Buenas gente! este es mi primer post, en el cual quiero mostrarles un cuento que escribí un día que estaba medio bajonazo, espero que les guste!
Comenzaba, huía, pensaba. Una calle anochecida, un árbol, dos, tres, muchos. Sombras que resguardaban a ese alguien de ese algo. Un viento le enfrió la espalda, esa loca carrera parecía no tener fin. ¿Habría luna? ¿Qué es la luna? – se preguntó- un hilo finito de luz entre el follaje parecía responder. Tímido por naturaleza, su cerebro experimento la falsa ilusión del ahogo, cuerdas lo sujetaban del cuello, cadenas atadas a los pies hacían fuerza hacia atrás, voces a lo lejos le decían que siga, y pensó: “¿esta gente no entiende el vacío de lo inalcanzable?”. Decidió sentarse, frenar esa carrera atolondrada hacia un destino incierto, el cansancio del alma lo inundaba hasta el último rincón de su cuerpo, esas sogas parecían virtuales, lejanas a una realidad difusa en lo contemporáneo del pensamiento, pero no, las estaba viendo, por lo tanto “existían”. Las voces se aclararon con la frenada. – “Es por allá”, “fíjate por ahí”, “esta es tu luna” – esas palabras lo aturdían, - “vení, yo te acompaño hasta el final…” – se durmió. Un color, dos colores, tres colores. Negros y blancos, grises también, combinados por la luz formaron una idea vaga en su cabeza, algo que algunos llaman “sueños”. Soñó con un final, borroso, pero feliz. Quiso alcanzarlo pero no pudo. Trato de nuevo, otra vez fallo. “la tercera es la vencida se dijo”… y se acordó… en esa otra esfera a la cual se le dice “realidad” una voz pequeña le había susurrado tiernamente: “vení, yo te acompaño hasta el final…” – “¿Qué es esto? ¿Qué significa?” – Le pregunto a alguien con forma de paz que vagaba por su sueño - ¿Conoces el calor de un abrazo? – preguntó la paz. Se despertó. Ahora eran dos los hilitos de luna que pasaban por las ramas. Vio un poquito más allá. Decidió seguir. Las cuerdas y las cadenas seguían ahí, el las veía, el mundo no. Las palabras del sueño se repetían en su cabeza, parecían firmes a no querer entenderse, “un abrazo…”. Tres hilitos de luz. Se acordó de su niñez, un abrazo había sido el de su mamá cuando lo tuvo en la panza, otro fue cuando le tuvo miedo al mundo, un tercero aquella vez que…. Cuatro hilitos de luna. Ahora el camino se hacía cada vez más visible, los charcos en el cordón se veían claros, tan claros como el sonido de esa voz: “¿conoces el calor de un abrazo?”, lo abrazó, pero sus brazos se chocaron entre si erráticamente. Lo abrazo de nuevo, algo había, pero no sabía que. Una tercera vez lo intento, y lo sintió. La inmensidad, el calor, lo intrasmisible de esa sensación superaba lo real, la confianza en lo invisible perpetraba un momento creado hace rato. Una mueca de tranquilidad se dibujó en su rostro, los ya ahora miles de rayitos de luna dejaban ver un entorno extraordinario, algo que la tentación a enceguecerse no le había dejado disfrutar. Miro para atrás buscando ese pasado de sogas y cadenas, lo vio lejano, casi como si no hubieran existido, en el rincón más infinito de su alma sabía que habían estado. Se olvidó. Un árbol, dos, tres, muchos, pero que ahora acompañaban un camino viejo, antiguo, planeado, por vivir, claro, lleno de luz…. Una vez, dos, tres, muchas, infinitas, ese abrazo, me salvó la vida.
¿Un abrazo?
Comenzaba, huía, pensaba. Una calle anochecida, un árbol, dos, tres, muchos. Sombras que resguardaban a ese alguien de ese algo. Un viento le enfrió la espalda, esa loca carrera parecía no tener fin. ¿Habría luna? ¿Qué es la luna? – se preguntó- un hilo finito de luz entre el follaje parecía responder. Tímido por naturaleza, su cerebro experimento la falsa ilusión del ahogo, cuerdas lo sujetaban del cuello, cadenas atadas a los pies hacían fuerza hacia atrás, voces a lo lejos le decían que siga, y pensó: “¿esta gente no entiende el vacío de lo inalcanzable?”. Decidió sentarse, frenar esa carrera atolondrada hacia un destino incierto, el cansancio del alma lo inundaba hasta el último rincón de su cuerpo, esas sogas parecían virtuales, lejanas a una realidad difusa en lo contemporáneo del pensamiento, pero no, las estaba viendo, por lo tanto “existían”. Las voces se aclararon con la frenada. – “Es por allá”, “fíjate por ahí”, “esta es tu luna” – esas palabras lo aturdían, - “vení, yo te acompaño hasta el final…” – se durmió. Un color, dos colores, tres colores. Negros y blancos, grises también, combinados por la luz formaron una idea vaga en su cabeza, algo que algunos llaman “sueños”. Soñó con un final, borroso, pero feliz. Quiso alcanzarlo pero no pudo. Trato de nuevo, otra vez fallo. “la tercera es la vencida se dijo”… y se acordó… en esa otra esfera a la cual se le dice “realidad” una voz pequeña le había susurrado tiernamente: “vení, yo te acompaño hasta el final…” – “¿Qué es esto? ¿Qué significa?” – Le pregunto a alguien con forma de paz que vagaba por su sueño - ¿Conoces el calor de un abrazo? – preguntó la paz. Se despertó. Ahora eran dos los hilitos de luna que pasaban por las ramas. Vio un poquito más allá. Decidió seguir. Las cuerdas y las cadenas seguían ahí, el las veía, el mundo no. Las palabras del sueño se repetían en su cabeza, parecían firmes a no querer entenderse, “un abrazo…”. Tres hilitos de luz. Se acordó de su niñez, un abrazo había sido el de su mamá cuando lo tuvo en la panza, otro fue cuando le tuvo miedo al mundo, un tercero aquella vez que…. Cuatro hilitos de luna. Ahora el camino se hacía cada vez más visible, los charcos en el cordón se veían claros, tan claros como el sonido de esa voz: “¿conoces el calor de un abrazo?”, lo abrazó, pero sus brazos se chocaron entre si erráticamente. Lo abrazo de nuevo, algo había, pero no sabía que. Una tercera vez lo intento, y lo sintió. La inmensidad, el calor, lo intrasmisible de esa sensación superaba lo real, la confianza en lo invisible perpetraba un momento creado hace rato. Una mueca de tranquilidad se dibujó en su rostro, los ya ahora miles de rayitos de luna dejaban ver un entorno extraordinario, algo que la tentación a enceguecerse no le había dejado disfrutar. Miro para atrás buscando ese pasado de sogas y cadenas, lo vio lejano, casi como si no hubieran existido, en el rincón más infinito de su alma sabía que habían estado. Se olvidó. Un árbol, dos, tres, muchos, pero que ahora acompañaban un camino viejo, antiguo, planeado, por vivir, claro, lleno de luz…. Una vez, dos, tres, muchas, infinitas, ese abrazo, me salvó la vida.