>. Por otra parte ¿qué no debe esperarse de un oficial capaz de robar a su prisionero?” Sostiene Groussac que esa tierra del fusilamiento de Cruz Alta quedó marcada en esta forma: <
Santiago de Liniers: la venganza inglesa
¿Por qué se asesinó a Liniers? ¿Qué papel jugo el jacobino Mariano Moreno? ¿A quiénes representaba? Este material intenta desentrañar la personalidad y el rol que jugó el "patriota" Moreno. Introducción (por Ignacio B. Anzoátegui) Era francés, pero él no tenía la culpa. De todos modos, no era un "francés libre": tenía muy buenas ideas en la cabeza. Un día los ingleses quisieron apoderarse de Buenos Aires y mandaron, haciéndose los zonzos, una expedición de piratas todos uniformados que desembarcaron tranquilamente cerca de la ciudad. Enseguida que lo supo, el Virrey Sobremonte se fue a Córdoba a buscar sus tropas. Pero los porteños no quisieron esperar a los soldados, porque a lo mejor llegaban tarde, y entonces pidieron a Liniers que fuera su jefe y ellos se armaron como pudieron, unos con espadas y otros con palos y otros con piedras y otros con tenazas de cocina y todos estaban muy contentos porque sabían que a la largo o a la corta terminarían por echar a los invasores, porque ellos tenían razón y los invasores eran unos cochinos herejes. Liniers se puso entonces su traje con charreteras doradas y les dijo: "Si ustedes quieren vencer, deben estar dispuestos a morir. Este asunto no es muy fácil. Los ingleses tienen buenas armas y nosotros tenemos buenos corazones. Vamos a ver cómo se portan los corazones frente a las armas". Y, desenvainando la espada gritó: "¡Ahora, a matar ingleses!". Y los porteños se pusieron a pelear con los ingleses y no pudieron matarlos a todos porque los ingleses corrían como locos. En esa pelea se portó muy bien un muchacho que apenas tendría doce o trece años y que se llamaba Juan Manuel de Rosas. Su padre se lo había enviado a Liniers para que lo ayudara en ese asunto de los piratas. Cuando terminó todo, Liniers se lo devolvió al padre con una carta donde elogiaba mucho su comportamiento. Una vez que los ingleses comprendieron que con los porteños no se podía jugar, se hicieron los zonzos y pidieron la paz como si no hubiera pasado nada. Desgraciadamente los porteños se dejaron engatusar y, en lugar de matar a los que quedaban, se contentaron con quitarles las armas y las banderas y los trataron como a las personas decentes. Entonces ellos empezaron a llenarles la cabeza de ideas raras y a hablarles de la libertad y de los derechos del hombre y de toda clase de pavadas. Encontraron, naturalmente, a algunos abogaditos que les hicieron caso y que se pusieron a su servicio, porque los ingleses siempre han tenido mucha suerte en eso de encontrar abogados que, con todo desinterés, se dedican a defender sus intereses. Un día quiso Dios que el Virreinato se independizara de España y permitió de paso --Dios sabe porqué, nosotros no lo sabemos-- que esos abogaditos subieran al gobierno. Como Liniers era fiel al Rey de España, no quiso saber nada con la independencia de América y entonces los abogaditos se acordaron de que les había hecho pasar un mal rato a los ingleses y lo hicieron matar. Esto no quiere decir que valga la pena tener siquiera un poco de miedo. Para hacer callar a los abogaditos lo mejor es asustarlos con los alemanes y para hacer disparar a los ingleses lo mejor es portarse como hombres, como se portaron los que hicieron disparar del Río de la Plata cuando quisieron hacerse los conquistadores. *Nueva Política, Nº 23, Buenos Aires, Julio de 1942, p. 28. ............................................................................................................................................ SANTIAGO DE LINIERS: LA VENGANZA INGLESA (CON AYUDA ANGLÓFILA) Dentro de la política jacobina del morenismo, merece estudio aparte el fusilamiento de Santiago de Liniers y sus acompañantes regentistas, el 25 de Agosto de 1810, en el Monte de los Papagayos, o de los Loros, cercano a las postas de Cruz Alta y Cabeza de Tigre, en Córdoba. Por supuesto que la singularidad de la cuestión está notoriamente dada por la calidad de Liniers, el personaje político más importante del Río de la Plata, y por haber constituido el suyo el caso inicial que desató la tendencia terrorista de la Junta (copada por el que empezó siendo secretario, pero desde ahí conspiró contra los principios de la Junta de Gobierno y empezó a respondió a los intereses ingleses… Mariano Moreno). Eso es bien sabido. No obstante, con haber señalado lo anterior no se ha dicho lo principal de este asunto, condición que nos ha llevado a considerarlo por separado del resto de las situaciones creadas por el extremismo jacobino. Otra aclaración previa: hemos citado diversos autores que dan cuenta de la antigua aversión de Mariano Moreno hacia el Héroe de la