InicioApuntes Y MonografiasLa Altura de un tal Gilles Deleuze
Deleuze nos cuenta en su “Carta a un crítico severo” (incluida en una recopilación de entrevistas que se publicó bajo el título Conversaciones, 1972 – 1990) que fue la función represiva que ejerce la historia de la filosofía en el seno de la filosofía misma –represión que la mayoría de los que nos dedicamos a la filosofía reconocemos y que se expresa más o menos así: “No osarás hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto y aquello, y esto sobre aquello y aquello sobre esto”.

Considero que hay que pelear con Deleuze todo el tiempo, y más hoy, dónde las imágenes mas extravagantes del antiedipo se materializan como flujos de mercado descodificados, lo cual obviamente no desligitima a uno de los mas grandes pensadores del siglo XX. Saludos!


La Altura de un tal Gilles Deleuze



1. CARTA A UN CRÍTICO SEVERO
Eres encantador, inteligente, perverso hasta la maldad. Un esfuerzo
más... La carta que me has enviado, al invocar unas veces lo que se dice
y otras lo que tú mismo piensas, y al mezclar ambas cosas, es una
especie de regodeo acerca de mi presunta desdicha. Por un lado, me
dices que estoy atascado, atrancado en todos los registros, en la vida,
en la enseñanza, en la política, que me he convertido en una asquerosa
vedette y, además, que esto no puede durar mucho y que no tengo
salida. Por otro lado, me dices que siempre he marchado rezagado, que
os succiono la sangre a vosotros, los verdaderos experimentadores, los
héroes, y que pruebo vuestros venenos quedándome siempre tras la
barrera, contemplando y aprovechándome de vosotros. Por mi parte,
no sé nada de todo eso. Los esquizos, tanto los falsos como los verdaderos,
me están fastidiando tanto que de buena gana me pasaría a la
paranoia. Viva la paranoia. Lo que quieres inocularme con tu carta, ¿no
es un poco de resentimiento (estás acorralado, estás atascado,
“confiésalo”...) y algo de mala conciencia (no tienes vergüenza, vas
rezagado...)? Si esto es todo lo que tenías que decirme, no valía la pena.
Te vengas por haber escrito un libro sobre mí. Tu carta está llena de
falsa conmiseración y de auténtico apetito de venganza.
Para empezar te recuerdo que, a pesar de todo, yo no te pedí ese
libro. Tú declaras las razones que has tenido para escribirlo: “por
humor, por azar, por ansia de dinero y de prestigio social”. No veo con
claridad que ese sea el modo de satisfacer todos esos apetitos. Pero,
una vez más, es asunto tuyo, y desde el principio te advertí que el libro
no me concernía en absoluto, que no pensaba leerlo o que lo leería más
tarde, y como algo que te concierne a ti. Tú acudiste a verme para
pedirme algún inédito. Sin otro afán que el de complacerte, te propuse
un intercambio de cartas: me parecía más fácil y menos cansado que
una entrevista con magnetófono. Puse como única condición que las
cartas se publicasen como algo aparte de tu libro, al modo de un
apéndice. Lo que tú aprovechas para empezar a deformar nuestro
acuerdo y brindarme el reproche de haberme comportado como una
vieja Guermantes que dijese: “Se le escribirá”, como un oráculo que te
remite a Correos y Telégrafos o como un Rilke negando consejo a un
poeta joven. ¡Paciencia!
Ciertamente, la benevolencia no es tu fuerte. Si yo no fuera capaz de
admirar y amar a nadie o a nada, me sentiría como muerto, momificado.
