Abriendo a Galileo
¿Puede un libro de más de medio siglo considerarse nuevo?
Quizá ver una obra que no soportó de manera óptima el paso del tiempo, cuyas páginas están amarillas y con ese olor característico a libro viejo, nos hagan pensar que calificarla de “nueva” sea como mínimo arriesgado, cuando no totalmente risible. Sin embargo, dada nuestra naturaleza subjetiva, que nos lleva a modificar el significado de algunas palabras en función del contexto y de nuestra intención al expresar una idea, podríamos decir que así como un libro nuevo es aquel que acaba de salir de una imprenta, también lo es aquel que, por más años que tenga, no ha sido leído jamás.
Claramente las ocasiones en las que podemos afirmar esto son bien pocas. Es decir, ¿cómo puedo asegurar de manera categórica que un libro no fue recorrido por la mirada atenta de algún lector de principio a fin alguna vez en su corta o larga vida? Podemos afirmarlo de un libro envuelto en un empaque plástico de fábrica, de esos que hay que rasgar para acceder al volumen. Quizá, y esta vez con menos seguridad, podamos decirlo de una caja o embalaje que, una vez salida de la imprenta con su valiosa carga de sabiduría, quedó sin abrir en un olvidado rincón del depósito de una librería.
Sin embargo no es a esos casos a los que voy a referirme sino al caso, hoy día más bien raro, del libro llamado intonso.
¿Qué es un intonso?
El libro intonso (o intonso a secas), es el libro cuyos folios no han sido cortados. Al día de hoy, son pocas las imprentas que editen libros de este tipo. Las casas editoriales encomiendan la tarea a empresas gigantescas, con maquinaria moderna capaz de tirar enormes cantidades de ejemplares, perfectamente idénticos, parejos y bien cortados a guillotina. Los intonsos, así como los tipos móviles o la linotipia, son patrimonio exclusivo de imprentas más cercanas a lo artesanal (o a los modos de impresión usuales hasta mediados del siglo XX), con tiradas modestas y para los tiempos que corren casi desaparecidas.
Son, comprensiblemente, objetos bastante codiciados por los coleccionistas de libros y bibliófilos, dado que los intonsos sin cortar aumentan su valor con el paso del tiempo. Incluso los ya cortados tienen su atractivo, ya que los bordes desiguales otorgan un aire de romanticismo que apela a los modos de impresión de siglos idos.
El proceso de cortado debe hacerse con un abrecartas o cuchillo de filo medio, posicionado a 30 grados de la línea de pliegue, ejerciéndose la fuerza de manera perpendicular a dicho pliegue, cortando hacia afuera. Como se comprenderá, este proceso deja bordes desparejos, de aspecto rústico y antiguo, lo que constituye parte del atractivo mencionado en el párrafo precedente. Otra fuente importante de atractivo suele darla la antigüedad o la rareza de la obra en cuestión, dado que puede ser una rara edición o una obra olvidada, en el sentido de poco difundida o escasamente mencionada en los tiempos en que se esté.
Recuerdo haber leído allá lejos y hace tiempo un manual para lectores y coleccionistas de libros en donde se proveían consejos para cuidar bien de ellos entre otras cosas. Uno de esos consejos era no abrir un intonso a menos que se tuvieran dos. En esa mentalidad de coleccionista, importaba tener siempre a buen resguardo un libro virgen a fin de poseer un tesoro intacto, una posesión heredable a hijos y nietos (o al acervo de la biblioteca en donde estuviese).
Incluso, si mal no recuerdo, recomendaba abrir los intonsos con naipes nuevos, a fin de no dañar el papel y eso sólo en caso de no poder conseguir una obra ya abierta. Y prohibía de modo categórico cortar los bordes con una guillotina. Estos consejos, como se verá más adelante eran bastante acertados.