Reconquista, nacida durante las Invasiones Inglesas. Del mismo modo, se ha traído a cuento en numerosas ocasiones la militancia alzaguista de Moreno, que duplicaba aquel otro rencor, puesto que el partido de Álzaga se caracterizó por su oposición obstinada a Liniers. También eso es conocido. Sin embargo, por encima de todas esas consideraciones ciertas, hay otro enfoque del problema que supera los datos anteriores y que lo convierte en una materia especial, que cae en la órbita de la política internacional. En tal sentido, le ha cabido el honor a Federico Ibarguren de haber penetrado por primera vez en la significación recóndita del fusilamiento del Monte de los Papagayos (o de los Loros). En efecto: al tratar del Secretario “terrorista implacable” y del “faccioso frenético al cien por cien”, anotaba Ibarguren la trascendencia de la correspondencia entablada –vía Mackinnon- entre Moreno y Lord Strangford (embajador inglés), a propósito del trágico episodio cordobés. Ya Ibarguren había adelantado la clave de su visión del tema, con una frase donde indicaba que a Moreno: “Se le sabía, por otra parte, enemigo personal del caudillo Liniers –acaso por razones de política internacional-”. Más adelante, Ibarguren volvió sobre la cuestión desarrollando su tesis anterior. A tal efecto, procedió a ordenar cronológicamente el aludido intercambio epistolar; del cual sintéticamente pasamos a dar noticia. En primer término, obraba una carta de la Junta a Lord Strangford, del 28 de Mayo de 1810, dando cuenta de su posición política general. Enseguida se registraba la respuesta del Embajador, en la que rogaba: <>. La alusión a Santiago de Liniers era más que transparente. Porque: ¿quién sino el francés Conde de Buenos Aires había sido sospechado, a raíz de la Misión del Marqués de Sassenay –no por la mayoría de la población de la Capital, pero sí por la de Montevideo, encabezada por Francisco Javier de Elío- de contactos clandestinos con los bonapartistas franceses…? En la Capital habían sido los seguidores del Alcalde de Primer Voto quienes tuvieran por acreditado el supuesto bonapartismo de Liniers. Entre dichos alzaguistas, el frustrado secretario de la Junta del 1º de Enero de 1809. Si Saavedra opinaba que la enemistad de Moreno hacia él había nacido aquel día, ¿cuál no sería su aversión hacia Liniers, jefe de los anti-alzaguistas…? Eso estaba en claro para Moreno, en tanto que ex-miembro de aquel grupo político. Y Strangford, vía Alejandro Mackinnon (representante de los comerciantes ingleses), sabría lo suficiente sobre esa circunstancia, descontando que gracias a ella hallaría buena disposición en su interlocutor. Empero, en las sugerencias insidiosas que el Embajador deslizaba, se iba más allá. Se anotaba que, aunque la población de Buenos Aires no lo viera así, había un sujeto “particularmente” peligroso para las muy “celosas Cortes Aliadas”. ¿Quién podría ser este sujeto señalado por su hostilidad a Gran Bretaña…? No había que buscar demasiado. El Héroe de la Reconquista, el jefe de la resistencia anti-inglesa de 1806 y 1807, era, sin la menor duda, el enemigo más caracterizado del Reino Unido en el Río de la Plata. De ahí que la cuestión superara con mucho los márgenes de la política doméstica y se proyectara a la internacional. Luego, “cumpliendo tan clara entrelíneas, Mariano Moreno redacta frenético… el famoso decreto del 28 de Julio”, por el cual se ordenaba “arcabucear “ (aclaración: el arcabuz es un arma de fuego, antecesora del mosquete) a Liniers donde fuera “pillado”, y con la finalidad de producir un “escarmiento”. La relación entre el crimen del Monte de Papagayos y las insinuaciones del Embajador, según Ibarguren, quedaban en evidencia en la carta del Secretario, del 10 de Agosto de 1810. En esta misiva, Moreno ratificaba al Embajador la necesidad de establecer “nuevos vínculos y nuevas relaciones con la nación inglesa”. Repudiaba la conducta de los opositores a la Junta que “han soplado el fuego de la discordia”; le adjuntaba copia del decreto represivo del 28 de Julio, y, agregaba que la rapidez con que se había resuelto el problema cordobés era prueba de la disposición para: <>. Cuando Moreno ponía estas líneas creía que el coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo ya había fusilado a Liniers. Al anoticiarse de las vacilaciones del Jefe de la Expedición, le escribió a Chiclana lo que sigue: <>. La carga de la ira pasional, connatural al Secretario, había estallado como una dinamita. ¿Por qué…? Ibarguren, al comentar el inmediato envío de Juan José Castelli, como reemplazante de Hipólito Vieytes, en calidad de “Comisario Político” –al modo jacobino francés- , con tajantes instrucciones letales, explicaba que Moreno despachó al representante “ a fin de que cumpla la palabra empeñada (el compromiso) con Inglaterra”. Con fecha 24 de Agosto Strangford remitía