InicioApuntes Y MonografiasUna historia increible: el aterrizaje de un ovni
En 1978 seis pescadores vivieron una experiencia inolvidable. Las investigaciones determinaron la veracidad del hecho. Vieron el descenso de una extraña nave y la presencia de un humanoide. Fue el acontecimiento más importante de la historia que estudia la ufología.

Las declaraciones de los testigos, ante los especialistas e investigadores, son siempre coincidentes y reiterativos. Hoy esquivan hablar del tema. Lo que dice "Realidad OVNI". Los informes. Las conclusiones. El caso fue archivado como el "más importante en la Argentina"
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Todo comenzó una noche de febrero del '78 a eso de las cinco de la mañana cuando un grupo de pescadores, llegados a La Florida, a 38 kilómetros de San Luis, se encerraban en su mundo para una noche de pesca.

La “juntada” había sido planeada un par de días antes entre Pedro Sosa, sus hermanos Ramón y Genaro, Manuel María Álvarez, Jacinto Lucero y Regino Salvador Perroni. Cuando el “operativo pesca” se puso en marcha, Pedro y Genaro, se encargaron de las compras para la cena: unas tiras de costillas, morcillas, chorizos un par de botellas de gaseosas, soda y vino.
Después de verificar que el Fiat 125 de Genaro Sosa, estuviera en condiciones, cargaron combustible, verificaron la presión de los neumáticos, que no le faltara agua en el radiador y también le midieron el aceite. Así partieron a La Florida. Nada hacía imaginar lo que ocurriría horas después. 





De todos, el más dicharachero era Salvador Perroni, “la tanada” le salía de adentro en medio de un grupo muy poco “hablador”.
Se fueron por la ex ruta 20 (en esa época no había autopistas) y rápidamente devoraron la distancia que separan San Luis del Club Náutico de Pesca La Florida, punto final del recorrido pactado por los seis para la expedición. Alegres, contentos, expectantes y felices bajaron del auto, recordándose entre ellos de que no se hubieran olvidado de nada, menos de "las carnadas".
Todo el grupo, menos Perroni y Lucero que son cuñados (Lucero está casado con la hermana de Salvador), siempre andaban juntos y cuando podían hacían excursiones de pesca a distintos espejos de agua de la provincia.




Eran “amigos de la pesca” aunque sus actividades laborales diferían. Genaro Sosa, Salvador Perroni y Jacinto Lucero eran empleados del Banco de la Provincia; Pedro Sosa trabajaba en la Secretaría General de la Gobernación; Manuel María Álvarez, de origen paraguayo pero ciudadano argentino, era empleado de Aerolíneas Argentinas; y Ramón Armando Sosa, operario en la Cerámica San José.
Habían hablado con un empleado del club, de apellido Rodríguez para que les prendiera el fuego y les preparara unas empanadas para comer mientras esperaban el asado. El fuego estaba listo y el paraguayo Álvarez se puso manos a la obra. Mientras tomaban un vino, los chistes y las anécdotas fueron y vinieron.
Todo era normal, la previa, el viaje, las charlas, las tareas del criollo del lugar y los preparativos, por eso el relato va adquiriendo veracidad de los hechos. No era tarde cuando terminaron de comer “un asadazo” y las empanadas. El reloj marcaba un poco más de las cero treinta cuando comenzaron a preparar los aparejos de pesca, cada uno en su mundo, que nada les faltara porque era difícil volver. La balsa de Perroni tenía el espacio y las comodidades suficientes para recibir al experto y entusiasta grupo.




Así, y una vez que todo estuvo listo, emprendieron la navegación rumbo a un lugar conocido como La Rinconada, bien al sur del dique, donde hay una profundidad de unos 50 metros, al tiempo que el viento norte ayudaba y acortaba rápidamente las distancias. Pero no pudo ser, el oleaje era muy intenso y alcanzaba una altura poco frecuente por lo que decidieron cambiar el rumbo para hacer la pesca un poco más apacible.
La suerte no era la mejor compañera, cambiaron de balsa, usaron una de un amigo que hacía mucho que no era utilizada: “La Niña”. Pero como no había “pique” después de un intercambio de opiniones y de un tiempo prudencial, Jacinto Lucero, Ramón y Genaro Sosa se fueron a dormir, eran aproximadamente las tres de la mañana. Pedro Sosa y Álvarez, tiraban líneas tras líneas buscando el mejor pique.
En tanto Perroni que no paraba de hablar bajito para no espantar los peces, estaba en la otra punta de la balsa, al lado del motor. De su posición, tenía un mejor panorama de lo que acontecía en la balsa, y veía como tres de sus amigos se acurrucaban para dormir al tiempo que ellos buscaban abrigos, la noche, que no era de las mejores, comenzaba a ponerse fría, sólo pescaron un par de pejerreyes y varias carpas.




