InicioApuntes Y Monografias20 de Noviembre.Día de la Soberanía Nacional
“El Himno de Obligado”

por José Luis Muñoz Azpiri (h)

20 de Noviembre.Día de la Soberanía Nacional

Cuando sonó el primer cañonazo enemigo, Mansilla bajó el brazo derecho y cerró de un golpe el catalejo. Todo estaba consumado. El crimen era un hecho. La cuarta guerra exterior del país comenzaba. El héroe alzó el brazo de nuevo, dio la señal convenida y el Himno Nacional Argentino estalló en la barranca. La primera bala francesa dio en el corazón de la patria.

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La segunda bala francesa cayó sobre el Himno. El canto nacía indeciso en el fondo de las trincheras excavadas entre los talas, trepaba resuelto por los merlones de tierra, se deslizaba ágil por las explanadas de las baterías, corría animoso por los claros de grama esmaltados de verbenas, se animaba con furia animal en el monte de espinillos, y ascendía estentóreo y salvaje, en el aire de oro de la mañana de estío. Allí, hecho viento, transformado en ráfaga heroica, ganaba la pampa, el mar, la selva, el desierto, la estepa y la cordillera y uniendo de un extremo al otro del país la voz de júbilo con la de protesta, la de la imprecación con la del entusiasmo cívico, creaba un clamor de alegría y borrasca, incomparable y único.

vuelta de obligado

La voz clara y sonora de Mansilla acaudillaba los ritmos heroicos. El eco pasaba de una garganta a la otra; partía de los pechos de acero que amurallaban la patria y se confundía y entrechocaba sobre los muros de las baterías. Las notas prorrumpían de los bronces y tambores majestuosamente, con corrección inigualable, como en un día de parada. La banda del Batallón 1º de Patricios de Buenos Aires, que ejecutaba el himno al frente del regimiento inmortal, solo encontraba extraño en esta formación de tropas que, en vez de ser un jefe, fuese la Muerte quien pasara revista. Lo demás era lo acostumbrado desde los tiempos de Saavedra y la trenza con cintas. La hueste asistía impecable a la inspección, en tanto la metralla francesa e inglesa llovía sobre las filas sonoras y abría claros en la música y el verso.

Los huecos se cubrían con premura y renacía la estrofa, redoblada y heroica. Cada voz sustituta centuplicaba la fuerza del canto. La oda se había constituido en una marejada incontenible de estruendo y de furia.

1845

Toda la barranca ardía en delirio con las voces. Cantaban los artilleros, los infantes, los marineros, los jinetes, los jefes, los oficiales y los soldados, los veteranos de cien encuentros y los novicios que por primera vez, olían la sangre y la muerte. La misma tierra quería hendirse para cantar. Parecía pedir la voz de todos los pájaros para acompañar en el canto a quienes la amparaban hasta morir abrazados sobre ella, crucificados sobre su amor, dándole a beber generosamente de su propia sangre. Cantaban allí los camaradas de aquellos que custodiaba en su seno, y que murieron defendiendo su pureza criolla en los campos, sobre los ríos y las montañas, en los páramos frígidos y a la sombra de los montes de naranjos donde dormían cálidamente, bajo la lluvia votiva del azahar.

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Los viejos patricios de Buenos Aires, los capitanes que cruzaron la cordillera con el Intendente de Cuyo y libertaron los países que se recuestan sobre un mar donde se pone el sol, los oficiales que habían combatido contra el Imperio del Brasil, destrozando a lanzazos los cuadros terribles de la infantería mercenaria austríaca, los marineros de camiseta rayada, cubiertos de cicatrices, que habían cañoneado y abordado naves temibles al mando del Almirante, en el río y en el mar, luchando en proporción de uno a veinte con la mecha o el sable en el puño, todos los que habían hecho la patria y no deseaban vida que no se dedicase a sostenerla, se hallaban allí y cantaban religiosamente, con la mirada arrasada y el corazón desbordante de ternura por los recuerdos, la canción que hablaba de cadenas rotas, de un país que se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor, de fieras que quieren devorar pueblos limpios, de pechos decididos que oponen fuerte muro a tigres sedientos de sangre, de hijos que renovaban luchando el antiguo esplendor de la patria y de un consenso de la libertad que decía al pueblo argentino : ¡Salud! La canción era seguida por juramentos de morir con gloria y el deseo que fueran eternos los laureles conseguidos.
Jamás resonó canción como aquella. Los que habían conseguido los laureles pedían frente a la muerte que fueran eternos, los que vivían coronados por la gloria adquirida luchando con el fusil, el sable o el cañón, a pie, a caballo o sobre el puente de una nave, en defensa de su Nación, juraban morir gloriosamente si la vida debía comprarse al precio del decoro y el valor.

