El General Patton y las trincheras
El General George S. Patton nunca se dejó estremecerse por los bombardeos. Era un militar firme y odiaba a los soldados cobardes, molestándole de manera exagerada que sus hombres al mando se refugiaran y/o pusieran a cubierto, incluso en un fuerte bombardeo.
Cierto día, durante la Segunda Guerra Mundial, se encontró con el Mayor General Terry Allen que estaba al cargo de un campo de batalla plagado de trincheras.
«Allen ¿usted tiene una trinchera también?» pregunto Patton.
«Sí, señor» respondió Allen, señalando «Justo ahí»
Sin mediar palabra alguna, Patton se acercó a la trinchera, bajó sus pantalones y orinó en ella.
El conde Gottlieb Graf Von Haeseler, general del ejército prusiano, era un gran fumador de puros olorosos. En cierta ocasión, se encontraba en la sala de espera del tren fumándose uno de sus cigarros puros cuando entró en la habitación otro pasajero.
Molesto por el fuerte olor del tabaco del conde, sacó uno de sus cigarros y se lo ofreció diciéndole:
«No hay nada mejor que fumarse uno de estos en buena compañía»
Von Haeseler lo cogió, se lo guardó en su pitillera y siguió con su puro.
«¿Por qué no lo enciende?» le preguntó extrañado
«Esperaré, como usted bien dice, a encontrarme en buena compañía»
La suegra de Foch
El mariscal francés Ferdinand Foch, Comandante en jefe de los ejércitos Aliados durante la Primera Guerra Mundial, visitaba el Gran Cañón del Colorado junto a un coronel norteamericano que actuaba de guía y acompañante.
Se pararon al borde del abismo y, cuando todos esperaban unas palabras memorables, el mariscal respiró hondo y sentenció:
«¡Ah, espléndido lugar para despeñar a la suegra de uno!»
Klemens Von Metternich y las bayonetas
Estaba el estadista austriaco, Klemens Von Metternich, debatiendo sobre estratagemas de guerra con Napoleón Bonaparte cuando éste le gritó:
«¡Con bayonetas puede hacerse de todo!»
A lo que Metternich respondió con frialdad:
«Todo señor, menos sentarse encima»
Reparto de condecoraciones sin ton ni son
Se quejaban algunos militares a Otto Von Bismark de la ligereza con la que se estaba concediendo la condecoración de la ‘Cruz de Hierro’ a cualquier persona, durante la guerra franco-prusiana de 1870. Entre ellos se encontraba un príncipe germano que era uno de los que más protestaban, a lo que el estadista se le acercó y le dijo:
«Excelencia, tendrán que ser condecorados aunque sólo sea por motivos decorativos o de protocolo. Piense que, después de todo, tanto usted como yo ya la tenemos»