Todo siguió normalmente, era una jornada de pesca nocturna como tantas otras en la vida de estos amantes de la paz, el relax y la tranquilidad, todo estaba tranquilo y pasaba como en las películas. En el firmamento, y como jugando entre los cerros, la luna se mostraba más blanca que nunca y se repetía en el agua y como tantas veces las olas sacudían la estructura de la balsa del amigo ausente.
La temperatura había bajado unos grados y se hacía sentir, el amanecer no estaba lejos. La embarcación se mecía suavemente, alguna que otra ráfaga del intrépido viento norte, hacia girar las líneas y había que estar atento para que no se enredaran entre ellas. Álvarez y Pedro Sosa dialogaban entre ellos para ver qué plomo, carnada, anzuelo o boya ponían. Por ahí el lamento de un ave nocturna o el audillo de un cimarrón en la costa rompían la paz y la monotonía.




De repente todo cambió, antes de las seis de la mañana de ese 4 de febrero ocurrió lo inesperado, lo inimaginable, lo increíble. La noche se transformó en un caos, los gritos, la desesperación y la sorpresa generó estupor y pánico.
El primero que vio una luz enceguecedora fue Perroni, fugaz, intensa y sorprendente por su velocidad. Cruzó el cielo por detrás de la barca dejando todo blanco produciendo una ceguera temporal en el espacio, haciendo desaparecer el paisaje por escasos veinte segundos. Todo ocurrió como por arte de magia. Perroni se tapó la cara por la momentánea ceguera, la luz parecía partir de un cerro cercano, a unos veinte metros. Los hermanos Sosa, Ramón y Genaro, que se habían ido a dormir un rato antes, se despertaron y a los gritos lo hicieron con el amigo que estaba a su lado, pensaron que era una estrella, como tantas otras que han visto, pero ésta era distinta, la potencia y la intensidad que emanaba esa luz les llamó la atención y sin perder su asombro nada dijeron, quedaron mudos.
Manuel Álvarez y Pedro Sosa también se vieron sorprendidos y enfrentaron lo insólito: el enorme resplandor los iluminó y pudieron observar que se trataba de un objeto volador no identificado, un aparato metálico, sólido, que tenía la forma de un plato hondo invertido, que irradiaba de su parte baja una luz blanca, y de su parte superior, luces de colores verde esmeralda y rojo granate. Estaba suspendido en el aire sobre un terreno en declive, a unos tres metros de altura del suelo, y medía unos 15 metros de diámetro.




En medio del relato dicen: “Instantáneamente se abrió una escalerilla, de las del tipo Focker, por la cual descendió un ser de forma humanoide, de unos 2,10 metros de altura".
"Estaba vestido con un traje brilloso, ajustado al cuerpo, de color plateado luminoso, sobre su cabeza llevaba colocada una especie de escafandra transparente, que dejaba ver sus cabellos rubios y sus facciones”. Era tal la sorpresa que nadie atinó a nada, quedaron estupefactos, inmóviles sin palabras y sin saber qué hacer.
“El ser, después de salir por la escalerilla, caminó por el terreno o se deslizó hacia la orilla del lago, a escasamente unos 15 metros de los pescadores. Sonriendo, el extraño, colocó sus manos, enguantadas en una especie de guantes sin dedos (mitones), hacia adelante, con las palmas hacia arriba, en un gesto característico de amistad y de posición yoga (flor de loto) lo que vendría a ser un gesto universal de dar. Luego de efectuar ese gesto, giró y se dirigió a la escalerilla, ascendió por ella y se introdujo dentro del aparato. La portezuela se levantó y cerró el agujero que había abierto para colocarse en el suelo. Al cabo de entre 20 y 30 segundos, el aparato se elevó y con rumbo noreste se perdió en las serranías de San Luis”.
Un informe de La Realidad OVNI en Latinoamérica reza: “Pedro Sosa estaba muy impactado por lo que veía, pero observó mucho menos del humanoide que Álvarez, que era el más descriptivo. Los tres pescadores dormidos se despertaron alertados por Perroni, y todos vieron al objeto, ya en el cielo, haciendo el trayecto a las serranías próximas, exactamente hacia el lugar en donde primitivamente querían pescar, en el primer intento de usar la balsa de Perroni”.
“Con respecto al objeto, los testigos difieren en los pequeños detalles de las características luminosas, pero todos coinciden en la potente luz, que vieron tan cerca de ellos y a sus espaldas”. 




