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Philip K. Dick - Dr Bloodmoney I

Philip K. Dick - Dr Bloodmoney I

Dr. Bloodmoney, or How We Got Along After the Bomb

©1965 by Philip K. Dick

I



Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente. Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta, quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia. Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la gente pagando para verle en lugares tales como Harrah's en Reno o los carísimos clubs de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces.
Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, a sueldo y comisión, y como era un buen vendedor se ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el mundo prosperando.
—Buenos días, Stuart. —Con una inclinación de cabeza, el señor Crody, un hombre de mediana edad, propietario de la joyería del otro lado de la avenida Shattuck, pasó por su lado camino de su pequeña tienda.
Todas las tiendas, las oficinas, estaban abriendo ya; eran las nueve pasadas, e incluso el doctor Stockstill, el psiquiatra y especialista en desórdenes psicosomáticos, apareció, llave en mano, para iniciar su bien pagado trabajo en el consultorio que tenía alquilado en el edificio de cristal que había edificado con parte de sus excedentes financieros la compañía de seguros. El doctor Stockstill había estacionado su coche de importación en el aparcamiento; podía permitirse el lujo de pagar cinco dólares al día. Y entonces llegó su espectacular secretaria, alta y de bien torneadas piernas, pasándole una cabeza a su jefe. Y, si, mientras Stuart observaba, apoyado en el mango de su escoba, el furtivo primer loco del día estaba ya deslizándose con aire culpable hacia la consulta del psiquiatra.
Este es un mundo de locos, pensó Stuart, observando. Por eso los psiquiatras se llenan los bolsillos. Si yo tuviera que ir a un psiquiatra, entraría y saldría por la puerta de atrás. Nadie me vería para reírse de mí. Quizás algunos de ellos lo hagan, pensó; quizá Stockstill tenga una puerta de atrás. Quizá para los más responsables, o mejor (se corrigió) para aquellos que no quieren darse al espectáculo; quiero decir los que simplemente tienen un problema, por ejemplo esos que se preocupan por la acción policial en Cuba y que no están exactamente locos, sino tan sólo inquietos.
Y él mismo se sentía inquieto, ya que todavía era posible que lo llamaran a movilización para la guerra con Cuba, que de nuevo se había estabilizado en las montañas, pese a las nuevas y pequeñas bombas antipersonal que localizaban a los asquerosos mugrientos amarillos por muy hondo que se ocultaran. No le reprochaba nada al Presidente. No era culpa del Presidente el que los chinos hubieran decidido respetar su pacto. Era tan sólo que difícilmente regresaba uno a casa después de luchar contra los asquerosos mugrientos amarillos sin haber pillado una infección vírica hasta los huesos. Un combatiente veterano de treinta años regresaba con el aspecto de una momia reseca que hubiera sido dejada fuera de su pirámide durante todo un siglo... y a Stuart McConchie le costaba imaginarse a sí mismo vendiendo de nuevo televisores estéreo en esas condiciones, reemprendiendo su carrera de vendedor al detall.
—Buenos días, Stu —dijo una voz femenina, sobresaltándolo. La pequeña vendedora de la tienda de dulces de Edy y sus oscuros ojos—. ¿Ya soñando tan pronto por la mañana? —Sonrió mientras pasaba por la acera a su lado.
—Infiernos, no —dijo él, barriendo de nuevo vigorosamente.
Al otro lado de la calle el furtivo paciente del doctor Stockstill, un hombre de aspecto sombrío, cabello y ojos negros, tez pálida, envuelto prietamente en un gran abrigo color noche profunda, hizo una pausa para encender un cigarrillo y mirar a su alrededor. Stuart vio las hundidas facciones, los ojos intensos, y la boca, sobre todo la boca. Estaba crispada y sin embargo la carne colgaba blanda, como si la presión, la tensión hubiera roído allí desde hacía tiempo los dientes y la mandíbula; la tensión era aun visible en aquel rostro infeliz, y Stuart desvió la mirada.
¿Es así como se ve?, pensó. ¿El estar loco? Corroído de ese modo, como devorado por... no sabía decir por qué. El tiempo o quizás el agua; algo lento pero que nunca se detenía. Había visto aquel mismo deterioro antes, observando el ir y venir de los pacientes del psiquiatra, pero nunca tan profundo, nunca tan completo.
