Esqueleterías
-Luis se ve ahora mucho mejor siendo esqueleto. Es que le han desaparecido las desagradables bolsas bajo los párpados.
Los esqueletos son livianos, leves, casi transparentes y lo curioso es que a través del enrejado de las costillas, se puede ver el alma. Es azul.
No debe ser tan trágico lo de la muerte cuando todos los esqueletos ríen.
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Sobre la fantasmidad
- Supongo que alguna vez tenía que saberse. La ciencia, que ya nos está dejando sin milagros, atropella todas las fantasías y los mitos.
Ahora dicen que lo que antes llamábamos un fantasma, no es más que el producto del desmenuzamiento extremadamente sutil de ciertos filamentos cuyos polímeros acaban de sintetizarse en una hilandería cercana a Barracas.
Cabe suponer que lo que hoy se obtiene gracias al artificio de los laboratorios, preexistía naturalmente.
Si se desgarra la tela fabricada con la fibra, blancos vellones fosforescentes se desprenden de sus bordes y flotan formando figuras humanas que en determinadas circunstancias susurran buhh, buhh, buhh.
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No se vaya a pensar
- Un porteño llamado Felipe Borda, que alardeaba ser descendiente del Gustave de Borda del que se ocupa Proust en sus "Crónicas de la vida en París", hombre mundano, caballeroso como los chapados a la antigua, díscolo y supuestamente demasiado susceptible, solía retar a duelo a quiénes él suponía, habían ofendido su dignidad. Esto ocurría en Buenos Aires, allá por los años setenta, época en que los lances de honor habían sido archivados y razón por la cual ninguno de los desafiados aceptaba sus envites.
Felipe, no obstante, asistía al campo de duelo (por lo general un sector bastante umbroso y arbolado cercano al lago de Palermo) acompañado por dos solemnes enlutados que portaban las armas y luego de cumplir algunos misteriosos ritos, durante un tiempo prudencial, desparramaba golpes a diestra y siniestra como si su adversario se encontrara frente a él. Finalmente se persignaba, estrechaba las manos de los testigos y se perdía en las sombras del bosque.
Esta versión es fantástica y sin dudas pecan por exceso de credulidad los que pretenden relacionar estos hechos con el hallazgo frecuente, de cadáveres acuchillados en el lugar.
-Luis se ve ahora mucho mejor siendo esqueleto. Es que le han desaparecido las desagradables bolsas bajo los párpados.
Los esqueletos son livianos, leves, casi transparentes y lo curioso es que a través del enrejado de las costillas, se puede ver el alma. Es azul.
No debe ser tan trágico lo de la muerte cuando todos los esqueletos ríen.
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Sobre la fantasmidad
- Supongo que alguna vez tenía que saberse. La ciencia, que ya nos está dejando sin milagros, atropella todas las fantasías y los mitos.
Ahora dicen que lo que antes llamábamos un fantasma, no es más que el producto del desmenuzamiento extremadamente sutil de ciertos filamentos cuyos polímeros acaban de sintetizarse en una hilandería cercana a Barracas.
Cabe suponer que lo que hoy se obtiene gracias al artificio de los laboratorios, preexistía naturalmente.
Si se desgarra la tela fabricada con la fibra, blancos vellones fosforescentes se desprenden de sus bordes y flotan formando figuras humanas que en determinadas circunstancias susurran buhh, buhh, buhh.
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No se vaya a pensar
- Un porteño llamado Felipe Borda, que alardeaba ser descendiente del Gustave de Borda del que se ocupa Proust en sus "Crónicas de la vida en París", hombre mundano, caballeroso como los chapados a la antigua, díscolo y supuestamente demasiado susceptible, solía retar a duelo a quiénes él suponía, habían ofendido su dignidad. Esto ocurría en Buenos Aires, allá por los años setenta, época en que los lances de honor habían sido archivados y razón por la cual ninguno de los desafiados aceptaba sus envites.
Felipe, no obstante, asistía al campo de duelo (por lo general un sector bastante umbroso y arbolado cercano al lago de Palermo) acompañado por dos solemnes enlutados que portaban las armas y luego de cumplir algunos misteriosos ritos, durante un tiempo prudencial, desparramaba golpes a diestra y siniestra como si su adversario se encontrara frente a él. Finalmente se persignaba, estrechaba las manos de los testigos y se perdía en las sombras del bosque.
Esta versión es fantástica y sin dudas pecan por exceso de credulidad los que pretenden relacionar estos hechos con el hallazgo frecuente, de cadáveres acuchillados en el lugar.