InicioApuntes Y MonografiasSantiago de Liniers: la venganza inglesa
¿Por qué se asesinó a Liniers? ¿Qué papel jugo el jacobino Mariano Moreno? ¿A quiénes representaba? Este material intenta desentrañar la personalidad y el rol que jugó el "patriota" Moreno. Introducción (por Ignacio B. Anzoátegui) Era francés, pero él no tenía la culpa. De todos modos, no era un "francés libre": tenía muy buenas ideas en la cabeza. Un día los ingleses quisieron apoderarse de Buenos Aires y mandaron, haciéndose los zonzos, una expedición de piratas todos uniformados que desembarcaron tranquilamente cerca de la ciudad. Enseguida que lo supo, el Virrey Sobremonte se fue a Córdoba a buscar sus tropas. Pero los porteños no quisieron esperar a los soldados, porque a lo mejor llegaban tarde, y entonces pidieron a Liniers que fuera su jefe y ellos se armaron como pudieron, unos con espadas y otros con palos y otros con piedras y otros con tenazas de cocina y todos estaban muy contentos porque sabían que a la largo o a la corta terminarían por echar a los invasores, porque ellos tenían razón y los invasores eran unos cochinos herejes. Liniers se puso entonces su traje con charreteras doradas y les dijo: "Si ustedes quieren vencer, deben estar dispuestos a morir. Este asunto no es muy fácil. Los ingleses tienen buenas armas y nosotros tenemos buenos corazones. Vamos a ver cómo se portan los corazones frente a las armas". Y, desenvainando la espada gritó: "¡Ahora, a matar ingleses!". Y los porteños se pusieron a pelear con los ingleses y no pudieron matarlos a todos porque los ingleses corrían como locos. En esa pelea se portó muy bien un muchacho que apenas tendría doce o trece años y que se llamaba Juan Manuel de Rosas. Su padre se lo había enviado a Liniers para que lo ayudara en ese asunto de los piratas. Cuando terminó todo, Liniers se lo devolvió al padre con una carta donde elogiaba mucho su comportamiento. Una vez que los ingleses comprendieron que con los porteños no se podía jugar, se hicieron los zonzos y pidieron la paz como si no hubiera pasado nada. Desgraciadamente los porteños se dejaron engatusar y, en lugar de matar a los que quedaban, se contentaron con quitarles las armas y las banderas y los trataron como a las personas decentes. Entonces ellos empezaron a llenarles la cabeza de ideas raras y a hablarles de la libertad y de los derechos del hombre y de toda clase de pavadas. Encontraron, naturalmente, a algunos abogaditos que les hicieron caso y que se pusieron a su servicio, porque los ingleses siempre han tenido mucha suerte en eso de encontrar abogados que, con todo desinterés, se dedican a defender sus intereses. Un día quiso Dios que el Virreinato se independizara de España y permitió de paso --Dios sabe porqué, nosotros no lo sabemos-- que esos abogaditos subieran al gobierno. Como Liniers era fiel al Rey de España, no quiso saber nada con la independencia de América y entonces los abogaditos se acordaron de que les había hecho pasar un mal rato a los ingleses y lo hicieron matar. Esto no quiere decir que valga la pena tener siquiera un poco de miedo. Para hacer callar a los abogaditos lo mejor es asustarlos con los alemanes y para hacer disparar a los ingleses lo mejor es portarse como hombres, como se portaron los que hicieron disparar del Río de la Plata cuando quisieron hacerse los conquistadores. *Nueva Política, Nº 23, Buenos Aires, Julio de 1942, p. 28. ............................................................................................................................................ SANTIAGO DE LINIERS: LA VENGANZA INGLESA (CON AYUDA ANGLÓFILA) Dentro de la política jacobina del morenismo, merece estudio aparte el fusilamiento de Santiago de Liniers y sus acompañantes regentistas, el 25 de Agosto de 1810, en el Monte de los Papagayos, o de los Loros, cercano a las postas de Cruz Alta y Cabeza de Tigre, en Córdoba. Por supuesto que la singularidad de la cuestión está notoriamente dada por la calidad de Liniers, el personaje político más importante del Río de la Plata, y por haber constituido el suyo el caso inicial que desató la tendencia terrorista de la Junta (copada por el que empezó siendo secretario, pero desde ahí conspiró contra los principios de la Junta de Gobierno y empezó