InicioCiencia EducacionTezcatlipoca, Espejo Humeante (Dos visiones)
Tezcatlipoca, Espejo Humeante (Dos visiones)

antropologia

Tezcatlipoca, como su avatar de pavo (Códice Aubin, lámina 17).

quetzalcoatl


Tezcatlipoca, Dios contraparte de Quetzacóatl, polémico numen que crea y destruye al mundo, confidente del ser humano, dador de fortunas y ladrón de las mismas, traidor, seductor y asesino… Un retrato de la humanidad misma.

Los siguientes dos ensayos, uno obra de Laurette Séjourné (Pensamiento y Religión en el México Antiguo), ilustre arqueóloga, etnóloga y antropóloga, nos ilustra acerca de la concepción ideal de Tezcatlipoca, debido a las clases altas y sabias de los pueblos prehispánicos. El siguiente ensayo, parte de su libro “La Calavera”, pertenece a Paul Westheim, estudioso del Arte y la religión en diversas partes del mundo, y nos habla de cómo era la visión que se tenía en las clases más bajas de este espantable –y sorprendente- dios….

Bueno, para no abundar más, te invito a leer este trabajo. ¡Gracias desde ahora por tu visita!


tezcatlipoca





Tezcatlipoca, el Señor del Espejo Humeante

A partir del cenit, el sol penetra en la región sometida a la gravedad y efectúa su descenso hacia la materia acompañado de las divinidades del oeste. Las etapas de este viaje están señaladas por las sucesivas representaciones del astro: el colibrí, signo de plenitud, es reemplazado primero por el águila descendente, y por el jaguar después.

El simbolismo de Tezcatlipoca recuerda el del Sol en esta cuarta posición del espacio, porque el jaguar, imagen de las profundidades subterráneas, es su principal doble. El otro es el pavo, y es probable que esta pesada ave doméstica llamada el Gran Xólotl (Hueyxólotl) sea un símbolo del sol exiliado sobre la tierra, es decir, una encarnación del águila caída.

paul westheim


Su fiesta, que “era como pascua y caía cerca de la pascua de resurrección”, era la más importante de todas y tenía lugar a la mitad del quinto mes, durante el primer pasaje solar por el cenit. En esta ocasión, Tezcatlipoca, sacrificado en la persona de un prisionero, renacía en seguida en otro hombre joven que lo representaba hasta morir a su vez el año siguiente.

Los contrastes y el dualismo presiden todas las funciones de Tezcatlipoca. A la vez hermano y enemigo de Quetzalcóatl; creador y destructor de las primeras edades míticas; dios de la providencia pero también del fracaso y de la ruina; de la pureza y del orden, mientras que protege el pecado y fomenta las querellas; amigo de los ricos y considerando a los esclavos –con el yugo de los cuales es muchas veces representado- como sus hijos bien amados; siendo en fin el que era “tenido por verdadero dios”, se deja, sin embargo, en ciertas ocasiones, capturar por los hombres e imponer brutalmente su voluntad. Su invisible omnipresencia es “espíritu, aire, tinieblas”, y el atributo que lo distingue es un oscuro espejo que desprende humo.



Este carácter brumoso e inestable, así como su liga estrecha con las actividades más profanas, sugiere que Tezcatlipoca, imagen del Sol de Tierra, no es otro que la humanidad misma, simbolizando a ésta la materia en la cual el astro encarna: las múltiples facetas del dios serían entonces los reflejos de esta masa opaca y doliente en busca de salvación. Únicamente por esta explicación su personalidad caótica se hace coherente; nada más natural, en efecto, que la violencia, la discordia y el pecado estén, entre los humanos de la Era del Centro, aliados a la necesidad de armonía y de purificación.

espejo humeante


Analicemos aquí el jeroglífico del término Tezcatlipoca, cuya traducción es espejo humeante o humo espejeante.

La parte central está formada por líneas concéntricas semejantes a las del escudo de Xipe y decoradas al exterior con pelotas de plumas, objeto asociado al sacrificio. De su centro, emerge una tibia franqueada de volutas que llevan incrustados ojos de luz, que figuran estrellas y encima de cada voluta un signo que recuerda el de la llama, empleado como símbolo de penitencia.