Pero se diría que tú has nacido amargado, tu arte es el del guiño, “a
mí no me engañas, escribiré un libro sobre ti pero ya verás...” De
todas las interpretaciones posibles, escoges casi siempre la más malvada
o la más ruin. Primer ejemplo: quiero y admiro a Foucault. He
escrito un artículo sobre él. Y él ha escrito un artículo sobre mí, en el
que se encuentra la frase: “quizá un día el siglo sea deleuziano”. Tu
comentario: se echan flores. Parece como si no pudieras concebir que
mi admiración por Foucault sea real, y mucho menos comprender que
5la frasecilla de Foucault es una fórmula cómica destinada a hacer reír a
nuestros amigos y rabiar a nuestros enemigos. Un texto que tú conoces
bien explica esta maldad innata de los herederos del izquierdismo:
“¿Quién se atrevería a pronunciar ante una asamblea izquierdista las
palabras “fraternidad” o “benevolencia”? Ellos están consagrados al
ejercicio extremadamente minucioso de la animosidad hacia todos sus
travestis, la práctica de la agresividad y del escarnio con cualquier fin y
contra cualquier persona, presente o ausente, amiga o enemiga. No se
trata de comprender a los otros, sino de vigilarlos”.1 Tu carta es un
solemne acto de vigilancia. Recuerdo a un tipo del FHAR2 que declaraba
en una asamblea: Si no fuera porque estamos siempre ahí, ejerciendo
como vuestra mala conciencia... Extraño y algo policiaco ideal: ser la
mala conciencia de alguien. Se diría que también tú piensas que hacer
un libro acerca de (o contra) mí te confiere algún poder sobre mí. Y no
es cierto. A mí me disgusta tanto la posibilidad de tener mala conciencia
como la de ser la mala conciencia de otros.
Segundo ejemplo: mis uñas, largas y sin cortar. Al final de tu carta
dices que mi chaqueta de obrero (te equivocas: es una chaqueta de
campesino) equivale a la blusa fruncida de Marylin Monroe y mis uñas
a las gafas negras de Greta Garbo. Y me inundas de consejos irónicos y
malintencionados. Como vuelves una y otra vez sobre el asunto de mis
uñas, voy a explicártelo. Siempre podemos decir que, al ser mi madre
quien me las cortaba, está ligado al problema de Edipo y de la castra-ción (interpretación grotesca pero psicoanalítica). También se puede
notar, si se observan los extremos de mis dedos, que carezco de las
marcas digitales que ordinariamente actúan como protección, de tal
modo que el hecho de tocar con la punta de los dedos un objeto, y
sobre todo un tejido, me produce un dolor nervioso que exige la
protección de uñas largas (interpretación teratológica y seleccionista).
Y podría incluso decirse, lo que es rigurosamente cierto, que mi sueño
no es llegar a ser invisible, sino imperceptible, y que compenso mi
imposibilidad de hacerlo dotándome de largas uñas que siempre puedo
ocultar en mis bolsillos, pues nada me extraña más que el hecho de que
alguien las mire (interpretación psicosociológica). Y podría decirse,
para terminar: “No hace falta que te comas tus uñas, puesto que
forman parte de ti; si te gustan las uñas, devora las de los demás
cuando quieras y cuando puedas” (interpretación política). Pero tú has
elegido la interpretación más molesta: quiere singularizarse, convertirse
en Greta Garbo. Es curioso, no obstante, que ninguno de mis amigos
haya reparado jamás en mis uñas, considerándolas perfectamente
naturales, plantadas ahí al azar, como por el viento que transporta
semillas y del que nadie habla.
Y llegamos así a tu primera crítica: dices y repites en todos los tonos
posibles: estás bloqueado, acorralado, confiésalo. Pues bien, Señor
fiscal general: no confieso nada. Puesto que se trata de tu culpa por
haber escrito un libro sobre mí, intentaré explicarte cómo veo lo que he
escrito. Pertenezco a una generación, a una de las últimas generaciones
que han sido más o menos asesinadas por la historia de la filosofía. La
historia de la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una evidentefunción represiva, es el Edipo propiamente filosófico: “No osarás
hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto y aquello, y
esto sobre aquello y aquello sobre esto.” De mi generación, algunos no
consiguieron liberarse, otros sí: inventaron sus propios métodos y
reglas nuevas, un tono diferente. Pero yo, durante mucho tiempo,
“hice” historia de la filosofía, me dediqué a leer sobre tal o cual autor.
Pero me concedía mis compensaciones, y ello de modos diversos: por
de pronto, prefiriendo aquellos autores que se oponían a la tradición
racionalista de esta historia (hay para mí un vínculo secreto entre
Lucrecio, Hume, Spinoza o Nietzsche, un vínculo constituido por la
crítica de lo negativo, la cultura de la alegría, el odio a la interioridad,
la exterioridad de las fuerzas y las relaciones, la denuncia del poder,
etc.). Lo que yo más detestaba era el hegelianismo y la dialéctica. Mi
libro sobre Kant es muy distinto, y le tengo gran aprecio: lo escribí
como un libro acerca de un enemigo cuyo funcionamiento deseaba
mostrar, cuyos engranajes quería poner al descubierto –tribunal de la
Razón, uso mesurado de las facultades, sumisión tanto más hipócrita
por cuanto nos confiere el título de legisladores–. Pero, ante todo, el
modo de liberarme que utilizaba en aquella época consistía, según
creo, en concebir la historia de la filosofía como una especie de sodomía
o, dicho de otra manera, de inmaculada concepción. Me
imaginaba acercándome a un autor por la espalda y dejándole embarazado
de una criatura que, siendo suya, sería sin embargo monstruosa.