a respondió a los intereses ingleses… Mariano Moreno). Eso es bien sabido. No obstante, con haber señalado lo anterior no se ha dicho lo principal de este asunto, condición que nos ha llevado a considerarlo por separado del resto de las situaciones creadas por el extremismo jacobino. Otra aclaración previa: hemos citado diversos autores que dan cuenta de la antigua aversión de Mariano Moreno hacia el Héroe de la Reconquista, nacida durante las Invasiones Inglesas. Del mismo modo, se ha traído a cuento en numerosas ocasiones la militancia alzaguista de Moreno, que duplicaba aquel otro rencor, puesto que el partido de Álzaga se caracterizó por su oposición obstinada a Liniers. También eso es conocido. Sin embargo, por encima de todas esas consideraciones ciertas, hay otro enfoque del problema que supera los datos anteriores y que lo convierte en una materia especial, que cae en la órbita de la política internacional. En tal sentido, le ha cabido el honor a Federico Ibarguren de haber penetrado por primera vez en la significación recóndita del fusilamiento del Monte de los Papagayos (o de los Loros). En efecto: al tratar del Secretario “terrorista implacable” y del “faccioso frenético al cien por cien”, anotaba Ibarguren la trascendencia de la correspondencia entablada –vía Mackinnon- entre Moreno y Lord Strangford (embajador inglés), a propósito del trágico episodio cordobés. Ya Ibarguren había adelantado la clave de su visión del tema, con una frase donde indicaba que a Moreno: “Se le sabía, por otra parte, enemigo personal del caudillo Liniers –acaso por razones de política internacional-”. Más adelante, Ibarguren volvió sobre la cuestión desarrollando su tesis anterior. A tal efecto, procedió a ordenar cronológicamente el aludido intercambio epistolar; del cual sintéticamente pasamos a dar noticia. En primer término, obraba una carta de la Junta a Lord Strangford, del 28 de Mayo de 1810, dando cuenta de su posición política general. Enseguida se registraba la respuesta del Embajador, en la que rogaba: <>. La alusión a Santiago de Liniers era más que transparente. Porque: ¿quién sino el francés Conde de Buenos Aires había sido sospechado, a raíz de la Misión del Marqués de Sassenay –no por la mayoría de la población de la Capital, pero sí por la de Montevideo, encabezada por Francisco Javier de Elío- de contactos clandestinos con los bonapartistas franceses…? En la Capital habían sido los seguidores del Alcalde de Primer Voto quienes tuvieran por acreditado el supuesto bonapartismo de Liniers. Entre dichos alzaguistas, el frustrado secretario de la Junta del 1º de Enero de 1809. Si Saavedra opinaba que la enemistad de Moreno hacia él había nacido aquel día, ¿cuál no sería su aversión hacia Liniers, jefe de los anti-alzaguistas…? Eso estaba en claro para Moreno, en tanto que ex-miembro de aquel grupo político. Y Strangford, vía Alejandro Mackinnon (representante de los comerciantes ingleses), sabría lo suficiente sobre esa circunstancia, descontando que gracias a ella hallaría buena disposición en su interlocutor. Empero, en las sugerencias insidiosas que el Embajador deslizaba, se iba más allá. Se anotaba que, aunque la población de Buenos Aires no lo viera así, había un sujeto “particularmente” peligroso para las muy “celosas Cortes Aliadas”. ¿Quién podría ser este sujeto señalado por su hostilidad a Gran Bretaña…? No había que buscar demasiado. El Héroe de la Reconquista, el jefe de la resistencia anti-inglesa de 1806 y 1807, era, sin la menor duda, el enemigo más caracterizado del Reino Unido en el Río de la Plata. De ahí que la cuestión superara con mucho los márgenes de la política doméstica y se proyectara a la internacional. Luego, “cumpliendo tan clara entrelíneas, Mariano Moreno redacta frenético… el famoso decreto del 28 de Julio”, por el cual se ordenaba “arcabucear “ (aclaración: el arcabuz es un arma de fuego, antecesora del mosquete) a Liniers donde fuera “pillado”, y con la finalidad de producir un “escarmiento”. La relación entre el crimen del Monte de Papagayos y las insinuaciones del Embajador, según Ibarguren, quedaban en evidencia en la carta del Secretario, del 10 de Agosto de 1810. En esta misiva, Moreno ratificaba al Embajador la necesidad de establecer “nuevos vínculos y nuevas