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Los proyectiles franceses e ingleses caían ahora sobre la protesta, el desafío o la muerte, el orgullo y la voluntad. La voz, engrosada y magnificada por el eco, había recorrido de una frontera a otra de la tierra invadida, y retornaba al lugar de su nacimiento para recobrar vigor y lanzarse esta vez hacia el frente, en procura de los agresores. Descendía presurosa por la barranca, corría sobre la playa de arena, alcazaba la orilla del río, volaba sobre el espejo del agua y se lanzaba al abordaje sobre los invasores, repitiendo un asalto sorpresivo y desenfrenado. Trepaba por las cuadernas de las quillas, se encaramaba por las bordas, hacía esfuerzos desesperados por amordazar los cañones de 80 milímetros, de 64, de 32, las cien bocas que vomitaban fuego sobre las baterías de menor alcance, lograba poner el pie en las cubiertas, brincaba a lo puentes donde se hallaban, condecorados y magníficos, Tréhouart, el capitán de la Real Marina Francesa y el Honorable Hothan, de la armada de Su Majestad, con uniformes de gala, cubiertos de entorchados, dirigiendo con el catalejo el bombardeo implacable e impune; ascendía por los obenques a las gavias y las cofas y giraba sobre las arboladuras lanzando un grito recio y retumbante. Luego descendía sobre el río y soplaba en el mar, y a través de las olas, cabalgando sobre el agua y la espuma, pisaba la tierra desde donde las naves habían partido y se retorcía en remolinos briosos y épicos en busca de oídos para requerir, demostrar, probar, retar y herir.
La canción aludía a los derechos sagrados del hombre y el ciudadano, a los principios de igualdad política y social, al respeto por la propiedad ajena, a la soberanía de la Nación, a la obligación de cada ciudadano de respetar la ley, a la libre expresión de la voluntad popular, al respeto de las opiniones y creencias ajenas, a la abolición de los obstáculos que impiden la libertad y la igualdad de los derechos. La voz hablaba de la injusticia de la metralla, y ésta, tal como si hubiera interpretado la protesta del canto, hería ahora el seno de la voz, en acto obstinado, buscando rabiosamente el corazón de la canción.

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Los defensores eran ya los árbitros de la batalla. El enemigo había entendido la voz y comprendía que el triunfo pertenecía, por derecho propio, al atacado, cualquiera fuera el desenlace de la acción. Ya no significaba nada vencer en el encuentro y cobrar el botín de la conquista para conducirlo a la tierra donde estallarían aclamaciones y vítores junto a los arcos de triunfo. El adversario cantaba estoico frente a la muerte; cantaba vivamente, alegremente, enhiesto e impasible, sin responder al fuego, como queriendo demostrar que era más importante terminar con aquel canto, antes que defender la vida y resguardar la defensa del paso. Los cañones de 80 golpeaban el vacío, asesinaban la nada; las granadas explosivas no acallaban la música ni podían matar la poesía. La lucha era imposible: ¡Si al menos los defensores hubieran dejado de cantar!...
Cuando la voz dejó de escucharse hasta en su último eco, Mansilla recogió de nuevo el catalejo, tomó la espada, y alzando el brazo nuevamente, dio orden de iniciar el fuego contra las naves. La barranca ardió en llamas y comenzó el cañoneo que se sostendría por espacio de ocho horas…Pero la hazaña principal estaba cumplida, con el Himno entonado frente al adversario y que escucharían después los siglos. La música de los cañones sólo componía el acompañamiento de este canto. El héroe había legado a la patria su tesoro más puro de heroísmo, de exaltación emocional y de pasión patriótica: el Himno ganaba de paso, igualmente, la batalla de la Vuelta de Obligado.

