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Subí el cerro San Bernado y te lo muestro...

Turismo6/22/2011
Habíamos planeado todo desde hace unos días, con idas y venidas vía mail. El equipo lo formamos varios: Tomas, Javier, Fernando, Norberto, Nicolás y yo.

Salimos todos el sábado luego del mediodía desde Mendoza, con un viaje de 70 km aproximadamente hasta el centro de esquí Vallecitos, punto de partida para el trekking inicial a Las Veguitas, y de ahí a la cima del San Bernardo.



Al llegar armamos mochilas y repartimos comida entre las mochilas presentes. Teníamos todo listo, aseguramos los autos con alarma y piedras en contra de la corriente y largamos la caminata de unos 30 minutos hasta Las Veguitas, pasando por una tranquera para cruzar el río y de ahí tomar el sendero que nos lleva directo.

El clima no nos acompañaba mucho. En el camino de ida en auto llovió un poco y pensamos que íbamos a tener que abortar la salida. Sin embargo seguimos.

La caminata la hicimos tranquilos, con Fernando a la cabeza, el más experimentado del grupo. Los GPS ya estaban registrando nuestros pasos y la moral estaba alta. Por suerte el sendero está bien marcado y bordeando el río llegamos hasta una pequeña planicie que es Las Veguitas, a unos 3200 metros de altura.

Pese a que se puede hacer todo el cerro en un día, es recomendable para los menos experimentados (como nosotros) hacer noche para aclimatar. Así que buscamos un buen lugar para armar carpas y empezamos con el despliegue. La temperatura estaba descendiendo rápidamente y siendo casi las 8 de la tarde, se estaba poniendo fresco.



La noche transcurrió tranquila, con unos ravioles con salsa realmente deliciosos que nos lleno el estómago y siendo las 10 y con unos -2 C de temperatura, decidí ir a acostarme mientras los demás tonteaban con la cámara de foto y la sobre apertura del objetivo.

A las seis y media de la mañana aproximadamente nos levantamos para desayunar y salir no más tarde de las ocho hacia el cerro. Estaba realmente fresco, pero sabíamos que no teníamos que llevar tanto abrigo ya que una vez que empieza la marcha el calor aparece de repente. Terminamos de desayunar, y armamos las mochilas para el ascenso.

Un poco de fruta, mucha agua, almendras, pasas, barras de cereal, caramelos y unos emparedados de jamón y queso era todo lo que teníamos para comer. Lo repartimos entre varios y largamos. Fernando recomendó tomarnos un par de aspirinas para favoreces la oxigenación y ya estábamos en marcha.

El Cerro San Bernardo estaba justo a nuestra derecha, pero antes teníamos que cruzar el pequeño río. Hacer esto implicaba bajar un par de metros hasta el lecho y después volver a subir, tomando por fin la base del cerro para empezar a trepar.

http://siguiendohuellas.com.ar/pictures/ascenso_san_bernado/image003.png

El camino era bastante pedregoso y con nieve, al punto tal que convenía directamente caminar por los tramos de nieve, pero haciendo el andar más pesado y lento, ya que había que chequear que no nos hundiéramos a cada paso. Los que lideraban el ascenso se encargaban de esto, generalmente Tomás o Fernando.

El primer tramo no presentó mucha dificultad, tal vez por el entusiasmo, pero sí había que tener cuidado con las zonas de piedras que estaban medias flojas. A medida que subiamos, la pendiente se iba empinando cada vez más, obligandonos a recorrer en zigzag la mayoría del tiempo.

También el clima era desfavorable. La inestabilidad era muy marcada. Por momentos salía el sol y nos daba mucho calor, por momentos nublado con mucho frío y viento que te congelaba la cara.



Llegando a la barrera de los 3800 msnm, las nubes nos alcanzaron y prácticamente no veíamos más de 4 o 5 metros para adelante. Había que seguir “la mochila” delante tuyo. Esto al principio me asustó un poco, pero al cabo de un tiempo debo reconocer que le dio otro sabor a la aventura.