relaciones con la nación inglesa”. Repudiaba la conducta de los opositores a la Junta que “han soplado el fuego de la discordia”; le adjuntaba copia del decreto represivo del 28 de Julio, y, agregaba que la rapidez con que se había resuelto el problema cordobés era prueba de la disposición para: <>. Cuando Moreno ponía estas líneas creía que el coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo ya había fusilado a Liniers. Al anoticiarse de las vacilaciones del Jefe de la Expedición, le escribió a Chiclana lo que sigue: <>. La carga de la ira pasional, connatural al Secretario, había estallado como una dinamita. ¿Por qué…? Ibarguren, al comentar el inmediato envío de Juan José Castelli, como reemplazante de Hipólito Vieytes, en calidad de “Comisario Político” –al modo jacobino francés- , con tajantes instrucciones letales, explicaba que Moreno despachó al representante “ a fin de que cumpla la palabra empeñada (el compromiso) con Inglaterra”. Con fecha 24 de Agosto Strangford remitía su complacencia con “la energía y decisión con que V.E. tan atrevida y heroicamente declara su detestación a la Francia… o por sus agentes”. Confiaba en que los franceses o sus agentes, seguirían siendo contenidos por “la energía de V.E.”, de forma que ese gobierno sería tenido como “el más seguro garante, de que sus maquinaciones serán infructuosas”. Producido el alevoso hecho de sangre, se envió una nueva misiva a Strangford, el 26 de Agosto, en la que se informaba que: <>. Federico Ibarguren glosaba ese documento con estos conceptos: <>. Posteriormente, Strangford, maestro en el arte sutil de tirar la piedra y esconder la mano, se exhibirá alarmado por la ferocidad del Secretario: <>. Era un tirón de orejas; pero por lo que pudieran decir los bienpensantes, no el propio Strangford. Él estaba un tanto alarmado; un poco, solamente; lo necesario nomás, para quedar bien con Dios y con el Diablo. Porque al aludir a Moreno, en la correspondencia con su gobierno, el Embajador le explicará que el Secretario: <>. Una pequeña confusión la de Strangford: no eran sus enemigos, sino sus amigos y él mismo quienes le atribuían el fusilamiento de Liniers. Empero, aunque el Lord hubiera sabido la verdad, creemos que nada hubiera variado su juicio acerca del “hombre extraordinario”, que tan bien sirvió a Inglaterra. Todavía cabe registrar un hecho trágicamente simbólico, en el cumplimiento de aquel objetivo terrorista. Y que no es otro que el siguiente: <>. En efecto, la tropa, comandada por Juan Ramón Balcarce, si bien pertenecía al regimiento de húsares –que es lo que por lo general enuncian los autores- se componía de: “soldados ingleses que habían quedado desde las invasiones: así lo había dispuesto Moreno para que no fueran argentinos los ejecutores de Liniers”. Más allá de las palabras, ahí estaba la zarpa ostensible de Moreno, y la disimulada de Mackinnon y de Strangford. Con sus cincuenta fusileros dejaron impresa la huella digital de la autoría del magnicidio. “Vengadores póstumos de Beresford”. Lo demás, es lo de menos. Por ejemplo, que don Santiago de Liniers era un caballero honorable, era cosa sabida. Entre tantos otros testimonios, creemos destacado el del “chispero” Juan Manuel Berutti. Estos son fragmentos resaltados de su “Memoria”, sobre la materia: <<… un hombre a quien tanto se debía y que fue tan amado… sólo Liniers tuvo tanto valor y espíritu, que hincado de rodillas recibió la muerte. La Junta (mandada por Moreno y los jacobinos) determinó quitarle la vida en este lugar, porque de traerlos a la Capital, hubiera todo el pueblo y tropas pedido por Liniers y habría sido ocasión de una sublevación general, y por obviarla se ejecutó en este paraje. Murió Liniers, murió este grande hombre desdichadamente a los cuatro años catorce días, que entró triunfante en Buenos Aires, pues él reconquistó a esta ciudad el 12 de Agosto de 1806 del poder de los ingleses, y falleció el 26 del mismo mes de 1810 y a los tres año un mes y 21 días, que defendió esta gran capital del ejército británico que la atacó. Era un hombre bien apersonado…muy afable y cariñoso… Sus prendas morales eran ejemplares pues era buen cristiano, muy caritativo, desinteresado, porque cuanto tenía lo daba, en términos que cuando murió no dejó cosa