Su mundo desapareció en 24 horas. Vivían sin saber que bajo las laderas fértiles del Vesubio latía el germen de su propia destrucción, que llegó por sorpresa en el año 79.
Los habitantes de Pompeya, entre 12.000 y 15.000 personas según se estima, y los de la vecina localidad costera de Herculano, con unos 4.000 habitantes, murieron sepultados por sus propios techos, asfixiados por los gases tóxicos de la erupción, o carbonizados por un flujo abrasador de roca y aire ardiendo que se abalanzó sobre Herculano a 30 metros por segundo y 400 grados de temperatura.
La ciudad ofrece un cuadro de la vida romana durante el siglo I. El momento inmortalizado por la erupción evidencia literalmente hasta el mínimo detalle de la vida cotidiana. Por ejemplo, en el suelo de una de las casas (la de Sirico), una famosa inscripción Salve, lucrum ("Bienvenido, dinero"
quizás con intención humorística, nos muestra una sociedad comercial perteneciente a dos socios, Sirico y Numiano (aunque este último bien podría ser un apodo, ya que nummus significa moneda).
En otras casas abundan los detalles sobre diversos oficios, como los trabajadores de la lavandería (fullones). Así mismo, las pintadas grabadas en las paredes son muestras del latín empleado en la calle. Sin embargo, no hay que pensar que la ciudad que se excava en la actualidad quedó congelada en el momento de la erupción. La población de Pompeya se calcula entre las 6.500 a las 30.000 personas, mientras que solo se han encontrado unos 2.000 cadáveres. Además, muchos de los edificios están extrañamente vacíos, lo que hace pensar que gran parte de la población habría huido ya durante los terremotos que precedieron a la erupción (recordando, quizás, el gran terremoto del año 62) y se habrían llevado con ellos una parte de sus objetos de valor. Se explican así, además, algunos de los tesoros que se han hallado en la ciudad, ya que los ciudadanos que huyeron los escondieron para recuperarlos cuando los problemas pasaran. Por último, existen varias pruebas de que la ciudad fue saqueada (ya por sus antiguos habitantes o por otras personas) a fin de recuperar sus pertenencias o llevarse los materiales valiosos, para lo cual excavaron túneles entre las cenizas.
En el año de la erupción, se calcula que la población de Pompeya era de unas 15.000 personas. La ciudad estaba situada en una zona donde abundaban las villas vacacionales, y contaba con numerosos servicios: el macellum (gran mercado de alimentos), el pistrinum (molino), los thermopolia (una especie de taberna que servía bebidas frías y calientes), las cauponae (pequeños restaurantes) y un anfiteatro.
En 2002 un importante descubrimiento en la desembocadura del río Sarno reveló que en el puerto también había viviendas, muchas de ellas palafitos con un sistema de canales que sugieren una cierta similitud con Venecia.
El 5 de febrero del año 63 de nuestra Era, violentas sacudidas sísmicas ondulatorias conmovieron una zona del territorio situado inmediatamente al sur de Nápoles. En las ciudades de Herculano y Pompeya se derrumbaron casas, templos , teatros, columnas y torres, produciendo bastantes victimas.
Asustados por el terremoto, bastantes propietarios de villas y muchos ciudadanos de Pompeya y Herculano abandonaron la región, pero transcurrido corto tiempo regresaron los que habían huido, se repararon los daños en calles y edificios, reconstruyéndose las ciudades. Paulatinamente se olvidó lo ocurrido y nadie pensó que el Vesubio tuviese ninguna relación con lo sucedido.
Sin embargo, en la mañana del 24 de agosto del 79, una columna de humo comenzó a ascender del volcán Vesubio. La población pensó que se trataba de un escape más de humo, pues ya había pasado en años anteriores.
