ESCENA PRIMERA EUCLIÓN, ESTÁFILA
EUC. — ¡Fuera, digo, hala, fuera, afuera contigo,
maldición!, ¡mirona, más que mirona, con esos ojos de
arrebañadera!
ESTÁ. — Pero, ¿por qué me pegas? ¡Desgraciada de
mí!
EUC. — ¿Que por qué te pego, desgraciada! Pues para
que lo seas de verdad y para que lleves una vejez tal
como te la mereces, de mala que eres.
ESTÁ. — Pero, ¿por qué me echas ahora de casa?
EUC. — ¿A ti te voy a tener que dar yo cuentas,
cosechera de palos? ¡Allí, retírate de la puerta!
¡Mira qué manera de moverse! ¿Pues sabes lo que te
espera? ¡Maldición! ¡Como llegue a echar mano de un
palo o de un látigo, verás cómo te alargo esos pasitos
de tortuga!
ESTÁ. — ¡Mejor prefería verme en la horca que no
tener que servir en tu casa en esta forma!
EUC. — ¡Mira cómo rezonga para sus adentros, la
maldita! Los ojos te voy a sacar, malvada, para que no
puedas andar espiando lo que hago. Retírate más, un
poco más, un —¡eh!, para ahí—. Te juro que si te
mueves de ahí ni un dedo ni una uña o si vuelves la
cara para acá antes de que yo te lo ordene, en la horca
vas a acabar, a ver si así aprendes. No he visto en mi
vida una vieja más mala que ésta. ¡Menudo miedo
la tengo!, de que se las arregle para engañarme si me
descuido y que se huela dónde está escondido el oro;
en la nuca tiene también ojos, la maldita. Bueno,
voy ahora a dar una vuelta, a ver si está todavía el oro
allí donde lo dejé, desgraciado de mí, que no me deja
este asunto ni un momento de tranquilidad. (Entra en
casa.)
ESTÁ. — Por Dios, que no puedo figurarme qué clase
de maleficio o de locura le ha entrado a mi amo: lo
mismo que ahora me echa de casa hasta diez
veces al día, desgraciada de mí. Por Dios, que no sé
qué mal le trae de esta manera; se pasa las noches
enteras en vela, por el día no se mueve de casa, ¡ni que
fuera un zapatero cojo! Y no sé ya cómo ocultarle
la deshonra de su hija, que está a punto de dar a luz;
me parece que la mejor solución sería echarme una
soga al cuello y quedarme colgando como una
espingarda.
ESCENA SEGUNDA EUCLIÓN, ESTÁFILA
EUC. — Por fin salgo ya de casa más
desahogado, después de comprobar que está todo en
orden. (A Estáfela.) ¡Éntrate ya y vigila ahora allí!
ESTÁ. — ¿También ésas? ¿Que vigile dentro? ¿Acaso
para que no se lleven la casa? Porque otra cosa no veo
yo que puedan sacar de ahí los ladrones, así está toda
de vacía; como haber, no hay ahí más que arañas.
[85] EUC. — Milagro que no me haga Júpiter por mor
de ti un rey Filipo o un Darío
1
, bruja. Quiero quedarme
con mis arañas, confieso que soy pobre y estoy
conforme con ello y me amoldo a la voluntad de los
dioses. Éntrate y [90] cierra la puerta, enseguida
vuelvo. Mucho cuidado con dejar entrar a nadie en la
casa. Para el caso de que viniera alguien a pedir fuego,
quiero que lo apagues, que no haya motivo de que
venga nadie a pedírtelo: si el fuego vive, tú dejarás de
vivir al instante. Di también que se ha ido el [95] agua,
si alguien viene a pedírtela; el cuchillo, el hacha, el
macharatajo, el mortero, todos esos cacharros que
andan siempre pidiendo prestados los vecinos, di que
han venido los ladrones y se los han llevado. Enresumen, mientras yo esté fuera, no quiero que se deje
entrar a nadie en mi casa.
Todavía más te digo, así venga la buena suerte en
persona, no la dejes entrar.
ESTÁ. — ¡Por Dios!, de eso me parece que se cuida
ya ella misma, porque hasta ahora no ha puesto jamás
los pies en nuestra casa, a pesar de no andar lejos de
por aquí.
EUC. — Calla y adentro contigo.
ESTÁ. — Callo y entro.
EUC. — Cierra por favor la puerta con los dos
pestillos. Yo vuelvo enseguida. (Estáfela entra en
casa.) Se me parte [105] el alma de tener que salir de
casa. Juro que me voy pero que completamente a la
fuerza. Pero yo sé lo que me hago. Porque es que el
jefe de nuestra curia ha dicho que va a hacer un reparto
de a moneda de plata por cabeza; si lo dejo y no voy a
por ello, enseguida van a sospechar todos [110] que es
que tengo un tesoro en casa, porque es muy
inverosímil que una persona pobre se deje pasar la
ocasión de ir a recoger dinero, sea la cantidad que sea.
Es que precisamente mientras que me esfuerzo por
ocultar con tanto empeño que no se entere nadie,
parece que lo saben todos y [115] me saludan todos
más atentos que me saludaban antes, se acercan, se
paran conmigo, me dan la mano, me preguntan qué tal
estás, cómo se anda, qué haces. Ahora, a lo que iba, y
luego a casita lo más pronto posible
ACTO II
ESCENA PRIMERA EUNOMIA, MEGADORO
EUN. — Yo quisiera, hermano, que tú tuvieras la
convicción [120] de que mis palabras nacen de mi
afecto hacia ti y de mi interés por tu bien, ya que
vienen de parte de una verdadera hermana. Aunque no
se me oculta que se nos tiene aversión a las mujeres,
porque tenemos fama de charlatanas [125], y con
razón y hasta dicen que ni hoy en día ni nunca jamás
ha habido una mujer que fuera muda. Así y todo,
hermano, quiero que reflexiones lo siguiente: nadie
hay más allegado para ti que yo, ni que tú para mí, por
lo [130] que es natural que discurramos de común
acuerdo y nos aconsejemos mutuamente aquello que
consideremos que es en interés del bien de ambos y
que no nos lo andemos ocultando o callando por
miedo, sino que hagamos intercambio mutuo de
nuestras opiniones. Éste es el motivo por el que te he
traído aquí a solas para poder hablar con tranquilidad
contigo de tus intereses familiares.
[135] ME. — Eres una mujer fantástica, ¡dame esa
mano!
EUN. — ¿Fantástica? ¿Dónde está? ¿Es que hay
alguna que lo sea?
ME. — Tú lo eres.
EUN. — ¿Yo?
ME. — Si te empeñas, entonces, no.
[140] EUN. — Sé sincero, una mujer fantástica no
existe. Cada una es peor que la otra, hermano.
ME. — Ésa es también mi opinión y de seguro que note voy a llevar la contraria en ese punto, hermana.
[142ª] EUN. — Préstame atención, por favor.
ME. — Soy todo oídos, no tienes más que mandar, si
quieres algo.
EUN. — Es una cosa, que en mi opinión, es lo mejor
[145] para ti lo que quiero aconsejarte.
ME. — Hermana, eres la misma de siempre.
EUN. — Me alegro.
ME. — A ver, hermana, ¿de qué se trata?
EUN. — Se trata de una cosa que ojalá te traiga felicidad sin término: para que tengas hijos...
ME. — ¡Dios lo haga!
EUN. — Quiero que contraigas matrimonio. [150]
ME. — ¡Dios mío, muerto soy!
EUN. — Pero, ¿qué pasa?
ME. — Pobre de mí, tus palabras, hermana, me hacen
saltar los sesos, son más duras que la piedra.
EUN. — Ea, haz lo que te dice tu hermana.
ME. — Si fuera de mi agrado, sí que lo haría.
EUN. — Es por tu bien.
ME. — Sí, antes morir que casarme. De todos modos,
estoy dispuesto a ello, si me das una mujer con la
condición de que entre mañana en casa y pasado
mañana la saquen... Si estás de acuerdo con esta
condición, entonces, enseguida, haz los
preparativos de la boda.
EUN. — Yo, hermano, te tengo ya buscada una, que
tiene una buena dote, pero... es un poco mayor, una
mujer [160] así de media edad. Si quieres que la pida
para ti en tu nombre, estoy dispuesta a hacerlo.
ME. — ¿Me permites hacerte una pregunta?
EUN. —No faltaba más, pregunta lo que te apetezca.
