La historia del soldado Fernandez y sus dos islas...
Malvinas y Apipé, las dos islas del soldado Fernández
Se llama Marcelino. Es el único ex combatiente de Malvinas que vive en la ínsula correntina, a 40 kilómetros del puerto. Hasta allí llegó un equipo socio-sanitario para entrevistarlo y conocer su situación y la de su familia. He aquí su historia.
EL DATO
Corrientes es la primera provincia que realiza el relevamiento del Pami, a 25 años de Malvinas. Concluirían el 4 de diciembre, día en que llevarán a cabo un acto con la presencia de la titular del Pami, Graciela Ocaña. Los datos son procesados el con asesoramiento del Conicet.
Hablar de islas puede ser para Marcelino Fernández sinónimo de hogar, refugio y pertenencia; pero también puede equivaler a defensa, muerte, terror y bombas. La vida de este ex combatiente correntino está signada por Malvinas y Apipé, las dos islas que tallaron esa punzante historia personal que lo muestra hoy en la profundidad rural y con un semblante que le aporta más años que los de 47 que tiene. Inflexibles fueron los achaques de la lucha constante por la subsistencia.
Una en el extremo sur del país y la otra en el límite norte, las islas cincelaron hondo el áspero interior de un Marcelino que en sus lejanas miradas deja descifrar en parte las íntimas cicatrices de viejas batallas. Su pasado y presente se resumieron con palabras durante una calurosa siesta de noviembre en la isla Apipé, bajo la media sombra de un árbol alto pero anémico de hojas y frente al trío de ranchitos de su propiedad.
El ex soldado vive con su familia en el paraje Vizcaíno, a 45 kilómetros del puerto principal de la isla de las paradojas: es tierra argentina pero está rodeada de aguas paraguayas; está frente a la imponente represa de Yacyretá y hasta ahora no tiene conexión eléctrica directa.
Hasta la casa de Marcelino, en el extremo más lejano de la localidad cabecera, San Antonio, y sobre el borde del islote, llegó el martes una comitiva que escoltó al equipo de especialistas que realiza el relevamiento socio-sanitario para ex combatientes en la zona de Ituzaingó. El Litoral acompañó el viaje desde la capital provincial que demandó más de cinco horas para arribar a la vivienda de Marcelino Fernández. Primero en automóvil por la Ruta Nacional Nº 12 hasta Ituzaingó, luego en lancha por el Paraná para cruzar en 10 minutos a San Antonio y finalmente más de media hora en camioneta por el polvoriento camino de suelo arenoso que se abre en las entrañas de la isla.
Encuentro
Las dos pick up que aportó la Prefectura llevaba al contingente visitante hasta la casa de Marcelino, abriéndose paso con potencia sobre la ruta de tierra que fue optimizada hace un año y medio.
Apenas se dejó atrás el pueblo, el paisaje rural inundó los ojos a tal punto que a muchos le hizo rememorar incursiones por los campos de muchos rincones del continente. 'Creo que falta poco para llegar', anuncia Ramón, un ex combatiente de Ituzaingó que no dejaba de aferrarse con los dos manos a la estructura de la vieja F-100. Al costado del camino, pastizales que en pocos instantes mutan en pequeños montes que poco después dejan lugar a una casita y su chacra en la entrada. Luego aparece la escuela de la zona, con un caballo atado en el portal.
De repente las camionetas se detienen y a pie se recorren los menos de cien metros que separan la ruta de la casa de Marcelino. El mismo sale a recibir a la nutrida comitiva. Bajo el árbol principal del patio se disponen varias sillas y al ex combatiente anfitrión se le explica de qué se trata el relevamiento, mientras su esposa, hijos y hermanos observan expectantes.
Así se dispone que el médico y el estudiante comiencen a preguntar y rellenar formularios en otra mesa, a solas y cerca de las tres casitas. Tras más de media hora de diálogo ameno, termina la tarea con un chequeo de su salud.
Camillero
'Nací acá, en 1960; antes teníamos una casa cerca del puerto y después de la guerra vinimos para Vizcaíno', responde entre breves silencios Marcelino. De ese momento, se remonta a 1982: 'Vivía en Paraguay cuando convocaron a la guerra, pero cuando se incorporó a la clase '62 me presenté para hacer la colimba y no ser desertor', contó para después especificar que 'fui a Curuzú Cuatiá, en el hospital militar. Allí nos dieron la instrucción y sin que nos avisaran nos llevaron a Malvinas'.
En las islas del sur se desempeñó como camillero, atendiendo a los heridos pero también sacando los cuerpos de los soldados fallecidos. Todo entre bombas, frío extremo y sin experiencia.
'Llegamos a la 1 de la madrugada y a las 4 comencé a buscar a los heridos. Una vez, cayó una bomba al lado mío y las esquirlas casi me matan. Me salvé, pero murió un compañero mío', recuerda. Después de tanto dramatismo y reflejos para sobrevivir, concluyó la guerra. Ahí comenzó la vuelta a casa, tal vez más dura por los posteriores años de olvido que vivieron los ex soldados. 'Vinimos 27 nomás de los 46 que éramos de mi compañía', indica Marcelino mientras su rostro muestra los ojos más achinados que de costumbre.
Volver fue complicado, mucho más de lo que se puede imaginar. En el caso de este ex conscripto, un dato sustancial: 'Cuando yo vine de Malvinas, no me creyeron al entrar a la isla Apipé. Yo les decía que regresaba de la guerra y no me creían', dice a 25 años del hecho con gestos de aún no entenderlo.