Todo esto parecería indicar que se trata de una composición que expresa la idea de sacrificio; y sabemos, en efecto, que Tezcatlipoca está estrechamente unido a este concepto básico. Además de presidir las confesiones, existe la leyenda según la cual, cuando aparece sobre la tierra el hombre que tiene el coraje de apoderarse de su corazón puede exigir de él lo que considera ser la riqueza suprema: algunas espinas de maguey destinadas al auto sacrificio.

Laurette Sejourne


En cuanto a las volutas incrustadas de estrellas, éstas constituyen un signo característico de Quetzalcóatl y de su doble Xólotl. Con ligeras variantes, forman comúnmente parte de las vestimentas del primero y se encuentran siempre presentes en el segundo.

arqeologia mexicana


Las culturas mesoamericanas conocen todas este jeroglífico que se perpetúa hasta los aztecas. No poseemos de él desgraciadamente todavía ningún ejemplar teotihuacano, pero aparece en cambio sobre varios bajorrelieves del Viejo Imperio, así como en sus libros pintados. Los estudiosos de esta civilización lo han identificado, desde hace mucho tiempo, con Venus. Entre los zapotecas, donde alcanza una importancia de primer orden, está frecuentemente integrado a un conjunto de fácil comprensión: las volutas luminosas emergen de una fauce de jaguar y expresan que se trata de la luz engendrada por las tinieblas.

Tezcatlipoca, Espejo Humeante (Dos visiones)


Es interesante observar que el núcleo de las volutas del espejo humeante está constituido por un hueso de muerto. Esto sugiere que, lo mismo que la flor que se abre en el extremo de la tibia-emblema de Quetzalcóatl, las volutas estrelladas representantes de Venus simbolizan la vida espiritual engendrada por el sacrificio de la materia perecedera. En un monumento azteca (el Teocalli de la Guerra Sagrada) el atributo de Tezcatlipoca surge de la sien de una calavera que lleva en la boca el símbolo de la guerra florida. El espejo humeante parece entonces contener toda la doctrina de Quetzalcóatl, y el hecho de que este importante jeroglífico resume el mensaje del creador del hombre y de todo su universo señala, una vez más, a Tezcatlipoca como el representante de la humanidad.

Se observa, por otra parte, que este dios lleva el espejo en lugar del pie que le ha sido arrancado por el monstruo de la tierra. Como Tezcatlipoca personifica al Sol nocturno o terrestre, es de suponer que esta mutilación proviene de que, a cada pasaje sobre la tierra, el astro abandona un poco de sí mismo; el pie faltante sintetizaría la infinidad de partículas divinas sembradas en el seno de los mortales, y el espejo de superficie empañada sería el símbolo de ese reflejo de la realidad escondida que es, según la mística náhuatl, el mundo de las formas.

antropologia


¿Y qué imagen más perfectamente adecuada a la humanidad del Centro que este espejo humeante como un lago que se evapora, un lago cuya materia, puesta en movimiento por el calor, se eleva al cielo? ¿Y no es precisamente el signo del agua quemada que simboliza la penosa tarea humana de trascender la condición terrestre?

quetzalcoatl



Tomado de: Séjourné, Laurette; Pensamiento y religión en el México Antiguo. Fondo de Cultura Económica, Colección Lecturas Mexicanas, #30, México, D.F. 1984. Págs. 178-179; 183





II TEZCATLIPOCA

…Una de las deidades más extrañas y
enigmáticas, que, como ninguna otra
de las creaciones míticas de los mexicanos,
parece haber avasallado e influido
en su sentir y pensar.

Seler, Códice Borgia


EL DIOS de la fatalidad.

A los chinos y los japoneses el mito depara siete dioses de la buena suerte: entre ellos el del éxito, el de la satisfacción, el de la larga vida, el sonriente dios de la riqueza, que lleva sobre los hombros, como Santa Claus, un saco lleno de sorpresas. El México antiguo, donde la religión brinda al hombre una sola promesa de felicidad: la muerte al servicio de los dioses, vive a la sombra de Tezcatlipoca, portador de la desdicha, que tiene preparadas para el hombre más de siete formas de infortunio. Tezcatlipoca no deja en paz a nadie. Quien hoy se siente seguro, mañana puede ser víctima de su demoniaca naturaleza, que sólo queda satisfecha al causar pánico, desgracia y desesperación.