alguna, y apenas con sus rentas tenía como sostenerse. Nunca en su mando hizo daño a persona alguna… Finalmente nada tenía reservado para sí… Últimamente murió; pero no morirá su memoria en los corazones nobles y agradecidos de los buenos patricios de Buenos Aires… estaba lleno de glorias y respetado como un verdadero padre de la Patria… su memoria será eterna en el Río de la Plata>>. La pequeña diferencia de días con el aniversario de los acontecimientos provocados por los británicos en 1806 y 1807, no molestaba al simbolismo recordatorio. Tal como la batalla de Caseros, al librarse el 3 de Febrero, obligó a esperar un poco para que las fuerzas brasileñas pudieran entrar desfilando en Buenos Aires a bandera desplegada, en resarcimiento histórico por la anterior derrota en Ituzaingó (que dicho sea de paso, los imperiales brasileros rebautizaron “Passo do Rosario”, por la humillación recibida). Lo emblemático es labor siempre cuidada por los Imperios, que no olvidan ni perdonan. Por otra parte, los especialistas en el tema han señalado otros aspectos salientes de aquella trágica situación. Paul Groussac, por ejemplo, ha subrayado la conducta violenta e inmoral del oficial aprehensor, José María Urien, joven que estaba “adornado de todos los vicios; y a fe que en esta ocasión no desmintió su buena fama”. En efecto, Liniers “fue atado con tal crueldad, que le reventó la sangre por las yemas de los dedos. Correspondiente a este tratamiento era el que de palabra le hacía Urien, tuteándole y no llamándole sino <>. Por otra parte ¿qué no debe esperarse de un oficial capaz de robar a su prisionero?” Sostiene Groussac que esa tierra del fusilamiento de Cruz Alta quedó marcada en esta forma: <>. Apuntemos de paso, que el citado Urien –se discute si fue él o Domingo French quien se encargó de dar el pistoletazo final a Liniers-, por sus reiterados desmanes terminó siento fusilado en el Alto Perú. Una bella persona. Por su parte, David Peña, pone en boca de Liniers estos juicios sobre sus sentenciadores: <>. Castelli Exequiel César Ortega afirma que los principales responsables de esta acción fueron Castelli y Moreno, acerca de los cuales expresa: <>. Insiste Ortega en subrayar que, al momento de la ejecución, “si el peligro para el nuevo gobierno existió alguna vez, ya había pasado”, por lo cual resulta obvio que sólo se buscaba el “escarmiento” y el “ejemplar castigo”. Es decir, que era hora de clemencias con el vencido y no de inexorables designios exterminadores. Esto, según las tradiciones de caballerosidad hispánica, que se reflejaran en el cuadro clásico de “La rendición de Breda”. No sólo no se procedió así, sino que quien mantuvo esta actitud humanizadora recibió un castigo por ella. Aludimos, claro, al caso del Coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo. Al antiguo jefe de los Arribeños, lo movían los pedidos de la población cordobesa y sus propios escrúpulos de conciencia. Entonces, se dirigió a la Junta el 10 de Agosto de 1810, solicitando el perdón de los condenados, y agregando otra razón, de orden político; esto es que: <>. En lugar del afecto de las poblaciones, Moreno creía que bastaba con infundirles el temor (a la jacobina), ese gran temor llamado Terror. Por eso, le respondió a Ortiz de Ocampo, el 18 de Agosto, poniendo como primeras virtudes de un militar la de la obediencia ciega, unida al secreto de las medidas, y ordenando la puntual “ejecución de cuanto ella ordena”. En realidad, la Junta lo nombró a Castelli, con Nicolás Rodríguez Peña como secretario, para el efectivo cumplimiento de las penas dispuestas, y, de paso, para el traslado del mando militar un civil, bien que Balcarce sería el sustituto técnico de Ortiz de Ocampo. Este último, cayó en desgracia. Fue “declarado inepto, incapaz de llenar su misión… sobre él llovieron denuncias y vituperios”. En realidad, Ortiz de Ocampo la sacó barata. Porque en la reunión de la Junta, donde se consideró el punto, y con referencia a la “Junta de Comisión”, que integraban Ortiz de Ocampo, Hipólito Vieytes y su secretario Vicente López y Planes, expresó Moreno lo siguiente: <>. Es que tratándose un “peligro para la Patria” (¿inglesa?), Moreno no se andaba con chiquitas. Quien no le obedecía sin chistar se convertía automáticamente