El avistamiento de un ovni en el dique La Florida fue archivado como el más importante en la Argentina. Ocurrió el 4 de febrero de 1978, y los protagonistas de aquel episodio esquivan hablar del tema y aducen un juramento no escrito.
Testigos calificados vieron el descenso de una extraña nave y la presencia de un humanoide de gran altura que dejó sus huellas en la tierra. Las investigaciones que se llevaron a cabo, determinaron la veracidad de los hechos, como así también la corroboración de las huellas dejadas por su tripulante.
"Genaro Sosa decía que el objeto tenía una aureola amarillenta; Ramón Sosa, que era una luz fluorescente; Pedro Sosa expresaba que tenía diferentes colores que giraban llegando al blanco; para Jacinto Lucero, era una luz blanca muy intensa. Mientras que para Álvarez y Perroni, el objeto iba dejando una estela luminosa”, señala el informe del Centro Argentino de Estudios de Fenómenos Anómalos (CAEFA) que también firma el reconocido ovnílogo Fabio Zerpa.
“Todos coinciden en la forma circular fundamentalmente, los tres pescadores que se despiertan ante el hecho, pero los otros tres, los que prácticamente ven al aparato sobre el pequeño cerro, advierten la forma de plato sopero invertido con una especie de alerón o anillo en el medio, que luego de elevarse va dejando una estela luminosa, para luego formar una aureola blanca en su derredor, cuando desaparece entre las sierras”, reza.
“Todos coinciden en que el OVNI ‑continúa‑, cuando está en el cielo sobre las montañas, en un ángulo de 45 grados con respecto al horizonte, hace un medio looping para desaparecer: no se pierde de vista, sino que desaparece, dejando un círculo luminoso blanco que se va agrandando paulatinamente para luego perderse. Regino Salvador Perroni aportó una evidencia francamente muy interesante para la investigación: el aparato hace el medio looping y se mete en una alcancía; realiza la operación que nosotros efectuamos cuando introducimos una moneda en una alcancía, o una carta en un buzón”.




“Una observación que nos hizo reflexionar: ¿apertura del viaje al tiempo?, ¿apertura hacia otras dimensiones?, ¿introducción en el mundo subterráneo de las montañas puntanas?. Preguntas para pensar; que inquietan y son acicate de investigación. Pasó todo: los seis, en la balsa, se miran atónitos; todos piensan que fue un plato volador; cuando les dijimos en los intensos interrogatorios, allá en El Volcán, que podía ser una nave terrestre secreta, con un astronauta desconocido, nos miraron como no sabiendo qué pensar; todos tienen la firme convicción que vieron un hecho anómalo que bautizaron con el inquietante nombre de OVNI", sentencia el informe.
Este incidente contó con el apoyo investigativo de la Policía de la Provincia, a cargo de, por entonces, teniente coronel Raúl Benjamín López, quien firmó el primer comunicado oficial de la caminata de un tripulante de un OVNI representando a la Policía provincial y al Ejército Argentino.
El tiempo transcurrió... fue hace 37 años. Nunca más se habló del tema. Hoy, varios de aquellos pescadores no quieren recordar el hecho. Y el caso continúa siendo uno de los misterios más indescifrables que dio la ovnilogía mundial.



El hecho fue muy difundido en esos tiempos, pero después quedó como en secreto, como algunas otras apariciones y encuentros que se produjeron en las costas de La Florida, las que nunca tuvieron una explicación o aclaración oficial.
Juan, uno de los testigos, dice que tiene el recuerdo a flor de piel. “Me acuerdo muy bien porqué ese 4 de febrero con otros tres amigos pasamos la noche pescando, en el muro central de ese dique, estábamos en la parte norte del murallón, elegimos ese lugar por el reparo, porque corrió viento norte y fuerte hasta las tres o cuatro de la madrugada, luego se calmó y el cielo, con una luna espectacular que brillaba sobre el lago, mostraba como un surco luminoso espejado sobre el agua, nunca supe qué fue, pero con el tiempo, comparé las situaciones y llegué a la conclusión que es lo mismo que se vio en la otra punta del dique”.
Roberto, otro testigo señala: “Nosotros vivimos cerca de Juan Llerena, a 27 kilometros de La Toma, habíamos leído lo que había pasado en La Florida y recuerdo que la noche del 4 de febrero, los perros ladraban de una forma distinta. Salí al patio con un farol en la mano. Los perros estaban enloquecidos ladrándole a un resplandor detrás del galpón, me quedé paralizado por la potencia de esa luz que dejaban todo blanco, de repente se fue como levantando y desapareció rumbo al sur, nunca más vi una cosa así”.
Hoy, los protagonistas de aquel histórico episodio siguieron sus vidas, se jubilaron y continúan yendo de pesca. Pero nada fue igual. Manuel María Álvarez, que vivía con su madre cuando fue el avistamiento, enfermó y perdió su trabajo en la empresa Aerolíneas Argentinas, dicen que se fue a vivir a Buenos Aires y que sus hermanos lo llevaron a Paraguay. Nunca más se supo de él. Regino Salvador Perroni se niega sistemáticamente a hablar del tema, según uno de sus yernos.
De los hermanos Sosa el único que recordó parte del episodio fue Pedro (Pedrín para los amigos). “Ha pasado el tiempo y ya no queremos recordar aquello, tampoco queremos sacarnos fotos, es una especie de juramento que hicimos y soy muy respetuoso de lo que prometimos. Lamentablemente el que más sufrió y sintió el impacto fue Manuel de quien nunca más supimos”, expresa Pedro Sosa poniéndole punto final a un hecho increíblemente dejado en el olvido.
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