Dice Sahagún (Historia general de las cosas de la Nueva España): “…Temían que cuando andaba en la tierra, movía guerras, enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos. Decían que él mismo incitaba a unos contra otros para que tuviesen guerras y por esto lo llamaban Néoc Yáotl, que quiere decir sembrador de discordias de ambas partes”. Un malvado profesional.

Es el dios del sol que se pone y el demonio de las tinieblas. Su signo es el jaguar, la fiera alevosa que acecha para asaltar al hombre; que en la noche devora al sol, es decir que priva al mundo de la luz y del calor. Es el que lo sabe todo. Le corresponde la región del norte, del frío. Por eso es también Yoalli Ehécatl, el viento helado de la noche. “Andaba en todo lugar, en el cielo, en la tierra y en el infierno” (Sahagún). Se aparece al hombre como fantasma, como masa informe, como sombra gris. En la encrucijada, lugar de la incertidumbre, donde el caminante duda qué camino tomar, se le erigían asientos de piedra –en los que nadie, ni siquiera el rey, hubiera osado sentarse, según escribe Bancroft (The Works)- para que pudiera descansar de su vagabundeo.

Su nombre significa “el espejo que humea”: donde debería estar el pie que le falta lleva aquel funesto espejo, con el que ve todo lo que sucede en la tierra, todo pecado, todos los crímenes, y con el que descubre también lo que encierran los corazones de los hombres y hace transparente su pensar. Es misterioso y temible, e invisible como la noche y el viento. Es dueño de todo lo que es vida y dueño de toda propiedad. Uno de sus nombres es “aquel cuyos esclavos somos todos”.

tezcatlipoca
Códice Borgia, lámina 73



En el Códice Ramírez se dice que “enviaba a otras ciudades hambres, esterilidad a los campos y pestilencias”. Es el dios de los salteadores, el hechicero que ejecuta sus brujerías en la oscuridad de la noche; el prestidigitador que deslumbra a los hombres, los engaña, los induce a pecar, les hace mil malas jugadas. Narran las leyendas de Tula que durante el juego de pelota contra Quetzalcóatl, Tezcatlipoca -¡jugador nada limpio!- de pronto “se volvió tigre, de que la gente que estaba mirando se espantó en tanta manera que dieron todos a huir y con el tropel que llevaban y ciegos del espanto concebido cayeron y se despeñaron por la barranca del río que por ahí pasa y se ahogaron” (fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana). Se aparece en figura de mago ambulante a Quetzalcóatl, que ha caído enfermo, y le regala un remedio milagroso. Es pulque, “bebida de la inmortalidad”, como dice Tezcatlipoca mefistofélicamente. “Me lo agradecerás”… El otro bebe, se embriaga, y en la embriaguez el sabio, el piadoso, el casto Quetzalcóatl comete excesos sexuales con su hermana Quetzalpétatl (Anales de Cuauhtitlán). Ya sobrio es presa de la vergüenza y la desesperación. Decide huir. Abandona su imperio y se refugia en Tlapallan. Tezcatlipoca ha logrado su propósito, ha arruinado a Quetzalcóatl. Al dios de la luvia, Tláloc, le rapta –otra fechoría- a su mujer Xochiquétzal, joven diosa de la luna, a la vez que diosa de las flores, del amor incluso del amor pecaminoso (Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala).

Un verdadero diablo. Pero como concepción no puede compararse con el “señor del infierno”, el “enemigo” del cristianismo, ni con el oscuro Ahrimán de la religión de Zaratustra, cuya existencia –la de ambos- es la explicación de que el mundo terrenal todavía no es el mundo de Dios y de que la tarea del hombre es ayudar mediante una vida piadosa y buenas acciones a vencer “el mal”, para que se haga posible la “redención”. Aquí lo diabólico da relieve a la gloria celeste, contribuye a hacer más apetecible la realización del sueño de una arcádica existencia en un paraíso sin peligros ni sufrimientos, y es, en general, uno de los recursos, y por cierto un recurso muy eficaz, para acentuar un ethos religioso. Tezcatlipoca, en cambio, es el reconocimiento de una realidad: del fenómeno de la fragilidad e inseguridad de toda vida humana. El mito de los pueblos prehispánicos está lejos de interpretar la vida como etapa en el camino hacia una existencia más perfecta y feliz. Con ese realismo que es uno de los subfondos del pensamiento mágico acepta el hecho de que el hombre, por su culpa o sin ella, está expuesto a la desgracia, a la perdición, al aniquilamiento. Y como el pensamiento mágico no es capaz de representarse un fenómeno en forma abstracta, conceptual, busca y halla la causa en lo que el mito considera causa de todo acaecer: en el obrar de las divinidades. Concibe la figura de Tezcatlipoca, forjador de desdichas, que destruye sin motivo, sin motivación ética, como el jaguar en que encarna. Pero Tezcatlipoca no es sólo una fuerza natural: su poder destructivo está previsto en el plan del cosmos. En el dios que vaga por el mundo con su espejo que humea la “ciega fatalidad” se ha vuelto vidente.