ME. — Si un hombre de más de media edad, se casa
con una mujer de edad media, si se da el caso de que la
vieja se queda en estado del viejo, ¿no crees que la
criatura recibe de todas todas el nombre de Póstumo?
Yo, hermana, [165] quiero ahorrarte y aminorarte
todos esos cuidados. Gracias a Dios y a nuestros
mayores, tengo suficientes riquezas; grandes partidos,
afán de representar, ricas dotes, vocinglerías, órdenes,
calesas con marfiles, mantones, púrpuras, todo eso me
trae sin cuidado, cosas todas que no hacen más que
reducir a los maridos a la servidumbre.
EUN. — Dime entonces, quién es la que quieres tomar
[170] por esposa.
ME. — Ahora mismo. ¿Conoces tú al viejo este
pobrete de aquí al lado, Euclión?
EUN. —Claro que le conozco y, por Dios, que no es
mala persona.
ME. — Su hija, que es soltera, quiero pedir por esposa.
No me digas nada hermana, que sé lo que vas a decir:
que es pobre; pues pobre y todo, me gusta.
[175] EUN. — Que sea para bien.
ME. — Así lo espero.
EUN. — ¿Algo más?
ME. — Que te vaya bien.
EUN. — Lo mismo digo, hermano. (Entra en casa.)
ME. — Voy a acercarme a ver a Euclión, si está en
casa. Ah, mira, ahí viene, vuelve ahora mismo de
donde sea.
ESCENA SEGUNDA EUCLIÓN, MEGADORO
EUC. — No, si tenía yo el presentimiento al salir de
casa [180] de que iba en tonto, y por eso me marchaba
a disgusto: no se ha presentado ni nadie de la curia, ni
el jefe que iba a hacer el reparto. Ahora, derecho a
casa, que, bueno, estar, estoy aquí, pero en realidad de
verdad, con mi magín, es allí donde estoy.
ME. — ¡Salud y suerte, Euclión!
EUC. — Queda con Dios, Megadoro.
ME. — ¿Qué tal, contento y bien de salud?
EUC. — (Aparte.) No creas que cuando un rico se
pone [185] tan amable con un pobre, es así a la buena
de Dios: ése sabe ya que tengo el oro, por eso me
saluda tan atento.
ME. — Dime, pues, ¿sigues bien?
EUC. — A ver, en lo referente a los monises, así así.
ME. — Caray, si es que sabes llevarlo, tienes bastante
para un buen pasar.
EUC. — (Aparte.) La vieja le ha descubierto lo del
oro, ¡maldición!, está más claro que el agua; cuando
vuelva a casa le voy a cortar la lengua y a sacarle los
ojos.
ME. — ¿Qué es lo que estás hablando ahí a solas?
[190] EUC. — Me estoy quejando de mi pobreza.
Tengo una muchacha soltera ya mayor, sin dote y que
no hay quien la case, lo que es yo no soy capaz de
encontrarle una colocación.
ME. — Calla, no te apures, Euclión, se le dará una
dote, estoy dispuesto a ayudarla. Habla, si necesitas
algo, no tienes más que mandar.
EUC. — (Aparte.) Con tanto ofrecimiento, lo que hace
en realidad es pedir; está con la boca abierta dispuesto
nada más que a tragarse mi oro; en una mano tiene una
[195] piedra y con la otra te enseña un pan. Yo no me
fío de nadie que siendo rico se pone tan atento con un
pobre, al mismo tiempo que te tiende tan amable la
mano, te carga con el daño que sea; yo me conozco a
estos pulpos, que una vez que le han echado la garra a
algo, no lo sueltan ni a tiros.
ME. — Atiéndeme un momento, si no te incomoda,
Euclión, tengo que hablarte de un asunto que nos
interesa [200] a los dos.
EUC. — (Aparte.) ¡Ay desgraciado de mí, eso es que
me han soplado el oro! Seguro que es que quiere por
eso hacer una componenda conmigo, pero voy un
momento a casa a dar una vuelta.
ME. — ¿A dónde vas?
EUC. — Ahora mismo vuelvo, que tengo que ir a casa
a ver una cosa. (Entra en casa.)
ME. — Caray, me parece que en cuanto le diga algo
de la hija, de que me la dé en matrimonio, va a pensar
que me [205] burlo de él; es que yo no he visto nadie
que se ande con más estrecheces a causa de su
pobreza.
EUC. — (Aparte, saliendo de casa.) Gracias a Dios,
todo está en orden; en orden está lo que no ha
fenecido. ¡Menudo miedo tenía! Antes de entrar en
casa, casi me desmayo. Aquí me tienes, Megadoro,
para lo que quieras mandar. [210] ME. — Gracias. Vamos a ver, contéstame francamente
y sin reparos a lo que te pregunte.
EUC. — De acuerdo, con tal que no me preguntes algo
que yo no tenga gana de decir.
ME. — Dime, ¿qué opinión te merece mi linaje?
EUC. — Buena.
ME. — ¿Me tienes por una persona honorable?
EUC. — Desde luego.
ME. — ¿Qué dices de mi conducta?
EUC. — Digo que no es ni mala ni reprobable.
ME. — ¿Sabes... la edad que tengo?
EUC. — Sé que es elevada, lo mismo que tus riquezas.
[215] ME. — Yo, por mi parte, bien sabe Dios que
siempre he creído, y lo sigo creyendo, que eres lo que
se dice un ciudadano sin tacha.
EUC. — (Aparte.) A éste le da el tufo del oro. ¿Qué es
lo que quieres entonces de mí?
ME. — Puesto que tú estás bien informado sobre mi
persona y yo sobre la tuya, ahora, lo cual sea para bien
mío, tuyo y de tu hija, te pido que me la des a ella por
esposa. Prométemelo.
[220] EUC. — Vamos, Megadoro, esa manera de
proceder no es digna de tu conducta, burlarte de mí,
una persona pobre, que no te ha hecho nunca nada ni a
ti ni a los tuyos. De verdad, ni de hecho ni de palabra
me he portado nunca contigo como para darte ocasión
a que hagas lo que haces.
ME. — Por Dios que no es mi intención el burlarme
de ti; ni me burlo, ni creo que venga ello a cuento.
EUC. — ¿Por qué me pides entonces la mano de mi
hija?
ME. — Pues para que tú veas acrecentado tu
bienestar [225] por mí y yo el mío por ti y los tuyos.
EUC. — Pero es que, Megadoro, yo pienso que tú eres
un hombre rico, influyente y yo el último de los
pobretones, o sea, que si te doy a mi hija en
matrimonio, me parece como si tú fueras un buey y yo
un borrico; si me pongo a la par de ti, al no poder
llevar la carga como tú, [230] yo, el asno, pararía en el
barro, tú, el buey, no me dignarías una mirada, tal
como si no existiera; tú me dejarías sentir tu
superioridad y al mismo tiempo sería el hazmerreír de
la gente de mi clase; me quedaría sin establo fijo en
una parte y en la otra, en el caso de que sobreviniera
una separación: los asnos me harían pedazos a
mordiscos y los bueyes me envainarían con sus
cuernos. Así que veo yo un [235] gran peligro en eso
de pasarse de los asnos a los bueyes.
ME. — Mientras más te arrimes a las gentes de bien,
tanto mejor para ti. Euclión, acepta mi propuesta, oye
lo que te digo y prométeme a tu hija.
EUC. — Pero no tengo dote que darle.
ME. — Déjate de dotes, con tal que sea de buena
condición, bastante dotada está.
EUC. — No, yo te lo digo, porque no vayas a pensar
que [240] he encontrado un tesoro.
ME. — Lo sé, no hace falta que me lo avises;
prométeme la mano de tu hija.
EUC. — Sea. (Se oyen unos golpes de zacho.) ¡Santo
Dios, ahora sí que estoy perdido!
ME. — ¿Qué te pasa?
EUC. ¿Qué es lo que ha sonado, algo así como un
ruido metálico? (Entra corriendo en casa.)
ME. — (Volviéndose a mirar hacia su casa.) No, es
que he mandado cavar aquí en casa el jardín. ¿Pero
dónde está [244-245] éste? Se ha marchado sin darme
una contestación. Se porta con altanería porque ve que
busco su amistad; hace igual que todos: deja a una
persona rica ir a buscar el favor de un pobre; el pobre
no se atreve a entrar en contacto con él; por miedo,
echa a perder la cosa y luego, después que feneció la
ocasión, entonces, cuando ya es tarde, la echa de
menos.
[250] EUC. — (Hablando con Estáfila a la puerta.)