A título personal, no soy coleccionista de libros, si bien tengo muchos. La diferencia puede parecer sutil pero de ningún modo lo es. Un coleccionista de libros colecciona objetos. Así como está muy extendida la opinión de que las mujeres no son objetos y que valen por lo que tienen dentro, lo mismo opino yo de los libros. Considerarlos objetos es rebajar su valor, es faltarle el respeto a su contenido. Muchos coleccionistas, afortunadamente no todos, se dedican mucho menos a leer que a evaluar los objetos que poseen. Por lo tanto miran el estado de las tapas, la calidad de la encuadernación, el estado de conservación de los dorados, el color y desgaste del papel, el tipo de tinta, el modo de impresión, amén de la rareza, antigüedad y demás consideraciones que ayudan a ponerle un precio a dicho objeto.
Quizá soy un rematado ingenuo al pensar que el valor de los libros es intelectual y que su contenido puede ser revolucionario, inspirador y hasta peligroso. Quizá le doy demasiada importancia al hecho de que muchas ideas escritas en los libros hayan sido prohibidas, perseguidas y castigadas. Que las religiones los hayan quemado, que hayan hecho temblar a los reyes dentro de sus zapatos.
Quizá me aferro inútilmente a un romanticismo decimonónico al pensar cuántas mujeres han llorado sobre las páginas en donde muere la heroína, cuántos niños habrán soñado ser espadachines, cuántos filósofos habrán sentido la comezón del miedo al darse cuenta de que estaban dejando de creer en lo que desde los más altos estamentos, so pena de padecimiento o muerte, obligaban y comenzaban a creer lo opuesto. Y cómo se dieron cuenta de que sus nuevas ideas eran nada más y nada menos que verdaderas.
Caspar Friedrich David – El caminante sobre el mar de niebla.
Sea como fuere, la historia que me llevó a mis treinta años a tener mi primer intonso entero en la mano y la forma en la que lo abrí para exponer un poquito más al mundo lo que en él estaba encerrado, creo que es digna de esta humilde publicación y hacia allá vamos.
En el caso que ahora nos toca, la historia comienza cuando en la vidriera de una pequeña librería de la zona céntrica de mi ciudad de Rosario, me llamó la atención un volumen de aspecto modesto, con tapas de un desvaído color celeste. Lo que atrajo mi atención fue lo que leí en la cubierta:
Galileo Galilei
Diálogos acerca de dos nuevas ciencias
Retrato de Galileo sonriente por Villamena, aparecido en su libro Il Saggiatore.
De inmediato entré en el local con el fin de preguntar el precio. El librero lo extrajo del estante de la vitrina y me leyó lo anotado en lápiz: 95 pesos. Lo compré al instante. Acto seguido me hizo ciertas recomendaciones. No debía abrirlo con algo demasiado afilado como una navaja de afeitar o cúter. Sugerí ponerlo en la prensa de encuadernar y lijar suavemente los lados. Me dijo que podía hacerse, pero que los libros de ese estilo quedaban mejor estando cortados con abrecartas. Cuando examiné lo desiguales que estaban encuadernados los folios me di cuenta de que iba a tener que lijar más de medio centímetro de cada lado, cosa que era impracticable y que cada vez me convencía menos.
Por lo tanto me puse a la tarea de abrirlo. Acá las fotos del proceso.
Mesa de trabajo.
Cubierta.
Lomo.
Otra vista.
La herramienta ideal es un abrecartas. Aquí he usado un cuchillo de acero inoxidable con no mucha más utilidad que la de untar manteca. Es decir que no tiene un filo que pueda cortar en falso y rasgar la hoja.
No utilice jamás trincheta (cúter) ni navajas con filo excesivo.
Detalle de la solapa y una hoja de respeto de cartulina que está pegada rodeando el lomo hasta el otro lado, similar a una segunda cubierta. Se aprecia el precio escrito a lápiz.
Nótese que el ancho de la solapa es casi del de la cubierta.
Primera hoja de respeto encuadernada.
Portadilla, sólo contiene título.
Anverso de la portadilla.
Adherido a este anverso se halla una lámina en papel satinado impresa en huecograbado de un retrato pintado por Justus Sustermans en 1636.
La lámina escaneada junto con la portada.
Primera página del prólogo.
Segunda y tercera páginas del prólogo.