Tezcatlipoca, como Tepeyólotl, el corazón del monte.


Es también “el que obra a su arbitrio” (Moyocoyatzin): la desgracia, por cierto, no sólo persigue a quien la merece… En el calendario su día lleva el signo ce miquiztli. Ce miquiztli es asimismo el signo de la luna, la eternamente cambiante. Lo que amarga y envenena la vida humana no es la existencia de la muerte, es la de Tezcatlipoca, la convicción del hombre de no ser dueño de su destino. La incertidumbre acerca del mañana que seguirá al hoy, la constante amenaza de lo que puede acontecer se halla condensada, erigida en deidad, en la figura de Tezcatlipoca.

Tezcatlipoca es la pesadilla deificada.

Por cierto, se deben a él todas las riquezas. “Él solo daba las prosperidades y riquezas” (Sahagún), aunque por otra parte es “el que a su arbitrio humilla a los poderosos y levanta a los pobres” (Seler). Pero aun sus favores quedan envenenados por la duda. La gente decía que “buscaba ocasiones para quitarle [al hombre] lo que le había dado”, refiere Sahagún en otro lugar. Imposible fiarse de Tezcatlipoca, creer en su bondad.

Es uno de los númenes más importantes del panteón mexicano. El intérprete del Códice Magliabecchi llega al extremo de llamarlo “el mayor de los mayores de sus dioses que ellos reverenciaban”.

El mito le confía la función de juez. Extraña lógica del pensamiento mágico: a ese dios, él mismo encarnación de la alevosía y maldad, le toca condenar y castigar a los pecadores. El cuchillo de obsidiana, uno de sus atributos, es el símbolo del poder judicial. Un juez severo, que castiga sin misericordia. Los que han pecado las más duras penitencias: ayunan; en la fiesta Tócatl, celebrada con gran solemnidad cada cuatro años en honor de Tezcatlipoca, extraen con espinas de maguey sangre de diferentes partes de su cuerpo; confiesan su culpa ante un sacerdote, frente a una hoguera para la cual ellos mismos acarrean la leña. Los pecados, representados en los códices en forma de excrementos, eran ante todo “pecados públicos de la carne, que estaban penados con la muerte” (Francisco Plancarte y Navarrete, Prehistoria de México). El pecado de los pecados, contra el que fulminan una y otra vez los profetas bíblicos –la impiedad, la apostasía-, no hubiera sido concebible en Mesoamérica, donde la fe era fe colectiva y obligación colectiva (P. Westheim, Arte antiguo de México).

la calavera
Tezcatlipoca, códice Fejervévri- Mayer, lámina 44


Tezcatlipoca, personificación de la angustia de vivir, que confiere al mundo y también al arte de México antiguo su cariz trágico, su tensión y su tremenda profundidad, no tiene, en la imaginación de aquellos hombres, el aspecto de un anciano repulsivo, estigmatizado por la perfidia y la agresividad. Muy al contrario es “el eternamente joven”, el Telpochtli, “el que no envejece jamás”. Todos los años en mayo, cuando el sol está en el cenit, los sacerdotes escogen al más hermoso de los adolescentes. Éste lo representa durante todo un año, hasta que es sacrificado en solemne ceremonia para conservar al dios en su eterna juventud y energía. Tezcatlipoca, “el sol de la noche”, es –como Huitzilopochtli, “el sol del día”- el joven guerrero. Seler lo llama “la joven luna”, la que proporciona los prisioneros de guerra que serán sacrificados. Su séquito se compone de los caballeros jaguares. “Preside en la casa de los guerreros jóvenes y solteros, en el Telpochcalli, la escuela popular de la guerra, a la que asisten los jóvenes plebeyos” (Alfonso Caso).

espejo humeante
Tláloc, uno de los creadores de Mundos. Códice Borbónico, lámina 8


