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Origen de algunas frases celebres ej. "Jugamos al teto"

JUGAMOS AL TETO



La frase en cuestión es una broma que se gasta a algún amigo ingenuo, que preguntando de qué se trata el “teto” se lleva como respuesta “tú te agachas y yo te la meto”. En principio parece una simple chanza en rima, aunque su origen es mucho más antiguo de lo que se pueda creer. En la Antigua Grecia el “thetos” era un juego al que recurrían los guerreros griegos durante las horas posteriores a la batalla y su principal objetivo era rebajar la adrenalina de la soldadesca. Poco se sabe en concreto de él y por desgracia el reglamento no ha llegado hasta nuestros días, aunque todo parece indicar que se trataba de un juego de dados, que se lanzaban sobre la parte posterior de un escudo o sobre un barril. Por algunos indicios que nos han llegado a través de la pintura en cerámica, se ha llegado a la conclusión de que el vencedor obtenía el derecho a decidir su posición durante el acto sexual que seguía al final del juego (es conocida la casi completa bisexualidad de los griegos en la Antigüedad). El “teto” fue prohibido por Constantino, el primer emperador cristiano, que lo consideró aborrecible e inmoral y por tanto trató de destruir cualquier vestigio de su existencia. Sólo las investigaciones de Heinrich Schliemann a finales del siglo XIX sacaron de nuevo a la luz algunas noticias de este juego, del que se comenzó a hablar a escondidas en los pasillos de las universidades europeas; es muy probable pues que en este ambiente se forjara la broma en español.





El perro es el mejor amigo del hombre






A pesar de que pueda creerse que la frase "el perro es el mejor amigo del hombre" es una creencia popular, no es así, fue pronunciada por primera vez por el abogado George Graham Vest, en estados unidos. La historia de esta frase es la siguiente:

Charles Burden, poseedor de un galgo llamado Old Drum, descubrió que su perro había sido asesinado. Averiguó que lo había matado su vecino a sangre fría, no en defensa propia y decidió denunciar el hecho. Su abogado, Geroge Graham Vest, pronunció el siguiente discurso en el juicio:

Caballeros del jurado: El mejor amigo que un hombre pueda tener, podrá volverse en su contra y convertirse en su enemigo. Su propio hijo o hija, a quienes crió con amor y atenciones infinitas, pueden demostrarle ingratitud. Aquellos que están mas cerca de nuestro corazón, aquellos a quienes confiamos nuestra felicidad y buen nombre, pueden convertirse en traidores.

El dinero que un hombre pueda tener también podrá perderlo, se volará en el momento que más lo necesite.
La reputación de un hombre quedará sacrificada por un momento de locura o debilidad.

Las personas están dispuestas a caer de rodillas para honrar nuestros éxitos, serán los que arrojen la primera piedra, cuando el fracaso coloque nubes sobre nuestro porvenir.
El único, absoluto y mejor amigo que tiene el hombre en este mundo egoísta, el único que no lo va a traicionar o negar, es su PERRO.

Caballeros del jurado, el perro de un hombre está a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Dormirá en el frío piso donde sopla el viento y cae la nieve, sólo para estar junto a su amo.

Besará la mano que no tenga comida para ofrecerle, lamerá las heridas y amarguras que produce el enfrentamiento con el áspero mundo.

Si la desgracia deja a su amo sin hogar y amigos, el confiado perro solo pide el privilegio de acompañar a su amo para defenderlo contra todos sus enemigos.

Y cuando llega el último acto, y la muerte hace su aparición y el cuerpo es enterrado en la fría tierra, no importa que todos los amigos hayan partido. Allí junto a la tumba, se quedará el noble animal, su cabeza entre sus patas, los ojos tristes pero abiertos y alertas, noble y sincero, mas allá de la muerte.

La sala se llenó en un profundo silencio y algunos incluso se echaron a llorar, emocionados. El vecino y asesino del perro, Leónidas Hornsby, fue multado con 550 dólares.



