El viento solar y las auroras boreales
El Sol es determinante para la vida en la Tierra. Es quien aporta energía a nuestro planeta, activa la climatología calentando la atmósfera y el suelo, nos da calor y permite la fotosíntesis de las plantas. Se trata de una bola de plasma de casi un millón de kilómetros de diámetro. El plasma es el cuarto estado de la materia y se da a muy altas temperaturas (la superficie del Sol está a unos 6.000ºC y su núcleo a unos 14 millones).
Los otros tres estados de la materia son el sólido, el líquido y el gaseoso. En dicho estado de plasma, los átomos de hidrógeno de que está compuesto el Sol se disocian en protones y electrones. Las condiciones de alta temperatura y presión que se dan en el Sol hacen que sea muy activo. Una de las consecuencias de dicha actividad es el viento solar. Este viento consiste en partículas muy energéticas que el Sol emite en todas direcciones: protones, electrones y núcleos de helio viajando a grandes velocidades, que se alejan del Sol. Parte de este viento llega a la Tierra y una de las más hermosas consecuencias de este fenómeno son las auroras boreales y australes. Esas luces de diferentes colores que aparecen y se mueven en el cielo de las latitudes más cercanas a los polos.
Cuando las partículas que conforman el viento solar llegan a la Tierra se encuentran con el campo magnético terrestre. Puesto que se trata de partículas cargadas eléctricamente, son afectadas por el campo magnético de tal manera que las redirige hacia los polos magnéticos (al norte y al sur terrestre). Cuando, siguiendo las líneas de dicho campo magnético, entran en la atmósfera, se encuentran con átomos de oxígeno, nitrógeno, hidrógeno, helio, … con los que chocan. Esta interacción hace que se exciten los átomos y que estos emitan luces de diferentes colores, dependiendo del tipo de partícula con la que han colisionado.
Si queremos disfrutar del espectáculo de las auroras hemos de salir de España y viajar bastante al norte. Pero podría darse el caso, no del todo deseable, de que viésemos alguna aurora desde casa. El Sol tiene ciclos de unos 11 años, en que aumenta y disminuye su actividad. Eso se ve reflejado, entre otros aspectos, en un aumento y disminución de las auroras boreales.
Pero en alguna ocasión, esporádica e imprevisible, la actividad solar ha sido muy superior, con sus consecuencias en la Tierra. Un aumento importante de su actividad haría que el viento solar fuese más intenso, lo cual nos ofrecería auroras más intensas y en latitudes más bajas. Pero sin olvidar que se trata de partículas eléctricas muy energéticas, la contrapartida sería que nuestros satélites artificiales estarían sometidos a una mayor radiación de lo habitual.
La mayor tormenta solar de que se tiene constancia es de 1859, durante la cual se pudieron observar auroras boreales en Londres, París o Florida. En aquel entonces el grado tecnológico de la sociedad era ínfimo (el telégrafo llevaba 15 años en marcha). No obstante hubo interrupciones en la transmisión debido a cortocircuitos y sobrecargas.