Primeras páginas intonsas. Se aprecia que están unidas por el borde superior y el borde largo.
Facsímil de la portada original impresa por Elzevir.
El mismo facsímil, escaneado. Se aprecia el título original en italiano (Desaprobado por Galileo). Se nota que se llama a sí mismo Galileo Galilei Linceo, esto se debe a que formaba parte de la Academia de los Linces, de la cual sentía orgullo de pertenecer. Fundada en 1603, con varias idas y venidas, cierres y reaperturas y cambios de manos, sigue vigente hasta el día de hoy. Menciona ser filósofo y matemático del Gran Duque de Toscana y añade que hay un apéndice sobre centros de gravedad de algunos cuerpos. Debajo se aprecia el emblema de la imprenta, utilizado hasta el día de hoy por la sucesora Elsevier. La frase “IN LEIDA” significa que fue impreso en Leyden. Luego dice: “Impreso por los Elzevirios en el año 1638”.
Esas cuatro uniones superiores retienen un total de 16 hojas -32 páginas-.
Separando por arriba.
Las mismas páginas, separando por el costado.
Primeras dos páginas liberadas.
Este corte reveló una página facsimilar de un manuscrito de Galileo, en la página siguiente la dedicatoria.
La página donde aparece la primera figura. Los dibujos de esta obra tienen una notable calidad artística.
Otro bloque intonso visto desde abajo. Se trata de páginas sólo unidas por el borde corto superior. Se aprecia otro dibujo en una de las páginas.
Este bloque, en cambio está unido por dos bordes.
El trabajo ya bastante adelantado. El dibujo ilustra la demostración de un teorema.
El trabajo continúa a paso firme.
Trabajo terminado. Detalle del borde inferior. Los libros intonsos no se caracterizaban por su prolijidad a la hora de coserlos. Nótense las virutas de papel que han quedado.
Detalle del borde frontal luego de cortadas todas las hojas.
Detalle del borde superior. Marca característica del intonso.
Como notarán, el libro está compuesto por pliegos grandes que tienen ocho páginas impresas de cada lado. Luego estos pliegos fueron doblados sobre sí mismos tres veces para formar cuadernillos de 16 páginas, los cuales fueron cosidos a lo largo del último doblez. Esto dejó a cada lado de las costuras dos tipos distintos de cortes necesarios para liberar el libro.
De un lado podían liberarse cuatro hojas completas haciendo un solo corte por la parte superior. Del lado opuesto de la costura, además del corte por la parte superior hubo que hacer cortes por los dos bordes largos, que también estaban presos por pliegues.
Según pude enterarme, era costumbre que los intonsos fueran cortados a medida que se los iba leyendo. Yo preferí en cambio cortarlo totalmente y leerlo después. Con respecto al valor, creo que ya dejé en claro que lo que más me importa de un libro es su contenido. Todo libro no leído es un desperdicio.
¿Y qué puedo contar de este libro en particular?
Para dar una idea total debo hacerlo en dos capítulos. El primero sobre el libro como obra (su historia, contenido e importancia) y el segundo sobre el particular volumen que llegó a mis manos. Ambos tienen su cuota de interés, por lo que procederé con un poco de historia.
Capítulo primero
Retrato de Galileo Galilei por Leoni.
Galileo, vida, primeras obras, juicio.
Todos conocemos, en mayor o menor medida, quién fue Galileo Galilei. Sus aportes a la física teórica, a la astronomía observacional y a las matemáticas constituyeron un hito en la historia de la Ciencia, y de hecho muchos historiadores lo consideran el primer científico en el sentido moderno de la palabra. Sin embargo fue su adhesión al modelo copernicano, es decir heliocéntrico, y los pesares que sufrió por defenderlo, el primer triste recuerdo que evocamos cada vez que leemos o escuchamos su nombre ya inmortal.
El ilustre Académico, como gustaba llamarse a sí mismo, nació en Pisa en 1564, cinco años antes de que Cosme de Médici fuera nombrado Gran Duque de Toscana mediante bula papal. Fue el hijo mayor de la numerosa familia de Vincenzo Galilei, un músico florentino de buen pasar económico que deseaba para su primogénito un futuro en la medicina.
