Un hombre muerto se desvaneció sobre mi mesa, cayó sobre mi teclado y mi cara tocó la suya. Era un hombre que nunca he visto, sus rasgos sucedieron espontáneos en el momento en que caía. Desperté en el golpe contra la mesa, aún era noche y tenía la impresión de que el sueño estaba más cerca del recuerdo inexorable; Sentí miedo. Siempre tuve la certeza de que carecía de conocimientos que me fortalecieran en el momento del pánico y por esto, resulté ser un miedoso sobre medido, un cobarde. Traté vagamente de encontrar un acertijo que me permitiera encontrar la luz de lo sucedido pero no lo conseguí. Me dieron ganas de encender la luz y comprobar que en el escritorio no había ningún muerto pero, ¿Y si en mi camino lo encontraba? El cuerpo del difunto en la oscuridad arrojado sobre mi teclado, sería demasiado para alguien tranquilo como yo, perdería todo contacto.
Recuerdo, y esto me sobresalta, que su cara estaba muy helada. Sentí quizás un líquido de saliva pero no estoy seguro. Fue muy rápido. También tengo noción de que tuve un sueño anterior pero de él no recuerdo nada. La imagen del hombre desvaneciéndose apareció como un cuadro que se superponía a la lenta transición de la oscuridad a la conciencia. Irrumpió y eso me preocupa. No es algo normal. Un sueño tiene una duración y una historia pero en ese pequeño lapsus, instante en que toca mi cara y cae, no hay más que un segundo de asombrosa y fatídica realidad. Corro lentamente las sábanas de mis ojos como si descubriera con sumo cuidado la existencia de algo que no debería ver. Los vidrios de la ventana comienzan a enclarescer y creo que me he librado ya, aunque sigo tapado hasta la cabeza, sin querer mirar mi escritorio. Pronto se hará el día en un instante tan fugaz como esta preocupación. Todo se sobrevendrá y permaneceré intacto sumido irremediablemente en los cordeles que mueven los días y los meses. Escucho un sonido. Proviene de mi escritorio, el tormento me seguirá por cada paso que de; Hay que tener valentía incluso en los momentos de estupefacción, incluso donde creas que tu cuerpo se contiene rígido intentado protegerte de la locura. Sólo valentía de actuar sin consentimiento de razones, actuar, actuar! Me descubro y miro hacia el escritorio; y hay un hombre, ¡la silueta de un hombre!, mirando detenidamente la pantalla. Me vuelvo inmediatamente y me cubro la cabeza. Esta vez tengo la espalda hecha un mar de transpiración y el cuello petrificado por los nervios. Alguien ahí, algo ahí. Sentado, quieto. Se podría parar y tocarme el hombro; Y de hacerlo, sería fatal. Me mataría. Luego el día que tanto ansiaba comienza a apagarse y la luz que encendía las ventanas era la ilusión propuesta por algún vecino que entraba su mascota. Aún era de noche, y la oscuridad sumergía todos los rincones, y también a nosotros, los dos en la habitación de lo incierto. Aún estaba soñando pero no había emperador que determinara la gravedad de la sentencia, estaba solo. Solo con el hombre en mi escritorio.
Suena nuevamente el escritorio, esta vez reconozco el sonido. Son letras, palabras que inscriben su presencia en el aire. El hombre está escribiendo en mi computadora. El hombre que no debería estar ahí y que está sentado en mi escritorio escribe palabras que se registran en el aire. Ya ha sido demasiada la duración y dejo de sostener la esperanza de volver a despertarme. El hombre está ahí y ya he quedado completamente indefenso ante la figura dueña de la situación. He sido declarado culpable en mi propio dominio con la oscuridad que lo guarnece pero pese a ello, y a todo lo que podrá pesar en el futuro, sigo pensando, transpirando, comienzo a llorar.
Recuerdo, y esto me sobresalta, que su cara estaba muy helada. Sentí quizás un líquido de saliva pero no estoy seguro. Fue muy rápido. También tengo noción de que tuve un sueño anterior pero de él no recuerdo nada. La imagen del hombre desvaneciéndose apareció como un cuadro que se superponía a la lenta transición de la oscuridad a la conciencia. Irrumpió y eso me preocupa. No es algo normal. Un sueño tiene una duración y una historia pero en ese pequeño lapsus, instante en que toca mi cara y cae, no hay más que un segundo de asombrosa y fatídica realidad. Corro lentamente las sábanas de mis ojos como si descubriera con sumo cuidado la existencia de algo que no debería ver. Los vidrios de la ventana comienzan a enclarescer y creo que me he librado ya, aunque sigo tapado hasta la cabeza, sin querer mirar mi escritorio. Pronto se hará el día en un instante tan fugaz como esta preocupación. Todo se sobrevendrá y permaneceré intacto sumido irremediablemente en los cordeles que mueven los días y los meses. Escucho un sonido. Proviene de mi escritorio, el tormento me seguirá por cada paso que de; Hay que tener valentía incluso en los momentos de estupefacción, incluso donde creas que tu cuerpo se contiene rígido intentado protegerte de la locura. Sólo valentía de actuar sin consentimiento de razones, actuar, actuar! Me descubro y miro hacia el escritorio; y hay un hombre, ¡la silueta de un hombre!, mirando detenidamente la pantalla. Me vuelvo inmediatamente y me cubro la cabeza. Esta vez tengo la espalda hecha un mar de transpiración y el cuello petrificado por los nervios. Alguien ahí, algo ahí. Sentado, quieto. Se podría parar y tocarme el hombro; Y de hacerlo, sería fatal. Me mataría. Luego el día que tanto ansiaba comienza a apagarse y la luz que encendía las ventanas era la ilusión propuesta por algún vecino que entraba su mascota. Aún era de noche, y la oscuridad sumergía todos los rincones, y también a nosotros, los dos en la habitación de lo incierto. Aún estaba soñando pero no había emperador que determinara la gravedad de la sentencia, estaba solo. Solo con el hombre en mi escritorio.
Suena nuevamente el escritorio, esta vez reconozco el sonido. Son letras, palabras que inscriben su presencia en el aire. El hombre está escribiendo en mi computadora. El hombre que no debería estar ahí y que está sentado en mi escritorio escribe palabras que se registran en el aire. Ya ha sido demasiada la duración y dejo de sostener la esperanza de volver a despertarme. El hombre está ahí y ya he quedado completamente indefenso ante la figura dueña de la situación. He sido declarado culpable en mi propio dominio con la oscuridad que lo guarnece pero pese a ello, y a todo lo que podrá pesar en el futuro, sigo pensando, transpirando, comienzo a llorar.