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Corría el año 1845. Desde años atrás, en la Legislatura de Buenos Aires se venían alzando voces elocuentes y altivas, entre ellas la de Lucio N. Mansilla, para abogar por los derechos de la República, desconocidos y ultrajados por las potencias europeas que pretendían dominar en el Río de la Plata. El 3 de agosto de 1845 se consumó el despojo de la escuadra argentina por los anglofranceses que querían imponer violentamente su mediación entre Buenos Aires y Montevideo, sitiada esta última por las fuerzas de Buenos Aires y aliada de Corrientes, a la sazón en guerra con el gobernador Rosas.

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El 28 de septiembre, los almirantes aliados declararon bloqueados los puertos y costas de la provincia de Buenos Aires; tenían en su poder la isla de Martín García y libre la navegación del río Uruguay y se disponían a abrir a cañonazos la navegación del Paraná. Rosas resolvió movilizar las milicias de la costa, que reforzó con algunos batallones de la guarnición porteña, y puso estas fuerzas bajo el mando de su hermano político, el general Mansilla, con la misión de detener desde tierra el avance de las fuerzas navales aliadas aguas arriba del Paraná.
Mansilla, poseído de singular patriotismo, reunió a su pequeños ejército en laVuelta de Obligado, cerca de San Pedro, donde improvisó algunas baterías y aprovechó el tiempo, mientras la escuadra aliada avanzaba hacia el Norte para tender de costa a costa una cadena formada por más de veinte lanchones, botes y chatas, de modo de entorpecer, siquiera el avance de los grandes barcos enemigos.

El 20 de noviembre, los buques franceses e ingleses, con 113 cañones del nuevo sistema, de los calibres de 14 a 80, atacan las baterías: Los defensores de éstas sólo tienen 35 cañones de antigua construcción, entre los de batería y tren rodante de los calibres 4 a 24. El capitán de navío Tréhouart comandaba las fuerzas francesas de ataque y el capitán Hotham, las inglesa. Lucio N. Mansilla dirigía personalmente la defensa.

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El combate fue tan reñido como sangriento y duró nueve horas, con un fuego incesante, en el que se lanzaron varios miles de proyectiles. El arrojo del capitán inglés, que se adelanta en un bote y corta las cadenas de las embarcaciones acordadas, dando lugar a que sus barcos franquearan las baterías, decidió la victoria a favor de los atacantes. Algunos buques fueron totalmente acribillados y puestos fuera de combate y las baterías arrasadas y tomadas en medio de una horrorosa mortandad de argentinos, franceses e ingleses. El general Mansilla cayó herido de un balazo en el pecho, en momentos en que, a la cabeza de sus soldados, encabezaba un ataque a la bayoneta contra las tropas aliadas que desembarcaban. El jefe argentino certificaba así, con sangrante testimonio, la gaucha decisión de ese puñado de valientes dispuestos a morir en la demanda antes que dejarse avasallar. Las sombras de la noche se tendieron sobre el campo de la cruenta acción, cubriendo piadosamente los cuerpos de vencidos y vencedores. Los extranjeros habían logrado su objetivo táctico, pero los sobrevivientes criollos se retiraron, protegiendo con denuedo la bandera incólume.

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El paso del Paraná quedó expedito para los invasores, pero aprendieron allí que no era fácil la empresa de conquista. Frente a la superioridad técnica, frente al avasallador poder de sus buques y armamentos, estaba una inquebrantable firmeza hecha de heroísmo, digno de la epopeya.
Caillet Bois ha dicho que el recuerdo de esta acción “subsistirá como lección saludable a las veleidades de la intrusión extraña”. Tal fue el comentario de América y aún de la prensa mundial, que entonces se ocupó como nunca de las cosas del Plata y rodeó el nombre de Rosas con un prestigio de americanismo que de inmediato consolidó su situación política.

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Es que hay derrotas que honran. Y Obligado es de esas.
Sobre la barranca que se alza en las márgenes del Paraná queda flotando el símbolo de nuestra soberanía jamás declinada por los argentinos y que las generaciones que se suceden sabrán conservar en la plenitud de su integridad.

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FUENTES:
Manuel Gálvez - Vida de Don Juan Manuel de Rosas
jose luis munoz azpiri
José Luis Muñoz Azpiri - Rosas frente al Imperio Británico
20 de Noviembre.Día de la Soberanía Nacional
Página http://unamiradaaustral.com.ar/ , de José Luis Muñoz Azpiri (h), es Prosecretario y Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”.





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