Era muy importante que el hijo fuera suyo, pues era preciso que el
autor dijese efectivamente todo aquello que yo le hacía decir; pero era
igualmente necesario que se tratase de una criatura monstruosa, pues
había que pasar por toda clase de descentramientos, deslizamientos,quebrantamientos y emisiones secretas, que me causaron gran placer.
Mi libro sobre Bergson es, para mí, ejemplar en este género. Hoy,
muchos se dedican a reprocharme incluso el hecho de haber escrito
sobre Bergson. No conocen suficientemente la historia. No saben hasta
qué punto Bergson, al principio, concentró a su alrededor todos los
odios de la Universidad francesa, y hasta qué punto sirvió de lugar de
encuentro a toda clase de locos y marginales mundanos y trasmundanos.
Poco importa si esto sucedió a pesar suyo o no.
Fue Nietzsche, a quien leí tarde, el que me sacó de todo aquello.
Porque es imposible intentar con él semejante tratamiento. Es él quien
te hace hijos a tus espaldas. Despierta un placer perverso (placer que
nunca Marx ni Freud han inspirado a nadie, antes bien todo lo contrario):
el placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples
en su propio nombre, hablando de afectos, intensidades, experiencias,
experimentaciones. Es curioso lo de decir algo en nombre propio,
porque no se habla en nombre propio cuando uno se considera como
un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un
auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización,
cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan
enteramente, a las intensidades que le recorren. El nombre como
aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario
de la despersonalización producida por la historia de la filosofía, es
una despersonalización de amor y no de sumisión. Se habla desde el
fondo de lo que no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo.
Uno se ha convertido entonces en un conjunto de singularidades libres,
nombres y apellidos, uñas, cosas, animales y pequeños acontecimientos: lo contrario de una vedette. Fue así como yo empecé a escribir
libros en este registro de vagabundeo, Diferencia y repetición y Lógica
del sentido. No me hago ilusiones: son libros aún lastrados por un
pesado aparato universitario, pero intento con ellos una especie de
trastorno, intento que algo se agite en mi interior, tratar la escritura
como un flujo y no como un código. Hay algunas páginas de Diferencia
y repetición que estimo especialmente, como por ejemplo las que
tratan de la fatiga y la contemplación, porque ellas proceden, a pesar
de las apariencias, de la más viva experiencia vital. No era mucho, sólo
un comienzo.
Después tuvo lugar mi encuentro con Félix Guattari, y el modo en
que nos entendimos, nos completamos, nos despersonalizamos el uno
al otro y nos singularizamos uno mediante el otro, en suma, el modo
en que nos quisimos. De ahí salió El Anti–Edipo, que representa un
nuevo progreso. Me pregunto si no será precisamente el hecho de que
haya sido escrito por dos personas una de las razones formales de la
hostilidad que a veces despierta este libro, ya que la gente disfruta con
las desavenencias y las asignaciones. Han intentado, pues, discernir lo
indiscernible o determinar lo que debe asignarse a cada uno de nosotros.
Pero dado que cada uno de nosotros, como todo el mundo, es
ya varias personas, hay mucha gente en total. Tampoco puede decirse
que El Anti–Edipo esté libre de todo aparato de saber: todavía es muy
universitario, demasiado serio, no se trata de la filosofía pop o del
popanálisis soñado. Pero hay algo que me sorprende: aquellos que
consideran que se trata de un libro difícil se encuentran entre quienes
tienen una mayor cultura, especialmente una mayor cultura psicoanalítica.
