Una historia de película: En escalofriantes historias de horror terminaron las experimentaciones científicas hitlerianas durante la Segunda Guerra Mundial El “intelectual” de la cúpula nazi, Kurt Heinrich Himmler, era un apasionado de las experimentaciones “científicas”, especialmente aquellas que versaban sobre investigaciones de la raza, y tal afición lo llevó a fundar en 1933 la Sociedad Herencia de los Antepasados. Al principio era algo así como una entidad “espiritual”, pero en 1939 entró en vigor un nuevo reglamento, que elevó “su rango” para experimentos “científicos” en general, y dos años después tuvo a su disposición los seres vivos sometidos en campos de concentración. En 1942 la sociedad se agregó al Estado Mayor particular de Himmler, pasando a ser un órgano de las SS. Vamos a ver algunos ejemplos de cómo empleaban su “talento científico” los nazis, comenzando por una verdadera historia “de película”, que tiene como protagonista a un capitán médico de la reserva del Ejército del Aire, Sigmund Rascher, poseedor del triste mérito de haber sido el primero en pedirle a Himmler que se emplearan seres humanos vivos en los experimentos. La primera toma la hacemos en el campo de concentración de Dachau, donde Rascher obliga a dos oficiales rusos presos a desnudarse y adentrarse en agua helada. Antón Pacholegg, médico prisionero y obligado ayudante de Rascher, relató en el proceso de Nuremberg este macabro experimento, del que fue testigo. A las dos horas los oficiales rusos mantenían el conocimiento. A la tercera hora se escuchó este diálogo: —Camarada, di a ese oficial que acabe con nosotros de un balazo. —¡No esperes nada de ese perro! Sobrevivieron cinco horas. Sus cuerpos fueron enviados a Munich para practicarles la autopsia. El “científico” nazi pretendía haber inventado —y probado con ese experimento— un producto antihemorrágico, al que había dado el nombre de Polygal. Sigmund alardeaba de su “talento” y de la eficacia de sus investigaciones, porque en ellas usaba a seres vivos y no a ratas de laboratorio. Tal vez lo más curioso es que el impetuoso Sigmund Rascher era un protegido del célebre Himmler, quien aplaudía sus múltiples experimentos con humanos. Pero ni el gran capo nazi lo salvó de la tragedia... Sucedió en 1943. La señora Rascher, mayor que Sigmund en 15 años, ya era madre de dos niños cuando se fingió en estado de gestación para presentar luego como suyo a uno robado. Se descubrió la patraña y ante la posibilidad de que la criatura fuera de “sangre impura”, la pareja se vio en las redes de la GESTAPO. El matrimonio desapareció, pero solo por poco tiempo. Fueron detenidos a finales del propio 1943, sometidos a proceso y encarcelados. En 1945, cuando la derrota alemana era evidente, Himmler se acordó de los Rascher. Dijo que eran demasiado locuaces, y sobre todo la mujer, por lo que no podían caer en manos del enemigo. Esta vez Himmler sí hizo “algo” por ellos: en abril del 45 la señora Rascher fue ahorcada en Ravensbruck, y por una de esas ironías del destino, el “sabio” nazi Sigmund Rascher fue trasladado al sitio donde dio inicio “esta película”: Dachau. Solo que esta vez el criminal vio la otra cara del crimen: sin previo aviso recibió un disparo mortal. Que no se diga que Himmler no se acordaba de sus “amigos”. EL “ARMA” SECRETA “S” Los nazis fueron los campeones de la invención... para matar. Inventaron cada cosas... Y qué ironía: como si se lo creyeran ellos mismos, en ocasiones les daban un argumento “humanitario” a sus engendros creativos. Tal es el caso de los camiones S. Cuenta Jacques Delarue en su libro La GESTAPO que en agosto de 1942 Himmler estaba en Minsk (entonces ocupada por los fascistas) y organizaron una matanza en su honor, pero al “refinado” capo le molestó algo bastante normal en los dominios del Reich, aunque indignante para todo ser humano (categoría en la que no se incluyen los hitlerianos). A la matanza no le puso objeción. Lo que “hirió su sensibilidad” fue ver ¡¡y oír!! cómo enterraban a los masacrados, aunque no todos estaban muertos. Para “humanizar la muerte”, a raíz de aquel suceso, un ingeniero nazi trabajó en Berlín, el SS untersturmführer doctor Becker, y como