Tezcatlipoca, el destructor, es uno de los dioses creadores, en consonancia con el concepto del mundo mesoamericano según el cual la destrucción contiene ya el germen del nuevo nacer. Ometecuhtli, el dios supremo, encarga a sus hijos, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, la creación del mundo. Entre los dos, se lee en la Historia de los mexicanos por sus pinturas, alzaron el cielo con los astros –que se había venido abajo después del diluvio-, “tal como se le ve hoy”. Y “su padre los hizo señores del cielo, y van por él tezcatlipoca y quetzalcóatl, hizieron el camino que paresce en el cielo [la vía láctea] , en el qual se encontraron, y están después acá en él, y con su asiento en él”. Dice la leyenda que los hermanos divinos volvieron a levantar el cielo en el año ce tochtli, “1 conejo”, por lo cual se considera este año como principio del mundo, es decir del mundo actual.

Los hermanos enemigos, eternos rivales, encarnaciones del dualismo, que es el principio fundamental del mundo prehispánico, crean y destruyen alternativamente los cuatro primeros soles: Quetzalcóatl aniquila los dos mundos creados por Tezcatlipoca, y éste los creados por Quetzalcóatl. Según el mito, la rivalidad entre los dos hermanos es la causa de la ruina del reino tolteca. En las leyendas chichimecas se narra que Quetzalcóatl “era menos poderoso que Tezcatlipoca y le temía” (J. E. Thévet, Histoire du Mexique). Los chichimecas, a quienes Plancarte y Navarrete llama “los nauas salvajes y primitivos” y entre los cuales surgió en el siglo XV uno de los príncipes más cultos de todos los tiempos –Nezahualcóyotl-, fueron, antes de entrar en contacto con los chalcas y toltecas, una tribu nómada. Torquemada (Los veinte libros rituales y Monarchia indiana) los describe como “gente desnuda de ropa, algodón u otra cosa que sea paño o lienzo, pero vestidos con pieles de animales: feroces en el aspecto y grandes guerreros, cuyas armas son arcos y flechas. Su sustento ordinario es la caza, que siempre siguen y matan; su habitación en lugares cavernosos”. Tenían dos deidades: Tezcatlipoca y, como pueblo de cazadores, un dios de la caza, Mixcóatl (“culebra de nubes”), “que está emparentado con Tezcatlipoca”. Plancarte y Navarrete supone que originalmente veneraron a dos fetiches: un espejo de pirita y un cuchillo de obsidiana, la “culebra de nubes”, fetiches que al correr de los tiempos se convirtieron en deidades; opina que Tezcatlipoca era el dios del fuego, “el espíritu del fuego”. Antes de que se supiera hacer fuego mediante palillos, se encendía frotando una contra otra las dos piedras: una pirita y una obsidiana. Para producir la chispa hacía falta la unión de las dos piedras: el principio masculino y el femenino. De ahí el “espejo que humea”, el humo que en los dibujos de los códices sale del espejo que Tezcatlipoca lleva en vez del pie que le falta. Una vez inventado el procedimiento más sencillo, siguió adorándose al espejo de pirita, al que se debía el primer fuego. Plancarte y Navarrete, en su afán de comprobar la existencia del monoteísmo prehispánico, llega al extremo de designar a Tezcatlipoca, a “este espíritu invisible e impalpable del fuego”, como único y exclusivo dios de los chichimecas primitivos. Según él, el cuchillo de obsidiana no era sino un símbolo del poder terrestre del jefe…

Laurette Sejourne
Ehécatl-Quetzalcóatl, insuflando Vida al Dios de la Muerte


Puesto que la pirita sirve para sacar chispas, es decir, para encender el fuego, y, cosa más importante aún, puesto que alisándola y puliéndola se puede fabricar de ella un espejo, objeto que refleja, mágicamente, los rostros de los hombres, éste, según las concepciones de los pueblos mesoamericanos, estaba “habitado” por un espíritu dotado de virtudes mágicas muy especiales.

Así hay que considerar el espejo humeante de Tezcatlipoca ante todo como un instrumento mágico: el dios veía en él todo lo que ocurría en el mundo, y como también era brujo, le servía para producir efectos mágicos: para “mandar sus brillantes destellos propiciatorios de lluvias o sea [ para ] simular los relámpagos o luminosidades de los rayos, que desencadenan las tempestades o los vientos de las nubes y provocan los aguaceros” (Fernández Ortiz, El huracán). Thévet escribe que en el templo de Tula se encontraba un espejo que gozaba de profunda veneración porque en tiempos de sequía Quetzalcóatl lo utilizaba para atraer a la lluvia.

