No hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que Buenos Aires disfrutó de épocas de bonanza.
Basta con recorrer algunas zonas para ver edificios públicos deslumbrantes, palacios dignos de emperadores y monumentos que son íconos artísticos de primer nivel mundial.
Y aquel esplendor no sólo estuvo en sus calles.
También en representantes de una clase dominante que disfrutaba la riqueza sin importarle lo que ocurría en otros sectores de la sociedad.
Eran los años locos, cuando los niños bien vivían “tirando manteca al techo”.
La frase era y es símbolo de despilfarro, de vida ostentosa.
Y tiene que ver con una imagen real surgida de aquellos bon vivants que no sólo copaban la noche porteña en cabarets como el Royal Pigall de la avenida Corrientes sino también en la noche de París que tenía como símbolo a Chez Maxim’s.
En ese tiempo un personaje se destacó siempre.
Se convirtió en leyenda internacional y fue el creador de aquella “diversión” que terminó como emblema de un modo de vida: se llamaba Martín Máximo Pablo de Alzaga Unzué, pero desde chico por imposición paterna, fue Macoco.
“Aquello de ‘tirar manteca al techo’ lo inventé un día que estábamos en Maxim’s, donde yo invitaba a comer a mis amigos”, contó el propio Macoco. Y explicó que fue cuando vio que en el techo de uno de los exclusivos salones había una pintura con el dibujo de unas valkirias con grandes senos sobresaliendo del escote. “Puse en un tenedor unos rulos de manteca y empecé a tirarle para embocar entre las tetas de esas mujeres; entonces se generó un torneo para ver quién acertaba”, recordó aquel play boy porteño a quien muchos señalan como el inspirador del tango “Shusheta” (de Cobián y Cadícamo) y de Isidoro Cañones, aquel padrino del cacique Patoruzú, en la historieta creada en 1928 por Dante Quinterno. Después, tirar manteca se convirtió en un clásico de la diversión para muchos y dicen que hasta se hacían apuestas a ver cuál era el pedazo que duraba más pegado al techo de los reductos de la vida nocturna.
Pero la fama de Macoco Alzaga Unzué (1901-1982) no se debía sólo a aquel toque de extravagancia. Su nombre estaba asociado al automovilismo (llegó a correr hasta las 500 millas de Indianápolis y en Monza) y a otro deporte quizá más placentero, pero también riesgoso: la “colección” de mujeres. Porque aunque se casó nada más que dos veces (su primera esposa fue Gwendolyn Robinson, a quien Conoco en Biarritz; la segunda fue Kay Williams, una famosa modelo internacional, imagen de los cigarrillos Chesterfield), se le reconocen romances con Rita Hayworth, Gloria Swanson y Dolores del Río, entre otras. Por esos y otros escarceos amorosos dos tías lo desheredaron.
También fue dueño del más exclusivo y célebre cabaret del mundo: el Morocco, de Nueva York, un lugar que alguna vez frecuentaron Marilyn Monroe y Humphrey Bogart. Los tapizados de sus sillones estaban hechos con cueros de cebras cazadas por el propio Macoco en sus safaris por África.
Es sólo un muestrario de aquella época de despilfarros y excentricidades, cuando las familias de ganaderos iban a Europa llevando “la vaca atada” en el barco para tomar leche fresca, y en el mundo, para definir a un millonario, se decía “rico como un argentino”. Pero esa es otra historia.
