La garcópolis o la ciudad de los garcas
Trabajo frecuentando las calles de una ciudad chica y me sorprende el número de garcas que andan sueltos por este querido y hermoso país. No hay un margen de honestidad que quede limpio; el garca ya abarca todos los estratos sociales en todas partes. “El bicho de la desviación”, como decía Ricardo Iorio, inunda todas las regiones.
El carnicero te aumenta el precio del pescado cuando llega la semana de Pascuas, a sabiendas de que el argentino promedio además de ser argentino, es un buen cristiano. El sodero te vende la soda sin gas a un precio irrisorio. Esto es el colmo del oficio. Lo único que tiene que hacer es brindar una soda que, por lo menos, cuente con un requisito básico. Y lo hace mal. El sodero nos toma por idiotas. Nosotros le pagamos el sueldo y nos estafa en la cara. El mecánico te succiona el sueldo como una aspiradora. Pongo un caso personal. Hace un mes se me pinchó la rueda de la moto. Se la llevé al mecánico y me la arregló correctamente. Hasta ahí todo bien. Después empezaron los problemas. A la semana siguiente, la cadena, el piñón y la corona del vehículo se hicieron pedazos. Se la llevé al mismo tipejo y, en pocas horas, ya tenía a mi nena de vuelta. A los tres días, había que cambiar todo de vuelta porque el maldito, –el mismo lo reconoció– le puso repuestos viejos y usados de otra moto. ¡Qué hijo de puta! Pensé. Pero le dí una oportunidad más. A todo esto, ya me había cobrado 300 pesos. Cambió las partes y me la dejó como nueva. Hasta hace poco. Empecé a oír unos ruidos nada agradables en mi moto y ya estoy sospechando de ese miserable.
El estereotipo de garca de traje y corbata con maletín sigue vigente, pero es un cliché desgastado. Ahora la figura del garca toma otras dimensiones, otros formatos, otros colores. Ya no es necesario vestirse de opulencia ni pasear con autos de alta gama. El tipo deshonesto, el hombre peste, es tan común como el asado del domingo. La pregunta que me asalta es: ¿hay más garcas o hay menos gente de confianza? Es un poco de ambas. Si uno decide ser cagador, ya deja de ser un tipo de confianza. Es una proporción matemática. No puede convivir con Dios y con el Diablo a la vez. Hay garcas que se esfuerzan en hacerse pasar por gente bondadosa, pero el tiro siempre les sale por la culata: un mínimo desliz, una palabra fuera de lugar, una actitud sospechosa es suficiente para desenmascararlo.
El garca de barrio se disfraza de buen vecino. De buen samaritano, de esos que te darían hasta los calzoncillos si no hiciera tanto frío en ésta época del año. Este tipo de garca se identifica por pequeños actos perjudiciales, pero que se vuelven una bola de nieve cuando uno empieza a sumarlos. El garca de barrio te pone la música fuerte en horarios de descanso, te deja la basura de semanas y meses enteros frente a tu casa, libera a sus perros para que hagan lo que quieran –y cuidadito con protestar: si uno mueve la lengua en un reclamo justo es tildado de “cascarrabias”, “amargo”, “rompebolas”–. El garca de barrio finge ayudarte, pero te cobra un interés demasiado alto. Cierta vez, cuando trabajaba de albañil en el verano, me asocié a “Perino” –un sujeto que al verlo ya te das cuenta que es un pusilánime, un piojo, un paria, lo más bajo de lo bajo– para levantar una pared a un vecino cercano. El trabajo duraba cinco días, a doble turno. Habíamos acordado en cobrarle 400 pesos al dueño de la pared, y dividiríamos 200 para cada uno. Trabajé como un condenado, transpirando la gota gorda y cuando finalmente llegó la hora de pagar, Perino me dijo que el dueño de la pared le había dado 250 pesos. “¿Pero no te había dicho 400?” le pregunté, con los ojos salidos. “Sí” me contestó “pero parece que cambió de opinión”. Nunca supe si realmente el vecino cambió de parecer o si Perino se guardó el resto de las ganancias. Trabajar con esta clase de gente me ha dejado experiencia, un ojo más crítico, algo de cinismo y por supuesto, mucha desconfianza.