Pero esta vez la erupción se manifestó de dos maneras: en Herculano, una especie de fango, mezcla de cenizas, lava y lluvia, inundó las calzadas y callejuelas de la ciudad, cubrió los tejados y penetró por ventanas y rendijas. La gente salió horrorizada de sus casas y muy pocos pudieron huir de aquella ciudad italiana. En Pompeya se inició como una finísima lluvia de cenizas que nadie sentía. Luego cayeron los lapilli, pequeñas piedras volcánicas que se parecen a las normales y por último, piedras pómez de varios kilogramos de peso.
La ciudad quedó envuelta en vapores de azufre que penetraron por las rendijas y hendiduras de las casas y villas y se filtraron en las togas que la población se ponía en nariz y boca para protegerse. Los pompeyanos comenzaron a pasar angustiosos minutos, replegados en los rincones que podían encontrar.
Cuando al último momento trataron de huir, muchos murieron lapidados por las piedras pómez. Aterrorizada, la población retrocedía y se encerraba en sus casas. Pero era demasiado tarde. En algunos casos, los techos se derrumbaban, dejando sepultados a los inquilinos.
El 26 de agosto, el sol volvió a salir. Del Vesubio sólo salía una débil columna de humo y este volcán se encontraba rodeado por un enorme pedrisco, del que apenas salía alguna columna o algún tejado. En una distancia de 18 kilómetros, el paisaje quedó asolado: los jardines no eran más que un terregal, los campos estaban llenos de ramas ennegrecidas. Las partículas de cenizas se extendieron por África, Siria y Egipto.
A media tarde de aquel año 79, Pompeya quedó enterrada bajo seis metros de piedra pómez y cenizas. Herculano se libró de esto, pero fue arrollada por el barro ardiente, que la sepultó a 15 metros de profundidad, endureciendo como una roca todo cuanto en ella había. El proceso fue lo suficientemente lento como para que la gente tuviera tiempo de huir: en Herculano sólo se han encontrado 20 ó 30 esqueletos.
En Pompeya, las cosas sucedieron de otro modo: murieron unas 2.000 personas, algunas aplastadas por las piedras, pero sobre todo asfixiadas por los gases o sofocadas por las cenizas. También quedaron arrasadas varias ciudades y aldeas cercanas, y en un par de horas desapareció de la faz de la tierra una sociedad entera. Pompeya siguió sepultada hasta que en 1763 se descubrió su emplazamiento, tras 15 años de excavaciones.
Actalmente, en Pompeya, en una terraza que se encuentra entre Puerta Marina y la plaza de la Exedra, se alza un edificio moderno que ningún turista ni investigador deja de visitar. Es el Antiquarium, único edificio de esta ciudad (toda ella un gran museo) que desempeña las funciones de museo propiamente dicho. Efectivamente, en cuatro grandes salas y dos salitas se muestra allí una colección de utensilios, esculturas, fragmentos arquitectónicos y objetos sumamente raros e interesantes, que merecen ser conservados con especial cuidado por su valor de documento histórico y humano.
Entre todos los objetos expuestos, los que más llaman la atención de los visitantes son los vaciados en yeso.
Reproducen la forma de los árboles, animales, cuerpos humanos, alimentos, utensilios de madera, etc., sé le ocurrió por primera vez a Giuseppe Fiorelli, el hombre que, en 1860, inició, metódica y diligentemente, las excavaciones. Se fijó en que la ceniza de la erupción volcánica que destruyó a Pompeya, ceniza que con el transcurso de los siglos se había vuelto dura y compacta como la piedra, presentaba extrañas cavidades.
Fiorelli advirtió que éstas correspondían a los espacios ocupados, en el momento de la erupción, por los cuerpos de las víctimas y diversos objetos que, después, se habían ido convirtiendo en polvo.
Luego pensó que colando yeso desleído en las cavidades se podía reproducir fielmente, hasta en sus más pequeños detalles, el aspecto de los cuerpos y cosas sepultados por la erupción.

