LA RUTA DEL LÁPIZ
Conrad Gesner (1516-1565) fue un médico diplomado y naturalista, teólogo y lingüista por curiosidad que recopiló en una monumental enciclopedia todo el saber que se poseía sobre el mundo animal a mediados del siglo XVI. En un tratado sobre los fósiles, Gesner describe un objeto formado por madera y una especie de mina. Mucho antes que esta mención, un manuscrito de un tal Theophilus perteneciente a la Grecia Antigua parece haber sido escrito con un lápiz. Intrigante, pero difícil.
La historia cuenta que en una tarde del año 1564, una terrible tempestad derribó un gigantesco árbol cerca del poblado de Borrowdale, en Cumberland, Inglaterra. Horas después, cuando todos empezaron a curiosear por la zona, los pastores descubrieron que en el agujero donde habían estado las raíces del árbol se veía una masa negruzca de aspecto mineral. Ellos no podían saber que se trataba de una veta de Plombagina o “Plomo Negro” –posiblemente el grafito más puro que se haya encontrado así alguna vez-, pero tampoco les importó. Los pastores extraían pedazos del material y lo utilizaban para marcar a las ovejas, pero nunca faltan los tipos con visión de negocio. Otros habitantes de Borrowdale también retiraron su cuota de plombagina y la cortaron en pequeños trozos en forma de varita, vendiéndola en Londres bajo el ingenioso nombre de “Piedras de Marcar”. No fue un mal negocio al principio, pero surgieron dos inconvenientes: eran demasiado frágiles y manchaban todo a su paso.
Y otra vez el ingenio: a alguien se le ocurrió envolver completamente la vara con un cordel. De este modo, a medida que se iba utilizando y gastando la plombagina, uno quitaba poco a poco la cuerda y listo. Limpio y fácil.
Podríamos decir que este artilugio fue el abuelo del lápiz, pero a pesar de que se introdujeron en Francia en la corte de Luis XIII, estaban lejos de ser populares. A partir de la mitad del Siglo XVII, las minas inglesas de grafito eran explotadas por la corona y servían para la fundición de cañones, de modo que su producción estaba muy controlada y reglamentada: cualquier obrero que intentara extraer un fragmento de grafito para uso propio era castigado con pena de muerte.
En 1792 se cortaron las relaciones entre Francia e Inglaterra y por ende también se terminaron las exportaciones del producto. Esto hizo que el ingeniero francés Jacques-Nicolás Conté –por orden directa de napoleón Bonaparte- ideara varillas de grafito y arcilla, rodeadas de madera de cedro. En 1795 produjo por primera vez lápices hechos de grafito, previamente molido con ciertos tipos de arcilla, prensando barras y luego horneándolas en recipientes de cerámica. Pero años atrás, en 1750, el alemán Kaspar Faber había mezclado el grafito con polvo de azufre, antimonio y resinas, logrando una masa espesa y viscosa que, convertida en varita, se conservaba mas firme que el grafito puro. ¿Entonces el padre del lápiz es Faber? Dicen las malas lenguas que el verdadero inventor fue Josef Hardtmuth, nacido en Austria el 20 de febrero de 1752. Parece ser que este albañil, cansado de la baja calidad de los útiles de escritura con los que se contaba en esa época, mezcló polvo de grafito con arcilla y después de formar minas y cocerlas, las sumergió en un baño de cera. Agregando o quitando arcilla, fue calculando distintos grados de dureza a sus lápices y en 1792 fundó su propia empresa en Viena que aun sigue en pie: ¡Koh –I- Noor! Así que la pelea está entre Faber, Conté y Koh-I-Noor… Cada uno reclama la gloria para si mismo.
Para 1812, ya era tiempo que un norteamericano se hiciese presente. El ebanista e inventor William Monroe, de Concord, Massachussetts, tuvo la idea de fabricar una máquina que producía tablitas semicilíndricas de madera de unos 17 centímetros de longitud. A lo largo de cada tablilla, al aparato producía estrías justo en la mitad del grosor del delgado semicilindro moldeado. Después, con mucho cuidado y paciencia (recuerden que era ebanista), Monroe unía con pegamento las dos secciones de madera, muy estrechamente en torno al grafito. Este fue el nacimiento del lápiz tal y como lo conocemos en la actualidad.
En el “Museo del Lápiz” en Alemania, se conserva una carta del pintor Vincent Van Gogh a su amigo Van Rappard, donde elogia los lápices que "dan un excelente negro" y dice que ha" dibujado con ellos a una costurera y obtenido el mismo efecto que con la tiza litográfica". Grandes artistas como Gustave Doré, Peter von Cornelius, Jean Dominique Ingres y Wilhelm von Kaubach también llenaron de elogios a los lápices en sus correspondencias. Las vitrinas de este museo exponen coloridos estuches de lata que contienen los curiosos "Ring pencils" para Inglaterra y las colonias, los "Caravan Pencils" para Arabia, los "Floral pencils" para Japón y los "Aristocratic pencils" para China. Distintos modelos para el mismo producto básico.
El portaminas fue patentado en 1877, pero no nos interesa. El contacto de la madera, el ruido del sacapuntas, las virutas semejantes a pequeños fractales, la bronca por la punta quebradiza, el lento desaparecer de las letras impresas hasta quedarnos sólo con una ramita de dos centímetros imposible de seguir usando por más cariño que le pongamos… Todas esas cosas no se encuentran ni se encontrarán nunca en un portaminas. Además, ¿dónde sino en un lápiz podemos mordisquear y saborear esas inservibles pero simpáticas gomitas de borrar?
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