Para ello lo envió a la Universidad de Pisa en donde mostró poco interés en la medicina y durante los dos años que estuvo allí se dedicó casi exclusivamente al estudio de las matemáticas. Como era de esperarse no se graduó de médico pero adquirió un dominio notable del conocimiento disponible en su tiempo acerca de las ciencias naturales.
El propio Vincenzo era un hombre más inclinado hacia la física que hacia otras ciencias. Había descubierto algunas leyes que relacionaban el grosor de las cuerdas con la altura del sonido. Otra de sus contribuciones a la música como ciencia fue la de elaborar una teoría de las disonancias.
La relación del padre de Galileo con las cosas de la religión eran más bien indiferentes (de hecho lo sacó de un convento donde le educaban porque probablemente consideró que se lo estaba adoctrinando en demasía) y ese indiferentismo quizá influyó en la mentalidad del hijo, quien durante toda su vida se mantuvo apartado de las afirmaciones de autoridad, tratando de averiguar y demostrar todo por sí mismo. Eso dio origen al método experimental que Galileo desarrolló y defendió en toda su obra madura.
Galileo, hombre ilustrado, escribirá algunas obras sobre centros de gravedad y un trabajo temprano llamado De motu en 1590 en donde, si bien sigue adscribiendo a algunos errores del aristotelismo, ya combate el concepto por entonces extendido, que los objetos caen con una velocidad proporcional a su peso. Durante esa época era un profesor de matemáticas mal pagado en la Universidad de Pisa.
Es por ese tiempo que estudia una curva quizá ya conocida desde antiguo, pero a la que da el nombre con que la conocemos hasta el día de hoy: cicloide. Si bien llegó a la conclusión errada de que la relación entre el área de la circunferencia generadora y el área de la cicloide generada era un número irracional muy cercano a 3 (en realidad es exactamente igual a 3), esta curva tendrá una importancia capital en el futuro de las matemáticas.
Ilustración de una curva cicloide.
Ya por 1592 se traslada de Pisa a la Universidad de Padua, ciudad que era, por aquel entonces, perteneciente a la República de Venecia. Por 1599 entra en relaciones con una veneciana con la que tiene tres hijos, dos mujeres a las que hizo monjas a instancias de su suegro y un hijo varón de nombre Vincenzo (igual que el padre de Galileo) a quien reconocerá como suyo cuando el niño tenía ya 13 años. Este hijo seguiría la tradición familiar haciéndose músico. Fue laudista y se lo recuerda por haber mejorado este instrumento notablemente.
En el año 1600 tuvo lugar un hecho que sin duda debe haber influido sobre el pensamiento de Galileo y su cautela al exponer algunos de los descubrimientos que tendrían lugar en su futuro. El filósofo y sacerdote dominico italiano Giordano Bruno, después de ocho años de juicio, es quemado vivo en el Campo de’ Fiori en Roma.
El hecho de que había sido entregado por la Inquisición veneciana a los tribunales de Roma, aunado a que entre otras de las ideas consideradas heréticas por el sacerdote de Nola estaba su defensa del heliocentrismo, probablemente inspiraron grandes cuidados en la mente del Académico, que aunque aún no había defendido a Copérnico en público, ya había adoptado sus teorías.
Nicolás Copérinico – Sacerdote polaco que sentara las bases del moderno heliocentrismo. Sus ideas, que eran correctas, trajo innumerables problemas a hombres de ciencia que adoptaron sus hipótesis.
Estatua de Giordano Bruno, erigida a finales del siglo XIX en Campo de’ Fiori, donde fuera quemado por herejía siglos atrás. Se dice que antes de morir predijo que donde ejecutaran la sentencia le levantarían una estatua. La placa de bronce reza: “A Bruno, de parte del siglo que predijo, en el lugar donde ardió el fuego.”