Al poco tiempo de su regreso convive con su primera esposa, que falleció hace un lustro y con quien tuvo seis hijos. Luego rearmó su vida con su actual mujer, María, y tienen un hijo de dos años.
'Malvinas me cambió totalmente la visión de la vida y la muerte', resalta el hombre que actualmente vive de la pensión de ex combatiente y se dedica a la chacra que tienen con sus dos hermanos en la propiedad.
Marcelino despide a cada uno de los integrantes del contingente con un fuerte apretón de manos y vuelve a su casa en medio de la profundidad de la isla, la Apipé. La otra, Malvinas, sigue en su memoria y en la lucha diaria de un sector que no baja los brazos en la guerra contra el olvido.
Otra hermosa nota del amigo periodista Gustavo Lescano del Diario El Litoral de Corrientes.
Relatos de crímenes británicos en las islas
Testimonios de soldados argentinos:
"Al llegar a la cima nos encontramos con el Cabo Pedemonte que estaba herido. No pudimos auxiliarlo, nos escondimos detrás de unas rocas, y desde allí vimos que los ingleses lo golpearon y le ordenaron que se quitara el casco, tambien le sacaron sus armas y su campera. De pronto, uno saca una ametralladora y le tiran cinco balazos en la cabeza. Nos miramos y pensamos: está muerto."
"Resulté herido cuando me replegaba desde Tumble Down hacia el cerro Dos Hermanas. De pronto vimos venir un helicóptero y pensamos que era un aparato de rescate. Dos de mis comapñeros hicieron señas y ví como les disparaban a pesar de estar con los brazos en alto. ¿Ellos no habían recibido la información del cese de las hostilidades?, pensé. Yo pude esconderme detrás de una gran piedra. Desde allí observé que ese helicóptero estaba ultimando sistemáticamente a los heridos. Lo hacía con verdadera saña."
"Fui combatiente en Darwin, como mimbro del grupo de Artillería Aerotransportada 4. Cuando caímos prisioneros nos alojaron en un galpón. Los ingleses seleccionaron a un grupo de nosotros para que recogiéramos municiones, artefactos explosivos y cuerpos que habían quedado en el campo de batalla. Ese mismo día se produjo una gran explosión y las esquirlas perforaron las chapas. A través de esos orificios vimos con horror a cinco soldados argentinos que habían sido mutilados por la onda expansiva.
Gritaban fuerte, muy fuerte... Inmediatamente fueron ejecutados por los ingleses."
"Encontré otro día a un muchacho de otro Regimiento. Caminaba con la mirada perdida, semienloquecido. Había tenido un encuentro con el Primer Batallón de Fusileros Gurkas del Duque de Edimburgo. Él había conseguido sobrevivir a la feroz matanza que hicieron. Me contó que violaron y mutilaron a los pobres soldados tomados por sorpresa."
"Como habían pasado varias horas y nosotros seguíamos resitiendo, los ingleses nos intimidaron para rendirnos o bombardearían Puerto Darwin con fuego naval, inclusive con los kelpers que manteníamos prisioneros."
"Al final tuve que firmar un acuerdo por el cual jamás me levantaría en armas contra el gobierno inglés, o de otra forma me fusilarían."
"Yo estaba en Puerto Darwin, prisionero con otros 1.050 argentinos. Fuimos obligados por soldados ingleses a trasladar municiones. Delante mismo de nuestros ojos vimos cuando explotó un proyectil y algunos soldados quedaron despedazados."
TESTIMONIOS DE Vincent Bramley
Paracaidista inglés, Veterano de Malvinas
"...y encontramos a un grupo de cinco o seis efectivos que estaban golpeando a unos "argies"(argentinos) que gritaban. A uno le dieron con la culata en plena cara... A pocos metros otro tipo le clavaba la bayoneta a un "argie". Descargó todo el peso del cuerpo sobre el fusil para que la bayoneta se metiera bien adentro."
"Todos volvimos al claro que acabábamos de cruzar. Nos separamos y esperamos el siguiente desplazamiento. A unos diez metros a la derecha venía un argentino. Le habían tirado al pecho y gritaba sosteniéndose la herida. Un tipo de la Compañia B atravesó el claro y le clavó la bayoneta. A los gritos del argentino, trató de quitársela entes de morir. Nuestro soldado le decía: ¡No grites más hijo de p...!
El enemigo murió en el mismo instante en el que le clavaron la bayoneta. Nuestro soldado volvió a su lugar como si nada hubiera pasado.
A mi derecha tres argentinos lloraban agarrándose la cabeza. ¿Serían amigos del que acababa de morir?"
"Miramos al suelo, era un "argie" herido. Me miraba fijo, tal vez suplicando, preso de dolor.
-¡Apártese!- gritó el sargento Pettinger.
El sargento le apuntó y le pegó dos tiros en la cabeza.
Lo patié como si fuera una pelota de futbol..."
"De pronto se oyó un grito desgarrador. Después de un disparo vimos a un argentino cayendo barranca abajo. El oficial al mando se levantó de un salto cuando oyó más gritos y vio como un soldado moría de un tiro en la cabeza. Un grupo se acercó al lugar. Abajo, nuestros compañeros enterraban a unos argentinos "muertos en combate"(asesinados impunemente), a los que se los había llevado allí con ese fin."
"Los terminábamos de matar hundiéndoles la bayoneta en el ojo, porque sus chalecos eran demasiado gruesos".