Más vale pájaro en mano que ciento volando





Este dicho tiene sus orígenes en las guerras de los colonizadores contra las tribus de los indios en Norte América. En la batalla que después pasó a la Historia como “la masacre de Fort Mims” (1813), los comanches atacaron con gran violencia este fuerte, a pocas millas del Mississippi. Aunque la batalla fue un éxito rotundo para los indios (como se deduce del nombre), dos cowboys destacaron por su gran valor en la batalla: James y Bill Bird, dos hermanos provenientes del Kansas. Atrincherados en la parte alta del fuerte, conocida como “The Hand” por su forma a cinco “dedos”, lograron detener el ataque enemigo hasta que una caravana llegó para poner a salvo el coronel Mims y su familia. Fue entonces que el propio coronel, para honrar la memoria de los hermanos Bird (que perdieron la vida en la batalla), comenzó a difundir la expresión “better a Bird in The Hand than a hundred flying”.


ORO DEL QUE CAGÓ EL MORO




La expresión, para quien no la conozca, se utiliza para poner en duda la autenticidad de algo que es presentado como precioso y de gran calidad. Su origen se remonta, como no podía ser menos, al periodo de presencia musulmana en la península ibérica, concretamente a su época final en el siglo XV. Una vez que Boabdil fue expulsado de Granada por los Reyes Católicos, fijó su residencia en Laujar de Andarax, en Almería. Fue allí donde fueron a buscarle unos emisarios de Isabel y Fernando, para exigirle que restituyera a la Corona de Castilla 100.000 maravedís que los reyes estimaban que habían desaparecido de las arcas de la ciudad de Granada. Boabdil, sumido en una gran crisis política y financiera, tuvo una ocurrencia que le acabaría salvando la vida. No disponiendo del dinero que se le requería, pero no pudiendo dejar que sus enemigos lo supieran, ideó una estratagema para ganar tiempo y poder embarcarse rumbo al norte de África. Boabdil alegó ante los emisarios que estaba preocupado por su regreso a Granada, pues estaba seguro de que su palacio estaba lleno de espías, y si se enteraban de que volverían con semejante cantidad de dinero, serían asaltados con toda seguridad antes de volver a terreno seguro, por lo que ellos morirían y los reyes de Castilla no recuperarían uno solo de los maravedís. Por eso propuso a los emisarios lo siguiente: ellos volverían aparentemente sin cofres ni dinero, pero se llevarían como rehenes diez de sus criados más cercanos, incluído el fanático imán Abd-Allah Ibn Qumrasem. Cada uno de ellos, antes del viaje, tragaría mediante una técnica especial nazarí una cantidad de oro y gemas suficiente para entre todos pagar su deuda con los reyes cristianos. A su llegada a Granada, los diez siervos defecarían su parte del dinero y todos quedarían en paz.

Sin embargo los emisarios españoles, Pedro Pablo Ajofrín y Cancio Doménech, fueron engañados, pues lo que tragaron los criados del sultán no fue otra cosa que pasta de almendra modelada y coloreada. Al llegar a Granada los musulmanes fueron llevados a las letrinas de la Alhambra, donde fueron custodiados día y noche. Cada vez que uno de ellos hacía sus necesidades, los guardias escarbaban entre las heces esperando ver salir algún rubí o alguna moneda de oro. Obviamente, no tardó en descubrirse que todo había sido un engaño y que Boabdil se había marchado con el dinero. Fue entonces que empezó a utilizarse la expresión que nos ocupa, casi como una coletilla cuando alguien aseguraba que un objeto estaba heho de oro. “Sí, sí, oro del que cagó el moro“.



METER LA PATA




Como bien es sabido, “meter la pata” significa equivocarse, errar, a menudo de forma burda. Mucha gente piensa que “pata” tiene que entenderse como sinónimo de “pierna” y que por tanto la expresión tiene ese sentido de “tropezar”. Sin embargo, su origen es animalístico y se remonta al comentario de Teofrasto de Hieracómpolis del Antiguo Testamento, una obra que la Iglesia hoy no reconoce como conforme al dogma católico. Teofrasto ofrece una versión del episodio del arca de Noé con matices que tuvieron una cierta difusión hasta el siglo XVI. El egipcio contaba que Yahveh puso a prueba a Noé justo el día antes del inicio del diluvio: “Noé, mañana, con las primeras gotas, tendrás que abandonar la hembra del pato, un animal que no considero digno de sobrevivir a mi diluvio. Si me obedeces, los días de lluvia se reducirán a la mitad y tu prole se duplicará en cuanto las aguas se retiren“. Noé, que por piedad no fue capaz de seguir los designios de Yahveh, metió el animal no ya en la bodega con todos los demás, sino en su propia cama junto a su esposa, esperando que el Señor no se diera cuenta de su presencia. Al día, siguiente, tras el comienzo del diluvio, se oyó un fuerte trueno y la voz de Yahveh resonó en toda la Tierra: “Noé, pagarás cara tu osadía. Este es sólo el primero de cuarenta días de lluvia a causa de tu ingenuidad. Es inútil que lo niegues: has metido la pata“.