Si bien es cierto que tuvo más peso por parte de Bruno su negación de la divinidad de Jesús entre otras acusaciones, no es menos cierto que estas ideas astronómicas novedosas estaban sonando de manera negativa en el mundo renacentista, dominado en cada aspecto de la vida por la poderosa Iglesia Católica.
Pese a todo, Galileo prosigue sus investigaciones con relativa libertad cuando en el año 1604 descubre la ley del movimiento uniformemente acelerado. Ese mismo año observa una estrella nova, fenómeno que extrañó a muchos astrónomos dado que apareció y desapareció de los cielos en un lapso de meses durante el año siguiente. Las opiniones aristotélicas que postulaban un universo supralunar inmutable comenzaban a ser puestas en duda.
Galileo, cada día más convencido que las ideas aristotélicas no se basaban más que en el principio de autoridad sin la más mínima demostración, se puso a la tarea de descubrir si había alguna prueba del movimiento de la Tierra o si al menos postulando este movimiento no se estaría en contradicción con la realidad.
Ya en 1609 recibe una carta en donde se le informa acerca de una invención nacida en Holanda, un aparato para ver lejos. Sin mucha más información que esa se abocó a pulir lentes y a disponerlas una frente a la otra hasta que obtuvo un resultado prometedor. Colocando una lente divergente como ocular y otra convergente como objetivo logró traer las cosas unas seis veces más cerca y sin invertir la imagen.
Para 1610 logró construir un telescopio con 20 aumentos. Las observaciones que hace de la Luna en donde descubre montañas y el descubrimiento de 4 satélites en Júpiter lo llevan a convencerse cada vez más de que las ideas de Aristóteles no tenían más asidero que los prejuicios filosóficos. Ese mismo año escribe su Sidereus Nuncius en donde da cuenta de estos descubrimientos.
Dos de los telescopios construidos por Galileo.
Otro descubrimiento que hizo durante el período 1610-1611 pero que no publica hasta mucho después es el de las fases del planeta Venus, que prácticamente confirman que este astro rota en derredor del Sol.
Sin embargo ya es un heliocéntrico convencido y a partir de estas fechas comienza a defenderlo públicamente a la vez que a hacer apología de sus ideas mediante cartas a personajes ilustres y científicos de la época. Muy conocidas son las cartas que envió a Cristina de Lorena en donde defiende el heliocentrismo incluso desde un punto de vista teológico, algo que muchos considerarían un error por su parte.
El revuelo era enorme y para 1616 la Inquisición decide cortar por lo sano declarando herética la teoría heliocéntrica. Quien hace la condena es el cardenal Belarmino, quien había mandado a quemar al ya mencionado Bruno. Se obliga a Galileo a comparecer ante el Santo Oficio y se le ruega no presentar las ideas de Copérnico más que como hipótesis.
Por otra parte el cardenal Maffeo Barberini, quien apoya y admira a Galileo, asciende a Papa con el nombre de Urbano VIII en 1623. Ambos se consideran amigos y, mientras Galileo durante esos años era colmado de honores, el propio Papa lo recibe varias veces en el Vaticano. En sus conversaciones, es Urbano VIII quien le recomienda exponer las hipótesis geocéntricas y heliocéntricas en forma de diálogo novelado.
Es así como Galileo compone y manda a imprimir en 1632 su Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo. Los personajes que dialogan son el florentino Salviati, que sostiene las hipótesis de Galileo, Simplicio, un filósofo peripatético (es decir seguidor de Aristóteles) y Sagredo, un veneciano bien educado que, si bien no toma partido, tiene la inteligencia para entender los alegatos de ambas partes.
Este diálogo fue tomado por los detractores de Galileo y deformaron su significado e intención diciendo que no sólo era abiertamente copernicano, sino que Simplicio no era un nombre elegido de manera inocente de entre todos los filósofos que existieron (en este caso Simplicio de Cilicia, neoplatónico del siglo VI después de Jesús) sino que representaba nada más y nada menos que al Papa Urbano VIII del que supuestamente se burlaba.
Portada de su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo.
