Los así llamados temas polémicos o controvertidos -divorcio, homosexualidad, etc.- lo son porque sobre ellos no está dicha aún la última palabra. Cuando ésta sea dicha, la polémica estará cerrada, porque se habrá demostrado cuál de las facciones en debate tenía razón , o estaba más cerca de tenerla, al menos. Hasta entonces, ninguno de los bandos en controversia podrá con justicia considerarse depositario de la verdad. Siempre que la polémica continúe abierta, será porque de un lado y de otro hay argumentos razonables y atendibles que siguen manteniendo la balanza en un aparentemente interminable equilibrio. Las personas más sensatas admitirán ese equilibrio y buscarán alguna razón que tenga suficiente peso para inclinar el fiel de la balanza hacia un lado o hacia otro, el que ellos defiendan, mientras que los necios creerán ver una inclinación absoluta de dicho fiel en dirección a su postura, y pretenderán que los demás les den la razón como a los locos. En el caso específico del aborto hay, por supuesto, personas cuerdas y equilibradas en ambos bandos; pero del lado antiabortista algo que ha llamado mi atención es que las voces sensatas parecen ser todas femeninas, mientras que las declaraciones masculinas parecen competir por un primer premio a la estupidez, en la que alcanzan índices inéditos. Puede, por supuesto, que haya algún hombre antiabortista medianamente inteligente, pero yo aún tengo que verlo. También es cierto que en el bando opuesto, lo que falta en los varones es simpatía por sus razones para pronunciarse a favor del aborto, pero aun así, sus argumentos, reconozcámoslo aunque sea a regañadientes, son atendibles, lo que entre los antiabortistas se extraña penosamente.
Los hombres que se oponen al aborto, efectivamente, parecen no tener siquiera una neurona en funcionamiento. Es como si en algún momento de sus vidas, mientras pronunciaban frases como Yo estoy en contra del aborto o El aborto es asesinato, repentinamente se les trabaran los engranajes cerebrales, y desde entonces no consiguiesen más que repetir cual disco rayado estas frases.
Este artículo no se centrará en el aborto, sino en los antiabortistas, pese a lo cual expondremos eventuales razones a favor del aborto, no porque necesariamente apoyemos el mismo, sino para desafiar a los antiabortistas de sexo masculino a rebatirlas de manera convincente si es que, increíblemente, fueran capaces de semejante proeza; en cuyo caso, tales héroes quedarán exceptuados de modo más que meritorio de los lapidarios calificativos ya expuestos que seguirán vigentes para quienes compartan tales puntos de vista pero sean incapaces de defenderlos usando la sesera.
A partir de la unión en el útero de un espermatozoide y un óvulo tiene lugar la formación de un embrión, ya sea en el caso de los seres humanos como de, por ejemplo, conejos o pollos. En la fase inicial de su formación, todos los embriones se parecen mucho entre sí. Un embrión humano es mucho más parecido a un embrión de ave que a un ser humano adulto. Sólo a medida que avance la gestación irá asemejándose progresivamente a la especie a la que pertenece; de modo que a los ocho o nueve meses de embarazo, el embrión ya estará más próximo al dulce bebé que será cuando nazca, que a la cosa semiamorfa y no tan distinta de un embrión de pollo que era inicialmente. Como esta transformación es paulatina, resulta difícil dilucidar cuándo el feto empezó a tener menos aspecto de cosa y más apariencia humana; pero hasta que se demuestre lo contrario, el feto inició su existencia en condición de cosa. ¿Por qué digo esto? Pues entre otras razones, porque si yo entrara en un gallinero y me pusiera a pisotear pollitos por placer, todos hablarían de mi crueldad hacia los animales; pero si yo, también por placer, entrara a ese mismo gallinero y recogiera los huevos (y recordemos que éstos contienen embriones) para usarlos como proyectiles contra los transeúntes, todos pensarían sin duda que soy un idiota, un mal educado y un impresentable, pero nadie me acusaría de asesino de pollitos nonatos. Si la destrucción de embriones de ave no me hace culpable de matar aves, ¿por qué eliminar un embrión humano sí me haría un asesino?
