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Rene Lavand - No se puede hacer mas lento

Info•4/6/2012





Una breve reseña...

Lavand realiza sus ilusiones con la única ayuda de su mano izquierda, ya que perdió la derecha en un accidente cuando sólo tenía nueve años, su brazo quedo bajo la rueda de un carro durante el corso del pueblo. Lejos de dejarse derrotar por tal circunstancia, Lavand practicó la  cartomagia  obsesivamente desde su infancia hasta alcanzar un completo dominio de la baraja. Para ello debió seguir un camino autodidacta porque "todos los libros y técnicas son para magos de dos manos".
Sin embargo, la atracción de los espectáculos de Lavand no radica exclusivamente en la asombrosa manera en que ha superado su discapacidad, sino en las historias (escritas en su mayoría por sus amigos Rolando Chirico y Ricardo Martín) con las que viste sus ilusiones, y en su expresivo manejo de la pausa y el silencio como recursos dramáticos.
Tras trabajar como bancario hasta los treinta y dos años, en  1961  -luego de ganar una competencia mágica en la especialidad llamada manipulación- se lanzó como profesional actuando en la televisión y teatros argentinos (Nacional y Tabaris). Desde 1983 viaja y es reconocido en  Estados Unidos ,  Europa  y  Japón , donde realiza espectáculos privados y conferencias para sus colegas.
Su juego más famoso es la versión que realiza de un clásico de la cartomagia llamado "Agua y aceite"; en él utiliza una de las frases que definen su arte: "no se puede hacer más lento". Fue él quien acuño la palabra " lentidigitación " que, en contraposición a la prestigiditación, define a la ilusión ejecutada lentamente a fin de llevar la imposibilidad a su máxima expresión. Otra de sus frases recurrentes en sus presentaciones en televisión, al enfrentar algún plano medio de cámara es "La cámara implacable no me deja mentir...".
Otros conceptos clave de su arte son "añadirle belleza al asombro", y la búsqueda de "la belleza de lo simple". Lo primero lo consigue a través de los  cuentos ,  poesías  y  música  que utiliza en sus presentaciones. Y lo segundo, llevando sus movimientos, gestos y palabras a lo esencial, logrando así un mayor asombro y disfrute por parte de los espectadores. La ilusión en la que más lo consigue es -según sus propias palabras- "Las tres migas": en ella tres migas de pan aparecen una y otra vez dentro de un pocillo de café, a pesar de haber sido claramente arrojadas fuera de la mesa.
Tiene algunos "discípulos", como prefiere llamarlos, que lo visitan en su casa para aprender su arte de cerca; para ello acondicionó un vagón de tren que utiliza como salón de magia. También ha grabado videos, y publicado varios libros técnicos para sus colegas. Para el público en general escribió sus memorias: "Barajando Recuerdos". En ellas cuenta anécdotas de una vida dedicada a recorrer el mundo llevando su arte único, junto a la transcripción de algunas de las historias que cuenta en sus juegos.






Una entrevista:




TANDIL.- En la puerta de entrada a la casa de René Lavand, el gran ilusionista de las cartas, hay un cartel. Dice: "¡Dejadme gozar de un segundo amanecer. Estoy durmiendo la siesta!". El cartel está ahí las 24 horas (también durante sus religiosas siestas de dos horas). En realidad, al lugar en el cual vive desde hace nueve años junto con Nora, su esposa, no hay forma de llamarlo casa. Su "villa" tiene algo de la casita de Disney del bosque de los Arrayanes con la única diferencia de que no hay arrayanes y sí unas 500 especies de plantas y árboles, dos cascadas con peces de colores, plantas y árboles, un vagón de tren reciclado por ellos mismos, juegos para chicos, más casitas para huéspedes y varios senderos que se bifurcan al pie de una sierra. Sentado en un sillón está el gran maestro de la lentidigitación. Pulóver amarillo patito, pantalón gris, la mano derecha en el bolsillo y -en la izquierda- una copa de vino tino. Son las once de la mañana.

 

Lavand vive citando frases que sabe acomodar como si estuviera ahora mismo, en el parque de su casa, frente al público. "¿De dónde aprendí todo esto? -se pregunta y se contesta-. De los grandes que se fueron. Pero no de los grandes de mi especialidad, de los grandes como Beethoven, como Bach, como Vivaldi, como Mozart. Todo eso sucede por sinestesia, un acto involuntario en el que se cumple otra frase, que creo que es de Borges, que dice que hay que lograr de la diversidad la unidad. Si la música es el equilibrio armónico de los sonidos y de los silencios, yo aprendí que lo mío debía ser el equilibrio armónico entre lo que se hace y lo que se dice. Para eso hay que tener en cuenta los tiempos, los silencios, los in crescendos."

Entonces, repite una vez, dos veces, tres veces su famosa frase: "No se puede hacer más lento". En cada reiteración busca el tono, la pausa, una inflexión de voz distinta. Teatro. Puro teatro.


-¿Dónde ensaya?
-La gente cree que soy un hombre culto, pero no. ¿Sabe qué creo? Que sólo soy un buen contrabandista de frases que tiene la habilidad, la picardía, de colocarlas oportunamente. Es una manera de engañar al público sin engañarlo.


-Me está engañando: me dice parte de un espectáculo y no me contesta lo que le pregunté.
-Será una trampa más... [se ríe] Pero, ya que insiste, esas cosas no las ensayo. Son innatas. Sí juego mucho con las barajas.