resultado, se inventaron los camiones S. Lo genial del invento no era solo que impedía enterrar a la gente viva, sino que no hacía falta matarla en las fosas u otros sitios de exterminio masivo, porque eran asesinadas en el trayecto. Se trataba de camiones cerrados y cuando se ponía en marcha el motor, penetraba el gas en el interior del vehículo, para matar a sus ocupantes en un tiempo de diez a 15 minutos. Se construyeron camiones S de varios tamaños, con capacidad para 15 o 20 víctimas. Sobre todo se utilizaba con mujeres y niños. Les decían que iban a ser trasladados, pero no les aclaraban que “al otro mundo”. Cuando subían, se cerraban las puertas y ya estaban en una cámara de gas rodante. Trabajó rápido el ingeniero SS (¿mejor HP?) Becker, porque empezaron a usarse en el propio 1942, en Ucrania. Se sabe que también se emplearon en Checoslovaquia y Polonia. El jefe de la GESTAPO en Lodz, Braunfisch, se jactó de haber exterminado a 340 000 judíos con los camiones S. ¿Por qué el nombre? Pues por la inicial de la fábrica de camiones Sauner y de la palabra “especial” (sonder). Otras eses son que se trataba de un super secreto. En Minsk un chofer con unos tragos de más habló de su camión y de inmediato fue condenado a muerte. Ciertamente el mundo no supo de este engendro hasta después de la derrota fascista, en el proceso de Nuremberg, pero quienes sufrían la opresión de alguna manera lo descubrieron y bautizaron a los camiones como “furgones de la muerte”. Pero... los camiones S dejaron de fabricarse y hasta de usarse en menos de un año, por sus deficiencias y los múltiples problemas que originaron. Hubo quejas de choferes y de hombres de los comandos, por sufrir fuertes dolores de cabeza, ya que absorbían gas al momento de abrir las puertas. Pero de lo que más se quejaban era de tener que sacar “aquellos cuerpos malolientes y llenos de inmundicia” PRISIONEROS K El término comenzó a aplicarse el 14 de marzo de 1944 en el campo de Mauthausen. Como parte del decreto Kugel, a los prisioneros que llegaran allí porque habían intentado huir de otro campo, se les daba el nombre de prisioneros K. Al prisionero K no se le apuntaba en los libros de registro del campo ni se le asignaba ningún número: directo al calabozo y de ahí a la sala de duchas donde se le obligaba a desnudarse y se le colocaba en un aparato antropométrico “para medirle la talla” —le decían. Pero a tales aparatos les habían adaptado un mecanismo especial, que al ser manipulado provocaba un disparo en la nuca. Cuando el número de prisioneros K era elevado, entonces cerraban las puertas, y en vez de agua hacían salir gas por las duchas. Otro invento diabólico, aunque más “benigno” que el aparato antropométrico, fue “la máquina de azotar” que hasta patentó un SS, la cual apretaba a la víctima con unos aros contra el tronco y daba la cantidad de golpes para la que se le había programado. VACUNAS NAZIS Solo se conoce un caso de desobediencia en las filas de las SS. Ocurrió en el Cáucaso cuando las tropas se negaron a avanzar por el fuerte rumor de que iban a introducirse en una zona asolada por la peste. El incidente originó el ensayo de numerosas vacunas y la intensificación, por su eficacia, de la guerra bacteriológica. Como “es natural” se utilizaban seres humanos para comprobar las vacunas. Por ejemplo, en Buchenwald, “el tifus fue inoculado a unos hombres designados como “depósito de virus” (!!). En otro campo, Dachau, se hicieron estudios sobre el paludismo y se cultivaron larvas del mosquito Anopheles para contaminar a más de mil presos, escogidos entre los sacerdotes polacos. Misiles y cohetes: El arma decisiva Los cohetes fueron los que dieron a los técnicos la esperanza de obtener un arma decisiva, y casi lo logran. Todavía hoy los Misiles Balísticos Intercontinentales ICBM siguen siendo el principal elemento de disuasión de las grandes potencias y todos, sin excepción, tienen su origen en los logros alemanes de la II Guerra Mundial y en los estudios de Tsiolkovsky, Goddard y Oberth, creadores de los primeros cohetes eficaces. En una curiosa obra de 1923 titulada: “El cohete marchando hacia el espacio interplanetario” se abordó por vez primera el proyecto de crear un