El teléfono sonó en el interior de la Modern TV, y Stuart se apresuró hacia allí. Cuando miró de nuevo hacia la calle el hombre vestido de negro había desaparecido, y el día había recuperado de nuevo su brillantez, su promesa y su aroma de belleza. Stuart se estremeció al tomar de nuevo su escoba.
Conozco a ese hombre, se dijo. He visto su foto o ha venido a la tienda. O es un cliente, uno antiguo, quizás incluso un amigo de Fergesson, o es una celebridad importante.
Pensativo, siguió barriendo.

El doctor Stockstill dijo a su nuevo paciente:
—¿Una taza de café? ¿Té, una cola? —Leyó la fichita que la señorita Purcell había dejado sobre su escritorio—. Señor Tree —dijo en voz alta—. ¿Ninguna relación con la famosa familia inglesa de literatos? Iris Tree, Max Beerbohnt...
Con voz dotada de un marcado acento, el señor Tree dijo:
—Este no es mi nombre auténtico, ¿sabe? —Parecía irritable e impaciente—. Se me ha ocurrido mientras hablaba con su empleada.
El doctor Stockstill miró interrogativamente a su paciente.
—Soy mundialmente famoso —dijo el señor Tree—. Estoy sorprendido de que usted no me reconozca; debe estar siempre recluido o algo así. —Pasó una temblorosa mano por sus largos cabellos negros—. Hay miles, quizá millones de personas en todo el mundo que me odian y que desearían destruirme. Así que naturalmente he de tomar medidas; me veo obligado a darle un nombre falso. —Carraspeó y chupó rápidamente su cigarrillo; sujetaba el cigarrillo al estilo europeo, con el extremo prendido envuelto en el cuenco de su mano, casi tocando la palma.
Oh Dios mío, pensó el doctor Stockstill. Reconozco a este hombre. Es Bruno Bluthgeld, el físico. Y está en lo cierto; hay un montón de personas tanto aquí como en el Este que desearían echarle la mano encima a causa de su error de cálculo allá por 1972. A causa de la terrible caída de partículas procedentes de aquella explosión a gran altitud que se suponía no iba a dañar a nadie; las cifras de Bluthgeld lo probaron por anticipado.
—¿Así que desea que sepa quién es usted? —preguntó el doctor Stockstill—. ¿O prefiere que lo acepte simplemente como «el señor Tree»? A mí me es indiferente; cualquiera de las dos formas me sirve.
—Sigamos simplemente como hemos empezado —rechinó el señor Tree.
—De acuerdo —el doctor Stockstill se acomodó confortablemente y su pluma rasgueó sobre el papel de su bloc de notas—. Adelante.
—La imposibilidad de subir a un autobús normal, ya sabe, con quizás una docena de personas desconocidas para uno, ¿significa algo? —el señor Tree le observó intensamente.
—Es posible —dijo Stockstill.
—Tengo la impresión de que todos me están mirando.
—¿Por alguna razón particular?
—Debido —dijo el señor Tree —a lo desfigurado de mi rostro.
Sin ningún movimiento aparente, el doctor Stockstill consiguió levantar la vista y escrutar a su paciente. Vio a un hombre de mediana edad, más bien gordo, de cabello negro, con una barba rala asomando su negrura sobre una piel anormalmente blanca. Vio círculos de fatiga y tensión bajo los ojos del hombre, y la expresión de sus ojos, la desesperación. El físico tenía una piel enferma y necesitaba un corte de pelo, y todo su rostro reflejaba su preocupación interna... pero no había nada «desfigurado». Excepto el visible estado de tensión, era un rostro de lo más común; en medio de un grupo no hubiera despertado la menor atención.
—¿Ve usted las manchas? —dijo el señor Tree con voz ronca. Señaló sus mejillas, su mentón—. ¿Los horribles estigmas que me aíslan de todos los demás?
—No —dijo Stockstill, aceptando el riesgo y hablando francamente.
