Una tusa mística
La partida de la Irene me mostró algo que, a pesar de estar en cada rincón, en cada mirada, en los gesto de los artistas mutilados, de los poetas mudos de esta ciudad, no había comprendido o simplemente no lograba entender, su ausencia y el silencio que me dejo me mostraron por primera vez el dolor, no lo pienso negar, llore como no lo había hechos nunca, maldije sus rastros en mi piel, intente odiarla, borrarla de algún modo místico pues yo no tenia fuerza para desprenderme de su recuerdo, así llegue a la Cacica, la mujer mas vieja del prostíbulo, los años para ella habían pasado con infinitas penalidades, su cuerpo era testigo de esto,aun así ella tenia una belleza mas profunda, la belleza que da la dignidad,su cuerpo era el de una mujer que no se había entregado a las circunstancias, era el cuerpo de alguien que lucho durante toda su vida. A la Cacica llegue con la esperanza de hallar el olvido en sus bebedizos, pero mas que sus creaciones alquímicas era su consejo lo que la hacia tan valiosa, era una de las mas solicitadas de la pensión aunque sus servicios no eran propiamente sexuales, me cobraba tres mil pesos por dejarme pasar a su cuarto que siempre tenia olor a iglesia sin tener nunca incienso encendido en el, de una estufa eléctrica insulsa y manchada por el uso, levantaba una olleta humeante, servia un agua verde con ligero sabor de anís (o aguardiente) un poco para ella y el resto para mi, - hartece eso rápido, así no le da tiempo al espirito ese, creía ella con absoluta convicción que la Irene con sus mañas de costeña me había embrujado y de alguna modo tenia rozan, su culo me tenia hechizado, pero no era mi cuerpo acostumbrado al peso de ese maravilloso culo lo que mas dolía. tras de muchos bebedizos cada vez mas turbios y con las historias de la cacica logre entender que me había enamorado como un güevón, que aun de su culo que habría fascinado filósofos, ocasionado guerras se podía escapar y como decía la Cacica - viejas es lo que hay.
La primera parte
CONTINUARA...
La partida de la Irene me mostró algo que, a pesar de estar en cada rincón, en cada mirada, en los gesto de los artistas mutilados, de los poetas mudos de esta ciudad, no había comprendido o simplemente no lograba entender, su ausencia y el silencio que me dejo me mostraron por primera vez el dolor, no lo pienso negar, llore como no lo había hechos nunca, maldije sus rastros en mi piel, intente odiarla, borrarla de algún modo místico pues yo no tenia fuerza para desprenderme de su recuerdo, así llegue a la Cacica, la mujer mas vieja del prostíbulo, los años para ella habían pasado con infinitas penalidades, su cuerpo era testigo de esto,aun así ella tenia una belleza mas profunda, la belleza que da la dignidad,su cuerpo era el de una mujer que no se había entregado a las circunstancias, era el cuerpo de alguien que lucho durante toda su vida. A la Cacica llegue con la esperanza de hallar el olvido en sus bebedizos, pero mas que sus creaciones alquímicas era su consejo lo que la hacia tan valiosa, era una de las mas solicitadas de la pensión aunque sus servicios no eran propiamente sexuales, me cobraba tres mil pesos por dejarme pasar a su cuarto que siempre tenia olor a iglesia sin tener nunca incienso encendido en el, de una estufa eléctrica insulsa y manchada por el uso, levantaba una olleta humeante, servia un agua verde con ligero sabor de anís (o aguardiente) un poco para ella y el resto para mi, - hartece eso rápido, así no le da tiempo al espirito ese, creía ella con absoluta convicción que la Irene con sus mañas de costeña me había embrujado y de alguna modo tenia rozan, su culo me tenia hechizado, pero no era mi cuerpo acostumbrado al peso de ese maravilloso culo lo que mas dolía. tras de muchos bebedizos cada vez mas turbios y con las historias de la cacica logre entender que me había enamorado como un güevón, que aun de su culo que habría fascinado filósofos, ocasionado guerras se podía escapar y como decía la Cacica - viejas es lo que hay.
La primera parte
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