Los habitantes de Pompeya, entre 12.000 y 15.000 personas según se estima, y los de la vecina localidad costera de Herculano, con unos 4.000 habitantes, murieron sepultados por sus propios techos, asfixiados por los gases tóxicos de la erupción, o carbonizados por un flujo abrasador de roca y aire ardiendo que se abalanzó sobre Herculano a 30 metros por segundo y 400 grados de temperatura.
La vida en Pompeya
La ciudad ofrece un cuadro de la vida romana durante el siglo I. El momento inmortalizado por la erupción evidencia literalmente hasta el mínimo detalle de la vida cotidiana. Por ejemplo, en el suelo de una de las casas (la de Sirico), una famosa inscripción Salve, lucrum ("Bienvenido, dinero"

quizás con intención humorística, nos muestra una sociedad comercial perteneciente a dos socios, Sirico y Numiano (aunque este último bien podría ser un apodo, ya que nummus significa moneda).

En otras casas abundan los detalles sobre diversos oficios, como los trabajadores de la lavandería (fullones). Así mismo, las pintadas grabadas en las paredes son muestras del latín empleado en la calle. Sin embargo, no hay que pensar que la ciudad que se excava en la actualidad quedó congelada en el momento de la erupción. La población de Pompeya se calcula entre las 6.500 a las 30.000 personas, mientras que solo se han encontrado unos 2.000 cadáveres. Además, muchos de los edificios están extrañamente vacíos, lo que hace pensar que gran parte de la población habría huido ya durante los terremotos que precedieron a la erupción (recordando, quizás, el gran terremoto del año 62) y se habrían llevado con ellos una parte de sus objetos de valor. Se explican así, además, algunos de los tesoros que se han hallado en la ciudad, ya que los ciudadanos que huyeron los escondieron para recuperarlos cuando los problemas pasaran. Por último, existen varias pruebas de que la ciudad fue saqueada (ya por sus antiguos habitantes o por otras personas) a fin de recuperar sus pertenencias o llevarse los materiales valiosos, para lo cual excavaron túneles entre las cenizas.

El templo de Júpiter cierra la plaza del Foro en el lado norte. Si bien en su origen fue solo dedicado a Júpiter, después del año 80 a. C. fueron también veneradas Juno y Minerva. El templo fue construido en el siglo II a. C., fue gravemente dañado por el terremoto del año 62 d. C. y estaba siendo restaurado al momento de la erupción del Vesubio.
En el año de la erupción, se calcula que la población de Pompeya era de unas 15.000 personas. La ciudad estaba situada en una zona donde abundaban las villas vacacionales, y contaba con numerosos servicios: el macellum (gran mercado de alimentos), el pistrinum (molino), los thermopolia (una especie de taberna que servía bebidas frías y calientes), las cauponae (pequeños restaurantes) y un anfiteatro.

En 2002 un importante descubrimiento en la desembocadura del río Sarno reveló que en el puerto también había viviendas, muchas de ellas palafitos con un sistema de canales que sugieren una cierta similitud con Venecia.

Templo de Júpiter

El Macellum era un gran mercado cubierto con una fuente de agua en el centro donde se lavaban los pescados. Fue construido en la época del Imperio.

La basílica de Pompeya era la sede de la administración de justicia y, junto con el Foro, constituía el edificio más importante de la ciudad. Tenía cinco puertas que abrían hacia el Foro, que daban paso a tres naves internas. La época de la fundación se calcula hacia el 120 a. C.

Teatro grande
Erupción del Vesubio en el año 79
El 5 de febrero del año 63 de nuestra Era, violentas sacudidas sísmicas ondulatorias conmovieron una zona del territorio situado inmediatamente al sur de Nápoles. En las ciudades de Herculano y Pompeya se derrumbaron casas, templos , teatros, columnas y torres, produciendo bastantes victimas.
Asustados por el terremoto, bastantes propietarios de villas y muchos ciudadanos de Pompeya y Herculano abandonaron la región, pero transcurrido corto tiempo regresaron los que habían huido, se repararon los daños en calles y edificios, reconstruyéndose las ciudades. Paulatinamente se olvidó lo ocurrido y nadie pensó que el Vesubio tuviese ninguna relación con lo sucedido.
Sin embargo, en la mañana del 24 de agosto del 79, una columna de humo comenzó a ascender del volcán Vesubio. La población pensó que se trataba de un escape más de humo, pues ya había pasado en años anteriores.