cohete no muy diferente de lo que luego fue el V-2. Sus ideas, continuadas por Poggensee y Winkler, fueron decisivamente apoyadas por la Oficina de Pruebas del Ejército y por la división de cohetes dirigida por el entonces capitán Walter Dörnberger, quien tenía como misión construir cualquier cosa que volase más alto, más lejos y con más poder que cualquier arma conocida. Tras instalar un gran complejo en la isla báltica de Peenemünde, cientos de científicos, muchos sin saber qué finalidad tenían sus trabajos, crearon las bases de los primeros misiles teledirigidos del mundo: las bombas volantes V-1 y V-2. Pero Dörnberger no llegó a convencer a Hitler sobre su eficacia hasta 1943, momento a partir del cual gozó de fondos ilimitados. Los nazis crearon los primeros misiles teledirigidos del mundo. También fueron los pioneros referente a tecnología de cohetes y misiles balísticos. Imaginación Organizada Los proyectos militares secretos son caros. Por eso, en la Alemania del III Reich, al igual que ocurre en la actualidad en los EE.UU., una parte considerable de la investigación se encontraba en manos de compañías privadas como Krup o Mauser, verdaderos macrocomplejos industriales con fábricas e intereses en todo el mundo, principalmente en América del Sur, lo que les permitió trabajar aislados y evadir las restricciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles. Al frente de la investigación del Ejército se encontraba el ministro de Armas y Producción de Guerra dirigido por Albert Speer. De él, dependían el Hereeswaffenamt Prüfwesen, la Oficina para Armamento para el Ejército, conocido como Wa Prüf, y la Sección de Investigación de Armas o Waffen Forschungs. Ambas organizaciones eran controladas por la Hereeswaffenamt u Oficina de Armamento dirigida durante la guerra por el general Becker y a su muerte por el general Leeb, quienes se organizaron en subdivisiones orientadas a cada tipo de proyecto: armas y municiones, señales, equipos ópticos y comunicaciones, ingeniería y cohetes. En la Marina había algo similar. Se trabajaba en subgrupos especializados y con apoyo de compañías privadas. La División Naval de Armanento Marine Waffenamt dependía también de Speer y contaba además con las divisiones experimentales, que filtraban cada proyecto mediante la aplicación intensiva de controles que garantizaban los mejores productos, con unos requisitos de calidad cada vez mayores. Pero sin duda por su complejidad y logros destaca la inmensa maquinaria creada por Göring para su Luftwaffe, la cual estaba bajo su total control, por encima incluso del poderoso Speer. A través de la Techniches Amt dirigida por el general Udet, contaba con unidades especializadas en motores, armas, bombas y torpedos, comunicaciones y radares, equipo de tierra, etc. Con personal calificado, motivado y con salarios muy altos, los logros estaban garantizados. Los centros de trabajo como el Instituto Göring de Armas Aéreas, camuflado en el subsuelo de un bosque, tenían unas instalaciones tan formidables que ni aún hoy han sido superadas. Guerra Biológica Si en algo destacaron los alemanes en los siglos XIX y XX fue en la industria química. En el campo de los gases nerviosos, Alemania disponía desde el año 39 del Tabun (óxido de cianodimetilamonatosfosfina), al que siguió el Sarin (fluorometilpinacoliloxifosfina), y más adelante el Soman. Se trataba de líquidos incoloros que afectan a los centros nerviosos, provocando una muerte horrible acompañada de vómitos, náuseas, diarrea y contracciones musculares. Una décima de miligramo basta para matar a un ser humano. Los alemanes los probaron en campos de concentración, pero no se atrevieron a usarlos en la guerra por temor a represalias aliadas. En el campo de la guerra biológica desarrollaron un arma basada en el clostridium botulinum, bacteria que produce como sustancia residual de su metabolismo el toxin botulin, el veneno más poderoso conocido. Se diseñó un sistema de nebulizadores que podían soltar el veneno pulverizado en la niebla, para que el viento llevase la nube de muerte hasta Inglaterra. Por suerte, el miedo a un contraataque detuvo el proyecto.
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