¡Maldición!, si no te hago arrancar la lengua de raíz, te
doy orden y te autorizo a que me hagas castrar por
quien te dé la gana.
ME. — Caray, Euclión, estoy viendo que me tomas
por una persona a propósito para, a pesar de mi edad,
andar jugando conmigo, y eso sin que yo dé motivo
para ello.
EUC. — ¡Por Dios!, Megadoro, ni lo hago, ni aunque
quisiera, tendría posibles para juegos de ninguna clase.
[255] ME. — Entonces, ¿qué? ¿Me prometes la
mano de tu hija?
EUC. — Pero con las condiciones y con la dote que te
dije.
ME. — Entonces, ¿me la prometes?
EUC. — Te la prometo.
ME. — Que sea para bien.
EUC. — Dios lo haga. Pero ten presente que hemos
convenido que no llevaría dote al matrimonio.
ME. — Lo sé.
EUC. — Pero yo también me sé los subterfugios que
os [260] gastáis: lo convenido no está convenido, lo no
convenido está convenido, según os viene en gana.
ME. — No habrá problema entre nosotros. Pero,
¿tienes algo en contra de que celebremos la boda hoy
mismo?
EUC. — De ninguna manera, todo lo contrario.
ME. — Entonces me voy para hacer los preparativos.
¿Algo más?
EUC. — Nada, que te vaya bien.
ME. — (A su esclavo.) ¡Tú, Estróbilo, ven conmigo
enseguida deprisa al mercado!
EUC. — Se fue. ¡Dioses inmortales, lo que puede el
oro! [265] Estoy seguro que es que se ha enterado de
que tengo un tesoro en casa y no está más que
deseando echarle la garra, por eso se ha empeñado en
emparentarse conmigo.
ESCENA TERCERA EUCLIÓN, ESTÁFILA
EUC. — ¿Dónde estás tú, demonio, que le has cascado
ya a toda la vecindad que le iba a dar una dote a mi
hija? Tú, Estáfila, te estoy llamando. ¿Es que estás
sorda? Deprisa, [270] lava y purifica el cacho de
vajilla que hay en casa, que he prometido a mi hija:
hoy mismo la caso con Megadoro.
ESTÁ. — Que sea para bien, pero por Dios, no puede
ser con tanta prisa
EUC. — Calla y vete. Ocúpate de que esté todo a
punto cuando vuelva del foro. Y cierra la casa, ahora
mismo vuelvo. (Se va.)
ESTÁ. — Dios mío, ¿qué hago yo ahora? Estamos al
[275] borde de la perdición, lo mismo yo que la hija
del amo, que está a punto de dar a luz y se va a
descubrir su deshonra; hasta ahora lo hemos tenido
oculto y en secreto, pero ya es imposible. Me voy
dentro, para que cuando vuelva el amo esté dispuesto
lo que me ha mandado. ¡Dios mío, no es nada el
brebaje de penas y de palos que estoy viendo que voy
a tener que tragarme!
ESCENA CUARTA ESTRÓBILO, ÁNTRAX, CONGRIÓN
[280] ESTR. — Después que el amo ha hecho la
compra y contratado los cocineros y estas flautistas en
el mercado, me ha dado orden de hacer de todo dos
partes equitativas.
ÁN. — Hm, a mí, te lo digo a las claras, a mí no me
partes tú; si quieres que vaya entero a donde sea, estoy
dispuesto.
[285] CO. — ¡Bonito puto me estás hecho! ¡Mira qué
decente que es! Y a la postre, si alguien te lo pide,
anda que no dejarías hacerlo.
ESTR. — Ántrax, yo lo había dicho en otro sentido, no
en ese que tú te figuras. Bien, mi amo celebra hoy su
boda.
ÁN. — ¿Quién es el padre de la novia?
[290] ESTR. — Euclión, el vecino de aquí al lado. Por
eso me ha dado orden de que se le dé la mitad de la
compra, uno de los cocineros y una de las flautistas.
ÁN. — ¿Dices entonces que la mitad para aquí y la
mitad para vuestra casa?
ESTR. — Exacto.
[295] ÁN. — ¿Qué, es que no podía el viejo este
hacer la compra de su dinero para las bodas de la hija?
ESTR. — ¡Ja!
ÁN. — ¿Qué pasa?
ESTR. — ¿Que qué pasa, dices? Ese viejo es más seco
que la piedra pómez.
ÁN. — ¿De verdad?
CO. — ¿Es posible?
ESTR. —Tú figúrate***
se empeña en que está arruinado [300], del todo
perdido; hasta implora el socorro de los dioses y los
hombres en cuanto que ve que se escapa por donde sea
humo de su chabola. Lo que es más, cuando se va a la
cama, se pone un saquillo de cuero atado a la boca.
ÁN. — ¿Pero, para qué?
ESTR. — No sea que se le escape algo de aire
mientras duerme.
ÁN. — ¿También se tapa el agujero de atrás, para que
[305] no se le escape el aire mientras duerme?
ESTR. — Yo pienso que me lo debes creer, igual que
dado el caso te lo creería yo también a ti.
ÁN. — No, no, si te lo creo.
ESTR. — Pero, ¿sabes? ¡Ja, cuando se baña, llora, por-
que se gasta agua!
ÁN. — ¿Crees tú que podríamos conseguir del viejo
un [310] talento magno
2
para comprarnos la libertad?
ESTR. — ¡Uf!, así le pidieras prestada el hambre no te
la daría. Veréis, otra cosa: hace poco le cortó el
barbero las uñas: fue y recogió y se llevó todas las
recortaduras.
ÁN. — ¡Caray!, sí que es un tío roñoso de verdad.
ESTR. — ¿Que si es roñoso y vive como un
miserable? [315] Verás, el otro día se le llevó un
milano la carne; coge y se va lloriqueando al pretor,
empieza allí a exigir llorando y lamentándose, que se
le permitiera hacer un proceso al milano. Cientos de
cosas te podría contar, si tuviéramos [320] tiempo.
Pero a ver, ¿cuál de los dos es más ligero?
ÁN. — Yo, en consonancia con mi mayor categoría.
ESTR. — Yo pregunto por un cocinero, no por un ladrón.
ÁN. — ¡Un cocinero es lo que digo!
ESTR. — ¿Y tú qué dices?
CO. — Digo que soy así como ves.
[325] ÁN. — ¡Ése es un cocinero de domingo, no va
a guisar más que una vez por semana!
CO. — El nombre de ladrón, que seis letras tiene, tú,
ladrón, ¿te atreves a hablar mal de mí?
ÁN. — Ladrón tú, más que ladrón
ESCENA QUINTA ESTRÓBILO, ÁNTRAX, CONGRIÓN
ESTR. — Calla ya y coge el cordero más gordo y
llévalo ahí dentro a casa.
ÁN. — Vale.
ESTR. —Tú, Congrión, toma éste y vete allí dentro y
vosotros iros con él.
[330] CO. — ¡Caray!, vaya una manera de repartir,
ésos se llevan el cordero más gordo.
ESTR. — A cambio te llevarás tú la flautista más
gorda; ve con él, Frigia, y tú, Eleusio, aquí a nuestra
casa.
[335] CO. ¡Ay Estróbilo
*
, traicionero, largarme aquí
con el viejo avaro este! Y si necesito algo, ¿qué?
¡Hasta perder la voz lo tendré que pedir antes que se
me dé nada!
ESTR. — Estás tonto y, por lo que veo, no tiene
sentido el portarse decentemente cuando resulta que lo
echas en saco roto.
CO. — ¿Y eso, por qué?
[340] ESTR. — ¿Que por qué, dices? En primer lugar,
ahí descuida, que no tendrás problema alguno: si
necesitas algo, tráetelo de tu casa, para que no pierdas
el tiempo en pedirlo. Aquí, en cambio, en casa de mi
amo hay un lío y una cantidad de gente enorme,
muebles, joyas, vestidos, [345] vajilla de plata; si
fenece algo (y yo sé que tú eres muy capaz de no tocar
nada, si no tienes nada a tu alcance) dicen: ¡los
cocineros se lo han llevado, echarles mano, atarlos,
azotarlos, a la cisterna con ellos!; nada de eso te puede
pasar a ti, porque aquí no hay nada para llevarse. Hale,
ven conmigo.
CO. — Vale.
ESCENA SEXTA ESTRÓBILO, ESTÁFILA, CONGRIÓN
ESTR. — ¡Tú, Estáfila, sal y ábrenos! [350]
ESTÁ. — ¿Quién va?