Pero esta vez la erupción se manifestó de dos maneras: en Herculano, una especie de fango, mezcla de cenizas, lava y lluvia, inundó las calzadas y callejuelas de la ciudad, cubrió los tejados y penetró por ventanas y rendijas. La gente salió horrorizada de sus casas y muy pocos pudieron huir de aquella ciudad italiana. En Pompeya se inició como una finísima lluvia de cenizas que nadie sentía. Luego cayeron los lapilli, pequeñas piedras volcánicas que se parecen a las normales y por último, piedras pómez de varios kilogramos de peso.

La ciudad quedó envuelta en vapores de azufre que penetraron por las rendijas y hendiduras de las casas y villas y se filtraron en las togas que la población se ponía en nariz y boca para protegerse. Los pompeyanos comenzaron a pasar angustiosos minutos, replegados en los rincones que podían encontrar.

Cuando al último momento trataron de huir, muchos murieron lapidados por las piedras pómez. Aterrorizada, la población retrocedía y se encerraba en sus casas. Pero era demasiado tarde. En algunos casos, los techos se derrumbaban, dejando sepultados a los inquilinos.

El 26 de agosto, el sol volvió a salir. Del Vesubio sólo salía una débil columna de humo y este volcán se encontraba rodeado por un enorme pedrisco, del que apenas salía alguna columna o algún tejado. En una distancia de 18 kilómetros, el paisaje quedó asolado: los jardines no eran más que un terregal, los campos estaban llenos de ramas ennegrecidas. Las partículas de cenizas se extendieron por África, Siria y Egipto.
El misterio de la gente congelada en ceniza
A media tarde de aquel año 79, Pompeya quedó enterrada bajo seis metros de piedra pómez y cenizas. Herculano se libró de esto, pero fue arrollada por el barro ardiente, que la sepultó a 15 metros de profundidad, endureciendo como una roca todo cuanto en ella había. El proceso fue lo suficientemente lento como para que la gente tuviera tiempo de huir: en Herculano sólo se han encontrado 20 ó 30 esqueletos.

En Pompeya, las cosas sucedieron de otro modo: murieron unas 2.000 personas, algunas aplastadas por las piedras, pero sobre todo asfixiadas por los gases o sofocadas por las cenizas. También quedaron arrasadas varias ciudades y aldeas cercanas, y en un par de horas desapareció de la faz de la tierra una sociedad entera. Pompeya siguió sepultada hasta que en 1763 se descubrió su emplazamiento, tras 15 años de excavaciones.

Actalmente, en Pompeya, en una terraza que se encuentra entre Puerta Marina y la plaza de la Exedra, se alza un edificio moderno que ningún turista ni investigador deja de visitar. Es el Antiquarium, único edificio de esta ciudad (toda ella un gran museo) que desempeña las funciones de museo propiamente dicho. Efectivamente, en cuatro grandes salas y dos salitas se muestra allí una colección de utensilios, esculturas, fragmentos arquitectónicos y objetos sumamente raros e interesantes, que merecen ser conservados con especial cuidado por su valor de documento histórico y humano.

Entre todos los objetos expuestos, los que más llaman la atención de los visitantes son los vaciados en yeso.

Reproducen la forma de los árboles, animales, cuerpos humanos, alimentos, utensilios de madera, etc., sé le ocurrió por primera vez a Giuseppe Fiorelli, el hombre que, en 1860, inició, metódica y diligentemente, las excavaciones. Se fijó en que la ceniza de la erupción volcánica que destruyó a Pompeya, ceniza que con el transcurso de los siglos se había vuelto dura y compacta como la piedra, presentaba extrañas cavidades.

Fiorelli advirtió que éstas correspondían a los espacios ocupados, en el momento de la erupción, por los cuerpos de las víctimas y diversos objetos que, después, se habían ido convirtiendo en polvo.

Luego pensó que colando yeso desleído en las cavidades se podía reproducir fielmente, hasta en sus más pequeños detalles, el aspecto de los cuerpos y cosas sepultados por la erupción.
"Pompeya y Herculano eran dos ciudades romanas ordinarias que tuvieron un final extraordinario"