Estas acusaciones realizadas desde el ámbito eclesial y científico que se oponía al heliocentrismo hicieron mella en el Papa, que se mantuvo a un lado de la controversia, dado que al parecer Urbano era bien conocido por su mucho amor propio. Fue, al parecer, un caso entre tantos que conocemos, de personas que mostrando cierta calidad en sus anteriores estados, mudan su condición y se vuelven déspotas, derrochadores, prepotentes.
Es lo que llamamos hybris, la enfermedad del poder. Aquel hombre que como cardenal fuera intelectual, poeta y amante de la música, una vez papa hizo matar todos los pájaros de los jardines del vaticano para que no turbaran su tranquilidad. Y eso es solo un ejemplo.
Retrato del Papa Urbano VIII por Pietro da Cortona.
Eso y presentar su obra en italiano vulgar, accesible a todos, provocó la inquina de los inquisidores, dado que hubiesen preferido que lo escribiese en latín (como hizo con su Sidereus Nuncius) para que la controversia estuviese en principio circunscripta al ámbito intelectual y eclesiástico.
Es citado por la temida Inquisición Romana a fines de ese mismo año, presentándose en 1633, retenido en cuarentena por una plaga que azotaba la Toscana. Se le pide que confiese que el Cardenal Belarmino le había prohibido defender el copernicanismo. El niega esto y se le presentan actas oficiales en donde está escrita la prohibición. La defensa es obvia. La Iglesia cometió un error garrafal: las actas no estaban firmadas por Belarmino. Pero más importante aún, no lo estaban por Galileo.
Ante este apuro, la Inquisición exhibe ante Galileo los instrumentos de tortura mientras le explican cuál es su propósito. Galileo, de 68 años (un anciano para la época), comprende que muy probablemente no sobreviva ni a la tortura más leve y decide confesar, por lo que se lo condena a prisión perpetua. Se le pide que abjure de sus ideas. Lo hace al día siguiente, de rodillas en un convento.
Potro de tortura. Un aparato como este le fue mostrado al Físico para apremiarlo.
Probablemente recordando su antigua amistad, el Papa conmuta su pena en prisión por arresto domiciliario. Un trato muy benevolente tomando en cuenta el destino de Giordano Bruno hacía 32 años. Esos tiempos habían pasado, pero ni Galileo ni muchos inquisidores lo supieron jamás: Giordano Bruno sería la última persona ejecutada por la Inquisición Romana.
Nota: Cosa distinta ocurrió con la Inquisición Española. María de los Dolores López sería ejecutada en 1781. Cayetano Ripoll sería muerto por el delito de herejía (pero por un tribunal religioso distinto de la Inquisición, llamado Junta de Fe) en el año 1826.
Los diálogos sobre dos nuevas ciencias
El encierro es un trago amargo para Galileo, quien antes disfrutara de notoriedad en multitud de círculos sociales, científicos e incluso religiosos. Sin embargo, si algo positivo tuvo, fue que, rehuyendo de todo lo que tuviera olor a astronomía, retomó el hilo de una ciencia por él antes inaugurada y tiempo ha abandonada: la mecánica.
Es así como concibe su nuevo diálogo, publicado con el nombre italiano de Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno à due nuove scienze. Los oradores son los mismos que en el diálogo prohibido, pero esta vez discuten sobre temas bien distintos. El movimiento y caída de los cuerpos, consideraciones matemáticas sobre el infinito y los infinitésimos. Ideas sobre el vacío. La coherencia de la materia explicada con rudimentos del atomismo y la resistencia de los cuerpos a la fractura. Fue allí cuando nacieron la cinemática y la mecánica.
Muchos de sus avances se debieron a su temprano descubrimiento de la ley de isocronía de los péndulos. Si bien consideró adaptarlos a los relojes, jamás podría llevar a cabo esto. Sin embargo sí los utilizó para medir con precisión la caída de esferas a lo largo de planos inclinados. De estos experimentos se sabe muy poco y la mayoría de los aparatos que se exhiben son reproducciones basadas en relatos de biógrafos posteriores. Sin embargo alguna clase de método se deduce de la obra del Académico, lo que permite tener algún grado de certeza al reconstruir sus métodos.