Este episodio fue popularizado por Erasmo de Rotterdam, que lo citó en varias de sus cartas con literatos del siglo XVI, por lo que comenzó a popularizarse una versión abreviada que decía algo así como “no hagas como Noé, no metas la pata“. El olvido al que se vio forzado Teofrasto de Hieracómpolis después del Concilio de Trento hizo que la historia de Noé se perdiera prácticamente de la literatura religiosa, pero en cambio era tarde para que “meter la pata” saliera del vocabulario de los eruditos modernos, que continuaron a utilizarla hasta que llegó a las calles para perpetrarse en nuestro lenguaje.



ESTAR CRIANDO MALVAS



Esta expresión se utiliza para hablar de alguien que ha fallecido, normalmente porque se asocia el nacimiento de las plantas al abono natural que genera un cuerpo humano enterrado. El origen es menos macabro de esto y hace referencia precisamente al contrario, a la negación de la crueldad de la muerte. Todo se remonta al siglo I d.C. y a la correspondencia que mantenían dos eruditos de la época, Plinio el Viejo y Cornelio Tácito. En el año 79, el año de la erupción del Vesuvio, Plinio se encontraba en los alrededores del volcán, llevando a cabo exploraciones y experimentos para la redacción de su Naturalis Historia, su grande “enciclopedia” dedicada al mundo natural. En la última carta que Plinio escribió a su amigo Tácito le informaba de sus últimos descubrimientos y sus actividades, y destacaba que en las últimas semanas se había dedicado casi sólo a “criar malvas” (colare malvas), una flor que le había llamado especialmente la atención. Como es sabido, Plinio murió durante este viaje a la Campania, probablemente a causa de los efluvios tóxicos del volcán. La noticia de su muerte llegó a Tácito más o menos a la vez que su última carta. A Tácito le impactó la imagen de Plinio cuidando con cariño sus flores casi mientras moría, así que decidió utilizarla en su panegírico del estudioso frente a los notables romanos: “es por la magnitud de su persona y de su obra que Plinio no ha muerto, sino que está a los pies del Vesuvio, criando malvas”. La imagen era tan poética que caló enseguida entre la población y la literatura fúnebre, extendiéndose con facilidad a todos los rincones del imperio.



SER MÁS BUENO QUE EL PAN






Nos encontramos ante una expresión de indudable origen cristiano. Parece que todo comenzó durante los primeros siglos de expansión del cristianismo, cuando la liturgia de los seguidores de Jesús de Nazareth aún no estaba perfeccionada ni había sido asimilada por la población. Acostumbrados a las divinidades paganas, los habitantes de Europa Occidental tuvieron bastantes problemas para entender al cien por cien la simbología y los significados de una religión que venía de Oriente y cuyos dogmas requerían una gran dosis de fe. Por este motivo surgieron casi contemporáneamente al cristianismo las herejías, corrientes religiosas que interpretaban de manera diferente algunos de los principios del catolicismo. Uno de los aspectos que se expusi enseguida a diferentes interpretaciones fue sin duda el momento de la eucaristía: para grandes segmentos de la población resultaba muy difícil entender el concepto de la transubstanciación, por el que el cuerpo de Cristo está presente en la hostia consagrada que se toma durante la comunión. No les quedaba claro si Jesús se transformaba en pan, si Dios y el pan eran la misma cosa desde siempre o si Jesús había escondudo una parte de sí mismo en el pan para escapar a la muerte segura que le esperaba. Sea como fuere, estas dudas dieron lugar a la herejía de los “panistas”, una de las más breves de la historia. Los panistas consideraban que en realidad el único dios era el pan, y que Jesucristo no era otra cosa sino la esencia de este alimento básico encarnada en un hombre. De ahí que su lema fuera “Nullum bonius pane” (nada más bueno que el pan). El panismo tuvo una vida fugaz y desapareció tras el segundo concilio ecuménico (381 d.C.), pero ante el temor de que sus dogmas pudieran volver a calar entre la población, los párrocos y otros cargos eclesiásticos comenzaron a popularizar la expresión “ser más bueno que el pan”; al principio el dicho aludía sólo a Jesucristo, pero pronto la sencillez de la frase hizo que se extendiera a cualquier persona de buen corazón.