Los garcas llegaron a las esferas de la política, los negocios y la educación. El garca político es más fácil de reconocer, al que le dedicaremos una página en otro momento. El garca de los negocios cava su madriguera en las concesionarias, las funerarias, las ventas de electrodomésticos, celulares, zapatillas, incluso el servicio de Internet. Con esa herramienta demoníaca llamada publicidad o marketing, el garca comercial y oficinesco dispone toda su vida a adiestrar cerebros para que se vuelvan nada más que consumidores. Mediante el discurso falso y elaborado, el garca se te presenta como uno más de tus amigos. Te hace creer que piensa lo que vos pensás, que vivió lo que alguna vez viviste. Imita tus posturas y tus gestos, incluye palabras de tu léxico para incorporárselo al suyo, para futuras víctimas. El garca dice que tu mujer es una belleza, a pesar de que todos sabemos que es un más fea que pisar mierda descalzo. La introducción consiste en alagar, alabar, felicitar por tonterías, palmear el hombre o dar la mano a cada rato. Después de esa graciosa actuación (que a más de uno deja complacido y falsamente encariñado) el garca procede a manipular con los números, los costos, la financiación, las sugerencias, las promociones y otras mierdas comerciales. Si el garca se encuentra indefenso y vulnerable, es probable que llame a otro igual a él para que la embestida sea más efectiva. Porque, sin saberlo, creemos que si dos personas están convencidos de algo, automáticamente pensamos que “es la verdad”. Cuando nos damos cuenta, casi sin pensar, ya le compramos un auto, un celular o un electrodoméstico al garca. No importa si debemos pasar diez o veinte años pagándolo, o cambiarlo al paso de un año, o si nos alcanza para seguir viviendo. La sonrisa del garca es tan reluciente, sus dientes tan blancos y perfectos, que uno se enamora a pesar de ser un macho cabrío. La bondad, el cariño y la calidez que nos hizo experimentar el garca no se nos borrará hasta después de unos días. Es tan magnético su poder que incluso es probable que lo alabemos en secreto y digamos “qué amable que es el señor Gutiérrez”.
El garca educativo ronda los colegios y las universidades. Está siempre limpio, con aroma a desodorante caro o perfume francés. Suelen andar en autos medio pelo, pero muchos, en la intimidad, amasan grandes fortunas. El garca educativo está a un paso de ser un patrón. La diferencia es que vos necesitás que te apruebe una materia (y si fallás, bueno, no es la muerte, podés intentarlo de vuelta), en cambio el patrón quiere que siempre apruebes, en el trabajo, los 365 días del año. Detrás de esos lentes de montura negra, el garca educativo mira el futuro de su calendario para gozarlo al máximo. Se adhiere a huelgas que para él no significan nada, enseña materias con desgano y superficialmente, y fundamentalmente, se rasca el higo todo el año. El garca que se hace pasar por profesor te extorsiona para que apruebes de alguna manera. Conozco casos de chicas (lindas) que fueron presa de un profesor que intercambiaba un aprobado por una noche de sexo. Estos sujetos ensucian la gloriosa profesión de enseñar. No todos son iguales, pero un par de manzanas podridas ya rotulan al cajón.
Garcas abundan como las moscas de un tambo. Parecen multiplicarse y expandirse. Nadie está a salvo. La gente del campo, la cual siempre se la tomó por ingenua y “confianzuda” ya está a la defensiva, porque cuando van al pueblo a hacer las compras, seguro que se cruzan con un garca. En las ciudades hay un garca cada diez metros cuadrados. Esto es cien garcas en una cuadra. Y mil en un kilómetro. Imagínese.
Pero no debemos andar de capa caída porque como muy bien dijo Facundo Cabral;” Dios juzga por el promedio. Estamos a salvo, porque la mayoría es gente buena”.
Que así sea para el futuro de los que vendrán.