ESTR. — Soy yo, Estróbilo.
ESTÁ. — ¿Qué es lo que quieres?
ESTR. — Que hagas pasar a estos cocineros y aquí a
la flautista; ten también la compra para la fiesta de las
bodas; es para Euclión de parte de Megadoro.
ESTÁ. — Oye, tú, ¿son las bodas de Ceres
3
lo que vais
a celebrar?
ESTR. — ¿Por qué? [355]
ESTÁ. — Pues porque no veo vino por ninguna parte.
ESTR. — Pero se traerá cuando venga el amo del
mercado.
ESTÁ. — Aquí nosotros no tenemos ni gota de leña.
CO. — ¿Tenéis vigas?
ESTÁ. — ¡Sí que tenemos, demonio!
CO. — Pues entonces hay también leña, no hace falta
ir fuera a buscarla.
ESTÁ. — Qué, tú, tío asqueroso, por mucho que estés
al [360] servicio del puro dios del fuego, ¿vas a querer
que por culpa de la cena o por llevarte tú tu salario
prendamos fuego a nuestra casa?
CO. —No, no, no he dicho nada.
ESTR. — Hale, llévalos dentro.
ESTÁ. — ¡Venid conmigo!
ESCENA SÉPTIMA PITÓDICO, (¿ESTRÓBILO?)
ESTR. — ¡Hale! Yo entretanto voy a ver qué hacen
los cocineros, que bien sabe Dios que es la única
ocupación [365] que tengo hoy, el vigilarlos. Como no
sea que haga una cosa: que preparen la cena dentro de
la cisterna; luego cuando esté, la subimos en cestos
arriba. Y para el caso de que se coman abajo lo que
guisen, se quedan los de arriba en ayunas y los de
abajo desayunados. ¡Pero estoy aquí charlando [370]
como si no tuviera nada que hacer, con toda la casa
llena de Monipodios! (Se va.)
ESCENA OCTAVA EUCLIÓN, CONGRIÓN
EUC. Quise darme un empujoncillo hoy al fin para
regalarme un poco por las bodas de mi hija: voy al
mercado, pregunto por el pescado: está caro; caro el
borrego, [375] cara la vaca, la ternera, el atún, el
cerdo: todo caro; caro sobre todo, por falta de pasta,
así que me marcho de mal humor, porque no puedo
comprar nada; con tres palmos de narices les he dejado
a todos esos sinvergüenzas. Después, me pongo yo a
pensar entre mí por el camino: si [380] echas la casa
por la ventana en un día de fiesta, tienes que privarte
los demás días, a no ser que hayas andado con cuenta.
Después que le expuse este razonamiento a mi caletre
y a mi estómago, quedamos al fin de acuerdo en lo que
desde el principio había sido mi propósito, o sea, casar
a mi hija con el menor gasto posible; entonces he
comprado [385] este poquillo de incienso y estas
coronas de flores, que le pondré a nuestro lar en el
hogar, para que haga feliz a mi hija en su matrimonio.
Pero, ¿mi casa abierta? Y dentro, ¡qué jaleo! Desgraciado de mí, me están robando.
CO. — (Desde dentro.) Ve a pedirle a algún vecino
una [390] olla más grande que ésta, si es posible; ésta
es pequeña, aquí no coge.
EUC. — ¡Ay de mí, estoy perdido, Dios mío! Se me
roba el oro, se busca una olla. Muerto soy si no me doy
prisa a entrar en casa. Apolo, yo te suplico, ven en mi
socorro, ayúdame, atraviesa con tus saetas a esos
ladrones de mi [395] tesoro, tú, que has prestado ya
ayuda a otros en iguales circunstancias. Pero voy allá
corriendo, antes de que sea demasiado tarde. (Entra en
casa.)
ESCENA NOVENA ÁNTRAX
ÁN. — (Saliendo de casa de Megadoro y hablando
con los otros cocineros dentro.) Dromón, escama el
pescado. Tú, Maquerión, deshuesa el congrio y la
murena, lo más rápido que puedas, yo voy a la casa de
al lado, a pedirle a [400] Congrión un molde para pan.
Tú, si tienes cabeza, me vas a dejar este gallo más liso
que un saltarín bien afeitado. Pero ¿qué son esos gritos
que salen de la casa de al lado? Seguro que es que los
cocineros están haciendo de las [405] suyas. Me voy
dentro, no sea que se vaya a armar aquí también el
mismo jaleo
ACTO III
ESCENA PRIMERA CONGRIÓN
CO. — (Saliendo de casa de Euclión.) ¡Eh,
ciudadanos, compatriotas, habitantes y vecinos de la
ciudad, forasteros todos, dadme paso que huya, dejad
libres y vacías todas las calles! Nunca jamás hasta hoy
había venido a cocinar a una bacanal entre bacantes,
desgraciado de mí, que nos [410] han molido a golpes,
a mí y a mis compañeros. Estoy todo dolorido, muerto,
tal es la forma en que se ha ensañado conmigo el viejo.
¡Huy, Dios mío, estoy perdido, pobre de mí, se abre la
puerta, viene, me persigue! Verás, ya sé lo que tengo
que hacer, él mismo ha sido mi maestro y me lo ha
enseñado. En mi vida he visto repartir leña más bonitamente, tan cargados de palos nos ha echado a todos
fuera, a mí y a éstos.
ESCENA SEGUNDA EUCLIÓN, CONGRIÓN
[415] EUC. — Ven para acá, ¿a dónde vas?
¡Sujetadle, sujetadle!
CO. — ¿A qué vienen esos gritos, loco?
EUC. — Vienen a que voy a dar cuenta de ti a la
policía.
CO. — ¿Pero, por qué?
EUC. — Porque tienes un cuchillo.
CO. — Como debe un cocinero.
EUC. — Y ¿por qué me has amenazado?
CO. — En lo que he hecho mal es no haberte
atravesado el costado.
EUC. — No hay en todo el mundo otro sinvergüenza
igual ni nadie a quien con más gusto le haría daño
aposta.
[420] CO. — ¡Ja!, aunque no dijeras nada, bien clara
está la cosa, los hechos cantan, que me has puesto más
blando que unos zorros a fuerza de palos. ¿Pero qué
tienes tú que ponerme la mano encima, tío pordiosero?
EUC. — ¿Cómo? ¿Encima lo preguntas? ¿Quizá
porque todavía me he quedado corto?
CO. — Deja, que te va a costar caro, si es que puedo
dar [425] señales de mí.
EUC. — No me interesa el día de mañana; por lo
pronto bien claras que están las señales que llevas en la
cabeza. Pero, ¿qué es lo que tenías tú que hacer en mi
casa durante mi ausencia, sin mi autorización? Eso es
lo que quiero saber.
CO. — ¡Calla entonces! Hemos venido a guisar para la
boda.
EUC. — Maldición, ¿qué tienes tú que meterte en si
yo [430] como crudo o guisado, o es que eres acaso mi
tutor?
CO.— Yo quiero saber si nos dejas o no nos dejas que
preparemos aquí la cena.
EUC. — Y yo quiero saber, si van a quedar o no van a
quedar a salvo mis cosas en mi casa.
CO. — ¡Ojalá me pueda llevar a salvo las cosas mías
que traje! A mí no me falta de nada, no creas que voy a
querer nada tuyo.
EUC. — Lo sé, no hace falta que me des lecciones, me
lo tengo bien sabido.
[435] CO. ¿Cuál es entonces el motivo, por el que nos
impides preparar aquí la cena? ¿Qué es lo que hemos
hecho, que es lo que hemos dicho en contra de tus
deseos?
EUC. — ¿Todavía me preguntas, malvado, después
que estáis andando libremente de acá para allá por
todos los rincones de mi casa y de sus habitaciones? Si
hubieras [440] estado allí donde estaba tu oficio, en la
cocina, no llevarías la cabeza partida en dos: bien
merecido te lo tienes. Y ahora, para que lo sepas, como
llegues a acercarte un tanto así aquí a la puerta sin mi
autorización, voy a hacer de ti el más desgraciado de
los mortales, ya lo sabes.
[445] CO. — ¿A dónde vas? ¡Vuelve acá! Así me
proteja Monipodio
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en persona, que si no das orden de
que se me devuelvan mis cacharros, te voy a armar una
serenata de aúpa aquí delante de tu casa. Y ahora, ¿qué
hago? Anda que no he venido aquí con mala suerte.