TIRAR LA TOALLA



Casi todo el mundo conoce la expresión “tirar la toalla”, una expresión que significa rendirse, o abandonar una lucha o un propósito. Normalmente se asocia la expresión al mundo del boxeo, a un gesto con el que el entrenador de uno de los púgiles puede forzar el abandono de su pupilo. Pocos saben en cambio que la frase tiene un origen más antiguo y menos agresivo, relacionado curiosamente con el mundo de las termas romanas. En la antigua Roma las termas no eran sólo un sitio donde poder bañarse, sino también un lugar de encuentro y de reunión, donde poder urdir las conjuras políticas más oscuras o encontrar el amor de los efebos más bellos de la caput mundi. Parece ser que ya en el siglo I d.C. se instauró una especie de ritual precisamente entre los jóvenes que acudían asiduamene a las termas en busca de fama y riquezas y los hombres de media edad que buscaban sus favores. Después de que uno de estos jóvenes había recibido una propuesta concreta, directamente o a través de amigos, se situaba frente a su pretendiente y realizaba una de estas dos acciones: o se hacía un segundo nudo en la toalla en la que iba envuelto haciendo entender que no la aceptaba o la dejaba caer ante el aplauso general de los presentes, que festejaban el nacimiento de una relación. Ya en una fecha temprana como el siglo II d.C. tenemos las primeras pruebas escritas de la expresión “linteum iactare“, “tirar la toalla”. En unas termas en la actual Turquía se ha descubierto recientemente una placa donde se lee: “Hic Antinous Hadriano linteum suum iactavit“, es decir, “Aquí fue donde Antinoo tiró su toalla a Adriano“, una placa que probablemente señala el inicio de la famosa relación entre el emperador Adriano y el joven Antínoo. De esta forma, este dejar caer o tirar la toalla comenzó a verse poco a poco como un gesto de sumisión, de rendición al conquistador, por lo que terminó adaptándose también al mundo del pugilato, a través del cual ha llegado hasta nuestros días.


ESTAR DE PARRANDA



Como bien se sabe, “estar de parranda” significa estar de fiesta, salir a festejar con alegría y en compañía, con motivo o sin él. Pocos saben en cambio el origen de esta expresión tan jolgoriosa. Parece ser que todo se debe al médico Augusto César Parranda, al servicio de Carlos VII en la Tercera Guerra Carlista. Cuando en 1872 comenzaron los preparativos para la guerra las fuerzas carlistas llevaban ya bastantes años en horas bajas, con una pérdida cada vez mayor de popularidad y con un ejército que no hacía sino menguar. Las esperanzas no ya de victoria sino de volver con vida de los diferentes frentes abiertos eran escasas, y la obstinación de Carlos VII por acceder al trono era vista cada vez más como la actitud de un hombre desesperado, que estaba dispuesto a cualquier pérdida humana con tal de obtener su utópico objetivo. Cuando comenzaron los alistamientos forzosos para la batalla, Parranda era uno de los médicos encargados de supervisar la idoneidad de los soldados que tendrían que marchar al frente. Por lo que parece, Parranda era un hombre sensible y honesto, y no estaba dispuesto a mandar a morir centenares de jóvenes con toda la vida por delante por la obcecación del monarca sin trono. Por eso por sus manos pasaron muy pocos hombres que fueran finalmente utilizados en el campo de batalla, ya que convencido de la inutilidad de la guerra, firmaba multitud de certificados de incapacidad basándose en las causas más comunes: pies planos, miopía, asma, etc… Los hombres que se salvaban así de ir a la guerra no perdían ocasión de festejar su ausencia entre filas, ofreciendo numerosos brindis a Parranda, a quien debían la vida. De aquí que se ganaran el apodo de ser “los de Parranda”, a partir del cual se extendió la expresión “estar de parranda”.