Esta es una de las tantas preguntas cuyas respuestas los antiabortistas no consiguen hallar. En el caso de los varones, prepotentes y dictatoriales, no encontrarlas por lo general los exaspera, y a veces los lleva a recurrir a diversas formas de violencia en sustituto de la argumentación racional, para la que no están preparados, puesto que ya es todo un milagro que sean capaces de hacer una "O" con un vaso. Así, un "comentarista" de mi artículo Aborto: el derecho a la vida o la obligación de existir, en vez de defender su posición mediante razonamientos, me envió una horrenda imagen de una cabeza de bebé cortada y guardada en un frasco. Qué motivos tuvo para hacer esto, no sé. Es posible que en realidad fuera menos un antiabortista que una persona morbosa y a la que mi artículo le proporcionó una excelente excusa para exhibir su afición por lo macabro. O tal vez recordó aquello de queuna imagen vale más que mil palabras; pero en tal caso, su coeficiente mental es más bien digno de una ameba, y esto por dos razones. La primera es que mi artículo se refería a fetos, a embriones, y no a bebés ya nacidos; de modo que al menos la imagen macabra debería haber contenido un feto y no una cabeza de bebé ya nacido, si la intención era persuadir. Y la segunda es que, si se trata de imágenes chocantes, sin duda podríamos hallarlas en cualquier intervención quirúrgica y no sólo en relación a un aborto, sin que quiera esto decir que haya algo manifiestamente malo en dicha intervención quirúrgica, la cual tal vez esté salvando una vida. Por lo tanto, que a lo largo de un aborto se asista a escenas desagradables sólo dejaría en claro que no se trata de un espectáculo para personas sensibles; y sin duda no lo es. Consecuentemente, al enviarme la imagen en cuestión, el tipo no logró más que incrementar mi ya lamentable opinión acerca de los varones antiabortistas y, en parte, de la validez de la postura que defienden, ya que es evidente que no tienen argumentos. Los que hay, los aportan las mujeres, y eso es lo único que mantiene vigente la causa.
Pero hasta esa desagradable respuesta a mi comentario parece inocente al lado de otras reacciones de antiabortistas que, directamente, merecen ser tildadas de inhumanas y criminales, como las amenazas de muerte contra hospitales donde se practicaron sendos abortos en las ciudades argentinas de Mendoza y la Plata. Las dos mujeres a las que se había autorizado a abortar eran discapacitadas mentales y habían sido violadas, una de ellas por su tío, con lo que por efectos de la consanguinidad, el bebé podría haber nacido con malformaciones o incapacidades que hubieran dificultado, cuando creciera, su inserción en la sociedad. Helos ahí, los gloriosos paladines de la vida. No pensaron en el sufrimiento de estas mujeres, violadas además de discapacitadas, ni tampoco en el sufrimiento de sus familias. Ellos querían que no abortaran, y sanseacabó. En su pretendida defensa de la vida están dispuestos a pasar por encima de los cadáveres de medio mundo. Sicópatas es una definición que les queda pequeña; monstruos, también.
Sin embargo, el varón antiabortista habitualmente no necesita llegar a esos extremos para resultar desagradable en grado sumo. Por lo general puede encasillárselo en uno de los tres grupos que se describen a continuación:
A) Los de este grupo, los más repulsivos y de menor actividad neuronal, han disfrutado, en su niñez y juventud, de una considerable dosis de contención familiar, la suficiente para crecer sanos, optimistas, vigorosos y valientes. Estos son sus aspectos positivos (con las excepciones de siempre, porque los hay que más que valientes son temerarios hasta la imbecilidad). Aman la adrenalina, lo que algunos canalizan de manera útil a la sociedad, por ejemplo ingresando en la policía o los bomberos. Otros, sin llegar a eso, practican deportes rudos y gustan de afrontar desafíos en sus actividades laborales. Conocí a uno que cada tanto se drogaba para demostrarse a sí mismo que él controlaba a la droga y no la droga a él, pero éste era ya un caso deplorable en muchos aspectos. De cualquier manera, todo esto, aunque describe sus personalidades, no nos interesaría. Lo malo es que su natural seguridad se traduce en una no menos natural tendencia a abrir la boca sin meditación previa