Me han contratado por una moneda, pero ya es más
que mi salario lo que me hace falta para el médico.
ESCENA TERCERA EUCLIÓN, CONGRIÓN
EUC. — (Sale de su casa con la olla.) Ni un instante
soltaré [450] esto, donde quiera que vaya, te lo juro. Ni
hablar de consentir dejarlo aquí en medio de tan
grandes peligros. (A los cocineros.) Ea, entrar ya todos
en buena hora, cocineros y flautistas, carga también
adentro, si te parece bien, con un ejército de esclavos,
hale, a guisar, a hacer y a trajinar ya lo que os dé la
gana.
CO. — A buena hora, después que me has llenado la
cabeza de rachas a fuerza de palos.
EUC. — Anda, adentro: se os ha contratado para
trabajar [455], no para echar discursos.
CO. — Eh, tú, abuelo, entonces te voy a exigir
también una paga por los golpes que me has dado,
¡caray!, yo he sido contratado para guisar y no para
recibir palos.
EUC. — Llévame si quieres a los tribunales, no te
pongas cargante. Anda, vete ya a preparar la cena o
lárgate de una vez a la horca.
CO. — Lo mismo digo.
ESCENA TERCERA EUCLIÓN, CONGRIÓN
ESCENA CUARTA EUCLIÓN
EUC. — Por fin se fue. Santo Dios, qué atrevimiento
de [460] parte de una persona pobre el entrar en tratos
con un rico. Mira si no el dichoso Megadoro, que no
sabe por dónde cogerme, pobre de mí, y va y hace con
que por mor de mi persona me manda los cocineros y
en realidad de verdad, para lo que los ha mandado es
para que me la robaran. (Señalando a la olla.) Luego,
por si era poco todavía, el [465] gallo ese de la vieja
me ha acabado de dar la puntilla ahí dentro, pues no
que empieza a escarbar justo donde estaba escondida.
En resumen, me puso tan exacerbado, que cojo un palo
y lo dejo tieso, por ladrón, cogido además in flagranti.
¡Qué diablos!, estoy seguro que es que los cocineros
[470] le habían prometido una prima, si descubría el
tesoro. Pero yo les he quitado el arma de las manos. En
resumen, el gallo es el que ha hecho los gastos del
combate. Pero ahí veo a mi compadre Megadoro, que
vuelve de la plaza. No me atrevo a pasar de largo sin
pararme con él y hablarle
ESCENA QUINTA MEGADORO, EUCLIÓN
[475] ME. — Les he estado contando a muchos de mis
amigos mi proyecto de matrimonio: todos alaban a la
hija de Euclión. Dicen que está muy bien hecho y que
es una decisión acertada. Porque desde luego, en mi
opinión, si los [480] demás hicieran lo mismo, o sea,
casarse los ricos con las hijas de los pobres sin recibir
dote, habría muchas menos distancias entre los
ciudadanos y no estaríamos los ricos tan expuestos
como lo estamos a la envidia de los demás. Ellas
tendrían un poco más de miedo al castigo de lo que lo
[485] tienen y nosotros menos gastos de los que
tenemos. Desde luego ésa sería una solución que
redundaría en beneficio de la mayor parte de la
población. Hay algunos ambiciosos que me llevan la
contraria, gentes a las que no hay ni ley ni zapatero
capaz de tomar medida a su ambición y a sus
insaciables deseos.
Bueno, y en el caso de que vaya alguien y pregunte:
¿Y [490] con quién se van a casar entonces las ricas, si
se da esa ley para las pobres? Mira, que se casen con
quien les dé la gana, con tal de que no aporten una
dote. Si así fuera, tendrían más cuenta con llevar como
dote más virtudes de las que ahora llevan al
matrimonio. Verías tú como entonces los mulos
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, que
en la actualidad superan en precio a los [495] caballos,
se ponían más baratos que los jamelgos galos.
EUC. — Por Dios, que le estoy escuchando con gusto,
se ha explayado de maravilla en favor del ahorro.
ME. — Ninguna podría decir entonces: «Mira que te
he traído una dote mucho mayor que el dinero que tú
tenías, o sea, que es justo que se me proporcione oro y
púrpura, [500] esclavas, mulos, muleros, servidores,
mensajeros, carrozas para pasearme».
EUC. — ¡Qué bien se sabe éste las costumbres de las
señoras! Estaría bien de prefecto para asuntos
femeninos.
ME. — Hoy en día, a donde quiera que vayas, ves más
[505] carruajes en las casas de la ciudad que en el
campo, cuando vas a la finca. Pero todo esto es cosa de
nada en comparación con cuando empiezan a pasarte
las cuentas: se presenta el de la limpieza de los
vestidos, el bordador en oro, el joyero, el tejedor de
lana, comerciantes de cenefas, camiseros [510],
tintoreros de rojo, de violeta, de nogal, o los sastres de
las túnicas de manga larga, o los perfumeros, los
revendedores de lencería de lino y de zapatos; los
zapateros de zapatos finos, los de sandalias se
presentan, se presentan los fabricantes de tejidos de
malva; traen sus cuentas los de [515] la limpieza de
vestidos, los que los remiendan traen sus cuentas, se
presentan los corseteros y junto con ellos los
fabricantes de cinturones. Te piensas que has
terminado ya con todos éstos: se van y vienen entonces
cientos de ellos, en los atrios están con la bolsa en la
mano los fabricantes de cenefas, los de cofres para
joyas. Entran, se les paga. Te [520] piensas que has
acabado con ellos, cuando aparecen los tintoreros de
azafrán o si no, el malasangre que sea, que viene y
quiere algo.
EUC. — Me gustaría abordarle, si no temiera que
dejase de enumerar las mañas de las mujeres. Es mejor
dejarle por lo pronto.
ME. — Cuando has terminado con todos estos
mercaderes [525] de bagatelas, al final, para colmo se
presenta un soldado y pide su impuesto; vas y echas
las cuentas con tu banquero; el soldado allí esperando
con el estómago vacío y diciendo que quiere cobrar:
cuando has terminado las [530] cuentas con el
banquero, resulta que tienes deudas con él, o sea, que
hay que decirle al soldado que vuelva al día siguiente.
Todo esto y mucho más es lo que traen consigo las
dotes fuertes en cuanto a inconvenientes y gastos
intolerables. Total, que la mujer sin dote, ésa está en
manos del [535] marido, y las dotadas lo único que
aportan al matrimonio es la ruina y la desgracia de sus
esposos. Pero mira, ahí está mi pariente a la puerta de
su casa. ¿Qué hay, Euclión?
ESCENA SEXTA EUCLIÓN, MEGADORO
EUC. — Sí que no me he tragado con gusto tus
razonamientos.
ME. — Ah, pero ¿lo has oído?
EUC. — Desde el principio todo ce por be.
ME. — De todos modos me parece que no haría mal
[540] en ponerte un poco más elegante para las bodas
de tu hija.
EUC. — El saber acomodar la elegancia a lo que se
tiene y el afán de representar a la propia fortuna, es dar
prueba de no haberse olvidado de la propia
proveniencia. De verdad, Megadoro, ni a mí ni a otra
persona pobre le trae ventaja alguna en cuanto a sus
asuntos económicos el qué dirán.
[545] ME. — Pero bueno, tú tienes lo suficiente y Dios
así lo quiera y te aumente cada vez más lo que ahora
tienes.
EUC. — (Aparte.) Eso de «lo que ahora tienes» no me
hace gracia. Éste sabe lo que tengo lo mismo que yo.
La vieja lo ha dicho todo.
ME. — ¿A qué andas ahí haciendo corrillo aparte?
EUC. — ¡Caray!, estaba pensando, y con razón, cómo
[550] podría culparte.
ME. — Pero, ¿qué es lo que pasa?
EUC. — ¿Que qué pasa, dices? Después que me has
llenado de ladrones todos los rincones de mi casa,
desgraciado de mí, y me has metido dentro mil
cocineros cada uno con seis manos, como si fueran
hijos de Gerión
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Ni [555] Argos siquiera, que no era .
más que ojos, que le encargó Juno custodiar a Ío, ni
Argos sería capaz de vigilarlos, y además una flautista,
capaz de bebérseme sola, si manara vino, la mismísima
fuente Pirene de Corinto; luego, la [560] compra.
ME. — Caray, la compra bastaría para un regimiento,
he mandado hasta un cordero.
EUC. — Sí, un cordero, que seguro estoy que no hay
bicho más curioso
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que éste.