Plano inclinado de Galileo (reconstrucción).
Envía manuscritos a numerosos destinatarios con el fin de encontrar editor. Su amigo y sacerdote Fray Fulgenzio Micanzio, con riesgo de su vida, solicita permiso para imprimirlo en Venecia, creyendo que sólo tenía prohibido escribir en defensa del copernicanismo. En dicha ciudad se le informa que para Galileo hay prohibición general de imprimir todo lo ya editado y todo aquello por editar.
Sin embargo una nube se corrió entre tanta oscuridad, dejando pasar la luz de la esperanza. Lodewijk Elsevier (o Luis Elzevir o Elzeviro), impresor holandés, acepta imprimir la obra de Galileo en una reunión que sostuvieron en Arcetri en mayo de 1636. El genio florentino le dio uno de los manuscritos en sus propias manos. El impresor partió hacia los Países Bajos con la preciosa carga.
Marca de impresión de Elzevir, homenaje hecho en un fresco de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América.
Retrato de Galileo por Sustermans. El mismo que aparece en las páginas iniciales de mi libro.
En 1638 salió de la imprenta y Galileo tuvo noticia de ello meses después. En diciembre de 1639 pudo tener un ejemplar en sus manos, mas no pudo leerlo. En 1637 ya había perdido su ojo derecho, en enero de 1638 estaba completamente ciego.
Dictará a sus seguidores que vivían con él y lo auxiliaban las jornadas quinta y sexta, complementarias a las cuatro ya publicadas. Estas no verían la imprenta hasta 1718.
Evangelista Torricelli. Físico, descubridor de la presión atmosférica, inventor del barómetro. Será uno de quienes le hagan compañía en su arresto.
Vincenzo Viviani. Otro científico que lo acompañará hasta el final. Será luego su primer biógrafo.
Días finales
El 8 de enero de 1642, a la edad de 77 años, Galileo expiró en Arcetri, lugar donde se halla el convento en el que había muerto su hija, 8 años antes. Por deseo de ambos, fueron enterrados juntos.
El monumento que tenía pensado erigirle en la Basilica di Santa Croce el Gran Duque de Toscana Fernando II no fue levantado sino hasta 1737.
Tumba de Galileo Galilei en la Basilica di Santa Croce.
Si bien hubo tibios pedidos de disculpa y habilitaciones tácitas, hasta ahora la Iglesia Católica no ha hecho rehabilitación completa de la memoria de Galileo, insistiendo hasta el día de hoy que pese a tener la razón, Galileo no acató el magisterio de la Iglesia y que la condena estaba asentada sobre una firme base moral, religiosa e incluso científica; manteniendo la inocencia y buena fe de la Iglesia.
El Cardenal Belarmino fue declarado santo y Doctor de la Iglesia en 1930 por el Papa Pío XI. Su cuerpo se exhibe en una vitrina.
Cardenal Belarmino.
Capítulo segundo
Algunos detalles de la obra que me tocó en suerte
Digo que me tocó en suerte porque no esperaba comprarla. Conocía el libro por su nombre y por su fama, pero nunca había visto un ejemplar. El propio librero, un hombre de edad, me confirmó que era la primera vez que él mismo lo veía. También me comunicó que era muy probable que no volviese a ver otro.
Una de las primeras cosas que leí mirando sus páginas fue que era la primera edición en español. Si bien se trataba de un libro viejo sin duda no estaba ni cerca de ser una antigüedad. El colofón me confirmó esto:
Imagen escaneada del colofón de la traducción castellana.
Había sido impreso en 1945. No podía ser una primera versión en castellano a mitad del siglo XX ¿verdad? Sin duda ya lo habrían impreso antes, siendo como es una obra cumbre en la Física Clásica. Pues si pensaban como yo, pensamos mal. El siglo XX vio en Buenos Aires esta primera edición castellana de los Diálogos como así también, pero en España, la primera edición en castellano de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural de Newton.