Trabajo frecuentando las calles de una ciudad chica y me sorprende el número de garcas que andan sueltos por este querido y hermoso país. No hay un margen de honestidad que quede limpio; el garca ya abarca todos los estratos sociales en todas partes. “El bicho de la desviación”, como decía Ricardo Iorio, inunda todas las regiones.
El carnicero te aumenta el precio del pescado cuando llega la semana de Pascuas, a sabiendas de que el argentino promedio además de ser argentino, es un buen cristiano. El sodero te vende la soda sin gas a un precio irrisorio. Esto es el colmo del oficio. Lo único que tiene que hacer es brindar una soda que, por lo menos, cuente con un requisito básico. Y lo hace mal. El sodero nos toma por idiotas. Nosotros le pagamos el sueldo y nos estafa en la cara. El mecánico te succiona el sueldo como una aspiradora. Pongo un caso personal. Hace un mes se me pinchó la rueda de la moto. Se la llevé al mecánico y me la arregló correctamente. Hasta ahí todo bien. Después empezaron los problemas. A la semana siguiente, la cadena, el piñón y la corona del vehículo se hicieron pedazos. Se la llevé al mismo tipejo y, en pocas horas, ya tenía a mi nena de vuelta. A los tres días, había que cambiar todo de vuelta porque el maldito, –el mismo lo reconoció– le puso repuestos viejos y usados de otra moto. ¡Qué hijo de puta! Pensé. Pero le dí una oportunidad más. A todo esto, ya me había cobrado 300 pesos. Cambió las partes y me la dejó como nueva. Hasta hace poco. Empecé a oír unos ruidos nada agradables en mi moto y ya estoy sospechando de ese miserable.
El estereotipo de garca de traje y corbata con maletín sigue vigente, pero es un cliché desgastado. Ahora la figura del garca toma otras dimensiones, otros formatos, otros colores. Ya no es necesario vestirse de opulencia ni pasear con autos de alta gama. El tipo deshonesto, el hombre peste, es tan común como el asado del domingo. La pregunta que me asalta es: ¿hay más garcas o hay menos gente de confianza? Es un poco de ambas. Si uno decide ser cagador, ya deja de ser un tipo de confianza. Es una proporción matemática. No puede convivir con Dios y con el Diablo a la vez. Hay garcas que se esfuerzan en hacerse pasar por gente bondadosa, pero el tiro siempre les sale por la culata: un mínimo desliz, una palabra fuera de lugar, una actitud sospechosa es suficiente para desenmascararlo.
El garca de barrio se disfraza de buen vecino. De buen samaritano, de esos que te darían hasta los calzoncillos si no hiciera tanto frío en ésta época del año. Este tipo de garca se identifica por pequeños actos perjudiciales, pero que se vuelven una bola de nieve cuando uno empieza a sumarlos. El garca de barrio te pone la música fuerte en horarios de descanso, te deja la basura de semanas y meses enteros frente a tu casa, libera a sus perros para que hagan lo que quieran –y cuidadito con protestar: si uno mueve la lengua en un reclamo justo es tildado de “cascarrabias”, “amargo”, “rompebolas”–. El garca de barrio finge ayudarte, pero te cobra un interés demasiado alto. Cierta vez, cuando trabajaba de albañil en el verano, me asocié a “Perino” –un sujeto que al verlo ya te das cuenta que es un pusilánime, un piojo, un paria, lo más bajo de lo bajo– para levantar una pared a un vecino cercano. El trabajo duraba cinco días, a doble turno. Habíamos acordado en cobrarle 400 pesos al dueño de la pared, y dividiríamos 200 para cada uno. Trabajé como un condenado, transpirando la gota gorda y cuando finalmente llegó la hora de pagar, Perino me dijo que el dueño de la pared le había dado 250 pesos. “¿Pero no te había dicho 400?” le pregunté, con los ojos salidos. “Sí” me contestó “pero parece que cambió de opinión”. Nunca supe si realmente el vecino cambió de parecer o si Perino se guardó el resto de las ganancias. Trabajar con esta clase de gente me ha dejado experiencia, un ojo más crítico, algo de cinismo y por supuesto, mucha desconfianza.