y, por consiguiente, en discursos con gran profusión de gansadas, absurdos e irracionalidades. Disponen de una frase predilecta: No tiene nada que ver, a la que recurren cuando se quedan sin respuestas ante una argumentación esgrimida contra sus inconsistencias verbales. Entendámonos bien: no es que analicen lo que se les diga y, no entendiéndolo, piden que se les aclare. Directamente, cuando la argumentación los pone en jaque, sueltan la consabida y estúpida réplica. Es que su soberbia no les permite hacer otra cosa. Se tienen por caballeros andantes modernos, pero da la impresión de que al menos a unos cuantos los mueve más el deseo de quedar como héroes que un verdadero altruismo. En su condición de Paladines de la Verdad y la Justicia, buscan causas nobles que defender, y para desgracia nuestra una de ellas es el derecho a la vida. Que éste a menudo se parezca más a una obligación de existir, como expresé en un anterior artículo sobre el tema, los deja impasibles. No les cabe en la cabeza que haya gente que pueda tener sobrados motivos para aborrecer su propia vida y temerla; por ejemplo, aquellos que han padecido y padecen años de humillación y han perdido toda dignidad. Estos últimos, no se necesita ser Einstein para comprenderlo, ante la eventual llegada de un niño al mundo probablemente se preguntarán si permitir que ello suceda es un mal o un bien; es decir, se trata de un grupo cuyos motivos para pronunciarse a favor del aborto son entendibles, pero eso a nuestros amigos los antiabortistas del grupo A les importa un cuerno. No sólo ninguno de ellos es Einstein, sino que, además, sus cerebros se han atrofiado por falta de uso; sin contar que un caballero andante, insistimos, ha de defender el derecho a la vida contra viento y marea. Por lo tanto, habiendo decidido que el aborto es asesinato, bastará que sugiramos que en algunos casos, eventualmente, podría ser un mal necesario, para que de inmediato nos tilden de asesinos despiadados; cosa que por supuesto no somos porque, si lo fuéramos, empezaríamos por liquidarlos a ellos. ¿Y si la embarazada padece discapacidad mental y fue violada por su tío, incrementando las posibilidades de discapacidad o malformación de la criatura?... No tiene nada que ver. Por lo pronto, lo que ellos tienen malformados, y cómo, son los sesos. No tiene nada que ver, no tiene nada que ver... Todo indica que ustedes, antiabortistas del grupo A, tampoco tienen nada que ver con criaturas pensantes; pero ya que les explicamos todo esto suponiendo, con inmenso optimismo, que quizás estemos equivocados, ¿qué tal si hacen otro tanto y guardan su querido No tiene nada que ver donde más les guste e intentan, por una vez, ver la relación que tratamos de expresar?
B) En este segundo grupo, cuyos integrantes son sólo algo más digeribles que los anteriores, pero que de todos modos exasperan, encontramos mayormente líderes, políticos y religiosos sobre todo. Estos basan sus discursos antiabortistas, sobre todo, en citas de terceros. Esto es un bienvenido cambio después de la dictatorial fauna del grupo A y su reiterativísimo No tiene nada que ver; pero al parecer, pedir a estos otros que sus citas arrojen información útil y concreta es ya demasiado pedir. En cambio, lo único que hacen es decirnos que tal o cual persona u organismo internacional, ha denunciado el aborto como asesinato. Con todo respeto: ¿y qué?. Ya sabemos que cada persona u organismo tendrá formada su propia opinión sobre este tema, como sobre cualquier otro. Eso no interesa. No es importante en sí misma mi opinión, ni la del vecino, ni la de la Presidente de la Nación Argentina, ni la del Secretario General de la Onu, ni la de la Organización Mundial de la Salud. Opinar públicamente a favor o en contra no es lo importante, sobre todo porque no estamos decidiendo nada por votación, sino sólo debatiendo. Por lo tanto, lo que sí importa es exponer los propios argumentos lógicos justificando la posición que adopta uno, escuchar los argumentos de quienes adopten la postura opuesta y reflexionar sobre todo lo hablado para llegar a alguna conclusión medianamente razonable. los antiabortistas de este segundo grupo no proporcionan justificaciones nuevas, serias ni atendibles; sólo machacan una vez más con eso de que el aborto es asesinato.