en candidato al “arcabuceo”. En este punto introducimos una breve digestión para aclarar unos sucesos que erróneamente suelen invocarse con vistas a justificar la punición cordobesa. Aludimos a los acontecimientos del Alto Perú del año 1809. Strangford De esta manera casi unánime los historiadores clásicos han invocado el precedente sangriento de las represiones de Chiquisaca y La Paz, a fin de sostener la hipótesis de que en caso de triunfar los regentistas de Córdoba, los autonomistas porteños hubieran corrido igual suerte que los altoperuanos de 1809; es decir, que hubieran sido ajusticiados. Ya hemos dicho que no es correcto oponer hechos realmente acontecidos a hipótesis “futuribles”. Pero hay algo más que enunciar acerca de aquella eventual correlación. Los sucesos de Chiquisaca y La Paz –particularmente los primeros- no habían sido bien estudiados, en el plano castrense. Gracias a las investigaciones del Cnl. Emilio Bidondo ahora podemos saber las exactas repercusiones del alzamiento de Charcas, en ese terreno. Además, José María Rosa ya había adelantado una excelente pintura del ambiente político del altiplano. En forma resumida las pasamos a exponer. En Charcas-Chiquisaca (la ciudad de triple nombre) se cruzaron los conflictos. Por un lado actuaba el Obispo Benito María de Moxo y Francolí, instigado por José Manuel de Goyeneche, asociado al Presidente de la Real Audiencia de Charcas, don Ramón García de León y Pizarro. Por el otro claustro de la Universidad de San Francisco Javier, con la adjunta Real Academia Carolina, los canónigos del Cabildo Eclesiástico y los demás oidores de la Real Audiencia. Controversia generada por un escribo que sostenía las pretensiones de la Princesa Carlota Joaquina de asumir la regencia de la Corona Española; manejos en los que había andado mezclado el cambiante Goyeneche. R.G. de L. y Pizarro Los anti-carlotistas –“canónigos, oidores y estudiantes”- promovieron el 25 de Mayo de 1809 un alboroto en los claustros que se extendió en las calles. Pizarro respondió con una orden de arresto para los Oidores, que se hizo efectiva en la persona del doctor Jaime Zudáñez. Los alzados, también apoyados por el Cabildo Civil, organizaron milicias que fueron puestas a las órdenes del Teniente Coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales. En presencia del gobernador intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, se había alcanzado un acuerdo entre las partes. Sin embargo, los subordinados no prestaron acatamiento y Pizarro ordenó abrir fuego sobre sus adversarios. Hubo víctimas, y Pizarro tuvo que dimitir. En tales circunstancias, operó el Gobernador de Potosí. Francisco de Paula Dice al respecto el Coronel Bidondo: <>. Fuera de la matanza de indígenas leales efectuada por los alzados de Padilla, no hubo en Charcas otras muertes. Las penas más graves impuestas por los comisionados de Cisneros, Sanz y Nieto, fueron de confinamiento. En cambio, la represión dirigida por Juan Manuel de Goyeneche, por orden del Virrey del Perú, José Fernando de Abascal, en la ciudad de La Paz, fue en extremo rigurosa. En esa localidad –donde “los indios y mestizos formaban la mayoría de sus habitantes”-, a partir del 16 de Julio de 1809, se había producido un levantamiento encabezado por los Cabildo civil y eclesiástico contra el Gobernador Intendente y el Obispo Remigio de la Santa. A raíz de estos hechos, Juan Pedro Indaburu asumió como Gobernador Intendente Revolucionario y el Coronel Pedro Domingo Murillo como comandante de la Plaza, supervisados por una Junta Gobernadora (ejecutiva) y otra Tuitiva (legislativa). Goyeneche llegó, vio, triunfó y aplicó “un veloz escarmiento”. Emilio Bidondo juzga que las diferencias en las represiones de ambas ciudades obedecieron a los diversos objetivos de las dos revueltas. La de Charcas limitada a una cuestión jurisdiccional, sin ataques a las autoridades españolas. La de La Paz, tumultuaria e imprevisible. A lo que añade que: <>. Esto es, que la revolución paceña estuvo teñida del problema étnico, perdurable en el Alto Perú desde la época del alzamiento de Túpac Amaru. Ahí sí había un “precedente” de dura represión; pero de orden racial. Empero, ésa no había sido la línea general de la conducta militar del “cisnerismo”. Ni