ME. — Me gustaría realmente saber qué tiene que ver
un cordero con la curiosidad ni con la curia.
EUC. — Pues es que no es más que hueso y pellejo, tal
está comido de curiosear; bueno, es que vivo y todo, si
le [565] pones al sol, nada, que se le ven las entrañas,
es más transparente que una farola púnica.
ME. — Pero si yo he pagado uno que estaba a punto
para matar.
EUC. — Entonces más vale que le pagues también el
entierro, porque muerto, lo está ya, según creo.
ME. — Bien, Euclión, tenemos que echar hoy un
copeo juntos.
EUC. — Te juro que yo, desde luego, de beber, nada.
[570]
ME. — Que sí, hombre, que voy a mandar traer una
garrafa de vino viejo de mi casa.
EUC. — ¡Que no!, que no quiero, yo no bebo más que
agua.
ME. — Ya verás la melopea que te voy a hacer coger
hoy, a ti que dices que no vas a beber más que agua.
[575] EUC. — (Aparte.) Yo me sé lo que pretende
éste. Eso no es más que un pretexto para dejarme fuera
de combate con el vino y así, cambie después de
domicilio esto que llevo aquí. (Señalando a la olla.)
Pero ya tomaré yo mis medidas, porque voy a coger y
a esconderlo donde sea, fuera, y no va a conseguir más
que perder el tiempo y el vino al mismo tiempo.
ME. — Yo, Euclión, si no quieres nada más, me voy
al baño, para prepararme para el oficio religioso. (Se
va.)
[580] EUC. — Por Dios, olla de mis entrañas, qué de
enemigos tienes, tú y el oro que se te ha confiado.
Ahora lo mejor es, olla querida, que te lleve fuera de
casa, al templo de la Fidelidad. Allí te dejaré bien
escondida, Santa Fidelidad [585], tú me conoces a mí
lo mismo que yo a ti. No vayas, te suplico, a cambiar
tu nombre, si te entrego mi tesoro. A ti dirijo mis
pasos, confiado en la fidelidad que llevas por nombre.
(Se dirige al templo.)
ACTO IV
ESCENA PRIMERA ESCLAVO DE LICÓNIDES
ESCL. — He aquí una acción digna de un buen
esclavo, el hacer lo que yo traigo entre manos, ejecutar
las órdenes del amo sin demora y con buena voluntad.
Porque el esclavo que quiere servir a su señor según
los deseos de éste, debe poner mano primero a las
cosas de su señor y [590] después a las suyas propias.
Si duerme, debe dormir de manera que no olvide su
condición de esclavo. Pues quien sirve a un amo
enamorado, como es mi caso, si ve que el amor es más
fuerte que su amo, yo pienso que es el deber del
esclavo el contenerle para que no se pierda, pero no
empujarle a donde le lleva su pasión. Así como a los
niños, [595] cuando están aprendiendo a nadar, se les
pone un flotador para que no tengan que esforzarse
tanto y naden y muevan las manos más fácilmente,
igual pienso yo que el siervo debe de ser como un
salvavidas para su amo enamorado, para que se
sostenga y no se vaya al fondo como una sonda de
plomo. El siervo debe adivinar las órdenes de su amo,
de modo que sus ojos sepan leer la expresión de su
rostro, debe apresurarse a ejecutar sus órdenes con más
[600] velocidad que una veloz cuadriga. Quien tenga
estos preceptos en cuenta, se verá libre del castigo del
látigo y no dará ocasión a sacar brillo a las cadenas de
sus pies. El caso es que mi amo está enamorado de la
hija de Euclión, el viejo ese pobre que vive ahí, pero
según ha sabido, la muchacha ha sido prometida aquí a
Megadoro, su tío. Por 605 eso me ha mandado a
espiar, para que le tenga al corriente de lo que pasa.
Así que ahora, sin que nadie tenga nada que sospechar,
me voy a sentar aquí en este altar, para poder observar
lo que sucede de esta parte y de la otra.
ESCENA SEGUNDA EUCLIÓN, ESCLAVO DE
LICÓNIDES
EUC. — Santa Fidelidad, yo te suplico, no descubras a
nadie el escondrijo de mi oro. No es que tenga miedo
de [610] que lo encuentre, que lo he dejado bien
escondido. ¡Dios mío, bonita presa iba a hacer el que
se encontrara la olla llena de oro! No lo permitas,
Santa Fidelidad, yo te suplico. Ahora me voy al baño,
para luego hacer el servicio religioso y no hacer
esperar a mi yerno; de modo que cuando venga, lleve a
mi hija enseguida a su hogar. Santa Fidelidad, mira,
una y otra vez te lo pido, que me lleve la olla [615]
salva de tu templo; a tu fidelidad he confiado el oro, en
tu bosque sagrado y en tu templo lo he depositado.
ESCL. — Santo Dios, ¿qué es lo que dice este
hombre?, ¿que ha escondido aquí en el templo de la
Fidelidad una olla llena de oro? Santa Fidelidad,
escucha mi súplica y no le seas más fiel a él que a mí.
Pero me parece que éste es el [620] padre de la
muchacha que quiere mi amo. Voy a entrar y a
registrar el templo, a ver si encuentro dónde sea el oro,
mientras que el otro está ocupado. Pero si lo
encuentro, ¡oh Santa Fidelidad!, prometo ofrecerte una
jarra de vino con miel de más de tres litros de cabida;
primero te la ofrezco a ti, y luego, al coleto que me la
tiro, después que te la haya ofrecido.
ESCENA TERCERA EUCLIÓN
EUC. — (Volviendo.) Por algo es que me grazna el
[625] cuervo aquí a la mano izquierda; y es que
además estaba al mismo tiempo graznando y
escarbando la tierra con las patas. Al momento se me
ha puesto el corazón a saltar y a danzar en el pecho.
¡Venga, venga, deprisa y a la carrera! (Va hacia el
templo.)
ESCENA CUARTA EUCLIÓN, ESCLAVO DE
LICÓNIDES
EUC. — (Saliendo del templo tirando del esclavo.)
Fuera de aquí, lombriz de caño sucio, conque acabas
ahora mismo de salir de la tierra, hace nada ni rastro
había de ti, pues ahora que estás ahí, verás, vas a
acabar tus días, tú, [630] malabarista, te las vas a tener
que ver conmigo pero que de muy mala manera.
ESCL. — Pero, ¿a qué viene esa furia, qué tengo yo
que ver contigo, abuelo, por qué me zarandeas, por qué
me arrastras, por qué me golpeas?
EUC. — Tú, cosechero de palos, ¿todavía me lo
preguntas, ladrón, más que ladrón?
ESCL. — ¿Pero qué es lo que te he robado?
EUC. — ¡Venga, devuélvemelo!
ESCL. — Pero, ¿qué te voy a devolver?
EUC. — ¿Encima me lo preguntas?
ESCL. — Yo no te he quitado nada a ti. [635]
EUC. — Pero para ti me has quitado algo, ¡dámelo,
venga!
ESCL. — ¿Cómo venga?
EUC. — No puedes quitármelo.
ESCL. — Pero, ¿qué es lo que quieres?
EUC. — Dame.
ESCL. — Desde luego que me creo yo que estás
acostumbrado a que te las den, abuelo.
EUC. — Dame, hale, déjate de pamplinas, no estoy yo
ahora para bromas.
ESCL. — Pero, ¿qué te voy a dar? ¿Por qué no llamas
a lo que sea por su nombre? ¡Maldición!, yo no he
cogido ni [640] tocado nada.
EUC. — Enséñame las manos.
ESCL. — Aquí las tienes, te las enseño, míralas.
EUC. — Bien, venga, enséñame la tercera.
ESCL. — Este viejo está endemoniado y mal de la
cabeza. ¿No ves que me estás tratando injustamente?
EUC. — Desde luego que sí, pero sólo por no haberte
colgado ya, pero bien sabe Dios, que te colgaré, si no
confiesas.
ESCL. — Pero, ¿qué voy a confesar?
[645] EUC. — ¿Qué es lo que te has llevado de aquí?
ESCL. — Los dioses me confundan, si te he quitado
algo tuyo (aparte) y si no es que quería quitártelo.
EUC. — Venga, sacude la capilla esa.
ESCL. — Como quieras.
EUC. — No sea que lo tengas entre los vestidos.
ESCL. — Tienta tú mismo por donde te dé la gana.
EUC. — ¡Ah!, mira que amable se pone ahora el muy
sinvergüenza, para que piense que no se ha llevado
nada. Yo me sé esos trucos. Venga enséñame otra vez
la mano [650] derecha.