No entiendo cómo pudo ser que esta obra no fuese inmediatamente traducida a los principales idiomas pocos años después de ser editadas. Las causas escapan a mi comprensión y también debo decir que no las he podido averiguar.
En la tapa puede leerse el nombre de la editorial “Librería del Colegio”. Ese nombre remite a la que hoy se llama “Librería de Ávila” en la Ciudad de Buenos Aires. Fue la primera librería de dicha ciudad, y sigue abierta al día de hoy. Sin embargo, y hasta donde pude saber, no fueron editores de libros. La empresa “Librería del Colegio S.A.” figura en algunos sitios de Internet como muy relacionada a la hoy más conocida “Editorial Sudamericana” que seguramente absorbió sus actividades para incorporarlas a las propias.
Con respecto al traductor, José San Román Villasante, nada sobre su biografía pude averiguar. Aparece, no obstante, como traductor de numerosas obras científicas y religiosas en italiano y algunas en francés. Casi todos los comentarios tienden a coincidir que sus traducciones son excelentes y muy fieles al estilo de los originales. Villasante fue Director del desaparecido Instituto de Filología de la Universidad Nacional de Rosario.
En cuanto a las anotaciones, explicaciones y demás comentarios a pie de página, estos fueron hechos por el Doctor Teófilo Isnardi, quien naciera en Buenos Aires en 1890, falleciendo en el año 1966 en la misma ciudad.
Fotografía de Isnardi.
En Wikipedia se halla una breve biografía que reproduzco a continuación:
Teófilo Isnardi (Buenos Aires, 15 de agosto de 1890 - Buenos Aires, 5 de enero de 1966)2 fue un físico argentino. Destacó sobre todo en magnetismo y espectroscopia.
Hijo del ingeniero Vicente Isnardi y Benita Leberón, cursó sus estudios primarios en su ciudad natal. Más tarde se trasladó junto con su familia a La Plata, donde cursó sus estudios secundarios. Allí, en 1907, ingresó en el Observatorio Astronómico, y en 1910 comenzó sus estudios de física en el recién creado Instituto de Física de la Universidad de la ciudad. Recibió su doctorado en física en 1912, siendo, junto con José Collo, el primer estudiante de la Universidad de la Plata en obtenerlo.
En 1913 le fue concedida una beca de la ley Láinez, y se trasladó a Berlín para recibir cursos de perfeccionamiento. En Alemania trabajó junto con Walther Nernst y estudió con Max Planck. Posteriormente decidió trasladarse a París para recibir cursos en La Sorbona, los cuales fueron cancelados con el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914.
A su regreso a Argentina ejerció la docencia en las universidades Nacional de La Plata (dictó fisicoquímica entre 1915-1946), Nacional de Buenos Aires (dictó el curso para doctorados y posteriormente física matemática, 1927-1952), en la Escuela Naval Militar (física en 1913-1946), y en la Escuela Superior Técnica del Ejército (física y geofísica, 1928-1956).
Fue miembro del Comité Nacional de Metrología (1939-1942), del Comité Internacional de Pesas y Medidas de París, de la Asociación Química Argentina y de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. Fue también presidente de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (en dos ocasiones: 1949-1952 y 1955-1956) y director de la Comisión Nacional de Energía Atómica, además de Académico corresponsal Extranjero de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid a partir de 1941.
Quienes deseen saber un poco más sobre él pueden acceder al siguiente portal:
http://www.ancefn.org.ar/institucional/isnardi.html
Palabras finales.Francisco José de Goya y Lucientes – Auto de fe de la Inquisición
Creo que nunca es mal momento para recordarles que no importa cuánto (ni qué poderes) censuren, persigan y de cualquier manera que sea, llamen al silencio a quienes defienden la verdad. Los hechos cuentan la historia de la realidad. Y esa realidad es lo que está pasando, y no lo que deseamos que pase, ya sea porque va en contra de nuestros prejuicios, dogmas o intereses. Por lo tanto, creo que recordar a Galileo siempre es un recordatorio a la humildad para todas aquellas personas que estén considerando negar a quien vio, tocó, midió y demostró.
Un saludo grande.