Por el pie que le falta, Tezcatlipoca es interpretado como la luna creciente a la que todavía no le ha vuelto a crecer una parte de su cuerpo: el pie. Según otra tradición, “el pexe grande que se dice cipaquali que es como cayman” (Historia de los mexicanos por sus pinturas) devoró una pierna del dios a la hora de la puesta del sol. En el Códice Fejérvary-Mayer hay un dibujo que permite esta última interpretación: del muñón de la pierna mana sangre, que cae sobre un círculo sangriento.

No hay duda de que Tezcatlipoca está relacionado con la luna; pero no es uno de los dioses del astro, a quienes se debe la fecundidad, el desarrollo de las siembras y por lo tanto la riqueza y la prosperidad. Él es el jaguar, “el corazón del monte”, una deidad de la tierra, como Tepeyollotli, el numen de las cuevas, que también se presenta en forma de jaguar, y como Coatlicue, la diosa horripilante que lo devora todo. El rugido del jaguar, que hace temblar al hombre como los sonidos de la caracola, es augurio de desdicha, anuncia la muerte en la guerra, enfermedades, empobrecimiento, esclavitud (Sahagún).

arqeologia mexicana
Chichimecas.


Es posible que la cueva en que mora Tezcatlipoca sea reminiscencia de la vida de las tribus en las cuevas de tiempos remotos o bien reminiscencia de los mitos según los cuales los primeros hombres surgieron de cavernas subterráneas a la superficie de la tierra. Las legendarias “siete cuevas” (el Aztlán de los aztecas, el Chicomóztoc de los chichimecas) son consideradas por algunas tribus mesoamericanas el punto de partida de su migración. Según una tradición anotada por Matthew W. Stirling (Origin Mith of Acoma), que se ha conservado entre los acomas, los primeros seres humanos eran dos mujeres, hermanas nacidas en Shipapu, lugar oscuro y sombrío. Cuando preguntaron al espíritu que las proveía de alimentos en qué sitio se encontraban, les contestó: “Bajo tierra”. Tenían dos canastas con las imágenes de todos los animales que más tarde poblarían la tierra. Cuatro clases de pinos brotaron de la tierra, “abriendo para ellas un agujero, por el cual penetró un poquito de luz”. Cuando el creador creyó que había llegado el tiempo, el espíritu les ordenó que subieran a la superficie del a tierra. Surgieron de la oscuridad a la luz, vieron salir el sol y lo adoraron. En el Perú se narra que después del diluvio el legendario Mangocaba salió de la cueva o ventana de Tambo, a cinco o seis millas de Cuzco, de él descienden dos líneas de los incas (José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias). La cueva desde la cual Tezcatlipoca acecha al hombre no sólo es un lugar, es un pasado mítico es horror a un pretérito que Tezcatlipoca puede convertir de nuevo en presente o futuro.

En las tradiciones que nos hablan del antagonismo entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, de esa lucha a vida y muerte en la que acaba por sucumbir la deidad representativa del aspecto luminoso de la vida, se mezclan de manera inextricable elementos mítico-religiosos e histórico-políticos. La índole de su naturaleza divina los predestina a ser adversarios: el sabio, el bueno y piadoso, el legislador de los toltecas, el patrono de los oficios, artes y ciencias es, ineludiblemente, enemigo del perverso autor de todas las desgracias que hay en el mundo. Su enemistad no sólo se manifiesta en aquellas catastróficas destrucciones de los cuatro mundos, cuyo significado cósmico es el aniquilamiento de todo lo existente, no el triunfo del bien sobre el mal. Tezcatlipoca, como ya lo dijimos, es el joven guerrero que proporciona los prisioneros de guerra destinados al sacrificio; Quetzalcóatl, el dios sacerdote, el sacerdote rey, trata de abolir el sangriento ritual de los sacrificios humanos. “…Y que no quería más que culebras y mariposas que le ofreciesen y disesen en sacrificio” (Sahagún). “Se refiere que, cuando vivía Quetzalcóatl, reiteradamente quisieron engañarlo los demonios, para que hiciera sacrificios humanos, matando hombres. Pero él nunca quiso ni condescendió, porque amaba mucho a sus vasallos, que eran los toltecas, sino que su sacrificio era siempre sólo de culebras, aves y mariposas que mataba. Se cuenta que por eso enfadó a los demonios, que comenzaron a escarnecerlo cuando le dijeron lo que querían, para molestarlo y hacerlo huir, como en efecto sucedió” (Anales de Cuauhtitlán).