ESCL. — Aquí la tienes.
EUC. — Ahora enséñame la izquierda.
ESCL. — Toma, las dos al mismo tiempo.
EUC. — Basta de registros. Devuélvemelo.
ESCL. — ¿El qué te voy a devolver?
EUC. — Ah, te estás burlando, tú lo tienes.
ESCL. — ¿Que lo tengo? ¿El qué tengo?
EUC. — No quiero decirlo, no estás más que deseando
oírlo; lo mío, sea lo que sea, que lo tienes tú,
devuélvemelo.
ESCL. — ¡Estás mal de la cabeza! Me has registrado
como te ha dado la gana y no me has encontrado nada
tuyo. (Hace ademán de irse.)
[655] EUC. — Espera, espera, ¿quién es aquél?,
¿quién era el otro que estaba ahí dentro contigo? ¡Dios
mío, estoy perdido! El otro está ahí dentro haciendo de
las suyas; si dejo a éste, se me escapa. En fin de
cuentas a éste ya le he registrado de punta a cabo, éste
no tiene nada. Vete donde te dé la gana.
ESCL. — Mal rayo te parta.
EUC. — Bonita manera de dar las gracias. Ahora voy
ahí a cortarle el gañote a tu cómplice. ¿Te largas ya de
mi [660] presencia? ¿Acabas o no acabas de irte?
Mucho cuidado con volver a aparecer ante mi vista.
(Entra en el templo.)
ESCENA QUINTA ESCLAVO DE LICÓNIDES
ESCL. — Morirme de la peor de las muertes prefería
antes que no dársela hoy al viejo. Ahora ya no se
atreverá a esconder el oro ahí, seguro que lo saca y lo
cambia de lugar. ¡Ajajá!, suena la puerta: ¡el viejo, que
saca el oro [665] fuera! Voy a retirarme aquí un poco
junto a la puerta
ESCENA SEXTA EUCLIÓN, ESCLAVO DE
LICÓNIDES
EUC. — Anda, que tenía yo una opinión bien distinta
de la confianza que merecía la diosa de la Fidelidad,
pero sí, a punto ha estado de burlarse de mí en mis
propias barbas; de no ser por el cuervo, perdido
hubiera estado, pobre de mí. No, que no me gustaría
poco ver otra vez al cuervo que [670] me dio el aviso,
para decirle algunas palabras de reconocimiento,
porque algo de comer, lo mismo sería darlo que
perderlo. Ahora estoy pensando un sitio solitario, para
esconder esto. Fuera de la muralla está el bosque de
Silvano [675], que queda apartado del camino y está
muy cerrado con sauces; allí buscaré un sitio. Desde
luego, mejor se lo confío a Silvano que no a la
Fidelidad.
ESCL. — ¡Ole, ole!, los dioses están de mi parte, voy
a adelantarme al viejo, me subo a un árbol y desde allí
[680] observaré dónde esconde el oro. Aunque, ahora
que lo pienso, el amo me había mandado esperarle
aquí; es igual, prefiero los monises, aunque sea a costa
de palos.
ESCENA SÉPTIMA LICÓNIDES, EUNOMIA,
(FEDRIA)
LI. — Esto es todo, madre, ya estás tú también al tanto
de toda la historia con la hija de Euclión. Ahora,
madre, te ruego y te suplico otra vez lo mismo que
antes; habla al tío, madre, por favor.
[685] EUN. — Bien sabes tú que mi único deseo es
cumplir los tuyos; yo confío que tendré éxito con mi
hermano. El motivo es además justificado, si es verdad
lo que dices, que violaste a la muchacha cuando
estabas bebido.
[690] LI. — ¿Voy yo a decirte a ti una mentira,
madre?
FE. — (Desde dentro.) ¡Ay, aya, por favor, me muero,
me vienen los dolores, Juno Lucina, ayúdame!
LI. — ¡Mira, madre, hechos y no palabras, grita, le
viene el parto!
[695] EUN. — Ven conmigo, hijo, a mi hermano,
que consiga de él lo que me pides.
LI. — Ve, madre, yo te sigo. Pero, ¿dónde puede estar
mi esclavo? Le había dicho que me esperara aquí.
Aunque ahora que lo pienso, si es que está ocupado en
mi servicio, no es justo que me enfade con él. Voy
dentro, donde se [700] están celebrando los comicios
sobre mi vida
ESCENA OCTAVA ESCLAVO DE LICÓNIDES
ESCL. — (Entra con la olla en las manos.) En el
mundo entero no hay fuera de mí nadie que supere en
riquezas a los grifos, habitantes de montes de oro. Los
reyes corrientes no merecen ni nombrarlos, mendigos
son en comparación mía: ¡el rey Filipo
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en persona
soy! ¡Qué día tan fantástico! Cuando me fui hace un
momento, llegué allí mucho [705] antes que el viejo y
me puse a esperar subido en un árbol. Desde allí podía
observar dónde escondía el oro. De que se va, me bajo
y saco de la tierra la olla llena de oro. Entonces [710]
veo al viejo que vuelve, pero él no me ve a mí, que me
había desviado un poco del camino. Eh, eh, ahí está.
Me voy a esconderlo en casa.
ESCENA NOVENA EUCLIÓN, LICÓNIDES

EUC. — Estoy perdido, destrozado, muerto. ¿En qué
dirección echaré a correr, en cuál no echaré a correr?
¡Al ladrón, al ladrón! ¿A cuál, quién? No lo sé, tengo
nublada la vista, voy andando a ciegas y no puedo
percibir ni a [715] dónde voy ni dónde estoy ni quién
soy. (Al público.) Por favor, auxiliadme, os lo pido y
os lo suplico, y decidme quién me lo ha quitado. ¿Qué
dices tú? A ti te daré crédito, que tienes cara de buena
persona. ¿Qué pasa? ¿Por qué os reís? Os conozco a
todos, sé que hay aquí muchos ladrones, disimulados
con el blanco de sus vestiduras
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y que están [720] aquí
sentados como si fueran personas decentes. ¿Qué, no
lo tiene ninguno de éstos? ¡Me has matado! Dime
entonces, ¿quién lo tiene? ¿No lo sabes?
¡Ay desgraciado de mí, qué desgracia me ha caído!
[721ª] Mala es mi perdición y peores mis avíos,
gemidos, males, tan grande tristeza
[722ª] me trajo este día, hambre y pobreza.
Soy el más desgraciado de toda la tierra.
[723ª] ¿Para qué quiero ya vivir, si tanto oro perdí,
[724ª] guardado con cuidados sin fin?
Yo mismo de tantas satisfacciones me privé,
[725ª] otros por mi ruina y mi mal
del oro van ahora a disfrutar.
[726] ¿Cómo lo podré soportar?
LI. — ¿Quién se queja aquí delante de nuestra casa
con tan tristes lamentos? ¡Pero si es Euclión! Ahora sí
que estoy del todo perdido, seguro que sabe que su hija
ha [730] dado ya a luz. Ahora no sé, si irme o
quedarme, si acercarme a hablarle o salir huyendo.
¿Qué hago? Por Dios, no lo s
ESCENA DÉCIMA EUCLIÓN, LICÓNIDES
EUC. — ¿Quién habla ahí?
LI. — Yo, un desgraciado.
EUC. — Yo sí que lo soy, un hombre perdido, tan
grandes son los males y las tristezas que me acosan.
LI. —No te pongas así.
EUC. — ¿Cómo no voy a ponerme así, por favor?
LI. — Porque yo soy quien ha cometido la acción que
te inquieta, lo confieso.
EUC. — ¿Pero qué es lo que dices?
LI. — La pura verdad. [735]
EUC. — Pero, joven, ¿qué motivos te he dado yo para
que hicieras una cosa semejante, acarreándome la
perdición mía y de mis hijos?
LI. — Un dios me empujó, él fue quien me sedujo
hacia ella.
EUC. — ¿Cómo?
LI. — Confieso que he cometido una falta y que soy
culpable; por eso vengo a rogarte, que te dignes concederme tu perdón.
EUC. — Pero, ¿cómo te has atrevido a hacer una cosa
[740] así, tocar lo que no era tuyo?
LI. — ¿Qué quieres que le hagamos? Ya está hecho, y
lo hecho hecho está; los dioses lo han querido, digo yo,
porque de no ser así, seguro estoy que no hubiera
sucedido.
EUC. —Y yo digo que los dioses han querido que te
ponga en mi casa en el potro y te mande al otro barrio.