Dicen: ¿qué es eso del cuerpo sin órganos? ¿qué quiere decir“máquinas deseantes”? Al contrario, quienes saben poco y no están
corrompidos por el psicoanálisis tienen menos problemas, y dejan de
lado alegremente lo que no comprenden. Esta es una de las razones que
nos impulsaron a decir que este libro se dirigía a lectores entre quince
y veinte años. Y es que hay dos maneras de leer un libro: puede considerarse
como un continente que remite a un contenido, tras de lo cual
es preciso buscar sus significados o incluso, si uno es más perverso o
está más corrompido, partir en busca del significante. Y el libro
siguiente se considerará como si contuviese al anterior o estuviera
contenido en él. Se comentará, se interpretará, se pedirán explicaciones,
se escribirá el libro del libro, hasta el infinito. Pero hay otra
manera: considerar un libro como una máquina asignificante cuyo
único problema es si funciona y cómo funciona, ¿cómo funciona para
ti? Si no funciona, si no tiene ningún efecto, prueba a escoger otro
libro. Esta otra lectura lo es en intensidad: algo pasa o no pasa. No hay
nada que explicar, nada que interpretar, nada que comprender. Es una
especie de conexión eléctrica. Conozco a personas incultas que han
comprendido inmediatamente lo que era el “cuerpo sin órganos”
gracias a sus propios “hábitos”, gracias a su manera de fabricarse uno.
Esta otra manera de leer se opone a la precedente porque relaciona
directa-mente el libro con el Afuera. Un libro es un pequeño
engranaje de una maquinaria exterior mucho más compleja. Escribir es
un flujo entre otros, sin ningún privilegio frente a esos otros, y que
mantiene relaciones de corriente y contracorriente o de remolino con
otros flujos de mierda, de esperma, de habla, de acción, de erotismo, de
moneda, de política, etc. Como Bloom: escribir con una mano en la
arena y masturbarse con la otra (¿en qué relación se encuentran esosdos flujos?). En cuanto a nosotros, nuestro Afuera (o al menos uno de
nuestros afueras) es una cierta masa de gentes (sobre todo jóvenes)
que están hartos del psicoanálisis. Están, para decirlo con tus palabras,
“atascados”, porque, aunque siguen psicoanalizándose, piensan de
hecho contra el psicoanálisis, pero piensan contra él en términos
psicoanalíticos (por ejemplo, y a título de broma íntima, ¿cómo pueden
psicoanalizarse los hombres del FHAR o las mujeres del M.L.F. y tantos
otros? ¿No se sienten incómodos? ¿Se lo creen? ¿Qué hacen en el diván?)
La existencia de esta corriente hizo posible El Anti–Edipo. Y si el
grueso de los psicoanalistas, desde los más estúpidos hasta los más
inteligentes, ha reaccionado con hostilidad hacia este libro (aunque su
reacción es más defensiva que agresiva) no es sólo, evidentemente, a
causa de su contenido, sino porque favorece esa corriente de quienes
están hartos de oír: “papá, mamá, Edipo, castración, regresión” y de ver
cómo se les propone una imagen totalmente debilitada de la sexualidad
en general y de su sexualidad en particular. Como suele decirse, los
psicoanalistas deberían tener en cuenta a las “masas”, a esas pequeñas
masas. Recibimos, en este sentido, hermosas cartas remitidas por el
lumpenproletariado del psicoanálisis, mucho más hermosas que los
artículos de nuestros críticos.
Esta manera de leer en intensidad, en relación con el Afuera, flujo
contra flujo, máquina con máquina, experimentación, acontecimientos
para cada cual que nada tienen que ver con un libro, que lo hacen
pedazos, que lo hacen funcionar con otras cosas, con cualquier cosa...
ésta es una lectura amorosa. Y es exactamente así como tú lo has leído.
Hay en tu carta un pasaje hermoso, casi maravilloso, donde explicas
cómo has leído el libro, el uso que de él has hecho por tu cuenta: ¡Deeso se trata! ¿Por qué vuelves en seguida a los reproches (No te librarás,
todo el mundo espera el segundo tomo, en seguida serás reconocido)?
Completamente falso, lo tuvimos siempre en mente. Escribiremos la
continuación porque nos gusta trabajar juntos. Pero no será en absoluto
una continuación. Con ayuda del Afuera, será algo tan distinto, tanto
por el lenguaje como por el pensamiento, que aquellos que nos “esperan”
tendrán que decir: o se han vuelto completamente locos, o son
unos canallas, o han sido incapaces de continuar. Decepcionar es un
placer. No es que gesticulemos para parecer locos, nos volveremos
locos a nuestro modo y en su momento, sin necesidad de que se nos
presione. Sabemos que el primer tomo de El Anti–Edipo está lleno aún
de compromisos, demasiado cargado de saberes que parecen conceptos.