COMERSE EL TARRO



Todo hace indicar que la expresión nace en los Países Bajos, por eso en España no se haría popular hasta el siglo XVI, en plena época de contactos militares y diplomáticos con la zona. Como muchas expresiones, parece que su origen es puramente literal, aunque el motivo quedó casi olvidado después de la independencia de los territorios del norte. Era usanza común en los Países Bajos que los hombres acompañaran la pedida de matrimonio de las mujeres con una cesta de panes, frutas y quesos, momento a partir del cual iniciaba un periodo de reflexión de la mujer y su familia para ver si aceptaban la propuesta. La tradición decía que cuando los alimentos de la cesta terminaran la pretendida debía dar una respuesta. Si la relación de la pareja era estable y era conocida a toda la familia entonces pasaban sencillamente unas horas, el tiempo que tardaban padres, hermanos y demás familiares en comerse todas las viandas celebrando ya el compromiso. Cuando la propuesta se recibía sin que hubiera toda esta seguridad, entonces las mujeres y sus familias trataban de alargar el tiempo lo más que pudieran, no sólo para informarse bien del pretendiente sino también para ver si existían alternativas mejores.

Uno de los elementos que no podía faltar en la cesta era un queso cremoso (tipo casi cuajada) que se llevaba en un tarro de un material especial, parecido al barro pero mucho más blando. Este material (cuya composición no ha sido nunca completamente revelada) no sólo ayudaba a mantener las propiedades del queso sino que con el paso del tiempo se iba impregnando de él, por lo que al cabo de pocos días era comestible. Es por eso que para ganar tiempo en la respuesta, la pretendida, una vez terminados los otros alimentos perecederos, podía empezar a comerse también el tarro, justificando de esta manera la falta de una contestación en firme. Por tanto eran comunes en la época frases del tipo “no sé al final qué decidirá, lleva dos días comiéndose el tarro“. Lo más seguro es que a raíz de esta tradición la expresión pasara a considerarse sinónimo de “pensar mucho o en exceso“.


VERDE DE ENVIDIA



¿Por qué el color verde se asocia a la envidia? Se dice erróneamente que todo se debe a que el sentimiento de la envidia provoca una generación tal de bilis que su color llega incluso a la piel del envidioso. Evidentemente esto es científicamente imposible por lo que la expresión ha debido de tener otro origen.

Se cuenta que todo se debe a un travieso juego de palabras entre los vocablos “envidia” y “endivia”, la verdura de color blanquecino cuyas hojas terminan en un verde claro muy característico. Durante los últimos años del reinado de Isabel de Farnesio, esta vivió una conocida rivalidad con Bárbara de Braganza, esposa de su hijastro Fernando VI y su futura sucesora. Barbara era una mujer culta, conocía varios idiomas y se interesaba por la cultura y el arte, virtudes por las que gozaba de una gran popularidad en la corte, ya que además era una mujer de buenos modales y sanas costumbres. Casi lo contrario de Isabel de Farnesio, cuyas intrigas palaciegas no le habían granjeado una buena fama.

El día de la sucesión, el 9 de julio de 1746, Isabel de Farnesio llevaba un vestido de una tonalidad verde que recordaba al ya mencionado color de la endivia. Teniendo en cuenta que la italiana renunciaba de mala gana a su reinado el chiste estaba servido y el color “verde endivia” se transformó rápidamente en “verde envidia”, lo que originó la expresión “estar verde de envidia”.



PONER A PARIR



La expresión tiene evidentemente un origen muy antiguo, dada su naturaleza. Cuenta Heródoto que en la antigua Esparta era normal que cuando una mujer superaba los nueve meses de embarazo, otras mujeres fueran a su casa para discutir violentamente con ella. Era el momento donde las mujeres sacaban fuera todos los trapos sucios y todos los reproches que se habían guardado durante la gestación para evitar problemas al niño. Aunque no supieran explicarlo desde un punto de vista médico, las discusiones acaloradas hacían que las embarazadas rompieran aguas con mayor facilidad, lo que precipitaba un parto que de otra forma se habría podido alargar algunas semanas. Este rito tenía además una doble función para la ciudad. Por un lado, el hecho de que las espartanas tuvieran estos momentos de gran sinceridad en un punto crucial de sus vidas ayudaba a reforzar los lazos de unión dentro de la población; además, si el bebé era un varón, los espartanos pensaban que llegar al mundo en un ambiente de hostilidad y disputas forjaría su carácter desde el nacimiento. Por estos motivos era normal la expresión “ir a poner a parir a alguien”, porque se esperaba de verdad que la discusión ayudara a acelerar el parto.