LI. — Por Dios, no digas una cosa así.
EUC. — ¿Qué tenías tú que tocar lo que era mío sin
mi consentimiento?
[745] LI. — Es que lo hice por culpa del vino y de la pasión.
EUC. —Descarado, ¿te atreves a venirme con esas explicaciones, sinvergüenza? Pues si fuera una cosa
permitida el poder disculparse en esa forma, en pleno
día les arrebataríamos las joyas a las señoras a todas
vistas y luego, si [750] nos echaban mano, nos
disculparíamos diciendo que estábamos borrachos y
enamorados. Una cosa bien barata es el amor y el vino
si al borracho y al enamorado le es lícito hacer
impunemente lo que le venga en gana.
LI. — Pero yo vengo por mi voluntad a suplicarte que
me perdones mi locura.
EUC. — No me hace a mí gracia la gente que viene
con excusas, después de haber obrado mal. Tú sabías
que no era tuya, no debías haberla tocado.
[755] LI. — Pues porque me he atrevido a tocarla, no
pongo inconvenientes en que sea yo precisamente el
que me quede con ella.
EUC. — ¿Tú te vas a quedar con ella siendo mía en
contra de mi voluntad?
LI. — Yo no la exijo en contra de tu voluntad, pero
juzgo que me pertenece, es más, tú mismo, Euclión,
tendrás que reconocer, digo, que debe ser mía.
EUC. — Como no me devuelvas...
LI. — ¿Qué es lo que te voy a devolver?
[760] EUC. — Lo que es mío y me has quitado,
¡maldición!, te voy a llevar al juez y te voy a hacer un
proceso.
LI. — ¿Que yo te quito lo tuyo? ¿De dónde? o ¿de qué
se trata?
EUC. — (Irónicamente) ¡Que Dios te bendiga tal y
como es verdad que no lo sabes!
LI. — Como no sea que tú me digas qué es lo que
echas de menos.
EUC. —La olla de oro, digo, te reclamo, que me has
confesado tú mismo que me la has quitado.
LI. — Por Dios, ni lo he dicho ni mucho menos lo he
hecho.
EUC. — ¿Lo niegas?
LI. — Una y mil veces, porque ni sé ni tengo la menor
[765] idea de qué oro ni de qué olla se trata.
EUC. — La olla que me has robado del bosque de
Silvano, venga, hale, devuélvemela, yo la reparto
contigo, aunque seas un ladrón, no te voy a molestar,
hale, devuélvemela.
LI. — Tú no estás en tu juicio, llamarme a mí ladrón.
Yo, Euclión, creía que tú habías tenido noticia de otra
[770] cosa, que me atañe; es algo de mucha
importancia sobre lo que quisiera hablar contigo en
calma, si es que tienes tiempo.
EUC. — Dime entonces bajo palabra de honor: ¿no me
has robado tú el oro?
LI. — Palabra de honor que no.
EUC. — ¿Ni sabes tampoco quién me lo ha quitado?
LI. — Palabra.
EUC. — ¿Y me lo dirás, si sabes quién ha sido?
LI. — Lo prometo.
EUC. — ¿Y no cogerás para ti parte alguna de aquel
que [775] lo tiene ni darás acogida al ladrón?
LI. — Así es.
EUC. — Y ¿si mientes?
LI. — Entonces, que el soberano Júpiter haga de mí lo
que le venga en gana.
EUC. — Eso me basta. Venga, di ahora qué quieres.
LI. — Por si acaso no conoces a mi familia:
Megadoro, tu vecino, es mi tío, mi padre era
Antímaco, yo soy Licónides [780], mi madre es
Eunomia.
EUC. — Claro que conozco a tu familia. ¿Qué es lo
que quieres? Eso es lo que deseo saber.
LI. — Tú tienes una hija.
EUC. — Sí, ahí en mi casa.
LI. — Según yo sé, se la has prometido a mi tío.
EUC. — Estás al tanto de todo.
LI. — Mi tío me ha encargado comunicarte, que
renuncia al matrimonio.
EUC. — ¿Qué renuncia, después de estar todo
dispuesto [785] y hechos los preparativos para la
boda? ¡Los dioses todos de la corte celestial le
maldigan, que por su culpa he perdido yo hoy por mi
mala suerte tal cantidad de oro, desgraciado de mí!
LI. — Anímate, Euclión, no digas cosas de mal
agüero. Ahora, lo cual sea para bien tuyo y de tu hija,
di, Dios lo haga.
EUC. —Dios lo haga.
LI. — Lo mismo digo en mi favor. Escucha ahora:
[790] nadie que ha cometido una falta, tiene luego la
vileza de no avergonzarse y no querer disculparse.
Ahora yo te conjuro, Euclión, a que si yo, por
atolondramiento, os he faltado a ti o a tu hija, me
perdones y me la des por legítima esposa. Yo confieso
que he hecho violencia a tu [795] hija, durante la
vigilia de Ceres, por culpa del vino y de la pasión
juvenil.
EUC. — ¡Ay de mí!, ¿qué fechoría oigo de ti?
LI. — ¿A qué esos ayes, si te he hecho abuelo para las
bodas de tu hija? Porque ha dado a luz, nueve meses
después, echa la cuenta; por eso ha presentado mi tío
la renuncia [800] al matrimonio en favor mío; entra en
casa, infórmate de si es así como digo.
EUC. — Estoy del todo perdido, una desgracia llama a
la otra, voy dentro, para enterarme de cuál es la verdad
de todo esto.
LI. — Yo te sigo ahora mismo. Ya parece que vamos
llegando a buen puerto. Pero, ¿por dónde andará mi
esclavo? Le esperaré aquí un poco y después me
acercaré a [805] casa de Euclión. Entretanto le daré
tiempo para informarse de todo por la vieja, el aya y
sirvienta de su hija; ella está al tanto de todo
ACTO V
ESCENA PRIMERA ESCLAVO DE LICÓNIDES,
LICÓNIDES
ESCL. — Dioses inmortales, ¡qué felicidad tan sin
límite me habéis concedido! Tengo en mi posesión una
olla de cuatro libras de oro. ¿Quién más rico que yo?
¿Qué otro [810] hay en Atenas a quien los dioses le
sean más propicios?
LI. — Me parece haber oído hablar a alguien por aquí.
ESCL. — Eh, ¿no es mi amo a quien diviso?
LI. — ¿No es ése mi esclavo?
ESCL. — Él es en persona.
LI. — Él es, desde luego.
ESCL. — Me acercaré a él.
LI. — Voy a su encuentro; seguro que, como le
ordené, [814-815] se habrá puesto en contacto con la
vieja, el aya de la muchacha.
ESCL. — ¿Por qué no voy y le digo el botín que he
encontrado? Luego le pediré que me conceda la
libertad. Voy a hablarle: he encontrado...
LI. — A ver, ¿qué has encontrado?
ESCL. — No lo que los chiquillos gritan que han
encontrado en las habas
10
.
LI. — ¿Ya estamos como siempre, con tus bromas?
[820] ESCL. — Amo, espera, ahora te lo explico.
LI. — Venga pues, habla.
ESCL. — Amo, he encontrado unas riquezas
inmensas.
LI. — ¿Dónde, pues?
ESCL. — Una olla, digo, de cuatro libras de oro.
LI. — ¿Qué es lo que oigo?
ESCL. — Se la he quitado a Euclión, el viejo ese de
ahí.
LI. — ¿Dónde está ese oro?
ESCL. — En un arca, en mi cuarto. Ahora quería
pedirte que me dieras la libertad.
[825] LI. — ¿La libertad te voy a dar yo, cúmulo de
maldades?
ESCL. — Vamos, amo, yo sé lo que estás pensando,
anda que bien que te he tomado el pelo; ya estabas
dispuesto a quitármelo. ¿Qué hubieras hecho, si lo
hubiera encontrado de verdad?
LI. — No puedes decirme que era una broma, anda ve
y devuelve el oro.
ESCL. — ¿Que devuelva el oro?
LI. — Devuélvelo, digo, que se lo devolvamos a
Euclión.
ESCL. — ¿Y de dónde lo voy a sacar?
[830] LI. — ¿No acabas de confesar que lo tienes en
un arca?
ESCL. — ¡Bah!, yo soy de esa condición, de andar
gastando bromas. *** Sí, eso digo.
LI. — ¿Sabes lo que te espera?
ESCL. — ¡Maldición!, jamás lo conseguirás, así me
mates.
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