La mañana transcurría de a un paso a la vez. Yo no estaba cansado, pero la altura se hacía notar y cada paso en la nieve se volvía más y más pesado, sobre todo en un par de zonas donde literalmente teníamos la nieve hasta la cintura. Esto dificultaba mucho la marcha, y aunque trataba de seguir las huellas de mis compañeros, igual terminaba hundiéndome y haciendo mucho esfuerzo por continuar.

Los descansos eran constantes, cada unos 35 o 40 minutos parábamos para recuperar, y a veces de forma individual nos tomábamos un descanso de un par de minutos y de paso admirar la increíble vista.



Los últimos tramos del cerro fueron los peores. La pendiente realmente era empinada y los metros finales implicaban escalar entre rocas rodeadas por un lado de nieve muy blanda y por otro un precipicio que daba vértigo ver para abajo. En esta parte del ascenso realmente tuve miedo. Tenía las zapatillas mojadas, estaba cansado y con pocos reflejos y las piedras estaban poco firmes. Todo esto sumaba que mis compañeros ya estaban en la cima hacía como 10 minutos y no me escuchaban cuando les preguntaba por donde habían subido.

No me quedó otra que armarme de coraje y subir lentamente. Fue un momento tenso, pero finalmente lo logré. Los chicos me felicitaron y Fernando filmó mi llegada gloriosa.

La vista en la cumbre era suprema. Rodeados de cerros que pronto subiríamos y las nubes por debajo que acolchonaban la vista. Descansé un rato y compartimos la experiencia de cumbre con los muchachos, mientras nos disponíamos a sacarnos las medias mojadas y compartir la comida en la cima. Nos llevó unas 5 horas y media alcanzar la cumbre.



Javier aprovechó para dormir un rato y todos nos sacamos las fotos obligatorias. Bien abajo se veía otro grupo de personas que también subían.

Eran las 2 de la tarde aproximadamente y era hora de volver. Tomás escribió nuestra hazaña y la dejó en la cruz como testimonio del ascenso. Fernando mientras tanto investigaba una variante para el descenso y decidió bajar por otro lado, un poco más suave.

Armamos todo y salimos para allá, sabiendo que la bajada era peligrosa y demoledora de rodillas y tobillos. Encontramos en el camino algunas personas que no se animaron a la cima y estaban descansando y paso a paso, pero esta vez más acelerados, bajábamos anhelando un café caliente y llegar a casa a ducharnos.Hubieron muchos resbalones y caídas. Había que bajar con cuidado… En una de ellas me resbalé, enganché mi pierna entre unas rocas y me sostuve con los bastones para no caerme, lo que provocó que uno de ellos se doblara bastante.

A esa altura ya me dolía todo, y los chicos me esperaban más abajo, mientras yo bajaba despacio y entre caídas de roca muy feas como para experimentarlas. Al alcanzarlos me ofrecieron liderar así no me atrasaba y bajamos el último tramo antes del río. A esta altura de la caminata la pendiente bajaba cada vez más y era más cómodo caminar. Los últimos tramos estaban cubiertos de nieve, y decidimos bajarlos de “culopatín”. Debo reconocer que estaba medio reacio a la idea, pero al verlos desaparecer a todos entre las densas nubes, simplemente me tiré como ellos y ahorramos mucho tiempo de bajada. Fue muy divertido y alcanzamos velocidades muy rápidas!



Al final del tobogán de nieve estaba el río que cruzamos 8 horas antes, y unos pasos más allá estaban las carpas, cubiertas de nubes densas y lluvia tenue que empapaba todo el equipo lentamente. Habíamos tardado unas 3 horas y media en bajar, haciendo un total de 8 horas 45 minutos de expedición.

Yo estaba totalmente mojado y con las botas de trek empapadas. Así que armé rápidamente la carpa con Javier, armé la mochila desastrosamente y emprendí el regreso hasta el auto, por el sendero que caminamos ayer a la tarde. Javier vino conmigo y los demás llegarían después.

Finalmente llegamos al auto, armamos las cosas, saldamos los gastos que tuvimos y estábamos listos para partir. Fernando me acompaño en el auto y Coca Cola fresca y galletas mediante, volvimos a casa pensando cual sería el próximo cerro…
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