por Eduardo Parise
Quién fue Macoco Alzaga Unzué:
Si Isidoro Cañones hubiera existido en carne y hueso, se hubiera enfermado de envidia. Porque Martín "Macoco" Alzaga Unzué fue la personificación ideal del playboy de los años locos. Tataranieto de Martín de Alzaga, el alcalde de Buenos Aires, era el séptimo hijo de Angela Unzué y Félix David de Alzaga. Nacido en 1901, no era un chico de lo más tranquilo. Tuvo que pasar por cuatro colegios de Buenos Aires para que su familia se diera cuenta de que estudiar no era lo que más le interesaba en la vida. Sin embargo, insistieron. Y lo enviaron a Europa a los doce años con dos tías, Concepción (Cochonga) Unzué de Casares y María (Manita) Unzué de Alvear. Lo internaron en L'Ile de France, un castillo en plena Selva Negra, pero no hubo nada que hacer: pellizcaba las piernas de sus profesoras y enseñaba a sus compañeros a jugar al fútbol. El pequeñísimo calavera, como se decía entonces, probó así varias veces penitencias y gorros con orejas de burro, hasta que logró hacerse echar. Lo mismo hizo en el siguiente colegio, esta vez en Londres. "Mi primera novia fue "Bebita" Anchorena -recordaba Macoco- pero las oportunidades no eran tantas. Se daban a veces en nuestra estadía en la estancia de mi padre, "Santa Clara", en 25 de Mayo; en Rojas o en el campo de mi tía Concepción Unzué Casares. Me gustaba mucho el campo, hoy día no lo soporto, me pone melancólico. Un poco después, María Paz de Gainza daba en su casa, el actual Círculo Militar, reuniones por las tardes y allí fue donde aprendí a bailar foxtrot". Y Macoco encontró una nueva afición: "Después de las mujeres descubrí los autos", diría. Se compró un Mercedes coupé Gordon Bennet y se inició en las picadas porteñas. En 1921 ganaba la primera carrera Internacional Montevideo-Punta del Este. Después de correr varias competencias internacionales consigue su primer triunfo europeo en el Gran Premio de Marsella, con Alberto Rodríguez Larreta como acompañante. Un accidente en esa carrera lo decide a abandonar el automovilismo. A los veinte años, empezó a veranear en Biarritz, donde se divertía como loco con los demás argentinos que veraneaban allí. En el Golf Club de Chiverta conocería a una estadounidense angelical, Gwendolyn Robinson, con quien estaría casado ocho años y tendría una única hija, Sally. Vanguardista, Macoco tuvo en Buenos Aires la primera boutique, donde introdujo los primeros trajes de baño sin piernas y el primer pantalón de mujer. En un reportaje declaró haber heredado 5.000 hectáreas de sus padres. Y las supo gastar en todo lo que le gustaba. "Las monedas, como decía Napoleón, son redondas para que rueden", argumentaba. Entre sus amigos estaban Chevallier, Chaplin y la Mistinguette -a los tres les enseñó a bailar tango-, los Windsor o Ginger Rogers- a quien trajo a Buenos Aires por pedido de Perón. Tampoco le faltaron romances -como con Carmen Miranda- y un segundo matrimonio, esta vez con Kay Williams, una modelo de "Vogue" que luego se casaría con Clark Gable. Una vida mítica, de alquien que siempre supo hacer lo que quería. De regreso a Buenos Aires, Macoco pasó sus últimos días rodeado de sus gatos siameses y moría aquí el 15 de noviembre de 1982.
[/video]
Basta con recorrer algunas zonas para ver edificios públicos deslumbrantes, palacios dignos de emperadores y monumentos que son íconos artísticos de primer nivel mundial.
Y aquel esplendor no sólo estuvo en sus calles.
También en representantes de una clase dominante que disfrutaba la riqueza sin importarle lo que ocurría en otros sectores de la sociedad.
Eran los años locos, cuando los niños bien vivían “tirando manteca al techo”.
La frase era y es símbolo de despilfarro, de vida ostentosa.
Y tiene que ver con una imagen real surgida de aquellos bon vivants que no sólo copaban la noche porteña en cabarets como el Royal Pigall de la avenida Corrientes sino también en la noche de París que tenía como símbolo a Chez Maxim’s.
En ese tiempo un personaje se destacó siempre.
Se convirtió en leyenda internacional y fue el creador de aquella “diversión” que terminó como emblema de un modo de vida: se llamaba Martín Máximo Pablo de Alzaga Unzué, pero desde chico por imposición paterna, fue Macoco.
“Aquello de ‘tirar manteca al techo’ lo inventé un día que estábamos en Maxim’s, donde yo invitaba a comer a mis amigos”, contó el propio Macoco. Y explicó que fue cuando vio que en el techo de uno de los exclusivos salones había una pintura con el dibujo de unas valkirias con grandes senos sobresaliendo del escote. “Puse en un tenedor unos rulos de manteca y empecé a tirarle para embocar entre las tetas de esas mujeres; entonces se generó un torneo para ver quién acertaba”, recordó aquel play boy porteño a quien muchos señalan como el inspirador del tango “Shusheta” (de Cobián y Cadícamo) y de Isidoro Cañones, aquel padrino del cacique Patoruzú, en la historieta creada en 1928 por Dante Quinterno. Después, tirar manteca se convirtió en un clásico de la diversión para muchos y dicen que hasta se hacían apuestas a ver cuál era el pedazo que duraba más pegado al techo de los reductos de la vida nocturna.