DORMIR COMO UN TRONCO






La expresión nace en la Salamanca del siglo XIV y se debe a la historia de amor de Blanca Flora, hija del noble castellano Álvaro de Torregrossa. Se dice que Blanca conoció durante su juventud a un rico comerciante musulmán del que quedó perdidamente enamorada. El pretendiente, queriendo obtener su mano, se presentó ante su padre y le ofreció grandes riquezas si aceptaba que Blanca Flora lo acompañara a Granada como su esposa. La respuesta fue evidentemente negativa, lo que desató la desesperación de Blanca Flora. Aquella misma noche, como había acordado con su amante, se descolgó por el balcón y escapó con el comerciante, dejando en su cama un tronco de madera para ganar tiempo en su huída. Efectivamente, al día siguiente su padre, que no quería importunarla, se asomaba a la puerta de su cuarto y, viéndola inmóvil en la cama (eso pensaba él), se alejaba lleno de tristeza por la situación. Al caer la noche, ya preocupado porque Blanca Flora no había dejado la cama ni una sola vez, entró hasta el fondo de la habitación y descubrió el engaño, sumiéndose en una profunda depresión sabedor de haber perdido a su hija. Obviamente la historia se propagó rápidamente por la ciudad y, dado que Torregrossa no era muy querido entre sus conciudadanos, la expresión “dormir como un tronco” se extendió para ahondar en el dolor del noble, que nunca se recuperó de esta herida y murió pocos años después.


DONDE COMEN DOS, COMEN TRES




Evidentemente la frase nos retrotrae hasta la antigua Roma, concretamente a un periodo muy delicado como fue la formación del primer triunvirato, que permaneció oculto durante una buena parte de su gobierno. En el 70 a.C. Julio César acababa de presentar una propuesta en el Senado para la Ley Agraria pero la cámara esta bloqueando el proyecto. Fue entonces cuando Julio César tuvo que recurrir a Pompeyo para solicitar su influencia y poder hacer cambiar de idea a los senadores. Para Pompeyo la ley de César era justa y correcta, pero el segundo cónsul de la república, Marco Licinio Craso, sería más difícil de convencer para la causa. Durante una cena, Pompeyo y César presentaron a Licinio Craso no sólo los beneficios personales que podía obtener de la aprobación de la ley sino la propuesta de un gobierno entre los tres hombres, con Pompeyo y Licinio como cónsules y César actuando en la sombra. Algunas fuentes no confirmadas, pero recogidas más tardes por los demás historiadores que la consideraron una anécdota verosímil, dicen que al final de la cena un convencido Licinio Craso tomó el último trozo de pollo, lo dividió en muslo, ala y pechuga y dando una parte a cada uno de los comensales exclamó “ubi edunt duo, tres quoque“, “donde comen dos, comen tres”. Con la llegada del Renacimiento y el redescubrimiento de las fuentes antiguas la frase comenzó a ser utilizada no sólo en España sino también en los demás países europeos, siendo traducida en más de quince lenguas ya antes del final del siglo XVI.



DAR PLANTÓN




Una de las expresiones más antiguas de las que se tiene noticia, y es que hablamos de la Grecia del siglo VIII a.C. En una época en la que no existían obviamente ni teléfonos ni relojes resultaba difícil a veces concretar una cita con otra persona. Más difícil incluso era avisar a la otra persona que no se podía asistir o que el encuentro tenía que retrasarse por cualquier motivo. Es por eso que entre los tesalonios se desarrolló una costumbre que dio lugar a la expresión. Quien sufriera un imprevisto por el cual no pudiera asistir a una cita tenía que ir al lugar del encuentro y plantar de forma visible en mitad del camino una rama de olivo (o mandar a alguien que lo hiciera). Así, cuando la otra persona llegara al lugar, sabría que no tendría que esperar y perdería el menor tiempo posible. El verbo que se utilizaba para esta acción era evidentemente “fikomai”, que significa “plantar, hacer brotar”. La expresión se difundió por toda Grecia y después a Roma y al latín, donde llegó ya sin que se conociera su origen.