Los garcas llegaron a las esferas de la política, los negocios y la educación. El garca político es más fácil de reconocer, al que le dedicaremos una página en otro momento. El garca de los negocios cava su madriguera en las concesionarias, las funerarias, las ventas de electrodomésticos, celulares, zapatillas, incluso el servicio de Internet. Con esa herramienta demoníaca llamada publicidad o marketing, el garca comercial y oficinesco dispone toda su vida a adiestrar cerebros para que se vuelvan nada más que consumidores. Mediante el discurso falso y elaborado, el garca se te presenta como uno más de tus amigos. Te hace creer que piensa lo que vos pensás, que vivió lo que alguna vez viviste. Imita tus posturas y tus gestos, incluye palabras de tu léxico para incorporárselo al suyo, para futuras víctimas. El garca dice que tu mujer es una belleza, a pesar de que todos sabemos que es un más fea que pisar mierda descalzo. La introducción consiste en alagar, alabar, felicitar por tonterías, palmear el hombre o dar la mano a cada rato. Después de esa graciosa actuación (que a más de uno deja complacido y falsamente encariñado) el garca procede a manipular con los números, los costos, la financiación, las sugerencias, las promociones y otras mierdas comerciales. Si el garca se encuentra indefenso y vulnerable, es probable que llame a otro igual a él para que la embestida sea más efectiva. Porque, sin saberlo, creemos que si dos personas están convencidos de algo, automáticamente pensamos que “es la verdad”. Cuando nos damos cuenta, casi sin pensar, ya le compramos un auto, un celular o un electrodoméstico al garca. No importa si debemos pasar diez o veinte años pagándolo, o cambiarlo al paso de un año, o si nos alcanza para seguir viviendo. La sonrisa del garca es tan reluciente, sus dientes tan blancos y perfectos, que uno se enamora a pesar de ser un macho cabrío. La bondad, el cariño y la calidez que nos hizo experimentar el garca no se nos borrará hasta después de unos días. Es tan magnético su poder que incluso es probable que lo alabemos en secreto y digamos “qué amable que es el señor Gutiérrez”.
El garca educativo ronda los colegios y las universidades. Está siempre limpio, con aroma a desodorante caro o perfume francés. Suelen andar en autos medio pelo, pero muchos, en la intimidad, amasan grandes fortunas. El garca educativo está a un paso de ser un patrón. La diferencia es que vos necesitás que te apruebe una materia (y si fallás, bueno, no es la muerte, podés intentarlo de vuelta), en cambio el patrón quiere que siempre apruebes, en el trabajo, los 365 días del año. Detrás de esos lentes de montura negra, el garca educativo mira el futuro de su calendario para gozarlo al máximo. Se adhiere a huelgas que para él no significan nada, enseña materias con desgano y superficialmente, y fundamentalmente, se rasca el higo todo el año. El garca que se hace pasar por profesor te extorsiona para que apruebes de alguna manera. Conozco casos de chicas (lindas) que fueron presa de un profesor que intercambiaba un aprobado por una noche de sexo. Estos sujetos ensucian la gloriosa profesión de enseñar. No todos son iguales, pero un par de manzanas podridas ya rotulan al cajón.
Garcas abundan como las moscas de un tambo. Parecen multiplicarse y expandirse. Nadie está a salvo. La gente del campo, la cual siempre se la tomó por ingenua y “confianzuda” ya está a la defensiva, porque cuando van al pueblo a hacer las compras, seguro que se cruzan con un garca. En las ciudades hay un garca cada diez metros cuadrados. Esto es cien garcas en una cuadra. Y mil en un kilómetro. Imagínese.
Pero no debemos andar de capa caída porque como muy bien dijo Facundo Cabral;” Dios juzga por el promedio. Estamos a salvo, porque la mayoría es gente buena”.
Que así sea para el futuro de los que vendrán.