—Están aquí —dijo el señor Tree—. Están dentro de la piel, por supuesto. Pero la gente las ve, y me mira. No puedo tomar el autobús ni ir al restaurante ni al teatro; no puedo ir a la ópera de San Francisco ni al ballet ni a un concierto sinfónico ni siquiera a un club nocturno para ir a escuchar a uno de esos cantantes de folk; si consigo penetrar en uno de ellos, debo irme casi inmediatamente a causa de las miradas. Y de las observaciones.
—Cuénteme qué dicen.
El señor Tree permaneció en silencio.
—Como usted mismo ha dicho —dijo Stockstill—, es mundialmente famoso... ¿y no es natural que la gente murmure cuando algún personaje mundialmente famoso viene y se sienta cerca de ella? ¿No ha sido así durante años? Y su trabajo ha sido controvertido, como usted mismo ha señalado... hostilidad y tal vez algunas observaciones desagradables. Pero alguien conocido...
—No es eso —interrumpió el señor Tree—. Espero eso; escribo artículos y aparezco en la televisión, y espero eso; lo sé. Pero esto... tiene que ver con mi vida privada. Mis más íntimos pensamientos. —Miró fijamente a Stockstill y dijo—: Leen mis pensamientos y hablan de mi vida privada, de mis cosas personales, con todo detalle. Tienen acceso a mi cerebro.
Paranoia sensitiva, pensó Stockstill; así que por supuesto habría que realizar algunos tests... el Rorschach en particular. Podía tratarse de una insidiosa esquizofrenia avanzada; podían ser los estadios finales de un proceso congénito de enfermedad. O...
—Algunas personas pueden ver las manchas en mi rostro y leer mis pensamientos personales más claramente que otras —dijo el señor Tree—. He observado todo un espectro de habilidades... algunos apenas se dan cuenta, otros parecen tener un instantáneo gestalt de mis diferencias, de mis estigmas. Por ejemplo, mientras avanzaba por la acera hacia su consulta, había un negro barriendo al otro lado... ha dejado de trabajar y se ha concentrado en mí, pero naturalmente estaba demasiado lejos para burlarse de mí. De todos modos, ha visto. Es típico de las personas de clase baja. Lo he observado. En mayor proporción que la gente educada o culta.
—Me pregunto por qué ocurre esto —dijo Stockstill, tomando notas.
—Presumiblemente lo sabría si fuera usted competente. La mujer que me lo recomendó me dijo que era usted excepcionalmente capaz. —El señor Tree se le quedó mirando, como si no viera en absoluto ninguna señal de capacidad.
—Creo que será mejor que me proporcione algunos datos sobre usted —dijo Stockstill—. Veo que ha sido Bonny Keller quien le recomendó que acudiera a mí. ¿Cómo está Bonny? No la he visto desde el pasado abril o así... ¿ha abandonado su marido aquel trabajo en el parvulario rural como decía?
—No he venido aquí para hablar de George y Bonny Keller —dijo el señor Tree—. Me siento terriblemente apremiado, doctor. En cualquier momento pueden decidir completar su obra de destrucción conmigo; hace tiempo que me acosan que... —Cambió de tema—. Bonny cree que estoy enfermo, y siento un gran respeto hacia ella. —Su tono era bajo, casi inaudible—. Así que me he dicho ve allí, al menos una vez.
—¿Siguen viviendo los Keller en West Marin?
El señor Tree asintió.
—Tengo una casa de verano allí —dijo Stockstill—. Soy un apasionado de la vela; voy a la Bahía Tomales cada vez que puedo. ¿Ha intentado usted practicar alguna vez la vela?
—No.
—Dígame dónde nació y cuándo.
—En Budapest, en el 1934 —dijo el señor Tree.
El doctor Stockstill, con un hábil interrogatorio, empezó a obtener con detalle la historia de la vida de su paciente, hecho por hecho. Era esencial para lo que tenía que hacer: primero diagnóstico y luego, si era posible, tratamiento. Análisis y luego terapia. Un hombre conocido por todo el mundo que sufría alucinaciones de que los extraños lo miraban... ¿cómo, en un caso así, podía separarse la realidad de la fantasía? ¿Qué referencias tomar para distinguir la una de la otra?