Su lugar predilecto para jugar es allí, en el living. En las noches de invierno ("la baraja se ha hecho para jugarla con luz artificial" se sienta frente a la mesa ratona. Ahí está el paño verde, una botella de coñac y el calentador de la copa. El mismo lugar en donde ahora se está sacando unas fotos mientras Nora está atenta a los fideos que se vienen.


-¿Qué pasa si, en medio de una función, en vez de salir el 3 de copas sale el 7 de espadas?
-Creo que nunca me ha ocurrido...


-Dijo creo.
-Claro, porque alguna vez me debe haber ocurrido.


-No soy adivino, pero diría que sí.
-Si no le contesto la pregunta es porque la mejor condición del hombre es el olvido.

Y se ríe. Y la risa se hace carcajada cuando me escucha decir que no hice 400 kilómetros para escucharlo decir frases ya elaboradas. "Las cartas se acomodan en el camino -agrega, minutos después, como el mejor chico caprichoso que termina haciendo caso-. Le digo más, a veces hasta conviene equivocarse porque, de otra forma, todo sería algo mecanizado."

Con esa lógica, simular un error o ponerlo al servicio de una tensión dramática es algo que Lavand maneja a la perfección. "El público perdona al error, lo que no perdona es el aburrimiento", acota el maestro del close up. "Cada día sigo siendo más yo. Hasta me refiero a la decadencia, al deterioro físico. Porque leo el diario o prendo la televisión y hay infinidad de términos que ya no entiendo... Ahí se va dando cuenta uno de que va pasando el tiempo", dice este señor de 83 años.

Omar, el chofer que nos trajo hasta aquí, después me decía que en ese momento vio unas nubes en sus ojos celestes que lo impresionaron. Pero es Lavand, un gran -y admirable- simulador. Un señor que, si bien parece un personaje barroco de otras épocas, también es un minimalista. De hecho, pasan los años y él repite -incansablemente- el mismo número. "¿Para qué quiero juegos nuevos? Sólo quiero mejorar lo anterior."


-¿Y por qué la lentitud?
-Ah, déjemelo pensar para decir, algo criterioso.


-Si quiere, le sirvo vino.
-Charlando con Fu-Manchú salió un tema interesante sobre la velocidad de la mano. Lógicamente, apareció eso de que la mano es más rápida que la vista, y nos reímos porque nos pareció un disparate.



La mano, la vista


En esa oportunidad, Fu-Manchú dijo: "El cerebro es más rápido que la vista". Lavand, entusiasmado, pensó entonces que el asunto era engañar al cerebro. La charla quedó ahí. Pasaron 40 años hasta que, hace días, fue a un banco de la ciudad a cobrar un cachet. La chica sacó el fajo de billetes y él se concentró para controlar el dinero. Al quinto billete ya se había perdido. En el camino a casa (o a esta sucesión de casas que se asemejan a un espléndido parque temático), pensó: "Esta chica me ha demostrado, siendo ella una prestidigitadora, que la mano es más rápida que la vista y que el cerebro. De manera que, en lo mío y en lo de mis colegas, el asunto no está en la velocidad de las manos, ¡terminemos con eso! El asunto está en la sumatoria de técnicas manuales y psicológicas puestas al servicio de lograr la ilusión sin que se note la técnica. Y en lo que hace a la lentitud basta una mirada, basta una forma de relajación de la mano, basta sacar muuuy leeentamente una pelusa del paño verde...".

Y, con una enorme habilidad, la lentitud en sus acciones físicas como del mismo relato logran que la atención esté puesta ahí: en la pelusa del paño verde, logrando un inteligente corrimiento del foco de atención.

A metros de allí, en el comedor, Nora sirve unos suculentos platos. Alrededor de la mesa hay unos cuadros con su rostro y unas enormes ventanas que dan al jardín ("mi mejor pinacoteca". "No he leído ningún libro ni de ilusionismo, ni de prestidigitación, ni de cartas; tuve que ser autodidacta a raíz del accidente en el cual perdí mi mano derecha a los 9 años, en Coronel Suárez. Me hice a la fuerza. En ese sentido, no le robé a nadie." No hay dudas.

En la película Un oso rojo, de Adrián Caetano, hizo de un villano. Un villano manco, claro. En su escena final, el personaje de Julio Chávez le clava un cuchillo en su mano izquierda (sí, justo en ésa...). Con un humor negro único, ahora dice: "No me impresionó ver esa escena, para nada. Ya estaba acostumbrado a algo parecido, pero de verdad". Y se ríe, claro.

Días después de aquel accidente, un amigo, para enfrentarlo al futuro, le dijo: "René, vas a poder llevar un solo balde el resto de tu vida". Sigue él: "Yo pensé, si pongo mi cerebro en la baraja y mi corazón en el público voy a poder pagarle a otro para que me lleve los dos baldes".


-En esta idea de los baldes, ¿qué papel juega Nora?
-Como dijo Ortega y Gasset, es la labradora de mi alma.


-¿Qué te enamoró de ella?
-Se van sumando las cuestiones en el correr del intercambio humano y logran un todo.

Y se queda callado con la mirada perdida otra vez en un lugar de cierta melancolía que parece insondable.


-¿Esa pausa es estudiada?
-No, no sabía qué otra tontería decirte y me quedé en silencio...






























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