Sanz, Córdova y Nieto se habían caracterizado por una tendencia represiva implacable. José María Rosa alude a “los tumultuarios de Charcas y revolucionarios de La Paz”. “La de Charcas fue una conmoción interna que no fue más allá de la deposición del Presidente y el Arzobispo”. En cambio, en La Paz, Goyeneche, con tropas peruanas, actúa “sin misericordia”, condenando a muerte a nueve personas. Acá la culpa de Cisneros fue indirecta, porque aprobó los procedimientos de Goyeneche. Por otro lado, buscando antecedentes más lejanos, se suele mentar el caso de la creación de una Junta Revolucionaria en la ciudad de Quito, presidida por el marqués de Selva Alegre, el 9 de Agosto de 1809. Pues, resulta que ese “precedente” tampoco sirve a los alegatos morenistas. En efecto, el 28 de Agosto la revolución quiteña fue vencida, reasumiendo las anteriores autoridades, pero: <>. Si eso había sido así, ¿de dónde sacaban los morenistas, de la elite criolla porteña, que los regentistas, en el caso de triunfar en su resistencia a la Junta Provisional, los iban a ajusticiar como a los indios o mestizos paceños…? Con ese interrogante cerramos esta digresión, y volvemos al punto de la condena de Liniers. Con lo narrado no todo está dicho. Veamos, primero, la explicación del suceso por un destacado biógrafo de Moreno. Acerca de Liniers, escribió Julio Delfín Martíno: “Algunos sedicentes historiógrafos y los panegiristas exaltados, dirán o insinuarán que Moreno, su enemigo, fue el verdugo. Calumnia. Moreno ha sido el mentor de su gloria póstuma. El fuego de los arcabuces de Mayo purificó a Liniers de su tremendo desvarío”. No está mal. Una acepción de purificar es la de “acrisolar Dios las almas con aflicciones”. En ese orden salvífico, la purga fue completa. Por cierto que con Moreno, no como verdugo, sino como Dios. Y un consejo al lector: si en sus proximidades deambula un morenista del tipo de Martino, tenga cuidado porque en cualquier momento lo pueden “purificar”, matándolo antes que incurra en desvaríos. Crimen precautorio. Un asunto más serio. Manifiesta Exequiel César Ortega que lo más grave de este funesto acontecimiento se produjo después de los fusilamientos, cuando en “La Gaceta” Moreno escribió contra Liniers, presentándolo como “un cobarde tramoyista, un loco ingrato”. Cerrando ese artículo periodístico con estas palabras: <>. Añadiendo el 11 de Octubre de 1810, en la primera plana del citado periódico: <>. ¿¿¿QUIÉN ES EL QUE DIVAGA??? Se había creído que esos insultos, arrojados contra una tumba, eran nada más que desahogos de un impotente, pataleos de un neurótico cobarde. Pero, si se leen con cuidado dichas frases, se verá que el rencor que destilan debió corresponder a una causa que excediera con mucho al complot cordobés. Infamia y execración eterna: ¿por qué…? ¿a quién había vejado Liniers, a quién había matado, o torturado, a quién había perseguido o privado de sus bienes…? Empero, lo que hasta ahí era inexplicable, cobra todo su sentido cuando se relee la correspondencia Moreno-Strangford, que publicara Federico Ibarguren. Entonces sí se entiende –no se justifica- la tremenda y póstuma aversión. Porque Santiago de Liniers había encabezado la Reconquista que humillara los batallones británicos. ¡He aquí un crimen de lesa humanidad…! ¡Imprescriptible, como todo lo que viola los Derechos Humanos de los anglosajones! Por sobre el odio del alzaguista resentido, más allá del ideal jacobino guillotinador, por encima del afán paranoico perseguidor, prima aquí la obediencia debida al Imperio Inglés. Y a fuer de sinceros, debemos reconocer que en este punto Moreno cumplió como bueno con la palabra empeñada ante las autoridades británicas. FUENTES: 1) MAYO REVISADO TOMO III, Dr. Enrique Díaz Araujo 2) EL CABILDO DE MAYO, Horacio Marfany, 1961 3) ASÍ FUE MAYO y LAS ETAPAS DE MAYO Y EL VERDADERO MORENO, de Federico Ibarguren 4) LINIERS. UNA VIDA FRENTE A LA GLORIA Y A LA ADVERSIDAD, de Exequiel Ortega 5) LORD STRANGFORD Y LA REVOLUCION DE MAYO, Enrique R. Guiñazú ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- SI TE GUSTÓ, RECOMENDALO LOS INVITO A PASAR POR MIS POSTS ANTERIORES, GRACIAS A TODOS POR PASAR POR ESTE! http://www.taringa.net/alientina/posts
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