Seria tan fácil, pensó Stockstill, diagnosticar allí un caso patológico. Tan fácil... y tan tentador. Un hombre tan odiado... Yo mismo comparto su opinión, se dijo, la de aquellos de quienes me está hablando Bluthgeld... o más bien Tree. Después de todo, yo también formo parte de la sociedad, parte de la civilización amenazada por los grandiosos, extravagantes errores de cálculo de este hombre. Podría ocurrir, quizás algún día ocurra, que fueran mis hijos quienes sufrieran las quemaduras porque este hombre haya tenido la arrogancia de asumir que él no podía equivocarse.
Pero aún había algo más. En su tiempo, Stockstill había observado una cualidad retorcida en aquel hombre; lo había observado mientras era entrevistado por la televisión, lo había escuchado hablar, había leído sus fantásticos discursos anticomunistas... y llegado a la tentadora conclusión de que Bluthgeld sentía un profundo odio hacia la gente, lo suficientemente profundo y penetrante como para empujarle, a alguno de sus niveles inconscientes, a cometer un error, a desear poner en peligro la vida de millones de seres.
No era de extrañar que el Director del FBI, Richard Nixon, hubiera hablado tan vigorosamente acerca de «los militantes anticomunistas aficionados en los altos círculos científicos». Nixon también se había alarmado mucho antes del trágico error de 1972. Los elementos paranoicos, con las ilusiones no sólo mesiánicas sino también megalomaníacas, habían sido palpables; Nixon, un experto conocedor de hombres, los había observado, y con él muchas otras personas.
Y evidentemente habían estado en lo cierto.
—Vine a América —estaba diciendo el señor Tree— a fin de escapar de los agentes comunistas que deseaban asesinarme. Estaban detrás de mí... como lo estaban también los nazis, por supuesto. Todos estaban detrás de mí.
Entiendo —dijo Stockstill, sin dejar de escribir.
Todavía lo están, pero en última instancia van a fracasar —dijo el señor Tree roncamente, encendiendo un nuevo cigarrillo—. Porque tengo a Dios de mi lado; ve mis necesidades, y a menudo me ha hablado, dándome la sabiduría necesaria para sobrevivir a mis perseguidores. Actualmente estoy trabajando en un nuevo proyecto, en Livermore; los resultados van a ser definitivos en lo que concierne a nuestro enemigo.
Nuestro enemigo, pensó Stockstill. ¿Quién es nuestro enemigo... sino usted mismo, señor Tree? ¿No es usted quien está sentado aquí, derramándome sus ilusiones paranoides? ¿Cómo consiguió alguna vez ocupar el alto puesto que llegó a ocupar? ¿Quién es el responsable de haberle dado a usted poder sobre la vida de los demás... y de haber permitido que siguiera conservando ese poder incluso después del fracaso de 1972? Usted —y ellos— son seguramente nuestros enemigos.
Todos nuestros temores sobre usted resultan confirmados; está usted trastornado, su presencia aquí lo prueba. ¿Lo prueba? pensó Stockstill. No, no lo prueba, y quizá deba retirarme; quizá no sea ético que intente ocuparme de usted. Considerando cuales son mis sentimientos... no sabría tomar una posición imparcial, desinteresada, con respecto a usted; no puedo permanecer genuinamente científico, y consecuentemente mi diagnóstico podría demostrarse erróneo.
—¿Por qué me está mirando usted así? —estaba diciendo el señor Tree.
—¿Perdón? —murmuró Stockstill.
—¿Se siente usted repelido por mis desfiguraciones? —dijo el señor Tree.
—No... no —dijo Stockstill—. No es eso.
—¿Mis pensamientos, entonces? ¿Está usted leyéndolos y su carácter repugnante hace que desee que no hubiera entrado en su consulta? —Poniéndose en pie, el señor Tree se dirigió bruscamente hacia la puerta—. Buenos días.
—Espere —Stockstill le siguió—. Terminemos al menos los datos biográficos; apenas hemos empezado.
—Tengo confianza en Bonny Keller —dijo el señor Tree tras una pausa, mirándole fijamente—; conozco sus opiniones políticas... no forma parte de la conspiración de la internacional comunista que intenta matarme a la primera oportunidad. —Volvió a sentarse, algo más tranquilo ahora. Pero su postura era de alerta; no se iba a permitir el relajarse ni un instante en presencia de Stockstill, se dio cuenta el psiquiatra. No se abriría, no se revelaría sinceramente tal como era. Continuaría mostrándose suspicaz... y quizá no estuviera equivocado, pensó Stockstill.