Así pues, cambiaremos, ya hemos cambiado, estamos contentos.
Algunos pensaban que continuaríamos en la misma onda, y hay quien
llegó a creer que íbamos a formar un quinto grupo psicoanalítico.
¡Miserias! Soñamos con otras cosas más clandestinas y gozosas. No
firmaremos más compromisos, porque ahora nos hacen menos falta. Y
encontraremos siempre a los aliados de los que tenemos necesidad o
que tienen necesidad de nosotros.
Pero tú quieres describirme como atrapado. Y no es cierto: ni Félix
ni yo nos hemos convertido en subjefes de una subescuela. Si alguien
quiere utilizar El Anti–Edipo, allá él, porque nosotros ya estamos en
otra parte. Me imaginas políticamente atrapado, reducido al papel de
firmar manifiestos y peticiones, “superasistente social”: no es verdad,
y, de entre todos los homenajes que habría que rendir a Foucault, está
el de haber sido el primero que por su propia cuenta ha quebrado los
mecanismos de recuperación y ha sacado al intelectual de su situaciónpolítica clásica.
Eres tú quien se ha quedado anclado en la provocación,
en la publicación, en los cuestionarios, en las confesiones públicas
(“confiesa, confiesa...”). Al contrario, a mí me parece que se aproxima
una época de clandestinidad mitad voluntaria–mitad obligada, que
será como un rejuvenecimiento del deseo, incluido el deseo político.
Me imaginas profesionalmente atrapado, porque he hablado en Vicennes
durante dos años y tú dices que dicen que yo no hago nada. Piensas
que, cuando hablo, me hallo en la contradicción de quien, “rechazando
la condición de profesor, está sin embargo condenado a enseñar, y
tiene que restaurar los arreos que ya todo el mundo había abandonado”:
yo no soy sensible a las contradicciones, no soy un alma bella que
vive trágicamente su condición; he hablado porque tenía grandes
deseos de hacerlo, y he sido apoyado, injuriado, interrumpido por
militantes, locos verdaderos y seudolocos, imbéciles y personas muy
inteligentes, había en Vincennes una especie de chirigota continua y
viva. Esto ha durado dos años, y ya es suficiente, hace falta cambiar. De
modo que ahora que ya no hablo en las mismas condiciones, dices, o te
haces portavoz de quienes dicen, que ya no hago nada, que soy impotente,
una reina gorda e impotente. Y esto sigue siendo falso: me
escondo, pero sigo trabajando con el menor número posible de
personas, y tú, en lugar de ayudarme a no convertirme en vedette,
vienes a pedirme cuentas y a exigirme que elija entre la impotencia y la
contradicción. Finalmente, me imaginas atascado personalmente,
familiarmente. En esto demuestras lo bajo de tu vuelo. Explicas que
tengo una esposa y una hija que juega con muñecas y que triangula los
rincones. Y eso te divierte cuando lo comparas con El Anti–Edipo.
También podrías haberme dicho que tengo un hijo en edad de psicoa-
14nalizarse. Si tu idea es que son las muñecas quienes producen el Edipo,
o bien el matrimonio por sí mismo, me parece una idea peregrina.
Edipo no es una muñeca, es una secreción interna, una glándula, y
nunca se ha luchado contra las secreciones edípicas sin luchar también
contra sí mismo, sin experimentar contra sí mismo, sin hacerse capaz
de amar y desear (en lugar de la plañidera voluntad de ser amados, que
nos conduce al psicoanálisis). Amores no–edípicos: no es poca cosa.
Deberías saber que no basta con ser soltero, no tener hijos, ser homosexual
o pertenecer a tal o cual grupo para evitar a Edipo, pues hay un
Edipo de grupo, hay homosexuales edípicos y un M.L.F. edipizado, etc.
Como prueba valga un texto: “Los árabes y nosotros”3, bastante más
edípico que mi hija.
