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Un cuento ateo, la realidad.



Les traigo un cuento que encontré por la red, es cortito, espero lo disfruten.



Un cuento ateo: La madre con sus dos hijos.



Una tarde una madre caminaba con sus dos hijos por la avenida principal de la ciudad. Su hija Elena de 8 años y su hijito Joaquín de 5.


Entre la habitual caminata un feo siniestro se ocasiona entre dos automóviles. En uno de ellos viajaba una familia común y corriente, el otro, era el de un traficante de drogas que buscaba ocultarse a toda velocidad de la policía local.


El gentío se reunió en el lugar del siniestro a espiar. La ambulancia y el equipo medico ya estaban a la espera de las victimas, que los cadetes de bombero trataban de extraer de entre las redes formadas de caños y metales casi en llamas y totalmente ensangrentados. La madre con sus niños también se detuvieron en el lugar de lo sucedido a observar y lamentar.
Todas las victimas resultaron ser cadáveres. Entre las victimas había niños, de la edad de Joaquín y Elena. No hubo sobreviviente alguno.


Entre la gente que espiaba el accidente, algunos lloraban, otros observaban con miradas fatalmente incrédulas pero crédulas de todos modos, otros eran totalmente indiferentes al caso y , los del personal del servicio ya prácticamente no poseían almas, la muerte era un acto mas.
La madre decidió partir a casa, no quería que sus hijos siguiesen contemplando aquel horroroso momento. Cuando llegaron a casa, ella preparo una sopa para la cena y ordeno a sus hijos que se ducharan antes de comer. Una ves en la mesa, decidió no prender la tv, pues los noticieros estarían apestados de aquel atroz suceso y quería evadirse por un momento de tener que explicarles a sus hijos lo sucedido hoy, aunque tarde o temprano tendría que hacerlo. Ella temia a la muerte.


Fueron a dormir, pero Joaquín no pudo hacerlo solo y se traslado a la habitación de su madre intrigado por lo acometido y pregunto que les había sucedidos a los niños del accidente. Ella respondió que habían muerto. El niño pregunto enseguida sobre la muerte. Ella dijo que solo es el comienzo de una nueva vida, más bien, de la verdadera vida y que morir no es nada malo por que una vez muerto ingresamos a otra dimensión en donde todo es bello y no hay más muertes.
El niño dibujo una tenue sonrisa en su rostro y agachando su rostro, volvió a su cuarto ya decidido a dormirse de una buena ves.

A la mañana siguiente cuando la familia tomaba su desayuno en la cocina, Elena comento a su madre sobre una pesadilla que había tenido por la noche. Consistía en que salían a pasear por la ciudad normalmente como lo hacían todas las tardes y, una moto gigante los atropellaba a su madre y a su hermano dejándolos sin vida. La madre consoló a su hija otra ves con los mismos parafraseo de la existencia de una vida mas allá de la muerte en la que todo era bello y no existían mas muertes. Parafraseo del cual ni ella estaba totalmente conforme pero que creía el mas adecuado debido a la corta edad de sus niños. Elena no consintió con su madre en su cara se reflejaba enojo por la escasa sinceridad de su madre, se daba cuenta cuando mama mentia u ocultaba algo.
A la tarde, después de un armonioso almuerzo, los tres partieron rumbo al centro de la ciudad el como era habitual. Entre esas malas pasadas un ladrón robo la cartera de la desprevenida madre y huyo a lo largo de la avenida. Ella tenia en su cartera la plata de sus únicos ingresos con la cual debía mantener a sus niños por el resto del mes, por eso salió sin vacilar, tras el ladrón.


Cuando intento cruzar la avenida principal, la misma de la accidente de el día anterior, un camión, sin el mas mínimo de tiempo para advertir a la joven madre, atropello a la mujer expulsándola a metros sobre el asfalto y provocándole finalmente la muerte en el acto.


Otra vez, la misma muchedumbre, el mismo escándalo con los servicios pertinentes y la atmósfera ambivalente de todo accidente que resulta ser mortal.


Elena desmayo instantáneamente de un shock cerebral y fue atendida inmediatamente por los paramédicos. Pero Joaquín, que tenían otra concepción de la muerte que su madre le había inculcado, no tuvo problemas. El estaba convencido de que su madre aun estaba con vida, Joaquín siguió son su sonrisa en el rostro que tanto le caracterizaba y pensó convencido, la misma suerte para su hermana y para el.

Moraleja: “la vida es una sola y se vive mas intensamente si se acepta la finitud y se afronta la existencia con la
muerte en nuestros ojos”


Verdad

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