Mientras estacionaba su coche, Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, vio a su vendedor Stuart McConchie apoyado en su escoba frente a la tienda, no barriendo sino simplemente montando castillos en el aire o cualquier otra cosa semejante. Siguió la mirada de McConchie, y constató que el vendedor no estaba gozando de la vista de alguna chica que pasaba o de algún coche de modelo raro —a Stu le gustaban las chicas y los coches, y era normal— sino que observaba en dirección a los pacientes que entraban en la consulta del doctor al otro lado de la calle. Aquello no era normal. ¿Qué interés podía tener McConchie en aquello?
—Mira —dijo Fergesson mientras andaba rápidamente hacia la entrada de su tienda—, deja esto; algún día quizá seas tú el enfermo, y entonces ¿te gustaría que algún estúpido se te quedara mirando así mientras tú acudes a pedirle ayuda al médico?
—Hey —respondió Stuart, girando la cabeza—, tan sólo estaba mirando a un tipo importante que acaba de entrar y que no consigo acordarme de quién es.
—Sólo un neurótico espía a los otros neuróticos —dijo Fergesson, y penetró en la tienda, abriendo la caja registradora y llenándola de cambio para el día.
De cualquier modo, pensó Fergesson, espera a ver a quien he contratado como reparador de televisión; entonces vas a tener realmente a quien mirar.
Escucha, McConchie —dijo Fergesson—. ¿Sabes ese chico sin brazos ni piernas que va en ese carrito? ¿Ese focomelo que tiene tan sólo diminutos muñones como aletas de foca porque su madre tomó aquella droga en los años sesenta? ¿Ese que siempre está merodeando por aquí porque desea ser reparador de televisión?
Stuart, sujetando su escoba, dijo:
—Lo ha contratado.
—Ajá. Ayer, mientras tú estabas fuera, vendiendo.
Tras una pausa, McConchie dijo:
—Es malo para el negocio.
—¿Por qué? Nadie lo verá; va a estar abajo, en el Departamento de Reparaciones. Y de todos modos hay que darles trabajo a esa clase de personas; no es culpa suya que no tenga ni brazos ni piernas, es culpa de esos alemanes.
Tras otra pausa, Stuart McConchie dijo:
—Primero me contrata usted a mí, a un negro, y ahora a un foco. No soy nadie para decirlo, señor Fergesson, pero creo que está intentando organizarla.
Sintiendo la erupción de la rabia, Fergesson dijo:
—Yo no intento nada, yo hago; no monto castillos en el aire, como tú. Soy un hombre que toma sus decisiones y actúa. —Fue a abrir la caja fuerte—. Su nombre es Hoppy. Vendrá esta mañana. Tendrías que verle manejar el material con sus manos electrónicas; es una maravilla de la ciencia moderna.
—Ya lo he visto —dijo Stuart.
—Y te molesta.
Stuart hizo un gesto.
—Es... antinatural.
Fergesson se le quedó mirando.
—Escucha, no digas nada en esos términos al chico; si te pillo a ti o a cualquier otro de los vendedores o a quien sea que trabaje para mí...
—De acuerdo —murmuró Stuart.
—Estás aburrido —dijo Fergesson—, y el aburrimiento es una consecuencia de que no te empleas a fondo; holgazaneas, y en horas de trabajo. Si trabajaras duro no tendrías tiempo de apoyarte en esa escoba y burlarte a espaldas de la pobre gente que va a ver al doctor. Te prohíbo desde ahora que estés fuera, en la acera; si te descubro allí te despido.
—Oh, Cristo, ¿cómo se supone entonces que iré a los sitios y a comer? ¿Y cómo entraré en la tienda, en primer lugar? ¿A través de la pared?
—Puedes ir y venir —decidió Fergesson—, pero no haraganear.
Con una dolida mirada, Stuart McConchie protestó:
—¡Oh, mierda!
Fergesson ya no prestaba atención a su vendedor; estaba preparando los expositores y los carteles publicitarios para la jornada.



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