Pero la fama de Macoco Alzaga Unzué (1901-1982) no se debía sólo a aquel toque de extravagancia. Su nombre estaba asociado al automovilismo (llegó a correr hasta las 500 millas de Indianápolis y en Monza) y a otro deporte quizá más placentero, pero también riesgoso: la “colección” de mujeres. Porque aunque se casó nada más que dos veces (su primera esposa fue Gwendolyn Robinson, a quien Conoco en Biarritz; la segunda fue Kay Williams, una famosa modelo internacional, imagen de los cigarrillos Chesterfield), se le reconocen romances con Rita Hayworth, Gloria Swanson y Dolores del Río, entre otras. Por esos y otros escarceos amorosos dos tías lo desheredaron.
También fue dueño del más exclusivo y célebre cabaret del mundo: el Morocco, de Nueva York, un lugar que alguna vez frecuentaron Marilyn Monroe y Humphrey Bogart. Los tapizados de sus sillones estaban hechos con cueros de cebras cazadas por el propio Macoco en sus safaris por África.
Es sólo un muestrario de aquella época de despilfarros y excentricidades, cuando las familias de ganaderos iban a Europa llevando “la vaca atada” en el barco para tomar leche fresca, y en el mundo, para definir a un millonario, se decía “rico como un argentino”. Pero esa es otra historia.
por Eduardo Parise
Quién fue Macoco Alzaga Unzué:
Si Isidoro Cañones hubiera existido en carne y hueso, se hubiera enfermado de envidia. Porque Martín "Macoco" Alzaga Unzué fue la personificación ideal del playboy de los años locos. Tataranieto de Martín de Alzaga, el alcalde de Buenos Aires, era el séptimo hijo de Angela Unzué y Félix David de Alzaga. Nacido en 1901, no era un chico de lo más tranquilo. Tuvo que pasar por cuatro colegios de Buenos Aires para que su familia se diera cuenta de que estudiar no era lo que más le interesaba en la vida. Sin embargo, insistieron. Y lo enviaron a Europa a los doce años con dos tías, Concepción (Cochonga) Unzué de Casares y María (Manita) Unzué de Alvear. Lo internaron en L'Ile de France, un castillo en plena Selva Negra, pero no hubo nada que hacer: pellizcaba las piernas de sus profesoras y enseñaba a sus compañeros a jugar al fútbol. El pequeñísimo calavera, como se decía entonces, probó así varias veces penitencias y gorros con orejas de burro, hasta que logró hacerse echar. Lo mismo hizo en el siguiente colegio, esta vez en Londres. "Mi primera novia fue "Bebita" Anchorena -recordaba Macoco- pero las oportunidades no eran tantas. Se daban a veces en nuestra estadía en la estancia de mi padre, "Santa Clara", en 25 de Mayo; en Rojas o en el campo de mi tía Concepción Unzué Casares. Me gustaba mucho el campo, hoy día no lo soporto, me pone melancólico. Un poco después, María Paz de Gainza daba en su casa, el actual Círculo Militar, reuniones por las tardes y allí fue donde aprendí a bailar foxtrot". Y Macoco encontró una nueva afición: "Después de las mujeres descubrí los autos", diría. Se compró un Mercedes coupé Gordon Bennet y se inició en las picadas porteñas. En 1921 ganaba la primera carrera Internacional Montevideo-Punta del Este. Después de correr varias competencias internacionales consigue su primer triunfo europeo en el Gran Premio de Marsella, con Alberto Rodríguez Larreta como acompañante. Un accidente en esa carrera lo decide a abandonar el automovilismo. A los veinte años, empezó a veranear en Biarritz, donde se divertía como loco con los demás argentinos que veraneaban allí. En el Golf Club de Chiverta conocería a una estadounidense angelical, Gwendolyn Robinson, con quien estaría casado ocho años y tendría una única hija, Sally. Vanguardista, Macoco tuvo en Buenos Aires la primera boutique, donde introdujo los primeros trajes de baño sin piernas y el primer pantalón de mujer. En un reportaje declaró haber heredado 5.000 hectáreas de sus padres. Y las supo gastar en todo lo que le gustaba. "Las monedas, como decía Napoleón, son redondas para que rueden", argumentaba. Entre sus amigos estaban Chevallier, Chaplin y la Mistinguette -a los tres les enseñó a bailar tango-, los Windsor o Ginger Rogers- a quien trajo a Buenos Aires por pedido de Perón. Tampoco le faltaron romances -como con Carmen Miranda- y un segundo matrimonio, esta vez con Kay Williams, una modelo de "Vogue" que luego se casaría con Clark Gable. Una vida mítica, de alquien que siempre supo hacer lo que quería. De regreso a Buenos Aires, Macoco pasó sus últimos días rodeado de sus gatos siameses y moría aquí el 15 de noviembre de 1982.