzará a desgastarse antes de reventar”.
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