MÁS ABURRIDO QUE UNA OSTRA



Expresión que obviamente nada tiene que ver con el animal sino que nace en la corte de Luis XV en Francia. Durante el verano de 1741, especialmente caluroso y aburrido, partiendo de la nomenclatura del “Delfín” el monarca quiso dotar a todos los cargos de la corte de un sobrenombre (y de algunas funciones) que tuviera que ver con el mar. Así, las bailarinas fueron “las gambas”, los guardias “los peces espada” y la encargada de las joyas de la princesa “la ostra”. El encargo de “la ostra” le tocó a Margueritte du Beubeaublis (en la foto), que cada mañana debía enfundarse un disfraz de ostra y abrir delante de la princesa un cofre donde había un colgante con una gran perla. Lo peor es que Marguerite tenía que acompañarla de todas maneras durante todo el día sin poder hablar ni quitarse el disfraz para disfrute de la princesa (Luisa de Borbón tenía entonces cuatro años), lo que le suponía un verdadero aburrimiento. Es por eso que en la corte comenzó a circular la expresión “aburrirse como una ostra” o “estar más aburrido que una ostra”.




PONERSE LAS BOTAS





Una expresión muy típica de estas fechas pero que tiene un origen muy poco navideño. De hecho, la expresión se difundió en la España de finales del siglo XV, durante la conquista de Granada. Con el ejército castellano-aragonés ya a las puertas de al ciudad califal, Fernando II de Aragón decretó que los soldados habían de tener ración doble de comida en todas las tabernas cercanas al frente. En aquella época el signo distintivo de los soldados cuando circulaban por las ciudades eran sus enormes botas, que llegaban en ocasiones por encima de la rodilla. Es por eso que entre la picaresca de las localidades limítrofes muchos comenzaron a confeccionar botas muy parecidas a las de los soldados, para presentarse en las tabernas con la intención de obtener una abundante comida. Por eso la gente llana comenzó a utilizar “me he puesto las botas” para indicar que habían comido de manera ingente.



TENER LA CARA MUY DURA




Después de la quiebra de 1627 durante el reinado de Felipe IV, en España proliferaron las imitaciones de algunas de las monedas de mayor circulación, como el escudo o el real. Los hubo incluso más osados que se lanzaron a la reproducción del doblón de oro, una moneda de alto valor con la que se podían adquirir alimentos en abundancia para una familia media. Como nadie iba a ir al mercado a comprar con un doblón, los falsificadores se dirigían primero a los cambistas, de los que intentaban obtener las monedas más pequeñas. Al inicio pocos se dieron cuenta de la falsedad de los nuevos doblones, pero poco a poco empezó a correrse la voz de que las monedas trucadas presentaban imperfecciones en la parte de la cara, donde se acumulaba la mayor parte del hierro de la aleación, mientras que el estaño iba a parar a la cruz. Por lo tanto de estas monedas se decía que tienen “la cruz muy blanda y la cara muy dura”, una frase que pronto se acortó a la segunda parte, dando pie a la palabra “caradura” con la que se referían a los falsificadores.




TIRAR LA CASA POR LA VENTANA




Esta expresión, que parece nacer de una paradoja, tiene su origen en realidad en las complicadas relaciones políticas de la España del siglo XIX. Durante la segunda presidencia del Consejo de Ministros de Leopoldo O’Donnell se comenzó a discutir sobre los recursos que había que destinar a determinados servicios públicos. Uno de los principales detractores era José Esteban Lacasa, aguerrido liberal que defendía fuertes medidas de austeridad a causa de la dispendiosa guerra que España conducía en Marruecos. El 16 de marzo de 1860, tras una violenta campaña social contra Lacasa, se encontró el cuerpo del diputado bajo su ventana en el Paseo del Prado. Aunque nunca quedaron excesivamente claras las causas de la muerte, el partido liberal siempre sostuvo la tesis del asesinato, y comenzaron a utilizar la expresión “no podemos tirar siempre a Lacasa por la ventana” para explicar que un mínimo de rigor en las cuentas hacía falta siempre. A partir de ahí la expresión se difundió hasta que habiendo olvidado su origen, se comenzó a decir “tirar la casa por la ventana”.
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