Buenas tardes queridos lectores. En esta ocasión he venido a expresar una curiosidad "histórica", por así decirlo, sobre la sociedad mexicana. Verán, yo soy un apasionado de la Historia, principalmente la universal. Aunque en ocasiones gusto de leer sobre la historia mexicana, después de todo es mi país. Prosiguiendo, siempre he poseído un enfoque bélico de la historia. En otras palabras, los conflictos me son más interesantes. Por eso es que me atrae más la Historia Universal, claros ejemplos son las guerras mundiales, guerras ocurridas durante la Guerra Fría, movimientos civiles como la Independencia de los Estados Unidos, la Guerra de Secesión o la Revolución Francesa.Los conflictos bélicos son considerados para mí, la esencia de la historia. México no se queda corto a comparación del resto del mundo: la Independencia y la Revolución Mexicana son de los periodos históricos más interesantes a mi parecer, en un contexto global. Si usted, mi querido lector, es mexicano o está familiarizado con la historia de mi nación sabrá que una de las principales causas -sino la más importante- para que se iniciará el movimiento revolucionario fue la dictadura del presidente Porfirio Díaz. Un poco antes de que la Revolución empezará, el presidente Díaz tuvo una entrevista con el periodista estadounidense James Creelman. Fue durante esta sesión que Díaz expresó su deseo de abandonar la presidencia mexicana -cosa que posteriormente se arrepentiría de haber dicho al iniciar la rebelión de Madero-. Durante la entrevista se discutieron varios temas: economía, el ascenso de Díaz al poder, cultura, movimientos, rebeliones, industria, sociedad, entre otros. Pero hubo un tema en particular que atrajo mi atención: la clase media. Sé que ahora se preguntarán, ¿qué tiene que ver la clase media mexicana con el título de este artículo? Antes de argumentar mi punto de vista, quisiera que ustedes lean este fragmento de la entrevista Díaz-Creelman: "Es una creencia extendida la de que es imposible para las instituciones verdaderamente democráticas, nacer y subsistir en un país que no tiene clase media" - sugerí. El Presidente Díaz se volvió a mí, me clavó una mirada penetrante y movió la cabeza, para responder: "Es verdad -dijo-, México tiene hoy una clase media, pero no la tenía antes. La clase media es aquí, como en todas partes, el elemento activo de la sociedad. "Los ricos están demasiado preocupados por sus mismas riquezas y dignidades para que puedan ser de alguna utilidad inmediata en el progreso y en el bienestar general. Sus hijos, en honor a la verdad, no tratan de mejorar su educación o su carácter. Pero por otra parte, los pobres son a su vez tan ignorantes que no tienen poder alguno. "Es por esto que en la clase media, emergida en gran parte de la pobre, pero asimismo en alguna forma de la rica; clase media que es activa, trabajadora, que a cada paso se mejora y en la que una democracia debe confiar y descansar para su progreso, a la que principalmente atañe la política y el mejoramiento general. "Antiguamente, no teníamos una verdadera clase media en México, porque las conciencias y las energías del pueblo estaban completamente absorbidas por la política y la guerra. La tiranía española y el mal gobierno habían desorganizado la sociedad. Las actividades productivas de la nación habían sido abandonadas en las luchas sucesivas. Existía una confusión general. No había garantías para la vida o la propiedad y es lógico que una clase media no podía aparecer en estas circunstancias." General Díaz -le interrumpí-. Usted ha tenido una experiencia sin precedentes en la historia de las repúblicas. Durante 30 años, los destinos de este país han estado en sus manos, para moldearlos a su gusto; pero los hombres mueren y las naciones continúan viviendo. ¿Cree usted que México puede seguir su existencia pacífica como república? ¿Está usted absolutamente seguro de que el futuro del país está asegurado bajo instituciones libres?" Si el viaje desde Nueva York fue valioso por todos conceptos, más lo fue por poder ver la expresión de la cara del héroe en ese momento: Fuerza, patriotismo, belicosidad y don profético aparecieron y brillaron de pronto en sus ojos oscuros. "El futuro de México está asegurado -dijo con voz clara y firme-. Mucho me temo que los principios de la democracia no han sido plantados profundamente en nuestro pueblo. Pero la nación ha crecido y ama la libertad. Nuestra mayor dificultad la ha constituido el hecho de que el pueblo no se preocupa lo bastante acerca de los asuntos públicos, como para formar una democracia. El mexicano, por regla general, piensa mucho