Y encima, ¡a qué personajes citan, por Dios!... ¡El Papa!... Otro prócer del antiabortismo. Yo soy cristiano y católico, pero es a regañadientes que acepto la figura del papa como jefe de la iglesia, y sólo porque no hay otro ni me queda más remedio. Hay jefes buenos y jefes malos; la figura del Papa como cabeza de la Iglesia Católica no es mala, es nefasta. Se dice defensor de la vida, pero consiente en que se bendigan las armas, instrumentos de muerte, en ciertas guerras que llama justas (ninguna lo es; como mucho, a un bando le asiste mayor derecho para guerrear que a otro, pero en toda guerra mueren inocentes, y eso nada tiene de justo); se dice defensor de la vida, pero vive en un palacio rodeado de un lujo insolente, ofensivo al cristianismo y la mitad del cual podría paliar el hambre de muchos chicos que mueren de inan ición. Pero es lo que le preocupa es que los niños nazcan, que no sean abortados; que después se retuerzan de sufrimiento le tiene sin cuidado. O ni se le ocurre que luego puedan sufrir, que es, parece, el problema de los antiabortistas: creen que a todo niño que llega al mundo la vida le sonríe. En cuanto a los Papas y sus riquezas, hasta donde sé sólo hubo dos que sobre ese punto fueron coherentes. Celestino V, uno de ellos, gobernó a la Iglesia sólo por semanas, era un asceta, no quería ser Papa ni vivir en medio de tanta riqueza. Abdicó, y el nuevo Papa, Bonifacio VIII, no mantuvo la promesa de hacerlo regresar a su anterior y piadosa vida de ermitaño, porque temía que el pueblo de Nápoles, adonde había residido Celestino, continuara considerando a éste legítimo Papa; de modo que prácticamente lo hizo prisionero y de hecho, tras un intento de fuga el ex-Papa fue apresado de nuevo, enjuiciado encarcelado y, según fuentes no confirmadas, asesinado por orden de Bonifacio. El segundo Papa fue Juan Pablo I, quien gobernó a la Iglesia durante treinta y tres días y de quien Juan Arias, en su libro La Biblia y sus secretos, nos informa que murió al día siguiente de una agria disputa con los cardenales a raíz de sus intenciones de mudarse con ellos a una residencia más humilde. Se sabe, por otra parte, que lo murieron, según lenguas maliciosas, pero dejemos eso, porque no hay nada confirmado. A lo que voy es que hubo dos Papas que se mostraron enemigos de la suntuosidad vaticana, y el resto fueron y son una manga de sinvergüenzas, cuyo estilo de vida tiene poco de cristiano y cuya defensa de la vida es un tanto extraña... Pero eso no tiene nada que ver, ¿no, antiabortistas del grupo A? Bueno, yo diría que sí, que tiene que ver, ya que según ustedes, el aborto es asesinato, y según cualquier persona lógica, la guerra es asesinato en masa. Sin embargo, no seguiré extendiéndome sobre el particular porque, si aún así insisten en que no tiene nada que ver, tal vez el equivocado sea yo al pensar que ustedes sí podían tener algo que ver con una criatura con al menos una neurona en funcionamiento.
C) Los ejemplares del tercer grupo son los más light, los más tolerables. Todos son religiosos sin gran jerarquía, fieles sobre todo; y repiten como loros, para oponerse al aborto, razones que les fueron enseñadas por el cura o el pastor, pero tienen una ventaja respecto a los dos grupos anteriores: cuando se les agotan los argumentos, hay más esperanzas de que se callen que tratándose de los dictatoriales e insoportables No tiene nada que ver y los politizados Porque el Papa dice. A veces, no obstante, hasta el final insisten en ganar aunque ya se sepan perdidos; y en ese caso, tratándose del aborto, el comodín al que recurren una y otra vez es, también, una muletilla: Si vos sabés que es asesinato...Pues no: no lo sé ni lo msabré, a menos que me expliquen por qué debe considerárselo como tal. Pero además, señores, tienen pendiente, ustedes y sus compañeros de los dos grupos anteriores, muchas más respuestas antes de convencernos de que demos al aborto un rotundo NO, incluso si lograran demostrar que, efectivamente, es asesinato. Porque, ¿cuál es el sentido de permitir que nazca un niño si se sabe que saldrá deforme o minusválido o malquerido; si será uno más de esos tantos que por andar mendigando, aspirando o trabajndo duro a una edad en que debería estar jugando despreocupadamente, no tendrá una niñez feliz? ¿Les hubiera gustado a ustedes "disfrutar" de una infancia así? ¿Son capaces de ponerse, siquiera por unos instantes, en los zapatos de un chico que a los diez años, quizás, ya desearía nunca haber nacido? ¿Por qué a ciertos animales, piadosamente, se los puede sacrificar para que no sufran, pero no se puede impedir que nazca un chico en un hogar donde sus padres se la pasarán peleando todo el tiempo, con el resto de la prole encogiéndose silenciosamente de pena y miedo ante tales escenas de violencia familiar? Supongo que No tiene nada que ver... Háganse freír.
Soy consciente de que este artículo fue escrito desde la agresividad y el sarcasmo, pero no pediré disculpas, porque ya estoy harto de que los antiabortistas me consulten acerca de mi postura frente al aborto y me tilden poco menos que de monstruo cuando respondo algo que no es de su agrado, aun cuando no dispongan de argumentos contundentes para justificar la acusación. Si ustedes me llaman asesino sin saber bien por qué, estoy en pleno derecho de llamarlos imbéciles descerebrados sabiendo muy bien por qué. Está en ustedes demostrar, si quieren y pueden, hasta qué punto estoy equivocado.
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