Quetzalcóatl fue un reformador de la religión.

Tezcatlipoca, Espejo Humeante (Dos visiones)
Quetzalcóatl, como Ehécatl, Dios del Viento.


Su reforma provocó la desconfianza y el desagrado de los otros dioses, lo que quiere decir: la desconfianza y el desagrado de los sacerdotes, conservadores de la tradición ortodoxa. Quizá el asunto haya sido aún más complejo. Se hallaba amenazada no sólo la tradición religiosa, sino también la autoridad y la situación privilegiada de los sacerdotes. Nos acordamos de Egipto, de Amenofis IV, que quiso introducir un nuevo culto al sol y fracasó por la oposición de los sacerdotes.

Esa lucha contra el reformador del ritual, el impugnador de los sacrificios humanos, la transpone la leyenda a la esfera divina. Los dioses deciden perder a Quetzalcóatl. El que se encarga de la tarea es Tezcatlipoca, con su obsesión destructora, no exenta de cierto entusiasmo deportivo, valga la frase. Y Tezcatlipoca no descansa hasta que Quetzalcóatl está derrotado. Refiere la tradición que cuando el pueblo ya había tornado a su antigua fe y por primera vez se volvió a sacrificar a un hombre –parece que fue alrededor del año 994-, resultó que este sacrificado no tenía corazón en el pecho, ni sangre en las venas, es decir, que le faltaba precisamente lo más precioso, el alimento de los dioses. Y la leyenda añade que había hambres y miseria entre el pueblo.

antropologia
Mayahuel, Diosa del Pulque


Y hay más todavía: Tezcatlipoca es la deidad tribal de los chichimecas –cuya ambición de adueñarse de la grandiosa Tollan, “lugar de fertilidad y abundancia”, como la llama Sahagún-, Quetzalcóatl la de los toltecas, cuyos reyes y sumos sacerdotes suelen agregar a su propio nombre el de su dios. La leyenda –ya lo dijimos- convierte la lucha entre Tezcoco y Tula en una lucha entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl. Disfrazado de varias maneras, Tezcatlipoca se introduce furtivamente en Tula. Recurre al amplio repertorio de sus artes mágicas para sembrar el pánico entre los toltecas y para demostrarles que Huémac, el último de los reyes toltecas, no sólo es un soberano débil, sino además reprobado por los dioses. Muchísimas leyendas hablan de las alevosas mañas de Tezcatlipoca. Harapiento como un mendigo se pone a vender chile en el mercado de Tula. La única hija de Huémac se enamora de él, y tan violentamente que cae enferma. Para que no se muera, Huémac tiene que casarla con el mendigo. El pueblo murmura: ¿No hay tolteca que merezca ser yerno del rey? Huémac lo manda a la guerra, esperando que perezca en la batalla. Pero Tezcatlipoca regresa victorioso… en la plaza de Tula hace bailar a un maniquí (del que se afirma que es Huitzilopochtli). Los toltecas, que lo toman por un timador, se enfurecen y lo apedrean. Cuando quieren llevarse el cuerpo, no pueden moverlo, por muchos esfuerzos que hagan. El muerto contamina el aire: en la ciudad ya no se puede vivir… Ya hemos mencionado la leyenda que narra cómo Tezcatlipoca embriaga a Quetzalcóatl con pulque y lo induce a pecar.

Tula, como sabemos, acabó por sucumbir a la superioridad guerrera de los chichimecas. En la imaginación mítica de los pueblos mesoamericanos, Tula es una víctima más de Tezcatlipoca.

Tomado de: Westheim, Paul: La Calavera Fondo de Cultura Económica, Colección Lecturas Mexicanas, #91, México, D.F. 1985. Págs. 13-24.


[/size]

quetzalcoatl


Algunas Comunidades que podrían ser de tu interés:









arqeologia mexicana


¡Visita mis otros posts!

Datos archivados del Taringa! original
82puntos
165visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

r
Usuario
Puntos0
Posts75
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.