De modo que nada tengo que “confesar”. El relativo éxito de El Anti–
Edipo no nos compromete ni a Félix ni a mí. En cierto modo no nos
concierne, ya que tenemos otros proyectos. Paso, pues, a tu otra crítica,
más dura y terrible, que consiste en decir que siempre he ido a la zaga,
economizando esfuerzos, aprovechándome de las experimentaciones
ajenas, de los homosexuales, drogadictos, alcohólicos, masoquistas,
locos, etc., probando ligeramente sus delicias y venenos sin arriesgar
nunca nada. Vuelves contra mí un texto mío en el que yo pregunto
cómo es posible no convertirse en un conferenciante profesional sobre
Artaud o en un seguidor mundano de Fitzgerald. Pero, ¿qué sabes de
mí? Yo creo en el secreto, es decir, en la potencia de lo falso, mucho
más que en los relatos que dan testimonio de una deplorable creencia
en la exactitud y en la verdad. Aunque no me mueva, aunque no viaje,hago, como todo el mundo, mis viajes inmóviles que sólo puedo medir
con mis emociones, expresándolos de la manera más oblicua y desviada
en mis escritos. ¿A cuento de qué traer a colación mis relaciones con
los homosexuales, los alcohólicos o los drogadictos, si puedo experimentar
en mí efectos análogos a los que ellos obtienen por otros
medios? Lo interesante no es saber de qué me aprovecho, sino más bien
si hay quienes hacen tal o cual cosa en su rincón, como yo en el mío, y
si es posible un encuentro azaroso, un caso fortuito, no alineaciones o
adhesiones, toda esa bazofia en la que uno se supone ser la mala
conciencia que tiene que corregir al otro. No te debo nada, y tú a mí
tampoco. No tengo ninguna razón para acudir a vuestros guetos, ya
tengo los míos. El problema no fue nunca la naturaleza de tal o cual
grupo exclusivo, sino las relaciones transversales en las que los efectos
producidos por tal o cual cosa (homosexualidad, droga, etc.) pueden
siempre producirse por otros medios. Contra aquellos que piensan
“soy esto, soy aquello”, y que lo piensan aún de una manera psicoanalítica
(refiriéndose a su infancia o a su destino), hay que pensar en
términos de incertidumbre y de improbabilidad: no sé lo que soy,
harían falta tantas investigaciones y tantos tanteos no nar-cisistas
ni edípicos (ningún homosexual puede decir con certeza: “soy homosexual”).
El problema no es ser esto o aquello como ser humano, sino
devenir inhumano, el problema es el de un universal devenir animal:
no confundirse con una bestia, sino deshacer la organización humana
del cuerpo, atravesar tal o cual zona de intensidad del cuerpo, descubriendo
cada cual qué zonas son las suyas, los grupos, las poblaciones,
las especies que las habitan. ¿Por qué no tendría derecho a hablar de
medicina sin ser médico si hablo de ella como un perro? ¿Por que nopodría hablar de la droga sin ser drogadicto si hablo de ella como un
pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre cualquier cosa,
incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o artificial,
sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me
autorizan? Si la droga produce a veces delirios, ¿por qué no podría yo
delirar sobre la droga? ¿Qué vas a hacer tú con tu “realidad” propia?
Chato realismo el tuyo. Pero, ¿por qué me lees entonces? El argumento
de la experiencia reservada es un mal argumento, además de reaccionario.
La frase de El Anti–Edipo que más me gusta es esta: “No, jamás
hemos visto esquizofrénicos.”
¿Qué hay, pues, en tu carta? En resumidas cuentas, nada tuyo salvo
ese hermoso pasaje. Un conjunto de rumores, de “se dice”, que tú
presentas ágilmente como si viniesen de otros o de ti mismo. Puede
que tú lo hayas querido así, una especie de pastiche de ruidos envasado
al vacío. Se trata de una carta mundana y bastante snob. Me pides un
“inédito”, y luego me escribes maldades. Mi carta, por causa de la tuya,
tiene el aspecto de una justificación. Pero no hay que exagerar. Tú no
eres un árabe, eres un chacal. Te esfuerzas en hacer que me convierta
en todo aquello en lo que me acusas de haberme convertido,
pequeña vedette, vedette, vedette. Yo no te pido nada, sino que –para
terminar con todos los rumores– te mando todo mi cariño.



Gilles Deleuze
Traducción de José Luis Pardo
Pre–textos, Valencia, 1995
Segunda edición, 1996
Título original:
Pourparlers
Éditions de Minuit, París, 1990


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