en sus propios derechos y está siempre dispuesto a asegurarlos. Pero no piensa mucho en los derechos de los demás. Piensa en sus propios privilegios, pero no en sus deberes. La base de un gobierno democrático la constituye el poder de controlarse y hacerlo le es dado solamente a aquellos quienes conocen los derechos de sus vecinos. "Los indios, que son más de la mitad de nuestra población, se ocupan poco de la política. Están acostumbrados a guiarse por aquellos que poseen autoridad, en vez de pensar por sí mismos. Es esta una tendencia que heredaron de los españoles, quienes les enseñaron a abstenerse de intervenir en los asuntos públicos y a confiar ciegamente en que el gobierno los guíe. Sin embargo, yo creo firmemente que los principios de la democracia han crecido y seguirán creciendo en México." Espero que hayan disfrutado este fragmento de la entrevista. Ahora bien, sé que Díaz como no tal no predijo nuestro futuro. Pero si comprendieron el texto, Díaz está hablando de un México de hace 100 años. Puede que ahora tengamos mejores avances tecnológicos: computadoras, medicinas, telefonía móvil, todo. Pero como sociedad, seguimos igual. Bien se sabe que la clase media forma la gruesa parte de la población en México. Somos el cuerpo de la sociedad y como el cuerpo, todo lo que hacemos repercute en el sistema. Si la clase media es individualista, la sociedad es individualista. Si la clase media es ignorante, la sociedad es ignorante. Si la clase media es débil, la sociedad es débil. Abran los ojos, somos nosotros los que hemos enfermado a México. No los criminales, no los políticos, todo el tiempo hemos sido nosotros. Siempre he sido de la idea de que para que haya un verdadero cambio dentro de una comunidad, toda la comunidad debe cambiar. No soy de los que creen en esos estúpidos anuncios de: "El cambio empieza por ti", "Si quieres que los demás cambien, cambia tú." Un individuo o un grupo no hará un cambio, por más grande que sea. Hasta que todos estén de acuerdo, no habrá un verdadero cambio. Sobretodo, hay que hacer cambiar a la autoridad, porque es la que nos rige. Para los que nos gobiernan somos simples hormigas, una insignificancia. Si uno muere, se le reemplaza. El mexicano es como el famoso dicho del cangrejo, va para atrás. Podremos tener hermosos paisajes, invaluables recursos, tecnología de punta o una economía estable. Pero al final, nada de esto sirve si no hay un cambio como sociedad. Nuestro problema es que solo vemos por nosotros mismos, pero no para el resto. Si ni siquiera ayudamos a nuestro prójimo mucho menos ayudaremos al país. Queremos que todo mejore, pero nada. Digamos que ustedes, los lectores, deciden cambiar. ¿Y los demás? No lo harán así de fácil. Ahora ustedes cambian a su comunidad, ¿y el resto del país? El cambio no es fácil, somos tercos como mulas. Debemos de encontrar una manera de que todos cambien a favor de todos. Pero mientras sigamos pensando en beneficiarnos por cualquier medio posible, no ocurrirá algo. Me dirijo a todos los mexicanos al decir: Tenemos que arriesgarnos. Todos los que han participado en alguna contienda han hecho varios sacrificios: dinero, objetos, amigos, familia, incluso su propia vida de ser necesario. Ahí tienen a Hidalgo, Morelos, Allende, Madero, Zapata, Villa, ellos y todos los que los siguieron al campo de batalla pelearon para que la sociedad cambiará. ¿Qué acaso necesitamos otra revolución para que México cambie? Porque al ver el panorama de nuestra sociedad, así será. Queremos cambios y no cambiamos, pero reitero mi postura. No basta con uno solo, tenemos que convencer a los demás que cambien, de tal manera que hagamos una cadena de cambios. Claro, si no queremos llegar a la violencia. Pero a este punto, esta enfermedad que ha corrompido a la sociedad ha llegado a ser tan grave, que mediante palabras no podrá ser curada. En fin, eso ha sido todo. Comenten lo quieren, son libres de expresar su opinión. Si yo puedo, ¿por qué ustedes no? Difundan este artículo si me apoyan o no, todos tienen voz para opinar. Es más, si están en contra, díganlo. Expresen su opinión sin miedo, eso es algo que dificulta al mexicano, el miedo a hablar. Pero eso sí, no hablen sin pensar en los demás. Como estas famosas manifestaciones que solo afectan negativamente a los demás. Hablen con la razón, para eso se nos otorgo el don del raciocinio, luego uno lee toda clase de cosas sin pies ni cabeza. Me despido de ustedes. Y recuerden: "Nuestros derechos terminan donde los del otro comienzan."
La decadencia socio-económica mexicana fue predicha por Díaz
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