su complacencia con “la energía y decisión con que V.E. tan atrevida y heroicamente declara su detestación a la Francia… o por sus agentes”. Confiaba en que los franceses o sus agentes, seguirían siendo contenidos por “la energía de V.E.”, de forma que ese gobierno sería tenido como “el más seguro garante, de que sus maquinaciones serán infructuosas”. Producido el alevoso hecho de sangre, se envió una nueva misiva a Strangford, el 26 de Agosto, en la que se informaba que: <>. Federico Ibarguren glosaba ese documento con estos conceptos: <>. Posteriormente, Strangford, maestro en el arte sutil de tirar la piedra y esconder la mano, se exhibirá alarmado por la ferocidad del Secretario: <>. Era un tirón de orejas; pero por lo que pudieran decir los bienpensantes, no el propio Strangford. Él estaba un tanto alarmado; un poco, solamente; lo necesario nomás, para quedar bien con Dios y con el Diablo. Porque al aludir a Moreno, en la correspondencia con su gobierno, el Embajador le explicará que el Secretario: <>. Una pequeña confusión la de Strangford: no eran sus enemigos, sino sus amigos y él mismo quienes le atribuían el fusilamiento de Liniers. Empero, aunque el Lord hubiera sabido la verdad, creemos que nada hubiera variado su juicio acerca del “hombre extraordinario”, que tan bien sirvió a Inglaterra. Todavía cabe registrar un hecho trágicamente simbólico, en el cumplimiento de aquel objetivo terrorista. Y que no es otro que el siguiente: <>. En efecto, la tropa, comandada por Juan Ramón Balcarce, si bien pertenecía al regimiento de húsares –que es lo que por lo general enuncian los autores- se componía de: “soldados ingleses que habían quedado desde las invasiones: así lo había dispuesto Moreno para que no fueran argentinos los ejecutores de Liniers”. Más allá de las palabras, ahí estaba la zarpa ostensible de Moreno, y la disimulada de Mackinnon y de Strangford. Con sus cincuenta fusileros dejaron impresa la huella digital de la autoría del magnicidio. “Vengadores póstumos de Beresford”. Lo demás, es lo de menos. Por ejemplo, que don Santiago de Liniers era un caballero honorable, era cosa sabida. Entre tantos otros testimonios, creemos destacado el del “chispero” Juan Manuel Berutti. Estos son fragmentos resaltados de su “Memoria”, sobre la materia: <<… un hombre a quien tanto se debía y que fue tan amado… sólo Liniers tuvo tanto valor y espíritu, que hincado de rodillas recibió la muerte. La Junta (mandada por Moreno y los jacobinos) determinó quitarle la vida en este lugar, porque de traerlos a la Capital, hubiera todo el pueblo y tropas pedido por Liniers y habría sido ocasión de una sublevación general, y por obviarla se ejecutó en este paraje. Murió Liniers, murió este grande hombre desdichadamente a los cuatro años catorce días, que entró triunfante en Buenos Aires, pues él reconquistó a esta ciudad el 12 de Agosto de 1806 del poder de los ingleses, y falleció el 26 del mismo mes de 1810 y a los tres año un mes y 21 días, que defendió esta gran capital del ejército británico que la atacó. Era un hombre bien apersonado…muy afable y cariñoso… Sus prendas morales eran ejemplares pues era buen cristiano, muy caritativo, desinteresado, porque cuanto tenía lo daba, en términos que cuando murió no dejó cosa alguna, y apenas con sus rentas tenía como sostenerse. Nunca en su mando hizo daño a persona alguna… Finalmente nada tenía reservado para sí… Últimamente murió; pero no morirá su memoria en los corazones nobles y agradecidos de los buenos patricios de Buenos Aires… estaba lleno de glorias y respetado como un verdadero padre de la Patria… su memoria será eterna en el Río de la Plata>>. La pequeña diferencia de días con el aniversario de los acontecimientos provocados por los británicos en 1806 y 1807, no molestaba al simbolismo recordatorio. Tal como la batalla de Caseros, al librarse el 3 de Febrero, obligó a esperar un poco para que las fuerzas brasileñas pudieran entrar desfilando en Buenos Aires a bandera desplegada, en resarcimiento histórico por la anterior derrota en Ituzaingó (que dicho sea de paso, los imperiales brasileros rebautizaron “Passo do Rosario”, por la humillación recibida). Lo emblemático es labor siempre cuidada por los Imperios, que no olvidan ni perdonan. Por otra parte, los especialistas en el tema han señalado otros aspectos salientes de aquella trágica situación. Paul Groussac, por ejemplo, ha subrayado la conducta violenta e inmoral del oficial aprehensor, José María Urien, joven que estaba “adornado de todos los vicios; y a fe que en esta ocasión no desmintió su buena fama”. En efecto, Liniers “fue atado con tal crueldad, que le reventó la sangre por las yemas de los dedos. Correspondiente a este tratamiento era el que de palabra le hacía Urien, tuteándole y no llamándole sino <
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